Capítulo 5. Establecimiento de la Rus de Kiev

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del primer capítulo de la Segunda Parte del libro: El período de Kiev.)

Nuestro conocimiento sobre la historia más antigua de las tierras ucranianas se basa en un mínimum de información histórica repleta de misterios y momentos dudosos. Aunque no cabe duda de que el establecimiento político conocido hoy en día bajo el nombre de Rus de Kiev apareció en las tierras eslavas del este a finales del siglo IX aproximadamente y existió hasta mediados del siglo XIV. Su centro político y cultural se encontraba en Ucrania-Dnipró central, aunque el poder de Kiev se extendía también al norte de las tierras ucranianas. Los siguientes cinco capítulos están dedicados a la aparición, auge, caída y transformación de la Rus de Kiev en cuatro etapas: 1) 870 – 972, época de crecimiento y expansión; 2) desde 972 – 1132, época de consolidación; 3) 1132 – 1240, época de ruptura; 4) 1240 – 1340, época de transformación política.

Origen de la Rus

A pesar de que de la Rus de Kiev, comparada con la época jázara y la eslava antigua, existen bastantes más datos históricos, el primer siglo de su existencia está lleno de misterios y contradicciones. Además, la cuestión del origen de la Rus es problemática. ¿Quiénes son los rus y cómo se establece la estructura del estado de la Rus de Kiev? Estas cuestiones son todavía las más discutidas, aunque sobre ellas quizá se ha escrito más que sobre cualquier otra cuestión de Europa del este. Se sabe que las discusiones constantes y a menudo muy encendidas entre historiadores y periodistas sobre este tema, en su mayor reflejan no tanto los datos de la historia de la Alta Edad Media de Europa del este sino la necesidad de los descendientes de encontrar en el pasado su “mito de origen” correspondiente, que explicaría el origen de la nación y halagaría la dignidad nacional. ¿Los propios eslavos del este fundaron su estado o necesitaron ayuda externa? En otras palabras, ¿La Rus de Kiev fue la primera estructura estatal en las tierras eslavas del este o sólo la sucesora de estados más antiguos? Y al final, ¿quiénes son los rus: escandinavos venidos de otro país, eslavos del este o ambos?

El motivo de la discusión alrededor de esta cuestión han sido las diferentes interpretaciones de ciertos pasajes de una de las más antiguas y famosas fuentes escritas de la historia antigua de los eslavos orientales: la Crónica de Néstor. Después de las típicas descripciones de la inundación bíblica y de la distribución de los descendientes de Noé por todo el mundo, en la Crónica de Néstor se mencionan todas las tribus eslavas del este y sus territorios. Se presta especial atención a los polanos, a los que llaman “sabios y prudentes”, y su líder Kyi, uno de los fundadores de Kiev, que según la crónica tuvo suficiente poder para visitar Constantinopla y obtener “gran honor” del emperador bizantino. De la Crónica de Néstor se lee entre líneas que mucho antes del siglo IX ya existían algunas tribus eslavas del este poderosas o sus alianzas, cada una con su caudillo o gran príncipe. Pero en el siglo IX los polanos y otras tribus eslavas orientales de Ucrania-Dnipró central se convirtieron en vasallos de los jázaros; y al mismo tiempo, en el norte, junto a los fineses vecinos que poblaban la costa del golfo de Finlandia, llegaron a ser vasallos de los varegos y rus-varegos “que vinieron del mar (Báltico)”.

La gran discusión: el origen de la Rus

El “llamamiento de los varegos” y el problema del origen de la Rus causan discusiones que siguen bullendo desde hace más de dos siglos. Dependiendo de la postura de los historiadores, podemos dividirlo en dos corrientes principales: normanismo y antinormanismo1.

Se puede asegurar que la posición normanista se defendió por primera vez en las crónicas rus antiguas: en la primera crónica de Nóvhorod y en la “Crónica de Néstor”. La primera crónica de Nóvhorod data de 1071 y, a pesar de cambios posteriores, es la compilación histórica más antigua de la que disponemos. La “Crónica de Néstor” se escribió incluso antes, a mediados del siglo XI, pero se reescribió y corrigió varias veces después; así que el ejemplar actual se corresponde con la versión elaborada por el monje kievano Néstor a principios del siglo XII y posteriormente rehecha en dos ocasiones por otros clérigos (aproximadamente 1118 – 1123). Igual que la primera crónica de Nóvhorod, la “Crónica de Néstor” narra el llamamiento de los varegos relacionándolo de vez en cuando con los rus. De aquí surge la idea de que los varegos tuvieron un papel importante en la fundación de la Rus de Kiev.

Con la aparición de las primeras investigaciones históricas-críticas sobre Europa del este en el siglo XVIII, dos historiadores alemanes, Gottlieb Bayer y Gerhard Muller, contratados por el Imperio Ruso, formularon la teoría que posteriormente fue llamada normanista y de la que ellos fueron sus fundadores. Junto con sus seguidores (A.L. Schlotzer, E. Konig y V. Tossen) declararon en el siglo XIX que los rasgos característicos de la primera civilización de la Rus de Kiev, es decir, la estructura política y legal, la religión y el arte, surgieron y se desarrollaron bajo influencia escandinava. Aunque las investigaciones posteriores desmintieron varias de estas afirmaciones, un asunto que está fuera de toda duda es la relación entre el “llamamiento de los varegos” de la crónica y los rus.

Varios historiadores rusos de prestigio de los siglos XIX y XX (N. Karamzín, M. Pagodin, S. Soloviev, V. Kluchevski, P. Miliukov y M. Pokrovski), sus seguidores en el oeste (M. Florinski, F. Dvornik y D. Obolienski) y también algunos historiadores ucranianos (M. Kostomarov, P. Kulísh, V. Antonovych y S. Tomashivski) compartían el punto de vista normanista de la historia de la Rus de Kiev (con cambios y añadiduras). Reconociendo la relación que establece la crónica entre los varegos y los rus, los historiadores se pusieron manos a la obra en la búsqueda de testimonios lingüísticos que pudieran ayudar a establecer la patria verdadera de los rus. La hipótesis de Ernst Kunik y Wilhelm Tomsen sobre el origen de los rus de una región sueca (Uppland) en la costa báltica al norte de la actual Estocolmo, fue bien recibida por muchos eslavistas importantes (F. Mikloshich. I. Srieznievski, V. Iagich, O. Shajmatov y A. Bruckner). De las investigaciones lingüísticas se extrajo que la palabra “rus” recuerda a los nombres con los que las tribus finlandesas denominaban a los que “llegaban del mar”. Así que “rus” puede provenir: 1) de “ruotsi”, palabra finesa para describir a los suecos, sobre todo a los que provenían de la parte de la región costera de Uppland que está un poco más al norte de Estocolmo y conocida como Roslagen, y a sus habitantes les llamaron “rospiggar” (se pronuncia “rúspigar”); 2) de “ropsmenn” o “ropskarlar”, palabras que en escandinavo antiguo significan “navegante-remero” y en finlandés significan “nación independiente”, y que, por cierto, se conservaron en el primer nombre finés de “Suecia” (Ruotsi) y “sueco” (ruotsalaiset).

El antinormanismo de Mijaíl Lomonósov también procede del siglo XVIII, pero su defensa de la “nación rus” y de todos los eslavos del este no se plasmó en una teoría científica hasta el siglo XIX, cuando aparecieron los primeros antinormanistas convencidos: Dmitrii Ilovaiskii, Stepán Guiedieónov, a los que se unieron varios historiadores (I. Filiévich, M. Hrushevski, P. Holubovski, H. Vernadski, H. Paskevich, M. Tijomírov, B. Hriékov y B. Rybakov). Estos autores o bien criticaban ciertas afirmaciones del normanismo o, empleando restos arqueológicos, creaban nuevas teorías sobre el origen de las estructuras estatales antiguas de los eslavos orientales, donde el llamamiento de los Varegos jugaba sólo un papel anecdótico.

Según los antinormanistas, el nombre “rus” en realidad está conectado no con los varegos de Nóvhorod o con otras regiones al norte del lago Ladoga, sino más bien con una tribu mucho más al sur que vivía en la corriente media del Dnipró al sur de Kiev, o, como aseguraba H. Vernadski, al este del mar de Azov. Según el punto de vista antinormanista, en la corriente media del Dnipró, es decir, en el valle del río Ros, habitaba la tribu eslava de los “ros” (rosos o rodos), que en el siglo VI unió a los vecinos eslavos alrededor de su metrópoli, Róden. Cuando los rosos se unieron con los polanos (Kyivshchyna) y siveriany (Chernihivshchyna), esta alianza se fortaleció y extendió creando en la corriente media del Dnipró una nueva unión intertribal que llegó a llamarse “Rus”.

Utilizando esta información, que alguien podría considerar hipotética, los historiadores soviéticos B. Hriékov y B. Rybakov, llegaron a ser considerados los antinormanistas más acérrimos. Ellos además argumentaban su posición con los hallazgos arqueológicos del siglo XX, que parecían demostrar la existencia de estructuras estatales de eslavos del este antes de la aparición de los varegos en Europa oriental. Estos “Estados” se refieren a la alianza tribal duliba en Volinia y la alianza rus en la corriente media del Dnipró (formada por polanos, siveriany y uliches). Ambas alianzas se consideraban continuadoras del “Estado eslavo” antae precedente. Fue la expansión de los rus hacia el norte de Kiev y su control cada vez mayor sobre las otras tribus eslavas (y no la llegada de los varegos) lo que causó la aparición de la Rus de Kiev a finales del siglo IX y principios del X.

Los antinormanistas dudaban de la existencia de un pueblo rus (o algunas de sus variantes) tal y como mencionaban las antiguas fuentes escandinavas. Aseguraban que algunos autores musulmanes del siglo IX llamaban “rus” a una de las tribus eslavas, y que incluso mencionan la existencia de tres estados eslavos: Kuyabia, Eslavia y Artania. Los antinormanistas también escribieron que la tradición de identificar Eslavia (Slava) con Nóvhorod era errónea, ya que estos tres nombres se referían respectivamente a Kiev (Kuyaba) y a dos ciudades satélites: Pereiáslav (Eslavia) y Róden (Artania). Además, los antinormanistas consideraban que el testimonio aparentemente indiscutible de la crónica sobre el llamamiento de los varegos y la identificación de ellos con los rus, eran un añadido posterior. La historia del “llamamiento de los varegos” fue, en su opinión, añadida por los copistas leales al poder en el siglo IV, que aspiraban a legitimizar la dinastía Rúrik, llevándola desde Rúrik, que fue el mayor de los guerreros varegos invitados a la tierra de Nóvhorod y al parecer primer mandatario del Estado de Rus. Los antinormanistas también rechazaban el argumento de sus oponentes sobre los mensajeros de Rus a Bizancio, cuyos nombres eran claramente escandinavos, considerándoles contratados por los grandes príncipes de la Rus eslava, los cuáles les encargaban misiones especializadas en asuntos comerciales y diplomáticos.

La discusión entre normanistas y antinormanistas la intentó resolver por primera vez el jurista y activista social ucraniano Serhii Shelujin en 1929, que en aquel tiempo era emigrante político y vivía en Praga. Elaboró una “teoría del origen celta de la Rus de Kiev procedente de Francia”. Entre las tribus celtas de la Galia sometidas por Julio César entre 58 ac y 51 ac se menciona a los rutenos, que vivían al este del río Ródano al norte de Narbona, la primera colonia romana al oeste de los Alpes y que incluía los territorios de las posteriores regiones francesas de Languedoc y Auvernia, en el actual suroeste francés. Tras la primera mitad del siglo V, durante las invasiones bárbaras causadas por la intervención de los hunos, los rutenos se dirigieron al este y se asentaron en las provincias romanas de Recia, Nórico y Panonia (actuales Austria y oeste de Hungría). Pronto, tras las invasiones, los rutenos se rebelaron contra la autoridad romana. Entre los caudillos del levantamiento se encontraba Odoacro (u Odovacar), mencionado en las fuentes de aquellos tiempos como “el rey de los rutenos” (Rex Ruthenorum). Odoacro fue el comandante supuestamente de origen germánico que, en el año 476, puso el punto y final a la historia del Imperio romano de Occidente.

Al respecto de los rutenos celtas, S. Shelujin consideraba que seguían viviendo en Recia, Nórico, Panonia y la costa de Iliria (actuales Croacia y Eslovenia), donde se mezclaron con la población local, incluyendo eslavos. Aproximadamente en el siglo VII los rutenos de nuevo se dirigieron al este. Una pequeña parte viajó a la región de los Cárpatos, en el extremo oeste de Ucrania, donde, según esta teoría celta, dejaron las huellas de su origen en los nombres, entre los que se encuentran Rus, rutenos (etimológicamente relacionados con Ruteni) Hálych y Galitzia. La mayor parte de los rutenos fueron al sureste a lo largo del río Danubio y su delta, atravesaron las estepas ucranianas y se asentaron en la costa este del mar de Azov, en la península de Tamán, en la costa este del estrecho de Kerch. Allí fundaron su capital, Tamatarka (Tmutarakáñ). Desde esta ciudad, los rutenos viajaron al norte, hasta Kiev, donde se mezclaron con la tribu local eslava de los polanos, a los que trasladaron el nombre “rus”. Con el tiempo, la Rus se extendió desde Kiev hasta Nóvhorod, al norte.

Otra explicación que toma en consideración el factor celta (“francés”) la ofrece el historiador ucranio-estadounidense Omelián Pritsak. Coincide con los normanistas en que los rus varegos llegaron desde fuera y jugaron el papel más importante en la aparición del primer estado eslavo fuerte. Además, ya al principio del siglo IX, los rus se establecen al norte, entre las tribus finesas y eslavas orientales, y su metrópolis se situaba en las tierras alrededor de Rostov. Pero estos rus varegos primitivos y también los que posteriormente respondieron al famoso “llamamiento”, según Pritsak no constituían un grupo étnico independiente, ni tampoco eran escandinavos, celtas, eslavos, o iranios (como consideraba Vernadskii). Se trata más bien de personas de diversos orígenes que se unieron en una entente comercial y viajaban por el mar del Norte y el mar Báltico (varegos). Acerca del llamamiento del varego Rúrik y sus hermanos a mediados del siglo IX, Pritsak coincide con los antinormanistas en que otorgarle a este episodio un significado especial es un añadido posterior de los copistas. También rechaza la teoría sobre el origen étnico escandinavo de los rus y, a la vez, niega la conexión de esta palabra con la tribu de los ros, con el río Ros o con algún Estado eslavo concreto en tierras ucranianas hasta el siglo IX. Este historiador, en cambio, propone que la palabra “Rus” proviene de “Ruti/Ruzzi”: una variante de Alemania central de la palabra “Rusi” de Francia central, que surgió de “Ruteni/Rutena” (región de Francia surcentral cerca de la ciudad Rodez: sus habitantes hasta día de hoy se llama “rutenois”), donde se encontraba la sede internacional de la entente ruteno-frisia.

A pesar de los argumentos convincentes de estas y otras teorías, todavía no hay una respuesta definitiva sobre el origen de la Rus y los rus, así que la discusión sigue abierta.

Aproximadamente a mediados el siglo IX (años 860-862 según la “Crónica de Néstor”, y año 854 según la más antigua “Crónica de Nóvhorod”, que quizá sea la fecha más exacta) las tribus eslavas orientales eslovenas y krývychi y también las tribus finesas chuds, vepsos y merias bajo control varego, “expulsaron (a los varegos) más allá del mar, no les pagaron tributo y empezaron a gobernarse solos”.2 Parece que los eslavos del norte y los fineses no lograron aprovechar esta oportunidad porque “se levantó un clan contra otro clan” y “empezaron a luchar entre ellos”. Bajo estas condiciones, como describe la “Crónica de Néstor”, los ex dependientes eslavos y los fineses dijeron: “vamos a buscar un gran príncipe para nosotros que pueda gobernar nuestras tierras y juzgar según el derecho y la ley”. Se hicieron a la mar en busca de varegos, de rus… y los chuds, eslovenos, krývychi y ves dijeron a los rus: “la tierra nuestra es grande y generosa, pero no hay orden en ella. Venid a reinar y gobernarnos”.3 Los rus mandó a tres hermanos, Goerekr/Rúrik, Sineo y Truvor, que se asentaron en Stáraya Ládoga (en Nóvhorod según la primera Crónica de Nóvhorod), Beloozero (actual Belozersk) e Izborsk. Así que “de estos varegos la tierra de los rus obtuvo su nombre”, aunque de su llegada a la tierra de Nóvhorod vivían los eslavos orientales eslovenos. De esto, surge en la “Crónica de Néstor” la diferenciación entre los varegos rus que llegaron y los eslavos locales.

Aunque luego se cuenta que muy pronto dos de los hermanos murieron dejando a Rúrik reinando solo en la Rus de Nóvhorod. A los dos “boyardos” de Rúrik, es decir, a Askold y Dir, como escribe la crónica, se les permitió ir a Constantinopla, pero por el camino, surcando el Dnipró (que dentro de poco se convertirá en parte de la famosa “ruta de varegos a griegos”), se detuvieron en Kiev, que en aquel tiempo, como todas las tierras polanas, se encontraba bajo control jázaro. No se sabe si se detuvieron a petición de los habitantes de Kiev, pero Askold y Dir “se quedaron juntos en la ciudad esta y reunieron a muchos varegos y empezaron a gobernar la tierra polana. Y Rúrik reinó en Nóvhorod”.4

La consolidación temporal en Kiev les proporcionó a Askold y Dir más valentía, así que decidieron ir a Constantinopla, y en el año 860 se dirigieron a la capital del Imperio Bizantino en 200 barcas. Aunque lograron arrasar a los poderosos bizantinos, la Rus de Kiev no tuvo suerte con los hermanos varegos. En los años 880-882 un nuevo gobernador varego de Nóvhorod, Helgi/Oleg, llegó del norte con un gran ejército, marcó a Alskold y Dir y “se asentó reinando en Kiev” y proclamó: “Que sea esto (Kiev) la madre de las ciudades de la Rus”, empezando desde este momento el sometimiento de las tribus eslavas orientales y finesas.5

Así que según la “Crónica de Néstor”, varias tribus eslavas del este, entre ellas los polanos, hacía mucho que tenían sus propios ejércitos y grandes príncipes. Aunque a mediados del siglo IX se encontraron bajo el poder de los varegos y los jázaros. El efímero intento de autogobierno no salió bien, por eso invitaron a los extranjeros varegos rus de Escandinavia que gobernarían en las tierras de Nóvhorod. En poco tiempo, la influencia varega se extendió al sur de Kiev y aledaños. Al principio, los varegos controlaban dos territorios: el poder de Rúrik abarcaba las tierras de Nóvhorod, mientras que Askold y Dir abarcaban las tierras de Kiev. En los años 880 estos territorios pasaron al poder único del gobernador Oleg, que empezó a someter a otras tribus eslavas. Desde este momento dio comienzo el establecimiento de la Rus de Kiev. Para recrear las descripciones episódicas y a veces contradictorias de la “Crónica de Néstor” hay que analizar la situación de Europa durante el siglo IX y cómo los hechos de aquellos tiempos remotos influyeron de forma directa e indirecta en los eslavos del este y en Ucrania.

Europa en el siglo IX

En el siglo IX, desde la Escandinavia más al norte a la parte más sureña del Mediterráneo y desde las estepas orientales más lejanas del kaganato jázaro hasta el corazón del continente que vivía la ruptura del imperio de Carlomagno y las intervenciones ruinosas de escandinavos, árabes y magiares, ocurrieron cambios muy significativos, resultado de los cuáles aparecieron en toda Europa, y no sólo en el este, nuevas realidades políticas.

En el norte, en Escandinavia los cambios políticos y demográficos causaron constantes migraciones de guerreros, comerciantes y simples aventureros para los que Europa, desde la última década del siglo VIII, se convirtió en un territorio donde ejecutar continuos saqueos. En Alemania del Norte, Britania e Irlanda, a estos guerreros les llamaron vikingos; en Francia, España e Italia, normandos, es decir, gente del norte; los eslavos y fineses en Europa del este les llamaron varegos (del escandinavo antiguo “Vaeringjar”, es decir, “el que hizo juramento”). Durante el siglo IX, los vikingos/normandos/varegos avanzaron sin piedad hacia el sur, robando en ciudades y aldeas del continente y de las islas británicas.

Hubo varias causas que explican la expansión escandinava, pero quizá la más importante fuese la situación política. En Dinamarca y, en menor parte, en Noruega y Suecia, los reyes consolidaban su poder en sus respectivos reinos cada vez más, controlando ferozmente a los ladrones tradicionales que se aprovechaban de agricultores y pescadores. En este período de transición hacia un gobierno más centralizado, expulsaron a muchos caudillos de tribus pequeñas y a rebeldes. El resultado de este fortalecimiento político fue la seguridad y la estabilidad, provocando crecimiento y bienestar entre la población, vaciando en poco tiempo los recursos naturales de la escasa Escandinavia montañosa. En esta situación de presión sobre la población y de fortalecimiento político interno, aparecieron muchos voluntarios para las incursiones vikingas (un ejemplo clásico que en historia se llama teoría de la válvula de escape). Si los vikingos no hubiesen tenido adónde ir, lo más probable es que el conflicto entre el gobierno y la población descontenta habría provocado una guerra civil. Pero durante el siglo IX, Europa atravesaba una crisis que sirvió como válvula de escape para expulsar el “vapor escandinavo”.

En el continente europeo, el Imperio de Carlomagno (reinó entre 768-814) renovó cierta estabilidad en Europa central y occidental al sur y al norte de los Alpes. Una estabilidad que aquí era desconocida desde los tiempos del Imperio romano. Aunque poco tiempo después de la muerte de Carlomagno (814) la discordia entre sus herederos causó la ruptura del imperio y la guerra entre varios regentes cristianos. Al sur, en el Mediterráneo, reinaban los árabes musulmanes. El califato árabe que surgió en Oriente Próximo, a finales del siglo VIII mantenía bajo su control todo el norte de África y la mayor parte de la península ibérica (futuras España y Portugal). Durante el siglo IX los árabes (conocidos en Europa como sarracenos) se dirigieron desde sus tierras norteafricanas a Sicilia, Cerdeña, Córcega y el sur de Italia. La mayor parte del Mediterráneo y sus vías comerciales estuvieron en manos de los árabes.

En el extremo sureste del continente europeo comenzó la decadencia del kaganato jázaro y la estabilidad que éste proporcionaba en todo el territorio bajo su influencia. Al principio, en los años 820, estalló una guerra civil severa, y aunque en 10 años el poder del kaganato se renovó, este conflicto trajo serias consecuencias. Los kabary, que salieron derrotados de esa lucha política, huyeron al norte, a la corriente alta del río Volga (cerca de Rostov) donde se encontraban los rus varegos; y también huyeron al sur, al territorio de los magiares, antiguos fieles vasallos de los jázaros. La presencia entre los varegos comerciantes de refugiados políticos jázaros en Rostov ayudó a fortalecer el prestigio de los kabary y, finalmente, en los años 830, a crear un estado nuevo: el kaganato rus. Al mismo tiempo, los magiares que recibieron a los rebeldes kabary se convirtieron en enemigos de los nuevos gobernantes de Jazaria.

Al final, los nómadas guerreros pechenegos (llamados patzinakos por los bizantinos) comenzaron a trasladarse de sus tierras a Jazaria, al norte del mar Caspio, y desplazaron a los magiares de su nuevo país: Levedia (entre los ríos Don y Donéts). Los magiares se mudaron al oeste y, aproximadamente en los años 840-850, se asentaron en las estepas ucranianas, entre el Dnipró y el Prut. Aquí, en la nueva patria (Étel-Kiozi), los magiares comenzaron a contactar con los polanos eslavos orientales, que vivían al norte de ellos, en la zona media de Ucrania-Dnipró, y también hicieron sus primeras incursiones al oeste (Balcanes y Europa central). Todos estos cambios políticos y las migraciones de los pueblos causaron confrontaciones bélicas y el cese del comercio, cuya consecuencia fue la inestabilidad general del kaganato jázaro y de las estepas ucranianas.

En el inquieto siglo IX, la única fuerza europea que mantuvo e incluso aumentó su influencia fue el Imperio Bizantino. También sufrió un profundo estrés interno cultural y político: la iconoclasia, que duró muchas décadas del siglo VIII y primera mitad del IX. Desde el año 843 (cuando finalmente acabó la crisis que desde 726 sacudía a ratos a todo el imperio) y hasta el primer cuarto del siglo XI, Bizancio vivió su época dorada alcanzando el mayor esplendor territorial de su historia y la mayor influencia económica y cultural. Aunque el imperio repelió los ataques de los árabes de Oriente Próximo, el acceso a Europa occidental les seguía siendo denegado por el dominio árabe en el mar Mediterráneo durante el siglo IX y muchas décadas del siglo X. Así que, permanenciendo en un temporal aislamiento del sur y del oeste, la economía más poderosa de Europa estuvo obligada a seguir fortaleciendo sus vínculos con el Kaganato Jázaro y las regiones al norte y al este del mar Negro. Aunque las relaciones cercanas tradicionales entre bizantinos y jázaros estaban amenazadas por la aparición de un nuevo jugador en la zona europea oriental: los varegos de Escandinavia.

Los varegos del este

Al principio, a los expoliadores escandinavos les complacían totalmente los ataques a los puertos costeros desprotegidos y también a las ciudades y conventos accesibles por los ríos navegables, pero muy pronto se dieron cuenta de la ventaja de otro método: asentarse en estos territorios, establecer un control sobre los territorios ganados y explotar a la población local por más tiempo. Justo de esta forma surgieron la Normandía en Francia, el Reino de Sicilia en Italia del sur y la Rus de Kiev en el este.

Los contactos de los escandinavos con el este perduraron con suerte dispar desde el siglo I ac, y especialmente fuertes fueron las relaciones con las costas este del mar Báltico (actuales Estonia y Letonia). Pero en un par de siglos, los primeros escandinavos que llegaron a estos territorios se integraron con la población báltica y finesa.

En los siglos VI y VII los comerciantes escandinavos, conocidos como varegos, volvieron a las costas orientales bálticas. Avanzando gradualmente hacia el interior de estas tierras se enteraban por la población local báltica y finesa sobre las riquezas de Jazaria en la corriente baja del Volga y sobre el comercio exitoso del kaganato con el califato árabe y el Imperio bizantino. Al escuchar estas historias, a los comerciantes y saqueadores varegos les entraron ganas de aprovecharse de los mercados jázaros inmediatamente. En el siglo VIII crearon la llamada “ruta sarracena”, que comenzaba en Birka, en la costa este sueca, atravesaba el mar Báltico y el golfo de Finlandia, luego continuaba a lo largo de los ríos Ladoga, Onega y Beloózero hasta el curso alto del Volga, y siguiendo la corriente les dirigía al sur hasta la metrópoli de Jazaria. A lo largo de esta ruta establecieron puestos de avanzada con fines comerciales y con el tiempo fundaron poblados. Tres de ellos adquirieron especial importancia durante el siglo VIII: Ladoga Vieja (o según las sagas nórdicas Aldeigjuborg), en la costa sur del lago Ladoga, Belozersk, en la orilla sur del lago Blanco, y Rostov, en la zona de entrerríos del curso alto del Volga y Kliazma. De estos puestos de avanzada en el norte los varegos obtenían esclavos y pieles de animales, y los intercambiaban por especias, artesanía de metal, ropa y plata que llegaban de las rutas comerciales árabes y centroasiáticas que se cruzaban en Jazaria.

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La demanda de artículos de Asia central y del lejano Oriente por parte de Bizancio y de Europa del oeste no disminuyó, pero el acceso desde Bagdad y los puertos del oeste del mar Mediterráneo se cerró en el siglo VIII a causa de las guerras entre bizantinos y árabes y el control árabe del Mediterráneo. Así que el kaganato jázaro se convirtió en el nuevo mediador de los intereses comerciales de Bizancio en el este. Parecía que al principio los varegos se conformaban con entrar en las vías comerciales jázaras y con la oportunidad de transportar los bienes del mercado jázaro por el Volga hasta el Báltico, y de ahí al norte y al oeste de Europa. Pero estas relaciones mutuamente provechosas se rompieron tras la década de 820 a causa de disturbios internos en Jazaria y el peligro externo sobre el kaganato que ya comentamos más arriba. La violación de la Pax Chazarica y la migración de los magiares y pechenegos interrumpieron el comercio por el Volga y obligaron a los varegos a buscar vías alternativas. Además, los jázaros ya no podían ejercer de mediadores efectivos entre el este, Bizancio y Europa del norte; así que los propios varegos pudieron sustituirles en esta función.

Estas circunstancias obligaron a los varegos a establecer otra vía a mediados del siglo IX, que comenzaba en los puertos Birka y Sigtuna, localizadas en el sur de Suecia. Atravesaban el mar Báltico (“Varego”) viajando a lo largo del río Dviná occidental casi hasta su nacimiento. De aquí navegaban por su pequeño afluente hacia el sur y luego, avanzaban por tierra (para distancias cortas los varegos arrastraban sus barcos –“porteo”-) hasta el Dnipró, donde fundaron su puesto de avanzada Gnezdovo, al oeste de la actual Smolensk. Los varegos también podían atravesar el mar Báltico por otra vía: a través del golfo de Finlandia llegaban al puesto de avanzada de Ladoga Vieja, y viajaban hacia el sur hasta el lago Ilmin, en cuyas cercanías fundaron su nuevo puesto de avanzada Horodyshche (Holmgard en escandinavo antiguo), posteriormente conocido como Nóvhorod. Al atravesar Ilmin, continuaban su ruta hacia el sur por la corriente del río Lovat hasta su nacimiento. De aquí había poca distancia hasta el Dviná occiental, que recorrieron tirando de los botes por la tierra (el primer “porteo”), y de ahí a Gnezdovo. Bajaron por el Dnipró hasta el puesto fronterizo jázaro en Kiev. Desde Kiev viajaron por tierra hacia al este hasta el río Donets y la capital del kaganato jázaro Atil, o seguían bajando por el Dnipró y, arrastrando los botes por tierra para pasar los rápidos inaccesibles del Dnipró, llegaban al mar Negro y continuaban hasta Constantinopla. Esta ruta alternativa se convirtió en la famosa vía “de varegos a griegos”.

El potencial beneficio del comercio internacional a lo largo de la ruta báltica Dnipró-mar Negro llegó a ser la causa de la presencia cada vez más activa de los varegos en Europa del este. El debilitamiento del kaganato jázaro, que a mediados del siglo IX perdió el control de los territorios fronterizos occidentales benefició a los varegos. En aquel tiempo, los magiares nómadas controlaban las estepas del Dnipró, mientras que las tribus vecinas eslavas orientales (polanos, siveriany y demás) cada vez más frecuentemente se revelaban por las consecuencias no efectivas de la Pax Chazarica. En el extremo norte, los escandinavos controlaban las rutas comerciales hasta que las tribus locales finesas y eslavas del este les expulsaron temporalmente. Las discrepancias y los enfrentamientos dibujaron el escenario que dio lugar al “llamamiento de los varegos” descrito en las primeras páginas de la Crónica de Néstor.

Precisamente, las implicaciones de este “llamamiento” son las que han causado tanta controversia en la historiografía de Europa del este. Una de las dos principales escuelas de pensamiento reconoce la credibilidad de la historia reflejada en la Crónica sobre el “llamamiento de los varegos”, considerando la fundación del estado de Kiev mérito de los escandinavos conocidos como rus varegos. Los representantes de la otra escuela de pensamiento disminuyen el papel de los varegos, considerando a estos eslavos orientales, y no escandinavos, y consideran la Rus de Kiev una creación de eslavos orientales que simplemente contrataron a militares varegos para servirles. Quizá la explicación más equilibrada la podemos encontrar en un comentario de historiadores del siglo XX a un famoso tratado histórico del siglo X, “De Administrando Imperio”, del historiador y emperador bizantino Constantino VI Porfirogéneta (gobernó durante 913-920 y 945-959):

Es ahora ampliamente aceptado que el estado de Kiev no nació ex nihilo con la llegada de los varegos en el siglo IX, sino que su base social y económica procedía de la época anterior, durante la cual los eslavos de la cuenca del Dnipró participaron activamente en la vida política y comercial de las estepas de Asia occidental y del mar Negro; y la aristocracia eslava de terratenientes y comerciantes después del lllamamiento de los varegos seguía garantizando la estabilidad territorial y el crecimiento económico del país. Al mismo tiempo es indudable el hecho de que la gente que llegó precisamente de Escandinavia en la segunda mitad del siglo IX reunió en un solo estado en la vía marítima Báltica-mar Negro a las dispersas tribus eslavas orientales, al que ellos llamaron Rus6.

La época de crecimiento y expansión

A pesar de la cuestión contradictoria sobre el origen de la Rus, el gran príncipe Oleg (gobernó en 878-912) se considera un personaje histórico decisivo que sentó las bases del estado de Kiev. Durante su reinado comenzó la época de crecimiento y expansión del imperio de Kiev, y duró casi un siglo, hasta el año 972. En este primer periodo de la historia de la Rus de Kiev, Oleg y los siguientes tres sucesores (Ingvar o Igor, Olga y Sviatoslav) tenían dos objetivos: 1) Conseguir apoderarse de las variadas tribus eslavas del este y finesas situadas a lo largo de las rutas comerciales que querían ser controladas por los varegos; 2) Imponer buenas relaciones con los nómadas y establecer relaciones militares y comerciales provechosas con los dos estados más poderosos de la región: Bizancio y Jazaria.

Desde que Oleg conquistó Kiev y dio muerte a Askold y Dir en 882, comenzó la consolidación de las tribus eslavas orientales y finesas bajo el poder rus varego. Según la Crónica de Néstor “y se asentó Oleg reinando en Kiev y proclamó: ‘Que sea esta la madre de todas las ciudades de las Rus’”7. Los eslovenos, los kryvychi y los meria, que obedecían a los varegos en el norte igual que los polanos gobernados por Oleg en el propio Kiev seguían pagando tributo. Debido a que el lejano norte y Ucrania-Dnipró había estado controlada por los rus varegos, Oleg se dirigió hacia otras tribus eslavas orientales. Del año 883 al año 885 obligó a los drevlianos, siveriany y radimiches a reconocer el mandato de los varegos. Los uliches y tývertsi vivían mucho más al sur, así que su conquista tomó más tiempo, hasta los 890. Por tanto, a finales del siglo IX Oleg, artífice del imperio, como a veces es llamado, controlaba desde Kiev la mayoría de las tribus eslavas orientales desde la costa del mar Negro hasta el delta del Danubio en el sur y en el norte hasta el golfo de Finlandia por un lado y la parte alta del Volga por otro.

Una expansión tan rápida como esta inevitablemente causó un conflicto entre Jazaria y Bizancio. Debilitados por los conflictos internos de los años 820 y por la migración de magiares y pechenegos a la estepa, los jázaros no podían proteger de los varegos a los siveriany y radimiches (ex vasallos eslavos orientales). Además, la política impulsiva de Oleg provocó que los magiares, bajo la presión de los pechenegos tuvieran que retroceder al oeste, fuera de Ucrania, y, cruzando los Cárpatos, asentarse en la llanura Panónica, donde viven hasta el día de hoy, en Hungría. Desde aquellos tiempos, las estepas ucranianas se abrían a los pechenegos, que podían atacar en cualquier momento desde sus nuevos puestos de avanzada en las corrientes medianas del Volga y del Don.

Las relaciones entre Oleg y el Imperio bizantino eran más difíciles y dependían del interés cultural, militar y comercial. El desarrollo de la Rus de Kiev dependía de la apertura de la gran vía comercial Báltico-Dnipró-Mar Negro llamada “de varegos a griegos”, y su bienestar y desarrollo dependían de establecer relaciones beneficiosas con Bizancio. Los bizantinos también tuvieron que tener en cuenta a los rus tras su inesperado ataque a la capital del imperio a manos de Askold y Dir en el año 860. La primera reacción de Bizancio fue fortalecer las relaciones con los jázaros, sus aliados tradicionales (la misión de Cirilo y Metodio en los años 860-861) e intentar, de manera exitosa, unir la rus a la esfera de influencia cristiana. En consecuencia, los emisarios de Askold y Dir se bautizaron a finales de la década de 860, en Kiev se construyó una iglesia y, según el tratado rus-bizantino del año 874, en la Rus (quizás, Tmutarakáñ) se instaló un arzobispo bizantino.

Pero las buenas relaciones rus-bizantinas finalizaron después de que Oleg matara a Askold y Dir y se apoderara de Kiev. Y cuando terminó de someter a las tribus eslavas orientales, Oleg en el año 907 atacó la capital bizantina. A consecuencia de esta intervención, los bizantinos tuvieron que firmar un tratado en el año 911 según el cuál los comerciantes rus quedaban exentos de pagar impuestos y obtenían un permiso especial de residencia cerca de Constantinopla (donde podían vivir gratuitamente hasta seis meses). Este tratado aseguraba el crecimiento económico del nuevo Estado de Kiev, ya que otorgaba a la Rus privilegios comerciales sobre la tierra más rica de la región. A cambio de pieles, cera, miel y esclavos, los rus obtenían “oro, seda, fruta y diferentes joyas”. Todo esto se lo quedaban los magnates de la rus o lo vendían a los comerciantes que salían al Báltico a través del Dnipró y desde ahí hacia Europa del norte y occidental. Hasta su muerte, en el año 912, Oleg extendió la esfera de influencia de la Rus de Kiev hasta alcanzar un territorio inmenso y logró neutralizar a los estados más poderosos de la región: Jazaria y Bizancio.

A pesar de grandes dificultades, el poder de la Rus de Kiev lo intentó mantener el sucesor de Oleg, Ingvar / Ihor (reinado 902 – 945), pero las tribus eslavas del este estaban descontentas con el hecho de que los gobernantes varegos recaudaran tributo (poluddia). Había que pagar con dinero (para el mantenimiento del Gran Príncipe y su mujer) y en especie (pieles, cera y miel) que recaudaban de cada granja y finca. En la práctica, ese proceso se diferenciaba poco de un robo organizado en aras de enriquecer a la élite varega. Por eso, en los tiempos de Ihor estallaron algunas revueltas, las más sonadas fueron el levantamiento de los uliches y el de los drevlianos.

En la política exterior tampoco todo marchó bien. Aunque el kaganato jázaro ya no representaba gran peligro, los pechenegos no cesaban en su empeño: volvieron a las estepas ucranianas e hicieron al menos dos incursiones a la Rus de Kiev (915 y 920). Las relaciones con Bizancio también empeoraron: la discordia con los comerciantes rus en Constantinopla impidió a Igor hacer una incursión de castigo a la capital imperial en 941. Esta vez sí los rus conocieron la derrota, y el nuevo acuerdo comercial firmado en 944 para nada fue beneficioso para Kiev.

Las relaciones con Bizancio en la situación interna de la Rus de Kiev mejoraron cuando en 945 llegó al poder la viuda de Ihor, Helha / Olha (reinado 945 – 962), que se sentó inesperadamente en el torno después de que mataran a su marido durante una nueva marcha de recaudación de tributo a los drevlianos. A pesar de que la Crónica de Néstor describe con detalle la feroz venganza de Olha a los drevlianos, una de las consecuencias de este caso fue el cambio de la forma de recaudar tributo a las tribus sometidas. Olha reformó la práctica de recaudación: el recorrido arbitrario que hacía el gobernante de Kiev fue cambiado por un sistema en el que o bien representantes regionales iban a las granjas y fincas a recoger el tributo o los súbditos acudían a pagar sus tributos en los puestos situados por todo el territorio.

Pero lo que hizo más famosa a Olha fueron sus ganas de mejorar las relaciones con Bizancio. En 955 se dirigió a Constantinopla y, a diferencia de sus predecesores que mandaban al ejército a la capital imperial, Olha realizó una visita pacífica. Incluso se convirtió al cristianismo y obtuvo un nuevo nombre: Olena. Este paso no sólo mejoró las relaciones rus-bizantinas sino que también fortaleció la influencia del cristianismo en Kiev, que durante los años 880, tras la llegada de Oleg al poder, decayó, y se renovó levemente en tiempos de Ihor. Aunque Olha /Olena se convirtió a la nueva religión, ni su hijo ni la élite rus varega aceptaron el cristianismo. Ellos no abandonaron sus ritos paganos propios a pesar de que toleraban la nueva religión e incluso parece que la apoyaban.

El reinado de Olha acabó en 962 cuando su hijo Sviatoslav cumplió 21 años y, por el derecho de edad, comenzó a reinar. Durante los 10 años que duró su reinado llevó a cabo la política invasora de Oleg. A Sviatoslav, igual que a muchos “bárbaros” predecesores, le atraían las riquezas de Bizancio, y quería llegar a ser tan rico y lujurioso como la capital imperial. Pero al principio se dirigió al este y al norte, donde logró unir a los viatiches, unificando así a todos los eslavos orientales bajo el poder de los rus; y con el tiempo, cuando los jázaros pidieron a los rus ayuda en su lucha contra los pechenegos, Sviatoslav atacó al kaganato y en el año 965 invadió Sárkel, dejando sólo en pie una fortificación lejana en el este (Torre Blanca). Este mismo año sometió bajo su poder a los aliados jázaros, a los búlgaros del Volga y luego, al volver de Jazaria, robó en su antigua capital Itil. A finales de los 960 el ejército de Sviatoslav destruyó el kaganato jázaro y junto con él lo que quedaba de la Pax Chazarica.

Ahora ya Sviatoslav sí estaba preparado para dirigirse hacia su principal objetivo: Bizancio. Los bizantinos sabían que ya no podían contar con sus aliados tradicionales, los jázaros, por lo que buscaron nuevos aliados, también entre los rus. Sviatoslav fue algo ingenuo y permitió convertirse en peón de la diplomacia del norte de Bizancio. Los jugadores principales en este tablero diplomático eran la Rus, el Reino búlgaro en la cuenca baja del Danubio y los pechenegos esteparios. Bizancio intentó enfrentar a unos contra otros. Por su parte, Sviatoslav esperaba fortalecer su posición en los Balcanes a costa de los protobúlgaros. Incluso contemplaba desplazar la capital, Kiev, a Pereyáslavets, cerca de la desembocadura del Danubio, pero finalmente se vio obligado a abandonar esta empresa y firmar un acuerdo de paz nada conveniente con Bizancio en 971. Un año después, volviendo de Kiev, cayó en una emboscada preparada por los pechenegos, que quizá fueron informados de la ruta del gran príncipe por sus ex aliados protobúlgaros y bizantinos.

La muerte de Sviatoslav en 972 significó el fin del primer siglo de la historia de la Rus de Kiev. Bajo el mandato de los boyardos y de los sucesores del caudillo varego Rúrik, que fue llamado a las tierras de Nóvhorod en la segunda mitad del siglo IX, fue creado un estado nuevo en Europa del este. Los grandes príncipes rus que se asentaron en Kiev después de la década de 880 necesitaron menos de un siglo para tomar el control de las numerosas tribus eslavas orientales y finesas. Continuando la tradición de las expediciones vikingas (varegas) que saquearon Europa en el siglo IX, los nueve gobernantes kievanos, entre ellos Oleg y Sviatoslav, soñaban con su propio imperio a lo largo de las vías comerciales del mar Báltico hasta los mares Negro y Caspio. Aunque al intentar ampliar las fronteras, se deshicieron súbitamente de los jázaros, sus mayores rivales comerciales del este, y de esta forma rompieron la Pax Chazarica que durante muchos siglos había asegurado alguna paz a los pueblos esteparios impidiendo además invasiones nómadas. Por otro lado, a pesar del éxito militar de los grandes príncipes rus en el este, fracasaron sus intenciones de expansión y saqueo sobre los territorios de influencia del Reino de Bulgaria y de Bizancio. Así que durante el primer siglo de establecimiento y expansión de la Rus de Kiev, los rus varegos lograron conquistar gran parte de Europa del este, pero a su estado todavía le faltaba integrar a sus pueblos para llegar a ser una fuerza política más poderosa en esta región.

1 O corrientes normandas o antinormandas (N. del T)

2 Crónica de Néstor, en Crónica de Rus, según la Lista de Ipatii traducida por Leonid Majnovets (Kiev, 1989), página 12.

3 Ídem.

4 Ídem.

5 Ídem, página 13.

6 Constantino VII Porfirogéneta, De Administrando Imperio, Vol. II: Comentarios de F. Dvornik, R.J.H. Jenkins, B. Lewis y otros (Londres, 1962). Página 23.

7 Crónica de Néstor, página 13.

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Capítulo 4. Eslavos y jázaros

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del último capítulo de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

El origen de los eslavos

El origen y la historia antigua de los eslavos, al igual que la de otros pueblos, están cubiertos de oscuridad. Los hallazgos escritos más antiguos y los restos arqueológicos más significativos que se han encontrado en los siglos XIX y XX todavía no permiten a la ciencia actual responder a muchas preguntas complejas sobre el origen, la distribución, el modo de vida y la organización social y política de los eslavos antiguos. Los testimonios escritos sobre los eslavos antiguos son bastante pobres: se limitan a una corta descripción del historiador Heródoto en el siglo V ac, y otras en el siglo VI por parte del historiador bizantino Procopio y del historiador godo Jordanes. A pesar de los escrupulosos intentos de algunos historiadores por relacionar los nuevos datos arqueológicos con alguna tribu en concreto, todavía quedan muchas especulaciones. Lo único que no plantea dudas es que los pueblos eslavos y sus ascendentes protoeslavos vivían en Europa del este desde por lo menos los principios del siglo I ac. Pero la cuestión sobre de qué región en concreto de Europa del este provienen los eslavos seguirá siendo discutida.

A día de hoy, la protopatria de los eslavos se consideran las tierras al norte de los Cárpatos que se extienden desde la parte alta del valle del río Odra tras los afluentes del Vístula y del Bug en el oeste hasta la corriente media del Dnipró en el este. Hablando en términos actuales podemos decir que en la protopatria de los eslavos entraban las regiones de Polonia central y del este, el sur de Bielorrusia y el noroeste de Ucrania.

En términos geográficos la protopatria de los eslavos se encontraba al norte de la línea que separa la zona mixta de bosque-estepa y las estepas del sur. Esta línea atravesaba Ucrania en diagonal y se extendía desde la parte baja de los ríos Prut y Dníster en el suroeste hasta los afluentes del Siverskyi Donets en el noreste. Más al norte de esta línea, en la zona mezclada de bosque-estepa, los eslavos agricultores que practicaban un modo de vida sedentario estaban mejor protegidos de los guerreros nómadas procedentes de la estepa abierta.

 

Migración eslava

Ya a mediados del primer milenio antes de cristo, los eslavos comenzaron a ocupar lentamente los territorios fuera de su patria histórica. Este proceso gradual de migración duró más de un milenio y la dirección evidente era el sureste (la parte media del Dníster) y el suroeste de Ucrania (en la parte baja del Bug del Sur). A los eslavos y a otros pueblos les seducían las riquezas naturales y las posibilidades de comercio con ciudades griegas y, posteriormente, romanas situadas a lo largo de las costas de los mares Negro y Azov.

Por eso, los contactos entre eslavos y aquellas civilizaciones nómadas y semi-sedentarias que dominaban los territorios ucranianos eran inevitables. Entre ellos, con los escitas, que, después del año 750 ac, controlaron la estepa al norte del Mar Negro. Hay razones para suponer que al menos una parte de los así llamados “escitas aradores” y también quizás de los agricultores de la sociedad escita, estaba formada por eslavos. Con la llegada de los sármatas, que sustituyeron a los escitas después del año 250 ac, los eslavos seguían subordinados a los nómadas.

La información sobre los eslavos que habitaban los territorios de Ucrania en la época sármata ha sido recibida de las obras del historiador godo Jordanes y del historiador bizantino Procopio. Estos son los primeros autores que describieron a los eslavos detalladamente. Jordanes les dividió en tres grupos: 1) vénetos del Vístula, que habitaban la costa del Mar Báltico y en las tierras bajas del Elba, Odra y Vístula; 2) antaes, distribuidos a lo largo del Mar Negro, entre el Prut y el Bug del Sur; 3) esclavenos, que vivían al norte del Danubio, en Moravia, alrededor de los Cárpatos, en Valaquia y en Moldavia. El segundo de los grupos mencionados, el de los antaes, resulta de especial interés.

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La patria antigua de los eslavos

En una de las primeras obras históricas en la que se determina la localización de la patria antigua de los eslavos es la medieval “Crónica de Néstor”, según la cual, al principio “se asentaron los eslavos por el Danubio, donde se encuentran ahora las tierras húngaras y búlgaras”, es decir, a lo largo del curso medio y bajo del Danubio, desde la Llanura Panónica hasta el Mar Negro. Esta interpretación predominó durante muchos siglos, hasta que no fue sustituida por la así llamada “teoría sármata”: la patria antigua eslava se consideraba a las tierras alrededor del río Don, generando fuertes relaciones con los escitas iranios y con los sármatas. En el siglo XIX algunos historiadores aseguraban que los eslavos provienen, o de los Cárpatos o de tierras más al norte a lo largo de los pantanos del río Prýpiat. Actualmente existen cuatro teorías:

1.- Desde el punto de vista del arqueólogo checo Lubor Niederle (1902), la patria antigua eslava cuyo centro se encuentra en la Ucrania noroeste se extiende desde el nacimiento del Vístula y el valle del Bug, atravesando los pantanos del Prýpiat y el margen derecho de Ucrania desde el Dnipró, hasta las cordilleras de los Cárpatos en el sur.

2.- El eslavista Max Vasmer (1941) señaló el lugar de procedencia de los eslavos algo más al este, situando el centro en aquellas tierras de Ucrania norcentral donde el Prýpiat y el Desná desembocan en el Dnipró. Este territorio abarca los pantanos del Prýpiat y el margen derecho de Ucrania, desde los flujos del Bug del Sur en el oeste hasta los flujos del Siverskyi Donets y Don en el este.

3.- Los arqueólogos polacos del periodo de entreguerras y posguerra, Jan Czekanowski, Tadeusz Ler-Splawinski, Leon Kozlowski, Jozef Kostrzewski y Tadeusz Sulimirski, aseguraban que los eslavos provienen de la región de la así llamada cultura lusaciana, que, como mostraban los hallazgos arqueológicos, se situaba entre el río Elba en el oeste y el Bug en el este, y entre los Cárpatos del norte y el Mar Báltico. Este territorio en general coincide con las fronteras de la Polonia contemporánea.

4.- Los arqueólogos soviéticos de la posguerra Piotr Tretiakov y Boris Rybakov, apoyados por el historiador polaco Konrad Jazdzewski y por los arqueólogos checos Jan Fili, Zdenek Vania y Jiri Horak, aseguraban que el territorio de la cultura lusaciana era sólo la parte occidental más lejana de la patria antigua de los eslavos y el resto de los territorios, al parecer, se extendían al este, hasta la parte baja de los ríos Desná y Seim.

Los historiadores contemporáneos cuyas teorías difieren únicamente en detalles, parece que están de acuerdo en que la patria antigua de los eslavos se situaba al norte de los Cárpatos y también al norte de la estepa abierta. Este territorio se extendía por el curso mediano del Vístula en el oeste, a través del Bug y del Prýpiat, y en el este hasta la mitad del Dnipró y Desná; actualmente estas tierras corresponden con la Ucrania norcentral y oeste, el suroeste de Bielorrusia y la Polonia sureste y surcentral.

Los historiadores siguen proponiendo teorías sobre la patria antigua eslava. Algunos arqueólogos consideran que es la histórica Bohemia (Iván Borkovski) o Panonia (Josip Korosec); otros vuelven a las versiones más antiguas de la procedencia de los eslavos, como la de la parte baja del Danubio (Florián Kurta), la del valle pantanoso del Prýpiat a lo largo de la frontera actual entre Ucrania y Bielorrusia (Irena Rusánova), o la de los montes Cárpatos del norte a ambos lados de la frontera actual entre Polonia y Ucrania en la región histórica de Galitzia (Volodymyr Barán).

 

Los antae

Debido a que los fuentes escritas son pobres y contradictorias (Procopio, contrariamente a Jordanes, no considera que los antae fuesen eslavos) y a que los hallazgos arqueológicos no son convincentes, la cuestión de los antae sigue siendo discutida. Se sabe que vivían en estas tierras en época sármata. La tribu sármata más influyente en territorio ucraniano era la de los alanos, uno de estos grupos alanos era conocido como los antae. Parece que tras la llegada de los alanos antae a las estepas de Ucrania en los dos primeros siglos de nuestra era, éstos, de forma parecida a otras tribus sármatas de procedencia irania, empezaron a unir alrededor de ellos a las tribus eslavas y no eslavas que vivían cerca. La influencia de los antae, que al principio se extendía por las tierras del río Prut y el valle bajo del Dníster durante el siglo IV dc, con el tiempo llegó hasta los territorios del norte: primero hasta los afluentes del Bug del Sur, y luego, ya en los siglos V y VI, hasta el Volinia y la corriente media del Dnipró. En los tiempos de la propagación del poder antae profundizando hacia el norte, más allá de la estepa abierta hacia lugares densamente poblados por eslavos, a estos eslavos sometidos les comenzaron a llamar también antae. Al mismo tiempo, los eslavos mismos fueron sustituyendo gradualmente a los ex conquistadores alanoiranios y a la élite militar de los que heredaron el nombre de antae.

En el siglo IV dc los antae se consolidaron como una unión fuerte de tribus con destacamentos militares poderosos. Esta reputación como fuerza recia combatiendo se mantuvo hasta el siglo VI,  Jordanes describió a los antae como al pueblo “más valiente” que vive “entre Dníster y Dnipró al norte del Ponto Euxino (Mar Negro)”[1]. Los antae consiguieron hacer exitosas incursiones en el Imperio Bizantino y repeler a los godos que desde 1015 se habían consolidado en Crimea y en el sur de Ucrania. Debido a una de estas escaramuzas ha llegado a nuestros tiempos la mención del “rey” de los antae, cuyo nombre era Bozh.

El siglo de oro del poder antae en territorio ucraniano tuvo lugar en el siglo V. Durante este tiempo consiguieron rellenar el vacío de poder supremo que comenzó en la orilla derecha del Dnipró después de la llegada de los hunos, que a finales del siglo IV expulsaron a los godos de estos territorios, y éstos se fueron al oeste, cruzando los Cárpatos, a la llanura panónica. La zona de influencia antae se extendía por el norte de la zona central y oeste de Ucrania. Llevaban un modo de vida sedentario, estableciendo numerosas aldeas, principalmente cultivaban la tierra y cuidaban el ganado.

Los antae sedentarios establecieron también algunos asentamientos fortificados famosos, como los castros donde los artesanos elaboraban objetos de metal y vajillas de arcilla. Los restos de estas elaboraciones han sido descritas por los arqueólogos como elementos de la Cultura de Cherniajov y de la Cultura de Penkivka. De estos asentamientos fortificados, el más importante era Volinia en el oeste y Kiev en el curso medio del Dnipró, donde los antae ejercían un comercio vivo local e internacional, llegando incluso al Imperio Romano y al Bizantino.

Aunque no hay duda de que los antae habitaron la zona de los territorios ucranianos entre los siglos III y VII, las teorías de los historiadores sí difieren en cuanto al tipo de sociedad y esfera de poder. Algunos investigadores aseguran que los antae eran eslavos o grupos tribales en parte eslavizados que de vez en cuando se aliaban en una unión militar tribal. Otros defienden que esta unión desembocó en un “estado”, considerando así a los antae fundadores de uno de los primeros estados eslavos. Frantisek Dvornik incluso habla de “imperio” de los antae, ampliando de esa forma el territorio de la patria antigua de los eslavos desde el Óder en el oeste hasta el punto más alto del Donets y del Oka en el este. Pero la mayoría de los historiadores llaman a los antae los eslavos del este: los historiadores ucranianos no soviéticos (Hrushevski, Polonska-Vasylenko) aseguran que los antae fundaron un estado ucraniano; los historiadores soviéticos (Grékov, Rybakov) les llaman el grupo local de eslavos que formó el primer estado eslavo del este en el siglo VI entre los dulibos en Volinia y en el siglo VIII entre los polanos, que vivían en la parte central de Ucrania-Dnipró[2] cerca del río Ros.

Independientemente de si los antae crearon un estado o simplemente existían como grupo tribal, su influencia acabó tras la llegada de los ávaros en la segunda mitad del siglo VI. En la época de los ávaros los antae desaparecen de las fuentes escritas: son mencionados por última vez en el año 602.

 

Pax Chazárica

El siglo VII llegó a ser un siglo importante y crucial en la historia de Ucrania, no sólo porque a principios de siglo desaparecieron los antae, sino también porque a mediados de siglo los ávaros guerreros se trasladaron de las tierras ucranianas a la llanura panónica, y un nuevo pueblo túrquico, los jázaros, fundaron su propio estado política y económicamente poderoso  al este de los territorios ucranianos situados entre el curso bajo del Don, el Volga y el valle de los ríos Kubán y Térek. Al respecto de las tribus eslavas del este, podemos decir que algunas de ellas se alejaron al oeste, con los ávaros, tras los Cárpatos. Se rompió la unión tribal de los dulibos en Volinia y en su lugar apareció una nueva unión entre los polanos y siveriany en la mitad de Ucrania-Dnipró. Algunos historiadores consideran que la unión polano-severiana con capital en Roden, en la desembocadura del río Ros en el Dnipró, heredó la tradición de conformar estados de los eslavos del este (de hecho, los historiadores soviéticos insisten en la existencia temprana del Estado rus en estos territorios, los demás aseguran que esto fue una unión tribal dentro de la esfera de influencia jázara).

El territorio jázaro conformaba un triángulo delimitado por un lado por la corriente baja del Don, por otro lado por el río Volga y por otro lado por los ríos Térek y Kubán. Aún así, la influencia jázara se extendía mucho más lejos. A principios del siglo IX, algunas tribus eslavas orientales en el noroeste (polanos, radimiches, siveriany, viatiches), las tribus del norte (mordvinos, cheremysy, protobúlgaros del Volga) y también onogures, magiares, kasogos y alanos en el sur, obedecían al kaganato (Imperio) jázaro. Incluso desde el siglo VIII controlaban la mayor parte del norte de Crimea, donde bajo su poder también se encontraban los godos de Crimea con su capital en Doros.

Por este considerable territorio pasaban algunas rutas comerciales internacionales rentables, una de ellas era la parte norte de la Ruta de la Seda, que empezaba en China, atravesaba el mar de Aral, se prolongaba a lo largo de la costa del mar Caspio y terminaba en la capital jázara (Atil), en la cuenca del Volga. En Atil, los jázaros comerciaban en dirección sur: desde el Caspio hasta Bagdad y el Oriente Próximo persa (posteriormente árabe); o hacia el oeste por el curso del río Don, a través del mar Negro hasta Bizancio. El comercio constituía el principal interés de los jázaros, por tanto, el control y defensa de las vías comerciales era la prioridad de las fuerzas militares del kaganato. La fuente principal de ingresos eran los impuestos a los productos que pasaban por sus territorios y también el tributo que pagaban los pueblos sometidos al dominio jázaro. A cambio, los jázaros aseguraban la paz en la región, estabilidad y condiciones favorables para el comercio; así que sus relaciones con las tribus cercanas se pueden considerar de vasallaje. Estos eran los rasgos principales del nuevo orden establecido (Pax Chazarica).

A diferencia de sus predecesores y sucesores nómadas, los jázaros, para los cuáles el comercio era lo más importante, preferían la diplomacia y la paz a la guerra y el pillaje. Así que los protobúlgaros del Volga en el norte, incluso después de conseguir su independencia a mediados del siglo VIII, conservaban relaciones amistosas con los jázaros. Respecto al sur, tras la lucha encarnizada con el Imperio persa y luego la lucha a lo largo de los siglos VII-VIII con el califato árabe, en el año 750 aproximadamente, ambas partes acordaron que seguir luchando era inútil, por lo que marcaron una frontera “natural” con las montañas del Cáucaso.

Las relaciones con Bizancio, que era la ciudad más importante de la región, desde el principio del dominio jázaro en el siglo VII, se construyeron de la mejor manera. Los jázaros eran aliados de Bizancio en la contención de, primero, los persas y luego los árabes. El único peligro posible de estas relaciones amistosas venía de la península de Crimea, donde desde el siglo VI, bajo el poder bizantino, existía el Reino del Bósforo. En el lugar donde se hallaba la ciudad greco-bósfora de Hermonasa (Tamatarkha) en la costa este del Estrecho de Kerch, los jázaros contruyeron la fotaleza de Tmutarakáñ. Luego, utilizando de forma acertada las disputas entre Crimea y Constantinopla, a finales del siglo VII los jázaros tomaron el control  de casi toda la península. Tras este hecho, la tensión entre jázaros y bizantinos disminuyó: acordaron dividir Crimea entre la esfera de influencia bizantina que se extendía por la costa, y la jázara, por el territorio de estepa de la península.

En el siglo VIII las relaciones bizantino-jázaras sólo se hicieron más fuertes gracias a la diplomacia nupcial (a las hijas de algunos de los kaganes las casaron con emperadores bizantinos) y tras defenderse conjuntamente de los magiares nómadas y los recién llegados varegos rusos, que cada vez inquietaban más. En consecuencia, en los años 830 los arquitectos bizantinos construyeron la segunda capital de los jázaros, Sarkel (o Casa blanca), en el río Don, y en los años 860 la llegada de la misión cultural de Bizancio a los jázaros de la mano de los misioneros cristianos Cirilo y Metodio.

El comercio internacional, que era de suma importancia para los jázaros, ayudaba a desarrollar la cultura y, por tanto, la religión del imperio. Al principio los jázaros seguían el chamanismo procedente de Altai, pero la élite dominante se abrió a otras religiones más desarrolladas. Las tres grandes religiones encontraron apoyos entre la nobleza jázara: 1. Islam, llegó en el siglo VII a través de comerciantes árabes. 2. Judaísmo, traído por los misioneros judíos en 765, entre ellos se encontraba Isaac Ha-Sangarí. 3. Cristianismo, del cual eran fieles Cirilo y Metodio de Bizancio, futuros “apóstoles eslavos”, que vivieron en Sarkel en los años 860-861. En el período transcurrido entre los años 789 y 809, el kagán jázaro y la nobleza se convirtieron al judaísmo, y después, durante la primera mitad del siglo X, el kagán acogió a los refugiados judíos que huían de las ejecuciones del emperador bizantino Romano I (que gobernó en 920-944). A pesar de que al final entre los habitantes del estado jázaro la religión más influyente era el Islam, el kaganato ha sido el único estado en la historia que (aunque en un príodo corto) reconoció el judaísmo como religión oficial. Así, aparecieron muchas leyendas y teorías judías (la última ha sido el libro de Arthur Koestler, “La decimotercera tribu”) cuyos autores intentan defender que los judíos de europa oriental descienden de los jázaros.

La importancia del estado jázaro reside en el hecho de que durante dos siglos (aprox 650-850) aseguraron la estabilidad de la gran región situada entre los mares Negro y Caspio y las Montañas del Cáucaso, que colindaba con distintas culturas. El kaganato jázaro no se puede considerar un “bastión de la estepa” inexpugnable de los ataques del este, como tradicionalmente se muestra en literatura, sino que más bien era un centro fuerte alrededor del cual se reunían las tribus nómadas y sus alianzas (protobúlgaros, alanos, magiares y eslavos del este), y donde el comercio y la existencia pacífica prevalecían sobre los conflictos armados.

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Arqueología en Ucrania

El primer período de historia ucraniana o protohistoria (aproximadamente de 1150 ac a 850 dc) se presenta a menudo en las obras históricas como una época de ataques continuados de pueblos nómadas, desde los cimerios hasta los jázaros, que invadieron el territorio de Ucrania y lo gobernaron en distintas épocas. Sin embargo, el objeto de las investigaciones arqueológicas de aquel período de dos siglos diferencia estas culturas. El conocimiento sobre ellas se ha formdo en base a los rastros del pasado hallados durante las excavaciones, como restos de viviendas, instrumentos domésticos, armas, sepulturas, monedas y, sobre todo, la cerámica. Los hallazgos arqueológicos nos cuentan más sobre la forma de existencia física de la población sedentaria agrícola que los datos de varios autores antiguos que nos dejaron sólo descripciones generales sobre estos pueblos nómadas dominantes.

Los arqueólogos revelaron que en este período en el territorio ucraniano coexistían varias culturas. Estas culturas se trasladaban de vez en cuando y puede que vivieran en nuevos lugares más tiempo que en su territorio de origen. Por eso, los nombres contemporáneos de esas culturas a veces están condicionados por el lugar en el que a finales del siglo XIX y principios del XX fueron halladas por primera vez (Tripilia, Zarubintsi y Cherniajiv), o por el estilo decorativo de su cerámica, o por el modo de sepultura (catacumbas o sepulcros individuales).

En los territorios ucranianos los arqueólogos revelaron bastantes culturas prehistóricas. La más famosa es la cultura de Tripilia (aproximadamente entre 4500 ac – 2000 ac), que certifica el paso de la ganadería nómada a la agricultura sedentaria; la cultura bilohrúdiska (1350 ac – 800 ac), que revela en parte rastros cimerios; la cultura de Srubna (1200 ac – 600 ac), en la que a finales de su existencia aparecen los escitas.

A principios del primer siglo de nuestra era surgen un par de culturas nuevas, aunque los historiadores todavía no se han puesto de acuerdo en cómo clasificar estos hallazgos arqueológicos y en verificar su pertenencia a alguna cultura o pueblo en concreto. El problema de las relaciones entre arqueología e historia se hace obvio en el proceso de análisis de la cuestión  de la etnogénesis eslava.

La primera de estas culturas nuevas es la cultura de Zarubintsi (llamada así por el pueblo del mismo nombre cerca de Pereiáslav), que llegó a su esplendor entre los años 200 ac – 200 dc en Ucrania noroeste (Volinia y los pantanos del río Prýpiat) y norcentral (Kyivshchyna[3]). Era una cultura agrícola cuyos habitantes vivían en pequeñas viviendas a lo largo de las orillas protegidas de los ríos y que era famosa por su forma única de trabajar el hierro. La cultura Zarubintsi coincide en el tiempo con la época sármata, aunque quizás también otros pueblos contribuyeron a esta cultura (bálticos, escitas, pomeranios), entre los cuáles podían encontrarse los eslavos.

Aproximadamente en el año 200, en la zona geográfica de bosque-estepa y estepa abierta, en la mayor parte del territorio de la Ucrania contemporánea, Moldavia y la parte este de Rumanía, surge la así llamada cultura de Cherniajiv (proviene del pueblo Cherniajiv, cerca de Kiev, donde en 1899 Vikentii Jvoika encontró sepulturas). Aquí se encontraban cientos de poblados que se extendían a lo largo de pasos estrechos (a veces de hasta 1 kilómetro de largo) en las orillas de los ríos. La cerámica pulimentada gris o negra, los instrumentos de hierro y las joyas refinadas de metal caracterizan la cultura de Cherniajiv y dan testimonio del comercio con el mundo romano en el sur. Sobre la vida espiritual de los pobladores de aquellos tiempos, obtenemos información a través de las estatuas paganas de ídolos de piedra encontradas en varios sitios en el centro de la zona de Podnistrovia[4]. Estas estatuas tienen una altura que oscila de 1 a 3 metros y datan de los siglos II al V. Los científicos no han llegardo a ponerse de acuerdo acerca de las tribus que crearon la cultura material, aunque probablemente sea el resultado de la influencia mutua de varias etnias entre las que se encontraban los dacios, germánicos, sármatas, escitas y antae. Sea como fuere su composición étnica, la cultura de Cherniajiv parece que llegó a su inesperada hecatombe aproximadamente en el año 400, víctima de la avalancha nómada huna.

Casi al mismo tiempo que la cultura de Cherniajiv, entre el Dnipró y el Bug del sur y el curso bajo del Dnipró apareció la cultura de Penkivka (llamada así por el antiguo pueblo de Penkivka, en el centro de Ucrania-Dnipró, hoy en día inundado por el embalse de Kremenchuk). Esta cultura parece dar testimonio de la presencia en Ucrania de los sármatas: nómadas de origen iranio que gradualmente se eslavizaron y posteriormente figuraron en las fuentes históricas como los antae. A esta cultura agrícola también es caracterizada por sus poblados pequeños a lo largo de las orillas de los ríos consistentes en viviendas semi subterráneas con una estufa de piedra en cada una. La cultura de Penkivka relacionada con los antae floreció desde el siglo IV hasta el ataque de los ávaros de principios del siglo VII. Evidentemente, los ávaros rompieron la majestuosidad de los guerreros antae, pero no destruyeron el modo de vida característico de la cultura de Penkivka, especialmente en la Ucrania norcentral y noroeste.

 

Las tribus eslavas bajo la esfera de influencia jázara

Los eslavos, que vivían en Ucrania central y suroeste, se encontraban bajo la esfera de influencia de la Pax Chazarica, y por ello tuvieron la oportunidad de desplazarse al sur, a lo largo de los ríos, hasta el Mar Negro y más allá al este del Dnipró. A pesar de la antigua alianza de los antae, en el territorio de Ucrania había otras tribus eslavas independientes: los siveriany, en el noroeste a lo largo del curso bajo del río Desná y el curso alto de los ríos Seim y Sula; los polanos (habitantes de llanura, campo…), a lo largo del Dnipró entre Kiev y Roden; los drevlianos (habitantes de bosques), en los alrededores de los ríos Prýpiat y Horyn; los dulibos, en Volinia, cerca del nacimiento de los ríos Vístula, Bug y Styr; los croatas blancos, al norte de los Cárpatos; los úlychi, en la orilla izquierda del Bug del Sur; y los tývertsi, entre el Dníster y el Prut, cerca del Mar Negro.

En los tiempos de la alianza tribal antae, las metrópolis de estas tribus eslavas estaban fortificadas con castros. Al principio las rodeaban empalizadas, terraplenes y fosos con agua, donde los agricultores de los alrededores se escondían en tiempos peligrosos. Posteriormente, los castros se convirtieron en ciudades, en ellas trabajaban los artesanos y los comerciantes. En el siglo IX, en Kyivshchyna existían aproximadamente 400 castros, en Volinia 350, en Podolia 250 y en Galitzia 100. Los más importantes eran: Kyiv, metrópolis de los polanos fundada por su semilegendario Gran Príncipe Kyi (aproximadamente en el año 560); Cherníhiv, metrópolis de los siberiany; Iskórosten (actual Kórosten), metrópolis de los drevlianos; Volinia (actual Horodok del Buj), metrópolis de los dulibos; Przémysl, metrópolis de los croatas blancos, y Peresichen, metrópolis de los úlychi. Al principio, la administración de las tribus se concentraba en las manos de los representantes de aquellas familias que gracias a su prosperidad, valentía militar o cualidades propias, tenían poder e influencia. Se reunían en una asamblea (llamada veche) para decidir los asuntos importantes y en ellas de vez en cuando las personas más influyentes se convertían en caudillos o grandes príncipes de todo el grupo tribal.

Al principio, las tribus eslavas se dedicaban a la agricultura y practicaban la ganadería. Recogían las cosechas de distintos tipos de grano, pescaban, cazaban animales salvajes y recogían la miel y la cera de las abejas. Estos animales cazados eran vendidos en las ciudades, donde los artesanos ofrecían sus productos cerámicos, trenzados, metálicos y, los más importantes: productos de hierro de alta calidad. En la época jázara, en tierras ucranianas se mantuvo no únicamente el comercio interno, sino que este territorio era un eslabón importante de la red comercial internacional.

En los primeros siglos de supremacía jázara, la vía comercial más importante que unía Asia central, el mundo árabe y Bizancio con Europa del norte, pasaba por Jazaria, se estrechaba por el Volga, atravesaba algunos lagos y llegaba hasta el Golfo de Finlandia y el Mar Báltico. Los iniciadores de este comercio fueron varegos que, desde sus fortificaciones en las costas occidentales del Báltico y sus puestos de avanzada en Rusia en la parte norte (Ládoga la Vieja) y norcentral (Rostov), bajaron en el siglo VIII por el Volga hasta Jazaria. Durante el siglo IX apareció la ruta más corta desde el Báltico hasta Bizancio: a través de algunos lagos y ríos directamente al sur hasta el Dnipró saliendo al Mar Negro. Aspirando a que la gran ruta de navegación que posteriormente se convirtió en la famosa “ruta de varegos a griegos” no bordearan las tierras jázaras, éstos fortalecieron sus posiciones en la parte media de Ucrania-Dnipró con una guarnición militar en Kiev (ciudad llamada por entonces Sámbatas). Por otro lado, de Sámbatas partía la ruta terrestre dirección oeste hasta las ciudades jázaras de Sarkel y Atil. Así que en Kiev se cruzaban las rutas principales norte-sur y este-oeste por las que llegaban los productos de Asia central, tierras árabes, Bizancio y de los mercados bálticos y escandinavos. Por estas rutas y sus desvíos, las tribus eslavas del este de Ucrania intercambiaban grano, cera, miel, a veces pieles y esclavos, por ropa bonita, oro, plata, vino y cerámica.

Aunque existían unas cuántas tribus eslavas, tenían mucho en común: modo de vida agrícola, mitología y sistema de creencias. Repartidos en grupos pequeños entre la gran llanura y los bosques, los eslavos reaccionaban a su aislamiento y miedo a las fuerzas misteriosas de la naturaleza creando deidades que habitaban en nubes, bosques, tierras, ríos, campos y establos. Personificando la naturaleza intentaban encontrar con ella un idioma “humano” común y, de este modo, deshacerse del miedo a lo desconocido. Debido a que sus sistema de creencias no dejó testimonios escritos, conocemos sólo las descripciones de autores foráneos cristianos, y también a través de las costumbres nacionales posteriores donde se supone que permanecían los rasgos mitológicos precristianos eslavos.

Evidentemente, existían dos categorías de dioses: los principales, que controlaban todas las fuerzas de la naturaleza, y los secundarios, que habitaban los bosques locales, campos y ríos. Los dioses principales eran Svarog, dios del cielo, y sus dos hijos, Dazhbog, dios del sol, y Svarozhich, dios del fuego. No menos importantes eran Perún, dios del trueno, y Volos, dios del ganado. A la segunda categoría de dioses pertenecían muchísimas criaturas que poblaban bosques (lisovik), pantanos (demonios), campos (polovik), y ríos y lagos (sirenas). Otros dioses estaban relacionados con los sentimientos humanos, por ejemplo, Yarilo, dios de la pasión y renacimiento primaveral, y Kupalo, dios del agua, hierba y flores, que tenía el poder de la purificación. En honor de todos estos dioses se ofrecían sacrificios acompañados de sus rituales correspondientes.

En general, se suponía que el sistema eslavo de creencias garantizaba la comunicación directa con los dioses, sin templos, ídolos ni sacerdotes. Aunque había dos excepciones: en la isla Rugen en el Mar Báltico y en Kiev. En ambos sitios existían grandes ídolos. En Kiev, un ídolo grande de madera de Perún lanzando truenos, dios de la guerra. Los gobernantes más antiguos de Kiev y los primeros grandes príncipes, antes de ir a la guerra, le ofrecían a él sacrificios, al igual que al dios del ganado Volos. La tribu eslava rani (o rujani) de la isla de Rugen tenía ritos incluso más complejos y construyeron algo parecido a templos para el “dios de los dioses” Svantovid (Sviatovid). Parece que el culto a Svantovid se extendió también hasta las tribus eslavas del oeste que vivían al norte de los Cárpatos. Es probable que sea él el que fue personificado en un ídolo de más de dos metros de altura encontrado a mediados del siglo XIX en la orilla del Zbruch en el oeste de Ucrania. Con la llegada del cristianismo, los principales dioses eslavos y sus ídolos fueron destruidos, pero la fe en las criaturas terrestres ha perdurado con mucha fuerza en las aldeas incluso en el siglo XX y coexiste con la fe cristiana.

En los tiempos de la Pax Chazarica, las tribus eslavas en territorio ucraniano fueron protegidas de las intervenciones destructivas de los nómadas del este y por eso pudieron desarrollar la agricultura y el comercio durante los siglos VII – IX. A pesar de estos privilegios, a algunos grandes príncipes eslavos les indignaba el estatus de vasallos en las relaciones con los dirigentes jázaros. Pero durante mucho tiempo los eslavos estuvieron separados, por lo que ninguna tribu tuvo el suficiente poder para oponerse al kaganato jázaro. La aparición de aquella fuerza sólo llegó a ser posible a mediados del siglo IX en Kyivshchyna cuando las tribus locales se unieron bajo el mando de los líderes escandinavos varegos. Así apareció una nueva entidad conocida como Rus. ¿De dónde apareció este fenómeno? O citando las palabras del prólogo del libro “Crónica de Néstor” que dan comienzo a la famosa discusión: “¿De dónde empezó la tierra rusa, y quién reinó al principio en esta tierra, y cómo apareció la tierra de Rus?”[5].

[1] The Gothic History of Jordanes, traducida por Charles Christopher Mierow, segunda edición. (Princeton, NJ, 1915), p. 60.

[2] Ucrania-Dnipró es el nombre que se le da al territorio de Ucrania en el Imperio ruso, que corresponde aproximadamente al actual territorio de Ucrania, con las excepciones del Mar Negro de la península de Crimea (parte de la RSS de Ucrania en 1954) y en el oeste Galitzia, la cual fue una provincia del imperio austríaco. N del T. Fuente: Wikipedia.

[3] Parte de Ucrania histórica-etnográfica que al principio incluía los oblast contemporáneos del centro y del norte de Ucrania, es decir, la orilla derecha del Ucrania-Dnipró mediano. N del T. Fuente: Wikipedia Ucrania.

[4] Zona geográfica de Ucrania correspondiente al valle del río Dníster. N del T. Fuente: Wikipedia Ucrania.

[5] Crónica de Néstor, en Crónica de Rus, según la Lista de Ipatii traducida por Leonid Majnovets (Kiev, 1989), página 1.

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Capítulo 3. Las regiones de la estepa y las ciudades del norte del Mar Negro.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 3 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

El primer periodo histórico, o más bien, antes de la historia de Ucrania abarcó aproximadamente desde el año 1150 ac hasta el 850 dc. Durante este tiempo (20 siglos de historia humana en territorio ucraniano) tuvo lugar una lenta evolución desde las civilizaciones primitivas de recolectores y nómadas hasta sociedades más desarrolladas con estado centralizado y un sistema social y económico. Durante estos milenios el territorio de Ucrania se dividía en dos partes bastante diferenciadas: anchas franjas de estepa y bosque-estepa alejadas de las orillas del mar y las zonas cercanas a las orillas del Mar Negro y Mar de Azov. Aunque estas tierras se diferenciaban por su sistema socioeconómico y político, tenían vínculos muy fuertes entre ellas y eran bastante interdependientes.

El territorio estepario estaba principalmente poblado por recolectores sedentarios, que por norma general obedecían a los nómadas de las estepas centroasiáticas. En cambio, en las costas del Mar Negro comenzaban a aparecer ciudades griegas y, posteriormente, romanas y bizantinas que o bien se establecían como ciudades-estado independientes o bien se unían en federaciones con distintos niveles de dependencia de las metrópolis griegas, romanas o bizantinas situadas en el sur. Estas colonias de las costas del Mar Negro existieron durante más de dos milenios y estaban orientadas económica, social y culturalmente a las civilizaciones clásicas del Mar Egeo y del Mediterráneo.

 

Las regiones esteparias

Las primeras noticias sobre las regiones de estepa y sus habitantes las recibimos de autores griegos, romanos, bizantinos y árabes de aquellos tiempos, que principalmente describían a feroces salvajes del este cuyo único objetivo vital era la destrucción de los logros del mundo civilizado, es decir, del mundo griego y, posteriormente, de los imperios romano y bizantino. Un par de fuentes escritas de aquellos tiempos describen despectivamente a los pueblos asiáticos de nombres poco comunes como “numerosas bandadas bárbaras”: eran los cimerios, escitas, sármatas, alanos, hunos, ávaros, protobúlgaros y jázaros que, uno tras otro, dominaron con éxito los territorios de estepa hasta que eran reemplazados por otros invasores nómadas, alternándose así en el poder. Las excavaciones arqueológicas recientes, especialmente las del siglo XX, muestran que estos pueblos nómadas no eran tan incivilizados y propensos a la devastación como les describían los clásicos griegos y romano-bizantinos. Al contrario, las civilizaciones de estos nómadas del este, a menudo generaban un ambiente estable que aumentaba sus beneficios comerciales.

Antes de pasar al análisis cronológico de los procesos que ocurrieron durante estos dos milenios (1150 ac – 850 dc) merece la pena prestar atención a lo siguiente: cuando se trata de diferentes nómadas y sus intervenciones en las estepas ucranianas, el lector puede recibir la impresión errónea de que los crueles guerreros que llegaban del Asia central eran tribus independientes de alguna nación en concreto. Además, puede parecer que los nómadas ocupaban los territorios no poblados del sur y vivían allí hasta que eran desplazados por otro pueblo nómada, dando así lugar al comienzo de un nuevo ciclo demográfico. En realidad, no era así.

En primer lugar, las estepas ucranianas que poblaron las hordas nómadas nunca estuvieron vacías. Los restos arqueológicos demostraron que las estepas, igual que todo el territorio de Ucrania, estaban pobladas tanto en las épocas más remotas (Paleolítico, aproximadamente 200 000 – 8000 ac) como en las más cercanas (Neolítico, aproximadamente 5000 – 1500 ac). Los poblados de la Edad de Piedra se excavaron a lo largo del río Dnipró (raión de Kiev, cerca de los rápidos del Dnipró), en el afluente mediano del río Dnistró (cerca de Bukovyna), pero el poblado más antiguo conocido por la arqueología (aproximadamente 1 millón de años) se encontró cerca del pueblo Korolevo, en la orilla del río Tysa en Transcarpatia. El cambio más importante durante estos cien mil años ocurrió al principio del Neolítico (aproximadamente año 5000 ac) cuando los habitantes de Ucrania, al menos los del oeste del Dnipró, pasaron de la caza y recolecta al cultivo agrícola y a la ganadería. Este modo de vida agrícola sedentario duró casi sin interrupción durante todo el Neolítico, y en su mayor parte coincide con el período de la cultura de Tripilia (4500 – 2000 ac) y conocida como la época de la cultura tripiliana tardía.

 

La civilización de Tripilia y sus vínculos con la Ucrania moderna

De todas las culturas arqueológicas de Ucrania, quizás la tripiliana es la que ha recibido más atención por parte de los arqueólogos. Luego, especialmente desde los tiempos de la consecución de la independencia ucraniana en 1991, esta cultura ha conquistado el apoyo de escritores populares y activistas sociales que utilizan esta prehistórica civilización para la propaganda de su propia interpretación del nacionalismo ucraniano moderno.

La cultura toma su nombre del pueblo de Tripilia, al suroeste de Kiev, donde en 1898 fueron encontrados sus restos por primera vez por el arqueólogo checo Vincenc Chvojka, activo en aquel tiempo en Ucrania. Las excavaciones arqueológicas posteriores han determinado la extensión cronológica y geográfica de la civilización tripiliana. Duró más de dos milenios, desde aproximadamente 4500 ac hasta 2250 ac, y abarcaba el territorio de Ucrania contemporánea al oeste del Dnipró y la mayor parte de Moldavia y Rumanía al este de los Cárpatos. Para su denominación, la cultura occidental utiliza el término “Cultura Cucuteni-Tripilia”. Cucuteni es una aldea del territorio oriental de la Rumanía contemporánea (cerca de Iasi) donde fueron encontrados los primeros hallazgos arqueológicos en la parte occidental de la zona tripiliana en 1884, y se realizaron excavaciones en las primeras décadas del siglo XX por el arqueólogo alemán Hubert Schmidt. La concentración más grande de hallazgos arqueológicos tripilianos ha sido encontrada a lo largo del curso medio de los ríos Prut y Seret (Rumanía noroeste y norte de Moldavia) y en Ucrania a lo largo del curso medio del río Dníster (sureste de Galitzia y oeste de Podilia), en el triángulo del curso medio del río Bug del Sur (al este de Vinnytsia) y en el río Syniuja en el óblast de Kiev.

Los historiadores destacan tres periodos del desarrollo de la cultura tripiliana, caracterizados por el crecimiento de la población en dirección sureste. Los habitantes de Tripilia eran sedentarios que practicaban una agricultura primitiva y ganadería. Parece que la estructura social se caracterizaba por ser un sistema matriarcal de clanes, en el que las mujeres eran las responsables de las labores agrícolas y de la elaboración de cerámicas y tejidos, y tenían el papel principal en la vida social.

En el periodo más temprano las familias extensas compartían la misma vivienda, mientras que en periodos posteriores las familias nucleares comenzaron a vivir en sus propias viviendas. Como resultado de esto, se dio un crecimiento de grandes casas de muchas habitaciones y de viviendas o edificios personales, cuya fuerte construcción refleja el interés por mantener buenas condiciones higiénicas. El número de habitantes de las aldeas de Tripilia variaba desde 500 hasta 2000 habitantes. En los periodos intermedios y tardíos era típico en las viviendas de la cultura tripiliana tener talleres en la planta baja de las casas, además de los locales especiales fuera de las casas para producir cerámica y, posteriormente, para trabajar el metal (cobre). Los hallazgos más abundantes de los territorios de los pueblos tripilianos que han perdurado hasta nuestros tiempos son ejemplos de cerámica de muy alta calidad estética, decorada con ornamentos espirales y grecas, y también pequeñas figuritas de piedra y cerámica muy probablemente relacionadas con el culto a la fertilidad y prosperidad.

Empezando la década de 1990, un par de escritores (y algunos arqueólogos) comenzaron a elaborar nuevas teorías basándose en los artefactos del período neolítico relacionados con la civilización tripiliana. Hoy en día existe incluso una asociación llamada “Kolo-Ra” (Kiev) que organiza excursiones turísticas, realiza excavaciones en los asentamientos de Tripilia y también elabora proyectos de reconstrucción de algunos de ellos. Los hallazgos arqueológicos relacionados con Tripilia se comparan con algunos descubiertos en la Troya prehistórica y en los asentamientos de la civilización micena. Se considera que los “tripilianos” crearon una sociedad donde existía igualdad entre hombres y mujeres, inventaron ruedas, domesticaron caballos y producían objetos de metal de mucha calidad. Sus asentamientos de tamaño considerable (entre los más grandes es necesario mencionar a Talianky, cerca del curso alto del río Syniuja, de 15000 habitantes que vivían en 3000 casas) son descritos como pueblos, incluso protociudades, con casas de dos plantas tipo pisos de mayor tamaño que en las más famosas civilizaciones antiguas de Mesopotamia y Egipto.

El entusiasmo de algunos divulgadores de la civilización tripiliana a veces lleva a conclusiones dictadas por sentimientos patrióticos. El arqueólogo Víktor Petrov era uno de los divulgadores más famosos de este punto de vista: los tripilianos son los antecesores de los ucranianos étnicos contemporáneos. Incluso los escépticos se preparan para aceptar la idea de que los rasgos principales de la civilización tripiliana encontraron su continuación en las formas de construir las viviendas de los ucranianos étnicos y en su decoración y también, en los períodos más tardíos, en el simbolismo y diseño del bordado ucraniano y de las pisankas[1]. Algunos autores inspirados patrióticamente (uno de ellos es Yuri Kanyhin, cuyo libro “Shliaj ariiv” –“El camino de los arios”- es el exponente más famoso) van más allá asegurando que la zona de la cultura tripiliana coincide con el “Estado” Aratta que mencionan las antiguas inscripciones mesopotámicas (sumerias) del tercer milenio antes de cristo. De esta forma, según este concepto, la genealogía más antigua del estado ucraniano debe empezar no de la Rus de Kiev en el siglo IX y ni siquiera de la unión tribal de los Antaes en el siglo IV, sino del “Estado” aratto-tripiliano de 4 o 5 milenios de antigüedad.

 

Los hechos de finales del Neolítico y de la Edad de Cobre dieron lugar a cambios dramáticos relativos a la existencia estable y aislada de los pobladores sedentarios de Ucrania (representantes de la civilización tripiliana). Estos cambios ocurrieron durante el segundo milenio antes de cristo, cuando las tierras ucranianas estaban disponibles para la migración de los pueblos de Europa del este, para los viajes de los vendedores de las tierras egeas y del este y, por último, para la intervención ruinosa de los pueblos esteparios del este. Pero los asentamientos de agricultores y ganaderos, que también cazaban y pescaban, existieron en el territorio ucraniano desde antes del año 1150 ac hasta el 850 ac.

Otra de las visiones erróneas trata de los nómadas invasores de aquellos tiempos. A pesar de que los autores griegos o romano-bizantinos les llamaron cimerios, escitas, sármatos, etcétera, ninguna de estas tribus componía una única etnia cultural o etnolingüística. Éstos eran grupos de las diversas tribus nómadas que a veces se unían bajo el mandato de uno, cuyo nombre (o el nombre que le dieron los autores antiguos) se extendía a todo el grupo. Después de la aparición de los nómadas en las tierras ucranianas, los pobladores locales sedentarios, tanto agricultores como ganaderos, también fueron llamados por el nombre de aquellos nómadas asiáticos que les gobernaba. Justo en este sentido más extenso hay que entender los nombres “escitas”, “sármatas” o “jázaros”.

 

Civilizaciones nómadas en el territorio ucraniano

Cimerios: 1150-750 ac

Escitas: 750-250 ac

Sármatas: 250 ac – 250 dc

           Roxolanos

             Alanos

           Antae

Godos: 250-375

Hunos: 375-550

Cutrigures

           Utrigures

Ávaros: 550-565

Protobúlgaros: 575-650

Jázaros: 650-900

 

Los nómadas esteparios

Los primeros nómadas en territorio ucraniano de los que sabemos algo, fueron los cimerios. Se considera un grupo de origen indoeuropeo que dominó las tierras ucranianas al norte del Mar Negro entre los años 1150 y 750 ac, o sea, en la edad de bronce tardía. La mayor información que poseemos sobre los cimerios procede de hallazgos arqueológicos, en su mayoría herramientas de bronce y restos de fundiciones de bronce. La época de los cimerios duró en Ucrania casi cuatro siglos, y de los restos de herramientas de bronce que han sido encontrados a lo largo de la corriente del bajo Dnipró, al lado de la ciudad Níkopol (Tesoro Mijáilivskyi) y al sur de Kiev (Tesoro Pidjorétskyi), se conservan sólo de los dos últimos siglos de su época (900 – 750 ac).

La época cimeria se acabó aproximadamente a mediados del siglo VIII ac (año 750 ac). Los caudillos de los cimerios se supone que huyeron al oeste (a Panonia tras cruzar los Cárpatos) y al sur (a Crimea, Tracia y Asia Menor), de los nómadas esteparios orientales (escitas). Los autores antiguos describían a los escitas sólo como crueles guerreros, aunque esta visión unidireccional ha cambiado tras los recientes descubrimientos arqueológicos que han rescatado incontables esculturas sutiles, adornos y joyas, hechas principalmente de oro. Realmente, los escitas procedían de los iranios que habitaban en las así llamadas “tierras iranias primitivas”, al este del Mar Caspio (hoy en día Turkmenistán) y se diferenciaban de los persas y medos, los cuáles establecieron las civilizaciones sedentarias lejos al sur de las mesetas iranias.

Entre el 750 y el 700 ac, los escitas se desplazaron al oeste en dirección a Ucrania, y se asentaron al inicio principalmente en Kubán y en la Península de Tamán (700 – 550 ac) y posteriormente a lo largo del Dnipró en Ucrania surcentral (550 – 450 ac), donde su civilización llegó a su cúlmen entre los años 350 – 250 ac. Las fuentes antiguas testimonian que la sociedad escita se componía de cuatro grupos: a) escitas zaristas, b) escitas-nómadas, c) escitas-agricultores (georgoí) y d) escitas-aradores (aroteres). En realidad, los colonos del este pertenecían sólo a los dos primeros grupos, que gobernaban a los agricultores sedentarios y también a los habitantes de las ciudades; pero todos los pobladores de estas tierras eran conocidos en aquel mundo como “escitas”.

Mencionar ciudades puede parecer inoportuno cuando de nómadas se trata. En realidad, la élite escita dominante (los escitas zaritas y escitas-nómadas), prácticamente no se bajaron del caballo, vagando por las estepas, cazando, o luchando contra las tribus vecinas. En el mejor caso se puede hablar de ciudades escitas móviles: grandes caravanas de tribus que se trasladaban de un lugar a otro. Pero los escitas poblaron también algunas ciudades (o más bien sitios donde habitaba gente de forma permanente que se dedicaba a trabajos no agricultores). Estas eran las así llamadas ciudades de tipo oriental, que estaban bajo el dominio de escitas zaristas y escitas-nómadas. Allí vivían los cimerios y otros pueblos que pagaban tributo. Entre los restos de las ciudades escitas más importantes que se han encontrado en las excavaciones hay que mencionar los de Kámianka, en el curso bajo del Dnipró (en el margen izquierdo frente a Níkopol), Bilsk (Guelonos / Helón) en el sureste de Ucrania contemporánea y la capital de Escitia Menor: Neápolis Escita, en Crimea.

 

Los griegos de la costa norte del Mar Negro

Algunos de aquellos poblados escitas no eran sin duda tan importantes como las ciudades griegas comerciales en las costas del Mar Negro y Mar de Azov. Muy pronto, después de que en el siglo VIII ac llegaran los escitas del este a Ucrania, en el sur aparecieron colonos griegos, algunos procedentes de la ciudad de Mileto, que huían de los conflictos internos de Asia Menor. Como resultado de estas migraciones entre los siglos VII y V ac, a lo largo de las costas del Mar Negro, del Mar de Azov y el Estrecho de Kerch, aparecieron algunas ciudades griegas ricas. Las primeras que surgieron fueron Tiras, en la desembocadura del Dnistró, y Olbia, en la desembocadura del Bug del Sur; posteriormente Quersoneso, en el suroeste, y Feodosia, en el extremo oriental de la Península de Crimea, y también Panticapeo (Kerch) y Fanagoria, en las costas este y oeste, respectivamente, del Estrecho de Kerch.

La patria de los griegos, que se extendía a ambos lados del Mar Egeo, se componía de polis independientes (ciudades-estado), y cada una de las cuales velaba mucho por su independencia. Aunque en el siglo V ac todos ellos formaban una civilización común cuyos logros llegaron a ser referentes culturales en el mundo civilizado y éstos perduraron más que las propias ciudades-estado. Las colonias griegas a lo largo de la costa norte del Mar Negro, al igual que su patria en las costas del Mar Egeo, no dependían, al menos al principio, unas de otras; aunque estaban vinculadas política y económicamente con la ciudad-estado que las estableció, principalmente con Mileto, en la costa del Egeo en Asia Menor, o con Mégara, al oeste de Atenas. A veces, las colonias del Mar Negro eran totalmente independientes o bien se unían en federaciones o estados.

La más importante de estas federaciones apareció aproximadamente en el 480 ac, cuando las ciudades griegas cerca del Estrecho de Kerch se unieron bajo el mando de Panticapeo en el estado conocido como Reino del Bósforo. Este reino no dependía de Grecia, y bajo el reinado del enérgico Leucón I (reinó aproximadamente en 389 – 348 ac) se extendió su poder por las penínsulas de Kerch y Tamán, por la costa este del Mar de Azov, por la desembocadura del Don, donde aproximadamente en el 375 ac apareció la ciudad de Tanais. El Reino del Bósforo no sólo lo formaban ciudades griegas, sino también territorios en la costa del Mar de Azov poblados por escitas y otras tribus nómadas. Hasta el siglo II ac, floreció como centro de comercio de grano, pesca, vinicultura y pequeña artesanía (incluida artesanía con metal). El siglo posterior trajo un período de inestabilidad política, cuya consecuencia fue la pérdida de la independencia del reino. Al final, en el año 63 ac, el Reino del Bósforo pasó a estar bajo el poder del Imperio Romano junto con otras ciudades-estado helénicas de la cuenca del Mar Negro.

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Pax Scythica, sármatas y Pax Romana

A lo largo de casi cinco siglos (del 700 al 250 ac), las ciudades griegas en las costas del Mar Negro de la parte sur de la Península de Crimea y en el Reino del Bósforo mantenían relaciones vecinales relativamente buenas con los escitas que poblaban las estepas. Aproximadamente en el año 250 ac, el epicentro del estado escita se trasladó a la así llamada Escitia Menor, que abarcaba las tierras entre la cuenca baja del Dnipró y el Mar Negro, y también norteña de la Península de Crimea (detrás de las montañas), donde se encontraba la ciudad-fortaleza Neápolis Escita. Las relaciones vecinales cordiales entre escitas y griegos se extendían por tres zonas de influencia: 1) las estepas ucranianas controladas por escitas; 2) las ciudades griegas de la costa norte del Mar Negro; 3) las polis griegas a lo largo del Mar Egeo.

Pan y pescado eran los principales productos alimenticios de los griegos antiguos, y su demanda cada vez mayor se cubría en los mercados de las ciudades griegas de la costa del Mar Negro. Estos y otros productos alimenticios llegaban desde tierras ucranianas, que tenían fama en tiempos remotos de sus riquezas naturales. En su cuarto libro de su “Historia”, el historiador griego Heródoto, que durante cierto tiempo vivió en Olbia, describió así el Dnipró (o como él lo llamaba “El cuarto de los ríos –escitas-: Borysthenes”): “A su alrededor se encuentran los mejores y más nutritivos pastos para el ganado, y en él hay mucho pescado, que tiene un sabor muy agradable (…) Los campos a su alrededor son maravillosos, y en los sitios no cultivados crece la hierba alta. Y en su desembocadura se deposita mucha sal”.[2]

En esta región los escitas recibían de la población sedentaria sumisa el grano y el pescado, que vendían a las ciudades del Mar Negro junto con ganado astado, pieles, cera, miel y esclavos. Estos productos posteriormente se manufacturaban y enviaban a Grecia. Por su parte, los escitas ricos compraban a los griegos productos textiles, vino, aceite de oliva, obras de arte y otros objetos de lujo, cubriendo así sus exigentes gustos.

Como resultado de estas relaciones económicas, los griegos dieron al mundo la primera y, hasta ahora, más importante información sobre los escitas. Uno de ellos era Heródoto, que dejó una descripción detallada del territorio, del modo de vida y de las rudas costumbres escitas, y también de las tierras bajo el control escita. La mayoría de lo que escribió Heródoto sobre los escitas se ha confirmado con otras fuentes: los hallazgos de los numerosos entierros escitas zaristas distribuidos por la parte surcentral de Ucrania y descubiertos durante las excavaciones que de forma regular se vienen haciendo desde 1880. Estos kurganes (túmulos funerarios) conservaron para la posteridad aquellas cosas que hicieron más famosos a los escitas: el arte decorativo y las figuras de oro exquisitamente proporcionadas de grupos de animales diferentes.

No se sabe exactamente si estas obras de arte las elaboraron los mismos escitas o, más probable, si las trajeron de artesanos urbanos griegos. Sea como fuere, los temas de estas obras giran en torno a la violencia en el mundo donde vivían los escitas, y sus formas muestran un alto nivel tecnológico, cultivado y valorado por la civilización escita. A la época escita y posteriormente sármata se asocian monumentos funerarios más humildes, en forma de estatuas femeninas de piedra que están de pie o sentadas y miden de 1 a 4 metros. Cientos de estos monumentos, conocidos como “estelas escitas”, descubiertas por todo el sur de la estepa ucraniana desde el Dníster hasta el Donets y también más allá de ellos.

Los escitas proporcionaron paz y estabilidad a las tierras ucranianas durante más de 500 años, y este período llegó a ser conocido como “Pax Schythica”, es decir, “Paz escita” o “Orden escita”. Durante la Pax Schytica los escitas desarrollaron intercambios comerciales con las ciudades griegas de la costa norte del Mar Negro, lo que aseguraba para Grecia el abastecimiento de productos necesarios y materias primas. Los escitas también se enfrentaron con éxito a otros agresores nómadas del este. Incluso causaron la derrota del poderoso rey persa Darío I (“el Grande”, reinó durante 522 – 486 ac). Después de la inclusión de Tracia a sus tierras, Darío lanzó una campaña bélica contra los escitas en el norte, intentando extender las tierras persas a cuenta de los territorios escitas, considerándolas “tierras iranias alejadas” y, por tanto, parte de su propio legado. Aunque sus esfuerzos combatiendo a los escitas no tuvieron éxito, la invasión de Darío I, que comenzó en 513 ac y que abarcaba la mayor parte de la zona de la costa esteparia del Mar Negro al este del Dnipró y llegaba hasta Gelonos (quizás la actual Bilsk), fue el primer hecho histórico célebre sobre estas tierras mencionado en fuentes escritas.

Una estabilidad tan duradera como la de los tiempos de la Pax Scythica no volvió tan rápido. Aproximadamente en 250 ac, en las estepas ucranianas aparecieron nuevos nómadas, de ascendencia común a los escitas. Eran los sármatas, que fundaron un tipo de civilización que ya mencionamos antes: no se les puede considerar una única nación, sino un grupo de varias tribus, cada una de las cuales con su propia historia. Entre ellos, los que están más relacionados con Ucrania son los roxolanos y, sobre todo, los alanos.

Por lo menos durante los dos primeros siglos desde que los sármatas aparecieron en Ucrania (250 – 50 ac), se interrumpió la estabilidad relativa y, como consecuencia, también las relaciones económicas exitosas que hasta este tiempo existían entre Escitia y las polis griegas costeras. Debido a la presión sármata, los gobernantes escitas huyeron a Crimea, logrando establecerse en un pequeño territorio peninsular: al norte de las montañas y en las tierras situadas entre la península y la cuenca baja del Dnipró. A esta nueva situación política con Neápolis Escita como nueva capital (actual Simferópol), se le conoce como Escitia Menor, que existió desde 250 ac hasta 200 dc. Desde el principio, los gobernantes escitas en Neápolis intentaron, al igual que antes, recaudar tributos a los griegos. Pero como ya no poseían los recursos de la estepa y podían ofrecer pocas cosas a cambio, se dieron conflictos frecuentes entre los escitas de Crimea, las ciudades costeras griegas y el Reino del Bósforo.

Esta época de inestabilidad, que afectó no sólo a los territorios internos del país controlados por los sármatas sino también a las ciudades del Mar Negro, acabó en el año 63 ac en esta región costera cuando el Imperio Romano logró ampliar su control a las ciudades griegas independientes y al Reino del Bósforo. Con la llegada de las legiones y administradores romanos, volvió la paz y estabilidad a la costa norte del Mar Negro. La Pax Romana eliminó la tensión entre escitas y griegos en Crimea, y las tribus sármatas al norte de la península reconocieron las ventajas de una cierta colaboración con el mundo romano. La valoración positiva de la presencia romana se demuestra con el hecho de que una de las tribus sármatas (alanos) renovó la tradición escita de comerciar con las ciudades grecorromanas. En poco tiempo, la civilización greco-escita-sármata se desarrolló en el Reino del Bósforo, el cual renació espontáneamente bajo el patrocinio de Roma. El exitoso comercio entre las regiones esteparias del reino y el mundo mediterráneo, ayudó al nuevo esplendor del Reino del Bósforo, que existió otros dos siglos más.

 

Costumbres escitas

De todas las costumbres escitas, las que causaron más impresión en el mundo antiguo fueron las que merecieron a los escitas su reputación como guerreros feroces. En el cuarto libro de su obra “Historia”, Heródoto escribió:

“Al respecto de las costumbres bélicas se establecía lo siguiente: del primer enemigo que mata, el escita bebe la sangre, y de los demás que mata en batalla lleva sus cabezas cortadas al rey. Por cada cabeza se le permite recibir algún trofeo, y no se permite trofeo si no trae cabezas. El escita arranca las cabelleras del enemigo así: corta la piel alrededor de la cabeza a la altura de las orejas, coge la cabeza y la agita para separar la cabellera del cráneo, luego coge una costilla de toro y alisa la piel. Tras esto, la utiliza como toalla, la cuelga en las bridas de su caballo y presume de ella. Porque aquél que acumula más toallas es considerado el guerrero más valiente. Mucha gente cose abrigos con la piel de sus enemigos y los llevan puestos como nuestros aldeanos. Los demás hacen fundas para los sahaydak (arcos y flechas propios de los escitas) de la mano derecha de los enemigos muertos arrancadas con las uñas. Porque la piel humana es bastante densa y brillante, y quizá las aprecian por su brillo y color blanco. Mucha gente quita la piel de todo el cuerpo, la extiende sobre un marco de madera y la lleva montando a caballo al galope.

Estas eran las costumbres establecidas. Y con las cabezas no de todos los enemigos, sino con las de los más odiados, hacen lo siguiente. Cortan por debajo de las cejas y vacían el cráneo. Si el escita es pobre sólo forra el cráneo por fuera con piel de toro curtida y la utiliza como cuenco, y si es rico la forra por fuera con la piel y por dentro la bañaba en oro y la utilizaba como copa de vino. Lo mismo hacen con los cráneos de sus propios parientes cuando discuten entre ellos y uno de ellos gana al otro ante los jueces. Cuando vienen invitados respetados por los señores de la casa, les honran con estos cráneos y dicen que aunque eran sus parientes tuvieron que enfrentarse a ellos y el señor de la casa salió victorioso de ese enfrentamiento. Esta victoria se considera una hazaña”.

Fuente: Heródoto, Historia o Los nueve libros de historia. Traducción, prólogo y notas de A.O. Biletskyi (Kiev, 1993), página 193-194.

 

Pero el siglo III dc rompió la estabilidad de las tierras esteparias por cuatrocientos años. Durante este tiempo el territorio ucraniano fue objeto de invasión por nuevas tribus nómadas guerreras, que asolaron y robaron el mundo antiguo que estaba representado en las ciudades costeñas del Mar Negro y en las del Bósforo. Salvo algunas excepciones, estos nómadas, a diferencia de los escitas e incluso de los sármatas, no estaban interesados en mejorar las relaciones mutuamente beneficiosas entre las regiones esteparias y las ciudades costeras. Aproximadamente entre los años 250 y 650 unas tribus nómadas –godos, hunos, cutrigures, utrigures, ávaros y protobúlgaros – pasaron por una parte de las tierras ucranianas, donde la estabilidad sólo fue renovada después de la aparición de los jázaros en el siglo VII.

La lucha, que duró entre los años 250 y 650, comenzó no con la llegada de los nómadas de Asia central, sino más bien con la aparición a mediados del siglo III de los alanos de la región al norte del Cáucaso y de las tribus germánicas conocidas como godos, que llegaron del norte de Europa. Los alanos fueron un grupo tribal que se trasladó a Crimea poblando su parte montañosa (fueron precisamente ellos los primeros habitantes de la ciudad de Kyrk-Yer, conocida posteriormente como Chufut-Qalé, localizada en la cima de una montaña) y también la costa del Mar Negro, donde según algunos científicos los alanos justamente establecieron la ciudad de Sugdaia (actualmente Sudak). Se dedicaban a la agricultura, la ganadería y la artesanía. Al llegar a Crimea, los alanos se convirtieron al cristianismo y esto llegó a causar su rápida integración con los otros habitantes cristianos de la península y su desaparición como pueblo independiente.

La anterior patria de los godos corresponde a la Suecia contemporánea, pero aproximadamente en el año 50 los godos se asentaron en la costa sur del Mar Báltico (en el territorio de la Polonia actual). Precisamente desde ahí, a finales del siglo II, se dirigieron al sur de Ucrania donde ganaron a los sármatas, terminaron con su dominio en las estepas y entraron en contacto con el mundo romano en la costa del Mar Negro. En esta época los godos se separaron en dos ramas. Aquellos que se quedaron en Ucrania recibieron el nombre de ostrogodos o godos del este. Después del año 250 arrebataron Olbia y Tiras a los romanos y durante el siglo siguiente el reino ostrogodo controló otras ciudades grecorromanas y el Reino del Bósforo y las estepas.

El poder ostrogodo llegó a su apogeo a finales del siglo IV, durante el reinado de Hermanarico (reinó en 350 – 375). Al final de su reinado, aproximadamente en el año 370 llegó un nuevo pueblo nómada, esta vez de Asia central. Eran los hunos, que conquistaron fácilmente a los ostrogodos y rápidamente avanzaron hacia el oeste, en dirección a las provincias romanas de la península balcánica y Panonia (actualmente Hungría). En la década de 420, estos nómadas agresivos establecieron su base en Panonia y después del año 435, bajo el mando del talentoso caudillo Atila, lanzaron ataques cada vez más agresivos contra varias ciudades del Imperio Romano. Tras la inesperada muerte de Atila en 453, el “Imperio Huno”, que se extendía desde el oeste del Mar Caspio tras Ucrania hasta el corazón de Europa central, se desintegró rápidamente. Algunos hunos se quedaron en Panonia junto con la mayoría de los godos que llevaron consigo. Otras tribus hunas se quedaron en las estepas de Ucrania, entre ellos había utrigures, que encontraron su hogar en las estepas del norte de Crimea. Los ostrogodos que no fueron a Panonia con los hunos se quedaron en Crimea, concentrándose en lugares montañosos, alejados de la costa.

Conocidos como godos de Crimea, estos descendientes de los ostrogodos aspiraban a mantener buenas relaciones con el Imperio Romano Oriental (o bizantino), por eso mantenían a representantes administrativos en el puerto comercial de Quersoneso, al suroeste de Crimea. Para facilitar la defensa de la costa de la amenaza de los nómadas del norte, Bizancio ofrecía apoyo a sus aliados (godos y alanos), por ejemplo a través de los ingenieros bizantinos, que ayudaban a fortalecer algunas “ciudades cueva” en las cimas de las montañas rocosas y valles que, en algunos casos, se encontraban a 200 metros de altura dominando el entorno de los valles. Al contrario de lo que se suele creer, los habitantes de estas fortalezas naturales no vivían en cuevas sino en casas de madera y piedra construídas encima de las cuevas a lo largo del margen de las laderas, con una superficie que a veces alcanzaba varias decenas de hectáreas. Las cuevas situadas bajo las casas funcionaban como sótanos y, normalmente, se utilizaban para guardar provisiones y también formaban parte del sistema defensivo. Sólo posteriormente aparecieron verdaderas viviendas-cueva como celdas que los monjes cristianos ortodoxos tallaron a lo largo de la roca desnuda. Entre las “ciudades cueva” más grandes hay que mencionar Mangup, Kyrk-Yer y Eski-Kermen, que se encontraban en las montañas al este de Quersoneso. Los monasterios en las cuevas más famosos eran Kachi-Kalión, Kalamita (Inkermán) y el de la Asunción (aún funciona como monasterio) cerca de Bajchisarái. La capital de los godos de Crimea era Doros (o Dory), que lo más probable es que fuera la fortaleza posteriormente conocida como Mangup. Se encontraba aproximadamente a medio camino entre Quersoneso y el centro de los escitas (Neápolis Escita).

En el siglo IV, los ostrogodos se convirtieron al cristianismo de rito bizantino, pero en realidad aceptaron la doctrina de Arrio (arrianismo), que negaba la naturaleza divina de Jesucristo en favor de la humana. Los godos de Crimea se mantuvieron arrianos incluso después de que proclamaran la doctrina de esta secta como herejía. En cambio, lo más importante fue que el cristianismo fortaleció la conexión entre los godos y el Imperio Bizantino. A principios del siglo V (aproximadamente en el año 400), la capital goda Doros se convirtió en el centro de la eparquía Gotya. Su primer epíscope fue nombrado por el patriarca de Constantinopla, cuyo puesto en aquel tiempo lo ocupaba el influyente Padre de la Iglesia San Juan Crisóstomo. De esta forma, los godos se encontraron bajo la esfera de influencia política y cultural de Bizancio y, a lo largo de los siguientes cinco siglos, ejercieron como defensa de las ciudades grecobizantinas en la costa de las potenciales intervenciones de los nómadas del norte.

Así que las estepas ucranianas al norte de la Península de Crimea y el Mar Negro seguían siendo objeto de asaltos frecuentes: en el siglo V sobrevivieron a la intervención de los cutrigures y utrigures, en el siglo VI a la de los ávaros y en el siglo VII a la de los protobúlgaros. Lo más frecuente era que estas tribus no se detuvieran mucho tiempo en Ucrania. Esto se debea que estas tribus buscaban el mejor botín a lo largo de la frontera del Imperio Romano en Europa central (en la llanura panónica) o en las vías comerciales situadas entre los mares Negro y Caspio. En los periodos situados entre la marcha de unos nómadas y la llegada de otros, el poder a veces pasaba por las manos de los habitantes locales. De este modo, los antae -tribu sármata (alana)-, quizá junto con parte de los godos, organizaron en el siglo III a los agricultores locales de la Ucrania surcentral y suroeste en fuerzas guerreras poderosas que se sublevaron contra los godos, Imperio Bizantino y hunos. Debido a que esta población sedentaria (liderada por los antae y a quienes ellos dieron su nombre) era probablemente eslava, este grupo resulta de especial interés al respecto del posterior desarrollo de Ucrania (ver capítulo 4).

Bizantinos y jázaros

En el período transcurrido entre los años 250 y 650, cuando las estepas ucranianas sufrían frecuentes devastaciones, las regiones costeras de los mares Negro y Azov vivieron uno de sus renacimientos. En esta época su estabilidad la aseguraba el Imperio Romano Oriental, (Imperio Bizantino), que llegó a su máximo esplendor y tamaño bajo el reinado del emperador Justiniano (525 – 565). Mandaron tropas bizantinas a las ciudades del Mar Negro, fortalecieron los muros defensivos de las ciudades, y Quersoneso, en el margen occidental de la península, llegó a ser el centro regional administrativo bizantino. La cultura bizantina griega con su cristianismo de rito oriental también se fortaleció y Quersoneso, con sus diez iglesias y capillas (una de ellas la basílica de San Pedro) y su Monasterio de las Cuevas situado en una roca abrupta cerca de Kalamita (actualmente Inkermán), llegó a ser un centro importante desde el que, con el tiempo, se extendió el cristianismo por Ucrania y entre los eslavos orientales. La influencia bizantina también era fuerte en Crimea oriental, donde resurgió el Reino del Bósforo, esta vez como colonia de Bizancio.

Aunque es cierto que el control político directo de Bizancio sobre las ciudades de Crimea y el Reino del Bósforo a menudo se interrumpía, los lazos económicos, sociales y culturales bajo la forma del cristianismo bizantino ortodoxo, perduraron por los menos hasta finales del siglo XIII. Precisamente en los tiempos del control romano y bizantino sobre el Reino del Bósforo, en las ciudades del Mar Negro se asentaron judíos helenos. Precisamente desde estas ciudades las conexiones judías durante el siglo VII se extendieron por el Estrecho de Kerch hasta alcanzar a la nueva civilización nómada jázara, que empezó a hacerse notar constantemente.

No mucho después del aumento de la influencia bizantina en la costa, durante los últimos años del siglo VI apareció un grupo nuevo de nómadas del este, cuya presencia influyó profundamente en la región al norte y al este del Mar Negro. Se trata de los jázaros, una tribu túrquica que provenía de la región occidental del Kanato Túrquico, en la profundidad de Asia. Al contrario que sus antepasados, durante los últimos tres siglos los jázaros preferían diplomacia antes que guerra. Poco después de su aparición en la costa del Mar Negro, firmaron un pacto (año 626) con el Imperio Bizantino. Los bizantinos, a quienes siempre preocupaban las fronteras orientales con los persas y los potenciales invasores del este (amenazaban sus territorios del Mar Negro), apreciaban que los jázaros apoyaran sus planes diplomáticos en el norte.

La aparición de los jázaros en el siglo VII tuvo gran importancia para el desarrollo de Europa del este en general y de Ucrania en particular. Los jázaros, de forma parecida a los escitas en los años 750 ac – 250 ac, o los sármatas en los años 50 ac – 250 dc, controlaron a las poblaciones sedentarias de las regiones esteparias del país, apaciguaron a las tribus nómadas rebeldes, protegieron las vías comerciales y mejoraron los contactos con las ciudades greco-romano-bizantinas del Mar Negro. Estas viejas relaciones de beneficio mutuo entre las tierras costeras y esteparias se renovaron durante la hegemonía jázara. La Pax Chazarica u orden jázaro duró aproximadamente desde mediados del siglo VII hasta mediados del siglo IX, cuando estas tierras estaban protegidas de las invasiones nómadas de la estepa de Asia Central, de las invasiones persas y, posteriormente, de los árabes del sur. Teniendo en cuenta el papel que cumplían los jázaros protegiendo las fronteras orientales y del sur del continente europeo, algunos autores les comparaban con Carlos Martel y los francos en Europa occidental. La Pax Chazarica también proporcionó dos siglos de paz y estabilidad: cuando los pueblos sedentarios caían bajo la influencia jázara tenían la posibilidad de desarrollarse. A estos pueblos pertenecían también los eslavos, que vivían tanto dentro del territorio como pasada la frontera noroeste del Kanato Jázaro.

[1] La pisanka (en ucraniano писанка) es un huevo colorado con ornamento escrito en cera de abejas. La preparación de las pisankas está relacionada con costumbres precristianas de celebración de llegada de la primavera, más tarde con la Pascua cristiana. Es un arte eslavo que ha arraigado en Ucrania, haciéndose famoso. (Wikipedia) (N del T)

[2] Heródoto, Historia o Los nueve libros de historia. Traducción, prólogo y notas de A.O. Biletskyi (Kiev, 1993), página 192.

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Capítulo 1. La división geográfica y etnolingüística de Ucrania.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 1 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

 

Territorio y geografía.

Existen dos modos de abordar el establecimiento del territorio de Ucrania. Según el primero, el territorio lo marcan las fronteras políticas contemporáneas del país ucraniano. El segundo se basa en criterios etnolingüísticos: el grupo etnolingüístico lo forman personas, las cuáles hablan el mismo idioma, más concretamente, dialectos del mismo idioma, y tienen rasgos etnográficos en común. Así que el territorio etnolingüístico ucraniano lo conforman las tierras adyacentes pobladas de ucranianos étnicos, situadas tanto dentro como fuera de la frontera ucraniana.

El territorio ucraniano comprende 603.700 km2, más que cualquier país europeo salvo Rusia. O dicho con otras palabras, Ucrania equivale aproximadamente a Alemania y Gran Bretaña juntas, a los estados estadounidenses de Arizona y Nuevo México juntos, o a la provincia canadiense de Manitoba. El territorio etnolingüístico ucraniano (al que pertenece no todo el territorio de Ucrania pero sí su mayor parte) tiene 750.800 km2, equivale aproximadamente a Alemania, Austria e Italia juntas, o al estado de Texas en Estados Unidos.

La geografía tanto de Ucrania como del territorio etnolingüístico ucraniano es bastante homógenea. Casi toda la superficie es ocupada por grandes llanuras y mesetas, pocas veces superan los 500 metros sobre el nivel del mar. Son las tierras bajas que atraviesan las orillas del norte de los mares Negro y Azov, las grandes llanuras al este del río Dnipró, las llanuras bajas pantanosas del noroeste, y unas mesetas más altas con colinas inclinadas al oeste y en el extremo este. Fuera de las fronteras de Ucrania pero dentro de su territorio etnolingüístico, esto es, al este del mar de Azov, se abren paso tierras bajas, al igual que al norte del Mar Negro. Por tanto, llanuras y mesetas no muy altas conforman los rasgos predominantes y de algún modo monótonos del paisaje ucraniano. Justo esto motivó al geógrafo ucraniano Stepán Rudnytskyi escribir a principios del siglo XX que nueve de cada diez ucranianos nunca han visto una montaña y ni siquiera saben qué pinta tiene[1]..

Las montañas en Ucrania se sitúan a lo largo de su frontera. En el extremo oeste se abre paso el sistema norte-central de los Cárpatos siendo el Hoverla su pico más alto, llegando a los 2061 metros de altitud. En el extremo sur de la península de Crimea, es decir, fuera del territorio etnolingüístico ucraniano, se extienden los Montes de Crimea con su pico más alto, el Roman-Kosh, llegando a 1543 metros de altitud. Las montañas del Cáucaso, con más de 5000 metros de altitud se encuentran en el sureste, alejadas al sur del territorio etnolingüístico ucraniano. Así que, las únicas montañas “ucranianas” son las de los Cárpatos, que ocupan no más del 5% del territorio ucraniano.

La geografía llana de Ucrania muestra la falta de fronteras naturales. Incluso en las pequeñas áreas de los Cárpatos ucranianos hay un par de corredores que permiten la comunicación. Al no tener ninguna barrera geográfica, Ucrania históricamente ha sido accesible a todos los pueblos que han querido entrar en ella con distintas intenciones: amistosas u hostiles.

Así que las mesetas y las grandes llanuras que cubren todo su territorio favorecen el contacto y los desplazamientos a Ucrania, pero además hay que sumarle el sistema fluvial, que vertebra una red de conexiones entre el norte y el sur muy bien comunicada. La mayoría de estos ríos pertenecen a la cuencua fluvial del Mar Negro. Los más importantes discurren de norte a sureste y suroeste, desembocando en el Mar Negro o en su adyacente Mar de Azov. Estos ríos son, de este a oeste: Dníster, Bug Meridional, Dnipró -que desembocan en el Mar Negro-, y Siverskyi Donets, afluente del Don que tuerce para desembocar en el Mar de Azov.

En el extremo suroeste, el territorio ucraniano lo baña el río Danubio, que desemboca en el Mar Negro. En el extremo este discurre el río Kubán, que desciende desde las montañas del Cáucaso y tuerce al oeste cruzando el territorio etnolingüístico ucraniano para desembocar en el Mar de Azov. Y a lo largo de las fronteras más al oeste de Ucrania sólo hay tres ríos que no pertenecen a la cuenca fluvial del Mar Negro: el Bug Occidental y el San, que discurren al norte hacia el Vístula (río de la cuenca fluvial báltica), y el Tisa, que naciendo en el sur de los Cárpatos, tuerce en primer lugar hacia el oeste, y luego al este por la llanura del Danubio medio hasta desembocar en este río.

Las cuencas fluviales bálticas y del Mar Negro están muy relacionadas en el oeste Ucrania, durante siglos fueron vías de comunicación muy importantes uniendo el Mar Báltico y el Mar Negro a través de los ríos Vístula, Bug Occidental, San y Dníster. Pero la mayor importancia histórica la tiene el Dnipró, que une las ciudades norteñas de Bielorrusia y Rusia con el Mar Negro, y luego, a través del Estrecho del Bósforo conecta con el Mar Egeo y el Mar Mediterráneo.

Clima.

La temperatura de Ucrania, al igual que el paisaje, casi no tiene cambios bruscos. La temperatura media anual en la mayor parte de su territorio se sitúa entre los 6 y los 9 grados centígrados. Tan sólo en la costa del Mar Negro la temperatura media es más alta: Odessa +9.8 y en Yalta (Crimea) +13.4.

La temperatura media de Ucrania (entre +6 y +9) es mucho más baja que en Europa central y del oeste. Por ejemplo, en Londres, que está situada más al norte que todas las ciudades ucranianas salvo Chernihiv, la temperatura media es de +10.3. Este clima se debe a los inviernos severos. En la tabla que mostramos abajo con ciudades del oeste de Europa se ve que las ciudades ucranianas se caracterizan por tener temperaturas medias en invierno mucho más frías y un poco más cálidas en verano:

Enero Julio   Enero Julio
Lviv -4.6 +18 Londres +3.5 +17.9
Kiev -6.2 +19.2 Bruselas +2 +18
Kharkiv -8.3 +20.9 Frankfurt +0.7 +18.7

 

Así que el clima de Ucrania es más parecido al de Toronto (con temperaturas de -5 en enero y +20 en julio) que a las temperaturas de Europa del oeste.

 

Recursos naturales

Ucrania se considera una región agrícola rica gracias a su gran llanura, a su clima continental suave y a la cantidad suficiente de precipitaciones atmosféricas. Dos tercios del suelo ucraniano son de tierra negra ya que Ucrania pertenece a los países con tierras más fértiles del mundo y era el granero de los Estados que han gobernado estos territorios, primero el Reino de las Dos Naciones, luego el Imperio Ruso y finalmente la URSS. Ucrania siempre ha sido rica en verduras, en transformación primaria (cáñamo, girasol, remolacha azucarera) y en cereales (trigo, maíz, centeno, cebada). Justo antes de la primera guerra mundial, el trigo autóctono ucraniano representaba el 98% de las exportaciones del Imperio Ruso de este producto, cultivándose en su territorio el 84% de maíz, el 75% de centeno y el 73% de cebada de todo el Imperio Ruso. Por otra parte, la facilidad para obtener cosechas no favorecía los avances y técnicas del sector agrícola que predominaban en los lugares con condiciones climáticas menos favorables. Además, Ucrania es rica en minerales. La sal que utilizaban desde la Edad Media para conservar productos era una fuente de ingresos para Galitzia y Crimea, de donde se extraía. A finales del siglo XIX en el territorio de Ucrania (incluído el sur central y el oeste) se encontraron yacimientos de hulla, de mineral de hierro y de manganeso, que han convertido al país en uno de los más importantes centros mundiales de industria pesada. Estas zonas de industria se crearon en el territorio industrial de la cuenca del Dnipró, que se puede marcar con un triángulo entre Kryvyi Rig, Dnipropetrovsk y Zaporizhzhya, y también la región del Donbas (que incluye el territorio del tajo de Donetsk y el curso bajo del río Donets). A principios del siglo XX estas dos regiones están entre los centros más grandes de industria pesada del mundo.

 

La división administrativa y etnolingüística de Ucrania

Ucrania se divide en 24 óblast[2] y una república autónoma: Crimea. Salvo algunas excepciones, los límites del óblast no coinciden con las regiones territoriales históricas del país, aun cuando utilizan sus nombres históricos. En esta obra vamos a mencionar con más frecuencia las regiones históricas, concretamente (de oeste a este): Transcarpatia, Bukovina, Chernihivshchyna, Poltavshchyna, Slobozhanshchyna, Zaporozhzhya, Donbass, Prychornomoria, Crimea y Kubán.

Las fronteras ucranianas etnolingüísticas no coinciden con las fronteras actuales del país. Esto hace a Ucrania similar a muchos otros países del mundo donde existe: primero, un grupo etnolingüístico dominante (también llamado nación titular) dentro de las fronteras del país y fuera en los territorios de países vecinos; segundo, uno o dos grupos etnolingüísticos distintos del dominante, y a veces más numeroso que éste.

El idioma ucraniano es uno de los catorce idiomas eslavos que existen, los cuales se dividen en: eslavos occidentales (polaco, casubio, sorbio, checo y eslovaco), eslavos meridionales (esloveno, croata, serbio, macedonio y búlgaro) y eslavos orientales (ruso, bielorruso, ucraniano y rusino). El ucraniano, como idioma eslavo oriental, estructuralmente es parecido a bielorruso y ruso, aunque algunos de sus dialectos, sobre todo los del oeste de Ucrania, se formaron con una fuerte influencia de los idiomas polaco y eslovaco.

Los lingüístas normalmente dividen los dialectos ucranianos en tres grupos: 1) los dialectos septentrionales, que se hallan en Polisia, Volinia del Norte, Kyivshchyna y Poltavshchyna; 2) los dialectos orientales, que se hablan en numerosos territorios al este y al sur de la línea imaginaria que une las ciudades de Zhytomyr y Odesa, y 3) los dialectos occidentales, que se extienden por Volinia del Sur, Podolia, Galitzia, Bukovina del Norte y Transcarpatia. El idioma ucraniano, hasta cierto límite refleja el mapa geográfico del país con sus grandes llanuras y mesetas. Es decir, entre los idiomas de los grupos dialécticos septentrionales, orientales e incluso occidentales, las diferencias son insignificantes. Únicamente en el extremo oeste, a ambos lados de los Cárpatos (en Transcarpatia y las tierras pobladas por eslavos del este en el sureste de Polonia y noroeste de Eslovaquia) la cantidad y el grado de las diferencias entre los dialectos locales crece más; tanto que, a menudo, entre los científicos y los hablantes de estos dialectos aparecen discusiones muy enconadas sobre si se pueden considerar ucranianos étnicos o una etnia diferente: rutenos de los Сárpatos.

Existen, por supuesto, muchos otros idiomas que se hablaban en el pasado y que ahora siguen hablando los habitantes de Ucrania, que si tenemos en cuenta el hecho de que éstos llevan viviendo en este territorio siglos, pueden considerarse sus habitantes autóctonos. Aquí están representados los idiomas de casi todas las familias de lenguas europeas: eslavas (ruso, bielorruso, rusino de los Cárpatos, polaco y búlgaro), germanas (alemán y yidish), latinas (rumano y moldavo), túrquicas (tártaro de Crimea, gagaúzo y azerí), ugrofinesas (húngaro), griego y armenio. A menudo, coloquialmente se utiliza una forma del idioma muy diferente al idioma estándar, entre ellos el surzhyk (la mezcla no oficial de ruso y ucraniano) entre rusoparlantes, el griego tártaro entre grecoparlantes o el plattdeutsch (“bajo alemán”) entre la población germanoparlante.

Población

Según el censo de la población de 2001 en Ucrania viven 48.2 millones de habitantes. Más de dos tercios, 37.5 millones de habitantes (77%) son de etnia ucraniana, el resto, 11 millones de habitantes (23%) pertenecen a otras minorías nacionales o etnolingüísticas (ver tabla 1.1)

Tabla 1.1

Configuración étnica de Ucrania, 2001[3]

Etnia Habitantes Porcentaje
 

Ucranianos

Rusos

Bielorrusos

Moldavos

Tártaros de Crimea

Búlgaros

Húngaros

Rumanos

Polacos

Judíos

Armenios

Griegos

Tártaros

Gitanos

Azerbayanos

Georgianos

Alemanes

Gagaúzos

Otros

 

37 542 000

8 334 000

276 000

259 000

248 000

205 000

157 000

151 000

144 000

104 000

100 000

92 000

73 000

48 000

45 000

34 000

33 000

32 000

177 000

 

77.8

17.3

0.6

0.5

0.5

0.4

0.3

0.3

0.3

0.2

0.2

0.2

0.2

0.1

0.1

0.1

0.1

0.1

0.4

Total 48 241 000 99.4

 

A pesar de que los ucranianos étnicos forman tradicionalmente la mayoría de la población del país, la proporción entre habitantes urbanos y rurales ha cambiado notablemente durante los últimos dos siglos. Por ejemplo, en 1897 sólo el 30% de los habitantes de las ciudades ucranianas eran ucranianos étnicos, pero esta proporción creció constantemente hasta alcanzar el 67% en 2001. En cuanto a las minorías étnicas, las personas de etnia rusa vive básicamente en las regiones urbanas industriales del este de Ucrania, los judíos y bielorrusos en las ciudades de todo el país, y los tártaros de Crimea básicamente en las ciudades de Crimea. El resto de los grupos viven básicamente en el territorio rural: los moldavos pueblan las tierras adyacentes a Moldavia, los polacos están anclados en los territorios de Volynya y Galitzia oriental, los búlgaros se sitúan al sur de Besarabia, los húngaros en el sur de Transcarpatia, los rumanos en el norte de Bukovina, y los griegos en la costa del Mar Negro (en los alrededores de Odessa) y en la costa del Mar de Azov (en los alrededores de Mariúpol).

Además de 37.5 millones de ucranianos étnicos que viven dentro de las fronteras de Ucrania, según los datos de 2001, 1.4 millones de habitantes más viven en el territorio etnolingüístico ucraniano perteneciente a países vecinos (ver tabla 1.2).

Tabla 1.2

Ucranianos étnicos fuera de las fronteras de Ucrania, 2001[4]

(en los territorios etnolingüísticos ucranianos adyacentes)

Rusia (Óblast de: Kursk, Bélgorod, Voronezh, Rostov y Krai de Krasnodar) 617 000
Moldavia 600 000
Bielorrusia (Óblast de Brest y Óblast de Gómel) 108 000
Rumanía 52 000
Eslovaquia 11 000
Polonia 6 000
Total 1 394 000

 

En Bielorrusia los ucranianos viven en los valles pantanosos del río Prypiat; en Polonia, a lo largo de la frontera oriental del país (regiones históricas de Polaquia, Jolmshchyna, Lemkivshchyna y Nadsiannia); en Eslovaquia, en el extremo noroeste (Priashivshchyna); en Rumanía, en Maramures, Bukovina del Sur y al lado del delta del Danubio; en Moldavia, a lo largo de sus fronteras norte y este; en Rusia, en los valles de los ríos Don y Kubán.

Además de ucranianos que viven en las regiones adyacentes a las fronteras ucranianas, en la ex Unión Soviética y en el resto del mundo, viven más de 6.2 millones de descendientes de ucranianos étnicos (ver tabla 1.3), que emigraron a estos territorios durante los siglos XIX y XX.

Tabla 1.3

Ucranianos étnicos fuera de las fronteras del territorio etnolingüístico ucraniano sobre el año 2000[5]

Rusia 2 350 000
Kazajistán 896 000
Uzbekistán 154 000
Kirguistán 108 000
Tadjikistán 41 000
Turkmenistán 36 000
Letonia 70 000
Estonia 29 000
Lituania 22 000
Bielorrusia 129 000
Polonia 25 000
República Checa 8 000
Serbia 5 000
Hungría 5 000
Bosnia y Herzegovina 4 000
Croacia 2 000
Otros países europeos 93 000
Canadá 1 100 000
Estados Unidos 893 000
Resto de América 170 000
Australia 20 000
Total 6 174 000

 

Según los datos reflejados, en el mundo viven 45.1 millones de ucranianos étnicos; otras fuentes llegan hasta 51.8 millones.

Nombre del territorio y etnia

A lo largo de su existencia al territorio ucraniano y a sus habitantes se les ha llamado de distintas formas, cosa que a menudo ha ocurrido con muchos otros territorios y etnias del mundo. La cuestión del nombre del territorio y de la etnia es inseparable de su desarrollo histórico. Así que no es extraño que los distintos nombres dados a Ucrania y a los ucranianos en el pasado a menudo hayan reflejado una cierta posición política, y a veces simplemente negaban la existencia de los ucranianos étnicos como nación propia.

Hasta épocas recientes las noticias sobre Ucrania fuera de sus fronteras procedían de fuentes rusas secundarias. Desde la segunda mitad del siglo XVII en que el Principado de Moscú primero y luego el Imperio Ruso empezaron a controlar la mayor parte del territorio de Ucrania, los autores rusos han incluido a Ucrania en la historia de Rusia. Bajo estas circunstancias los nombres antiguos obtuvieron nuevos significados. La Rus de Kiev medieval se convirtió en Rusia de Kiev, su cultura y sus habitantes se convirtieron en “rusos” o “rusos antiguos”. En épocas posteriores, a todas o a algunas tierras ucranianas las llamaron Rusia Menor, Rusia Meridional, Rusia Occidental (junto a Bielorrusia) o Nueva Rusia (la parte esteparia y la costa del Mar Negro); y los habitantes del Imperio que eran eslavos orientales les llamaban pequeños rusos. Las tierras ucranianas que no pertenecían al Principado de Moscú o al Imperio Ruso a veces eran llamadas Rutenia, y su población eslava oriental era llamada rutena.

Los nombres geográficos y etnónimos “Rusia” de Kiev / “rusos antiguos”, Rusia Menor / pequeños rusos, Rutenia / rutenos, todavía se pueden encontrar en artículos sobre Ucrania antiguos e incluso contemporáneos escritos por autores europeos, estadounidenses y de otras partes del mundo. En esta obra, que aborda principalmente el desarrollo histórico del territorio que se encuentra dentro de las fronteras de la Ucrania contemporánea, para marcar el territorio vamos a emplear el término “Ucrania”, y usaremos el término “ucranianos/as” o “ucranianos étnicos” para referirnos al principal grupo étnico de este territorio. Cuando se trate la época medieval, aproximadamente del siglo IX al XIV, a este territorio le llamaremos “Rus” o “Rus de Kiev”, y a sus habitantes “rus” o “pueblo de Rus”. El paso gradual de utilizar el nombre “Rus” a “Ucrania”, y “pueblo de Rus” a “ucranianos” es análogo en este libro al uso de los nombres francos / franceses o romanos / italianos en los libros de historia de Francia o Italia.

[1] Stepán Rudnytskyi, Ukraine: The Land and Its People (New York, 1918), p.25.

[2] El óblast equivaldría en España a Comunidad Autónoma. Éstas se dividen en raiones, que suelen equivaler a comarcas, pero debido a que hay grandes ciudades que se dividen en raiones, en tales casos se traducirá como distrito. (N del T)

[3] http://2001.ukrcensus.gov.ua/eng/results/general/nationality/

[4] Los datos han sido obtenidos de las estadísticas oficiales anuales de Rusia, Moldavia, Bielorrusia, Eslovaquia, Rumanía y Polonia.

[5] Los datos se han obtenido de las estadísticas oficiales anuales de Letonia, Estonia, Lituania, y también de: V. Kubijovyc et al., “Ukrainianas”, en Encyclopedia of Ukraine, Vol. V, ed. Danylo Husar Struk (Toronto, Buffalo and London, 1993), p. 460.

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Capítulo 2. Visiones históricas.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 2 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

Durante siglos Ucrania estuvo bajo la autoridad de Estados extranjeros, entre ellos Polonia y Rusia. En consecuencia, en las descripciones históricas Ucrania con frecuencia fue tratada no como una entidad independiente, sino más bien como un territorio dependiente de un Estado más grande, como fueron la Mancomunidad de Polonia-Lituania, el Imperio Ruso o la Unión Soviética. Por ejemplo, los historiadores rusos y polacos del siglo XIX en sus narrativas históricas nacionales normalmente incluían todas estas tierras bien en Rusia o bien en Polonia. Por eso, en muchas investigaciones escritas en ruso y polaco (y luego en idiomas occidentales), Ucrania y Bielorrusia no tenían su propia historia.

Desde este punto de vista, la historia de Ucrania sólo se analizaba en relación a sus aspiraciones nacionales, y los escépticos aseguraban que éstas se engendraron a principios del siglo XIX como máximo. Esa forma de abordar el pasado histórico da lugar a muchas preguntas. Al descubrir la existencia del movimiento ucraniano nacional, aquellos que no aceptan la autodeterminación ucraniana se quedarán muy sorprendidos: si hasta el siglo XIX no hubo un Estado ucraniano y, por tanto, historia ucraniana, ¿en razón de qué puede ocurrir un futuro reconocimiento como estado soberano?. En relación con las consecuencias políticas y la influencia de investigaciones históricas, merece la pena informar al lector de al menos los momentos principales de los diferentes visiones de entender y tratar la historia de Ucrania. Entre ellos se pueden distinguir las visiones rusa, polaca, ucraniana y soviética.

Visión histórica rusa

La existencia de diferentes visiones nos dice que existe una discusión seria acerca de la historia de toda la Europa del este, en concreto, de los pueblos eslavos orientales: rusos, bielorrusos y ucranianos. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando aparecieron los primeros intentos de describir científicamente la historia de Europa del este, el único país eslavo del este que existía en estos tiempos era el Imperio Ruso. Este estado lo encabezaba el todopoderoso zar de la dinastía Románov, la cuál gobernaba desde Moscú (luego desde San Petersburgo) desde principios del siglo XVII. No es de extrañar que la dinastía Románov y el Imperio Ruso que ésta representaba alentaran las publicaciones de obras en las que el transcurso de la historia argumentaba su existencia ajustada a su conveniencia.

Así eran las dos primeras historias de Rusia escritas en el siglo XVIII, por Alexéi Mankíyev (escrita en 1715, publicada en 1770) y Vasilii Tatíshchev (finalizada en 1739, publicada en cinco tomos en 1768 – 1848). Ambas obras eran auténticos tratados que intentaban justificar el poder absoluto de la dinastía Románov.

Un ejemplo más demostrativo de la aproximación dinástica a la historia rusa lo encontramos en la monumental obra “Historia del Estado Ruso” (“Istoria gasudarstva ruskava”) de Nikolai Karamzín. Editada en doce tomos entre 1816 y 1829, abarcaba desde las épocas históricas más remotas hasta el principio del dominio de la dinastía Románov (1613). Karamzín esbozó el período de Moscovia entre el siglo XIV y finales del XVI como la edad de oro de la historia rusa, entre otras cosas porque en estos tiempos el poder autocrático parecía llegar a su punto más alto. Karamzín escribía: “La nación, privada por los grandes príncipes de Moscú de la desgracia de las discordias internas y del yugo externo (…), estaba contenta con las acciones y no salía a la calle por sus derechos (…). Por fin llegó el zar a ser el dios terrenal para todos los rusos (…). La autocracia es el paladio de Rusia, su integridad es necesaria para su felicidad”[1]. En sus obras insinuaba claramente a los zares la directriz de imitar a sus predecesores autócratas de Moscú.

La medida obligatoria para glorificar a cada país y monarquía consiste en averiguar su propio linaje y un origen independiente. Ya en nuestros tiempos, la mitificación del origen la caracterizó bien Bernard Lewis: a ella aspiran los países, las naciones y los gobernantes que normalmente “tenían un origen humilde” para “decorar u ocultar su origen no muy notable y unirlo a algo más antiguo e imponente”[2]. Los historiadores rusos aquí podían apoyarse en los esquemas abstractos desarrollados en el siglo XIV por los clérigos medievales. En aquellos tiempos Moscovia empezaba a desarrollarse y los monjes reescribían las crónicas antiguas “adornándolas” y ampliándolas para llevar el origen mundano de sus gobernantes, los monarcas de Moscú, al de los grandes príncipes de la Rus de Kiev, cuyos antepasados pertenecían a la dinastía semilegendaria del Gran Príncipe de Nóvgorod, Rúrik, del siglo IX.

Así que los zares de Moscú pasaban por ser descendientes directos de la dinastía rúrika, que a principios del siglo XVII continuó con la dinastía de los Románov. La forma de tratar la genealogía Rúrik, que ha demostrado la herencia histórica de Moscovia y del Imperio Ruso de la Rus de Kiev, fue también retorcida por las profecías de los clérigos de principios del siglo XVI, como el monje Filoféi de Pskov, que encontró una explicación universal a la conquista moscovita de la ciudad rusa occidental Pskó en 1510. La caída de Pskov, por analogía con la caída de Constantinopla (la capital del Imperio Romano de Oriente a manos de los turcos otomanos en 1453) fue descrita por Filoféi como una parte del gran plan de dios: “Todos los reinos cristianos dejarán de existir y entrarán, como dicen los libros de los profetas, en el reino de nuestro soberano, bajo el reinado ruso. Porque dos Romas han caído, la tercera [Moscú] sigue en pie, y la cuarta no será”[3].

En el siglo XIX, los historiadores laicos empezaron a argumentar la misión especial de Rusia en Europa oriental con argumentos políticos, sociales y demográficos y no genealógicos o religiosos. Este nuevo curso justo se encarnó en la ingente obra de Karamzín. Éste creía en la unidad de todos los eslavos orientales en lo que él llamaba la única nación rusa, cuyo primer centro político fue Kiev. Después de la invasión mongol a mediados del siglo XIII y de la destrucción de Kiev, el centro político y religioso de la nación “rusa” se trasladó al norte: primero a Vladímir, después a Moscú y finalmente, a principios del siglo XVIII, a San Petersburgo. Este concepto, al que podemos llamar teoría de “desplazamiento de centros políticos”, se incrustó en la historiografía rusa. La “madre de las ciudades rusas” según el concepto extendido era Kiev, y los descendientes de esa madre están obligados a esforzarse para que algún día todas las tierras de ex “Rusia” de Kiev vuelvan a un único estado ruso. Desde que los grandes príncipes de Moscú fueron considerados los herederos legítimos del legado de Kiev, su supervivencia aseguraba que el destino histórico de la nación rusa se cumpliría. Este destino consistía en unir las tres Rusias: Veliko-Rus, la Gran Rusia; Bela-Rus, la Rusia Blanca; y Malo-Rus, la Rusia Menor, como el concepto bíblico “tres en uno”.

¿Qué es “Europa del este”?

Al término “Europa del este” es difícil darle una definición exacta, si es que eso es posible. El concepto en sí nos dice que se trata de la parte oriental del continente europeo. Pero después de la II Guerra Mundial, se le dio más sentido político que geográfico: así, se empezó a llamar Europa del este a los territorios de aquellos países o regiones (la RDA, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Bulgaria y Albania) que se encontraban bajo el sistema comunista y que tarde o temprano llegaron a ser aliados cercanos o satélites de la URSS.

Una definición así ha provocado anomalías geográficas muy notables. Digamos que Grecia y Austria no entraban en esta definición sólo porque no pertenecían al bloque comunista, aunque ambas se encontraban igualmente en el este de Europa, incluso más, que algunos estados “orientales”. Esta visión ilógica sobre Europa del este, que se basaba en un fundamento político bastante pobre, todavía no está justificada. Menos aún tras 1989, año en que los ex países “orientales” europeos derrocaron el poder comunista, acabando con la existencia del bloque soviético y de la URSS*.

En conscuencia, el uso del término “Europa del este” en este libro se va a basar sólo en criterios geográficos. Como el continente europeo se extiende desde las costas irlandesas y portuguesas en el oeste, hasta los Montes Urales en el este, la separación geográfica entre el este y el oeste la hallamos aproximadamente en el meridiano 25, que pasa por las fronteras occidentales actuales de Ucrania y Bielorrusia. Es curioso que el punto geográfico medio de Europa, tanto el norte-sur como el este-oeste (que fue cuidadosamente calculado en la segunda mitad del siglo XIX) también se encuentra en el territorio ucraniano, cerca del pueblo de Dilové (anteriormente Trebushaný) en el sureste de  Transcarpatia (raión de Rájiv).

Esto significa que geográficamente en Europa del este de facto entran Bielorrusia, Ucrania, Rusia hasta los Urales, Moldavia, la mayor parte de Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia y la mitad de Rumanía y Bulgaria. Si unimos los criterios geográficos e históricos, se puede decir que Europa del este coincide principalmente con los territorios de los eslavos orientales (rusos, bielorrusos y ucranianos), y justo en este contexto vamos a utilizar este término. Por analogía, el término “Europa central” se va a utilizar en este libro sobre el territorio que abarca los actuales países de Polonia, la parte oriental de Alemania, República Checa, Eslovaquia, Austria, Eslovenia, Croacia, Hungría y Rumanía occidental.

 

*A pesar de las definiciones mencionadas más arriba, los científicos aún no han hallado consenso sobre las tierras que pertenecen a Europa del este y a Europa central, al igual que con Europa occidental, del norte y del sur. Por esta razón, en este libro los adjetivos para mencionar las partes de este continente se escribirán en minúscula.

 

A pesar del convencimiento de Karamzín de que los habitantes de la Gran Rusia, la Rusia Blanca y la Rusia Menor formaban un sólo pueblo ruso, a principios del siglo XIX las investigaciones lingüísticas y etnográficas y también los apuntes de los viajeros publicados en aquellos tiempos obligaron a muchos académicos a reconocer la existencia de notables diferencias entre varios grupos del así llamado “único pueblo ruso”, sobre todo entre los de la Gran Rusia y los pequeñorrusos, es decir, ucranianos. El reconocimiento de estas diferencias no sólo menoscabaría el concepto de un único pueblo ruso, sino que también podía amenazar el vínculo entre el Kiev medieval y Moscú; es decir, los profundos cimientos sobre los que fue construido el proyecto imperialista ruso. Por tanto, resultaba imprescindible explicar de alguna forma estas diferencias potencialmente peligrosas.

De esto se encargó Mikhaíl Pagodin, un muy influyente historiador y divulgador del siglo XIX, autor de la versión rusa del paneslavismo. En 1856 Pagodin presentó su teoría de la “desolación”, argumentando que del siglo X al XII los antepasados de los moscovitas probablemente vivieron en las tierras centrales de las orillas ucranianas del Dnipró de la Rus de Kiev, y que después de la invasión mongol a mediados del XIII huyeron al norte. Después, a finales del siglo XIII y especialmente en el siglo XIV, Ucrania, donde no vivía nadie, fue poblada por campesinos de las tierras occidentales pertenecientes a Polonia y Lituania. Exactamente, estos nuevos pobladores y migrantes son los antepasados de los ucranianos contemporáneos. Por tanto, a la teoría de Karamzín de desplazamiento de los centros políticos se le añadió la teoría de Pagodin de la migración.

Este concepto de la historia de los eslavos del este (u orientales) fue aceptada por los dos historiadores rusos quizás más influyentes: Serguéi Soloviov, en su “Historia de Rusia desde los primeros tiempos” de 29 volúmenes (1851-1879) y su alumno Vasili Kliuchevski en su aún más popular “El curso de la historia rusa” (1904-1921) de 5 volúmenes. Según Soloviov, “a finales del siglo XII [la Rus de Kiev] reveló su incapacidad de desarrollar ninguna de las bases sólidas de un Estado propio. Siguiendo un camino definido desde el principio, los mejores elementos de esa tierra fluyeron del suroeste al noreste; los pobladores de esa etnia se movieron en esta dirección y la historia junto a ellos”[4]. La posición determinante de Soloviov la completó Kliuchevski dándole, llamémosle así, una argumentación psicológica:

“En el momento en que la población septentrional del Rus sintió que Moscú era capaz de ser el centro político, capaz de unir en torno a él sus fuerzas para luchar contra los enemigos externos, y que el Gran Príncipe de Moscú podía llegar a ser el caudillo de la nación en esta lucha, la mentalidad y la actitud de la población de la Rus periférica sufrió un cambio que decidió el destino del régimen descentralizado: hasta aquel momento, las esperanzas y sentimientos nacionales y políticos ocultos o dormidos de una tribu de la Gran Rusia (que durante mucho tiempo y sin éxito ninguno buscaban un refugio seguro), ahora coincidían con las aspiraciones dinásticas del Gran Príncipe de Moscú, elevándole a la altura de gobernante nacional de la Gran Rusia”.[5]

La visión rusa de la historia de Europa del este, representada de forma más completa en las obras de Soloviov y Kliuchevski, aún prevalece en la mayoría de libros de Historia de esta región. Esta interpretación fue apoyada por historiadores rusos emigrantes, siendo los más influyentes Gueorgui Vernadskii y Mikhaíl Flarinskii. Esta interpretación migró de sus obras a los principales libros de texto de historia rusa, publicados en Europa occidental y en América del Norte durante el siglo XX. En todas estas obras, cuando la historia de Ucrania es tenida en cuenta, lo es sólo como la historia de una de las provincias rusas. Aún más, cuando la época de la Rus de Kiev se considera parte inseparable de la historia de Rusia, la historia de Ucrania no empieza hasta el siglo XIV (en el mejor caso) o incluso hasta el XVII. Algunos autores rusos, en general consideraban la existencia de Ucrania (y, por tanto, su historia) una tontería, la consideraban una idea política surgida en el siglo XIX y necesaria para estados poderosos como Alemania y Austria para romper la integridad del estado ruso.

Hay una teoría que defiende que el concepto de Rusia es imposible sin la Rusia Menor, es decir, Ucrania. El principal especialista ruso del siglo XX de la historia de la Rus de Kiev, Dmitrii Likhachov, hizo el mejor resumen de este punto de vista:

“Durante siglos, Rusia y Ucrania, a pesar de estar separadas, han avanzado no sólo como una única integridad política sino también como una integridad cultural dual. La cultura rusa no tiene sentido sin la ucraniana, y la ucraniana sin la rusa”.[6]

 

Visión histórica polaca

La forma tradicional de acercarse a la historia de Ucrania por parte de los historiadores polacos, hasta cierto nivel coincide con la interpretación clásica rusa de la historia de Europa del este; aunque sin duda tiene otros objetivos. Durante todo el siglo XIX Polonia no existió como estado independiente, por eso los periodistas y escritores polacos miraban a menudo en el pasado intentando explicar por qué ellos perdieron su estado independiente, y quizás marcar lo que deben o no deben hacer para defenderlo en el futuro. Ojeando la historia polaca, ellos se detenían frecuentemente en el siglo XVII y el problema cosaco (en la época en que Ucrania estaba bajo dominio polaco). Consideraban que este siglo supuso un momento crucial en la historia de su país marcando el comienzo de su decadencia.

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, la gran influencia en el punto de vista polaco sobre historia ucraniana vino de Aleksander Jablonowski, autor de una investigación histórica de siete volúmenes (“Pisma”, 1910 – 1913) y de “Historia de Rus del Norte hasta la caída de la Mancomunidad polaco-lituana” (“Historia Rusi Poludniowej do upadku Rzeczypospolitej Polskiej”, 1912). A finales del siglo XIX, a pesar de mostrar cierta simpatía por el movimiento nacional ucraniano, Jablonowski concluye que históricamente ni las tierras ucraniana desarrollaron algo sólido, ni la población ucraniana una nación propia. En cambio, en el siglo XVI, cuando Polonia se anexó Ucrania, los polacos descubrieron tierras bárbaras a las que llevaron cultura y una forma estatal de gobierno. Aunque conocían el alto nivel cultural de la época de la Rus de Kiev, los polacos no la consideraban algo propiamente ucraniano. Además, las familias de los Grandes Príncipes polacos y kievanos se emparentaron vía marital, y Polonia, durante cierto tiempo, tuvo bajo sus dominios algunas tierras de la Rus de Kiev (principalmente los territorios fronterizos occidentales) e incluso Kiev. Así que apareció una teoría que se reforzó especialmente tras la anexión polaca en 1569 de la mayoría de los territorios ucranianos: que los polacos tienen derechos históricos y legítimos del legado de la Rus de Kiev.

También los autores polacos aceptaban incondicionalmente la teoría del autor ruso Pagodin de la “desolación” de Ucrania (Rus del sur) después de la invasión mongol de mediados del siglo XIII. Según esta teoría, las estepas salvajes ucranianas (en polaco: dzikie pola) fueron pobladas por los habitantes de las tierras de Galitzia y Volinia, que estaban bajo control polaco y lituano. Incluso aunque la mayoría de esos habitantes eran eslavos orientales, de un modo u otro estaban subordinados al estado polaco y a su alta nobleza. Las diferencias culturales lingüísticas y religiosas de la población bajo dominio polaco eran reconocidas y no perseguidas. Los autores polacos veían en este hecho la democracia de la república de la alta nobleza, cuyo líder era descendiente de la dinastía Jagellon.

La época de Jagellon, que duró de 1385 a 1572, se consideraba un ejemplo ideal del sistema de gobierno polaco, porque poseían instituciones democráticas y mostraban, con algunas excepciones, tolerancia religiosa y étnica. Recontando las características de un estado ideal como este, los autores polacos acentuaban lógicamente que todos los habitantes del país, independientemente de su religión o etnia, aspiraban a identificarse como ciudadanos libres de la Mancomunidad polaco-lituana. En este contexto de fervor hacia la Mancomunidad, Ucrania, junto a sus vecinas Bielorrusia y Lituania, se consideraban sólo una parte de sus “kresy”, es decir, tierras fronterizas, que eran afortunadas por formar parte de Polonia, un bastión de la civilización occidental y católica.

Pero a veces ocurría que estas tales “tierras fronterizas de la civilización occidental” pacíficas y productivas (según palabras del célebre historiador polaco-estadounidense Oskar Galecki) se revelaban. Utilizando un par de monográficos del historiador de principios del siglo XX Franciszek Gawronski-Rawita, dedicados a los cosacos y a su hetman (jefe supremo) Bohdán Jmelnytskyi, los autores polacos en general explican esas revueltas como sublevaciones bárbaras iniciadas por grupos destructivos de la población inculta ucraniana. A veces, estos motines llegaron a causar profundas revueltas sociales, como por ejemplo, el levantamiento de Jmelnitsky a mediados del siglo XVII, o el levantamiento de haidamakas en el XVIII. Tras la derrota de estos levantamientos y la expulsión de los invasores extranjeros (turcos, tártaros, moscovitas), las tierras ucranianas eran devueltas a Polonia como parte de su legado cultural y político. Esta situación duró hasta finales del siglo XVIII, cuando las tierras ucranianas de Polonia fueron divididas entre Rusia y Austria, que con la ayuda de Prusia borraron a Polonia del mapa de Europa.

En el fondo, las tierras ucranianas, especialmente al oeste del Dnipró (margen derecho de Ucrania y Galitzia), simplemente se consideraban partes inseparables de Polonia. Cuando los intentos de renovar el estado polaco durante el siglo XIX culminaron finalmente en 1918, pensaban que al renacido país de los Jagellon (que se extendía desde del Mar Báltico hasta el Mar Negro) se unirían  de forma “totalmente natural” los territorios ucranianos y otros “kresy” del este. Pero estas aspiraciones se toparon con las fronteras europeas establecidas tras la I Guerra Mundial. Incluso tras un cuarto de siglo, la mayoría de los polacos tenían la esperanza de que tras la II Guerra Mundial les fueran devueltas las tierras ucranianas que formaban parte de Polonia en el período de entreguerras (la parte oriental de Galitzia y la parte occidental de Volinia). En algunos círculos polacos, sobre todo entre emigrantes políticos del oeste, incluso se desarrollaba la idea de recuperar Polonia de mar a mar.

A pesar de que hasta la II Guerra Mundial los historiadores polacos y la población en general trataban todo lo relativo a lo ucraniano como algo periférico, tras la guerra, cuando la influencia política soviética cobró más fuerza en la Europa central y del este, así como también el acercamiento marxista a las ciencias, los historiadores polacos cambiaron radicalmente su punto de vista. La época de los cosacos seguía acaparando el máximo interés, pero en las obras de los historiadores de posguerra -como Lieszek Podgorecki, Wladyslawa Serczynska y Zbigniew Wojciek- Ucrania ya no era considerada un apéndice de Polonia, sino más bien como un territorio que tenía su propio camino histórico desde los tiempos antiguos hasta la época contemporánea. Este cambio positivo del punto de vista sobre Ucrania, se debió en parte a que Polonia se acostumbró a las nuevas condiciones poscomunistas y al apoyo de su vecino del este, y surge de las revisiones históricas recientes de los historiadores polacos, entre ellos Jerzy Topolski y Marek Borucki. Pero las nuevas corrientes no llegan tan fácilmente a la sociedad, como muestra el hecho de que incluso en la Polonia contemporánea se pueda a veces escuchar que todo lo positivo de la historia ucraniana no ocurrió gracias a su propia población sino a la influencia de la civilización polaca.

 

Visión histórica ucraniana

Podemos asegurar que el comienzo de la interpretación ucraniana propia de la historia de Europa oriental coincide con el surgimiento en el siglo XVIII de las primeras Historias Generales de Ucrania. Y aunque los títulos de esas obras en su gran mayoría nos remiten a la historia de Rusia Menor, en realidad están dedicadas a los cosacos de Zaporizhzhia del siglo XVI y, sobre todo, del siglo XVII. Sobre los cosacos de Zaporizhzhia y Ucrania escribieron también en sus célebres obras autores como el francés de Alsacia, Jean Benoit Scherer (1788), el alemán Karl Hamersdorfer (1789) o el austrohúngaro Johann Christian Von Engel (1796).

En la primera mitad del siglo XIX aparecieron las primeras obras de múltiples tomos sobre la historia de Ucrania, de Dmytró Bantysh-Kamenski (cuatro volúmenes, 1822) y de Mykola Markévich (cinco volúmenes, 1842-1843), que destacaban especialmente el papel de los cosacos de Zaporizhzhia en el proceso histórico ucraniano. Sin embargo, la obra más influyente de aquellos tiempos fue “Historia de los rus” (1846), que vio la luz de forma manuscrita a finales de los 1820 y cuya autoría no está definitivamente probada. La popularidad e influencia de esta obra quizá se pueda explicar por el hecho de que se trataba más bien de un tratado político y no histórico. “Historia de los rus” es una de las primeras obras donde Ucrania es descrita no como una región de Rusia o Polonia, sino como un estado independiente ya en los tiempos de la Rus de Kiev. Por consiguiente, Ucrania llegó a su punto más alto en la época de los cosacos y hasta el siglo XVIII no empezó a decaer, quedando atrapada cada vez más bajo el poder moscovita y, posteriormente, rus). Que el autor de “Historia de los rus” reflejara una clara continuidad histórica de Ucrania, tuvo una gran influencia tanto en historiadores como en  poetas, folcloristas y lingüistas entusiastas del lento proceso del renacimiento nacional ucraniano.

La primera mitad del siglo XIX fue también la época de la difusión del Romanticismo en Ucrania. Los historiadores profesionales y, sobre todo, los amateurs abrazaron estas ideas sobre el espíritu especial de cada pueblo en contraposición a la anterior visión en que la fuerza motora de los procesos históricos eran las dinastías y los estados. Basándose en los principios del Romanticismo, la nueva generación de historiadores y escritores, cuyos principales exponentes eran Mykhailo Maksymóvich, Mykola Kostomárov y, hasta cierto tiempo, Panteléimon Kúlish, consideraban que el régimen de cosacos era la muestra principal de las así llamadas “ideas democráticas e igualitarias de la nación ucraniana”. Esta visión se proclamó en el programa político de la hermandad Kyrylo-Mefodii, en los años 1840, y se publicó con el título de “Libro de estar de la nación ucraniana”. En esta obra, escrita por Kostomárov, Ucrania es descrita como el territorio al que “no le gusta (…) ni zar, ni pan[7] (…) y que ha creado una comunidad cosaca propia (…) y fueron todos los cosacos iguales entre ellos”. Y luego: “día tras día, la comunidad cosaca crecía y se multiplicaba, y muy pronto eran en Ucrania todos cosacos, todos libres e iguales”.[8] Pero este escenario idílico no llegó a convertirse en realidad por la irrupción de fuerzas exteriores: panes, zares de Moscú, curas católicos y jesuitas.

La fe en la fuerza motora de la nación empujó a estos autores a la búsqueda del espíritu especial de los ucranianos étnicos y de argumentos de su singularidad y diferencia con rusos y polacos. Kostomárov, de forma muy clara, lo mostró en el artículo “Dos naciones rusas” (1871), que luego se convirtió en el evangelio del movimiento nacional ucraniano.

 

Kostomárov sobre ucranianos, rusos y polacos

Reproducimos algunos trozos del artículo de Mykola Kostomárov “Dos naciones rusas”, publicado en idioma ruso en la efímera revista “Osnova” (1861, nº3), que salía a la venta en San Petersburgo:

“La tribu de los rus del sur (ucranianos) gravitaba hacia la propia libertad, la tribu gran-rusa (rusos) gravitaba hacia la comunidad (…). En la esfera política, los primeros se podían unir voluntariamente en hermandades, unidos hasta las necesidades cotidianas y fuertes hasta donde su existencia no interrumpiera la ley perpetua de la propia libertad; los segundos aspiraban a formar un cuerpo social duradero basado en los sólidos principios que tienen un espíritu común. Lo primero llevaba a la federación, pero no logró formarla; lo segundo llevaba a la autocracia y a un estado fuerte (…).

En el elemento gran-ruso hay algo majestuoso, creativo, un espíritu sofisticado, una toma de conciencia de sociedad dominada por el sentido común, que sabe resistir bajo circunstancias difíciles, que conoce el momento exacto para actuar y lo aprovecha al máximo (…). Esto no se reveló en nuestra tribu sur-rus. Su naturaleza de libertad condicionaba o bien la descomposición de las relaciones sociales, o bien la creación de un torbellino de distintas intenciones sobre el que giraba la vida histórica nacional como una rueda de ardilla. Así  nos han presentado nuestro pasado estos dos pueblos rus.

Había una relación totalmente distinta entre el pueblo de los rus del sur y los polacos. Aunque la etnia de los rus del sur está, por la estructura de la lengua, más alejada de la polaca que de la gran-rusa, está en cambio mucho más cerca al pueblo polaco por sus peculiaridades nacionales y rasgos generales del carácter. Oposiciones así o similares que hemos notado entre los gran-rusos y rus del sur, no existen entre polacos y rus del sur, ni a nivel interno ni externo de la vida cotidiana (…).

Sin embargo, a pesar de esta cercanía, un abismo separa ambas naciones, sobre el que parece que no se puede tender un puente. Los polacos y los rus del sur son como dos ramas cercanas que se desarrollaron hacia lados opuestos; los primeros se educaron bajo los valores de los pany y conservaron sus principios, y los segundos hicieron lo propio pero con los principios de los aldeanos, o dicho de un modo más accesible, la nación polaca era profundamente aristocrática y la de los rus del sur profundamente democrática. Pero estos términos no encajan demasiado con las circunstancias de nuestra historia y modo de vida;  hasta el punto en que la aristocracia polaca es tan democrática como la democracia de la Rus del Sur es aristocrática. Allí, el sistema de los pany busca la igualdad en su clase, mientras que aquí, el pueblo, que es igual por ley y por el estado, deja salir a personas de su comunidad para  que luego la multitud devore lo que le es devuelto”.

FUENTE: N. Kostomárov, “Dvie ruskig narodnosti”, Osnova, I, 3 (San Petersburgo, 1861).

 

 

Además de intentar argumentar la independencia de los ucranianos y de esa forma romper la unidad de los eslavos orientales, los historiadores ucranianos pusieron en duda otros aspectos de las visiones históricas rusas, como la así llamada herencia entre las medievales Rus de Kiev y Moscovia. Como respuesta a la afirmación de Pagodin sobre la migración de los habitantes de la región de Kiev hacia el norte tras la invasión mongol del siglo XIII, aparecieron varias obras -la primera de las cuáles fue escrita por Mykhailo Maksymóvich (1857), al que siguieron Volodymyr Antonóvich (1882) y el historiador ruso de Kiev Mykhailo Vladímirski-Budánov (1890, 1893)-, que explican de forma convincente que la población no dejó las tierras del centro de Ucrania durante el siglo XIV, sino más bien, su sistema funcionó hasta que los cosacos fundaron un nuevo régimen social y administrativo en los siglos XVI-XVII. A pesar de los defectos evidentes de la visión rusa establecida sobre la historia de Europa del este, sus principios se consideraron durante mucho tiempo aparentemente ciertos.

El primer desafío serio a la posición rusa lo lanzaría Mykhailo Hrushevski a principios del siglo XX. En 1904 publicó un artículo titulado “Un esquema ordinario de la historia de la Rus y el asunto del sistema racional de la historia del eslavismo oriental”. Siguiendo la tradición de “Historia de los rus”, Hrushevski centró la atención no sólo en los momentos internos contradictorios del concepto ruso del proceso histórico de Europa del este, sino que también marcó los límites de la historia de Ucrania, que según su punto de vista empezó antes de la Rus de Kiev y tuvo continuidad tras la época de los cosacos.

Antes de la publicación de este fructífero artículo, Hrushevski comenzó a estudiar muy meticulosamente la continuidad histórica de Ucrania, volcando sus pensamientos en su monumental obra de diez volúmenes “Historia de Ucrania-Rus” (1898-1937). Tuvo tiempo de llevar esta obra hasta 1758, pero también preparó un par de libros de historia de un tomo que abarcaban desde la época anterior a la Rus de Kiev hasta la lucha por la “renovación” del estado ucraniano independiente justo después de la I Guerra Mundial. Así que, en su artículo “Un esquema ordinario…” y en sus libros de historia basados en su opus magnum de diez tomos, Hrushevski da por primera vez una visión histórica que disputaba la visión rusa dominante. Aunque historiadores ucranianos posteriores, como Dmytró Doroshenko y Viatcheslav Lypynskii, podían acusar a Hrushevski de inclinaciones nacionalistas, ya que ellos defendían un acercamiento al pasado ucraniano más vinculado al concepto de Estado, los estudiosos sobre Ucrania fuera de las fronteras de la ex URSS (primero en Galitzia en la época de entreguerras, luego en Europa occidental y Norteamérica y, últimamente en la Ucrania postsoviética), seguían el esquema de la continuidad del proceso histórico ucraniano autónomo marcado por Hrushevski, que empezó antes de la Rus de Kiev y sigue hasta ahora.

 

Visión histórica soviética

La revolución bolchevique de 1917 y la consiguiente fundación de la Unión Soviética en 1922 cambiaron la visión histórica rusa. Pero este cambio no llegó enseguida, ya que en los años 20, junto a las investigaciones históricas marxistas aparecieron unas no marxistas. En parte, las visiones de Hrushevski influyeron en historiadores rusos no marxistas como Alexánder Priesniakov (1918) y Matviéi Lubavskii (1929), que empezaron a buscar el origen del estado de Moscovia no en Kiev sino en las ciudades del noroeste Rostov, Súzdal y Vladímir. Por otro lado, los historiadores rusos emigrantes, entre los que destacaba Georgi (George) Viernádski, seguían defendiendo los principios de la visión histórica rusa de Soloviov y Kluchevski (siglo XIX).

En la Ucrania soviética, por lo menos a lo largo de los años 20, tenían oportunidad de trabajar no sólo historiadores marxistas, sino que seguía en pie la escuela de Hrushevski bajo su dirección, desde el momento de su vuelta a Kiev en 1924 tras su emigración al oeste. Las visiones de Hrushevski eran apoyadas incluso por marxistas soviéticos ucranianos como Matvíi Iavorskii, que en sus obras destacaba especialmente el desarrollo socioeconómico y la lucha de clases en la historia ucraniana.

A principios de los años 30, cuando Stalin decidió liquidar los restos de toda ideología que no coincidiera con su visión del marxismo gran-ruso bolchevique, la mayoría de los representantes de la escuela ucraniana histórica, junto con Hrushevski, fueron encarcelados y deportados u obligados a callar. Aquellos que sobrevivieron debían aceptar la nueva interpretación de la historia de Europa del este. Esta nueva interpretación y su implementación a las etnias no rusas de la Unión Soviética, fue conocida con el eufemismo de la fórmula del “mal menor”.

En el nuevo estado bolchevique, basado en los principios ideológicos marxistas adaptados por Lenin y Stalin a los contextos locales, el problema nacional fue un asunto de primer orden. La política nacional leninista no permitía los extremos a los que llegaba el nacionalismo zarista ruso, que negaba la existencia de los ucranianos en sí como una nación diferente. Sin embargo, los bolcheviques sí reconocían la nacionalidad ucraniana, pero esperaban poder convivir todos en el mismo estado. Por ello, el antiguo lema revolucionario leninista que decía que la Rusia zarista era “una prisión de pueblos”, tenía que ser modificado. La solución a esta situación aparentemente contradictoria fue la teoría del “mal menor”, resumida por el ex historiador soviético Konstantin Shteppa de la siguiente manera: “Aunque la anexión de los pueblos no rusos a Rusia fue algo malo (especialmente porque suponía la pérdida de la independencia nacional), era menos malo en comparación con lo que podría haber ocurrido si hubieran sido anexionados por otros estados más grandes. Por tanto, la anexión de Ucrania por parte de Rusia en el siglo XVII tenía que ser considerada, según esta teoría, como un mal, pero de alguna manera un mal menor a la supuesta absorción de Ucrania por parte de Polonia, Turquía o, más tarde, de Suecia”.[9]

Con el objetivo de minimizar la influencia negativa de este daño menor, los historiadores soviéticos rusos y ucranianos enfatizaron que la amistad entre las dos naciones sería provechosa, especialmente para los ucranianos, ya que Rusia era un estado poderoso, y de esta forma se convertiría en el “hermano mayor” de la nación ucraniana. El ejemplo más popular de esta amistad entre “las naciones fraternales rusas y ucranianas” era el llamado “acto de reunificación”, que tuvo lugar en Pereyáslav en enero de 1654, donde el hetman de los cosacos Bohdán Jmelnytskyi juró lealtad al zar. En honor al 300º aniversario de este evento, en 1954, en la Unión Soviética hubo una celebración por todo lo alto del Tratado de Pereyáslav, incluyendo seminarios públicos y temáticos, y la edición de gran cantidad de publicaciones y suplementos especiales en los periódicos. La forma de reflejar estos hechos en los libros de texto soviéticos ucranianos demuestra de forma más visual el desarrollo de la visión histórica marxista soviética.

En su corto libro de historia de Ucrania escrito en 1928, el historiador Iavorskii escribió que los ucranianos en el siglo XVII no sabían “que un destino peor que bajo los pany polacos les esperaba en el futuro bajo la nobleza moscovita y la dictadura del “zar blanco””.[10] Aunque en 1940, en los nuevos libros de texto se reflejó una conclusión distinta: “La reunificación de Ucrania en el estado ruso era un daño menor para ella que la subordinación a los pany polacos o al sultán turco”.[11] Por fin, en los años 50 los libros recogían que la unión con Rusia sólo “significaba la reunificación de dos grandes naciones fraternales, que salvó a Ucrania del saqueo polaco y turco”. [12] El hecho de que el 300º aniversario se celebrara como un acto “de reunificación” y no como una anexión mostró cómo la ciencia soviética volvió a su visión de la historia de Europa del este previa a la revolución rusa.

Según el concepto de los historiadores soviéticos, que era dogma hasta los 80, la Rus de Kiev se consideraba la cuna común de todos los eslavos orientales. Las tradiciones políticas y culturales de esta federación medieval de pueblos fueron heredadas por el hermano más fuerte, “hermano mayor”, los rusos, a través de: primero el Estado de Moscú, luego el Imperio Ruso y después la Unión Soviética. Respecto a la patria kieviana común, estaba habitada por “la población de los rus antiguos”, cuyos representantes supuestamente hablaban antiguo eslavo oriental. El comienzo de su fin lo provocó la invasión mongol a mediados del siglo XIII, cuando las tierras del sur y del oeste de la Rus de Kiev fueron “separadas” del resto del territorio,  y estas tierras comenzaron a desarrollarse independientemente, pasando luego a estar bajo el poder de Lituania y posteriormente de Polonia. Así que según el concepto soviético, la formación de la nación ucraniana y bielorrusa, al igual que sus idiomas, se da en el período que va del siglo XIV al XVI. Todas las teorías del desarrollo independiente ucraniano hasta el siglo XIV (en política, idioma o rasgos étnicos) fueron marcadas como “burguesas nacionalistas”. Esta ideología confrontaba la posición de Hrushevski, que se consideraba “enemiga”, “reaccionista” y “amenazaba” el dogma soviético de la integridad y amistad por siglos de las naciones rusa y ucraniana.

En resumen, se puede decir que las interpretaciones contemporáneas de la historia de Ucrania y de Europa del este en su conjunto se basan principalmente en los conceptos históricos formulados en el siglo XIX. El nivel de diferencias entre ellos depende del punto de vista (ruso, polaco, ucraniano o soviético –ya en el siglo XX-) y también dependía de si lo escribía uno o varios autores. El punto de vista ruso pone el acento en el crecimiento político constante, empezando en la época de la Rus de Kiev (después de la migración de los centros políticos y su población hacia el norte, primero a Vladímir y posteriormente a Moscú, San Petersburgo y vuelta a Moscú), y  continuando hasta la hegemonía del estado soviético. Según este esquema, Ucrania no tiene historia independiente.

La posición polaca tradicional tampoco permitía la existencia del proceso histórico ucraniano independiente, por lo que Ucrania se consideraba sólo como una de las fronteras de la civilización polaca. Su mayor parte y especialmente los territorios al oeste del Dnipró se veían como una parte inseparable de Polonia, donde lo único positivo era que los procesos políticos y culturales del pasado fueron hechos por “defensores de la civilización occidental” (polacos).

Los historiadores ucranianos daban cuenta de la existencia de la etnia ucraniana antes del siglo IX, es decir, antes de la Rus de Kiev medieval. Según este punto de vista, no toda la población de Kiev emigró de estas tierras tras la invasión mongol a mediados del siglo XIII, sino que la civilización de la Rus solamente se desplazó un poco al oeste, hacia Galitzia y Volynia, para volver a las orillas del Dnipró en los siglos XVII-XVIII formando un estado cosaco. En el siglo XIX comenzó el renacimiento nacional de la civilización ucrania-rus, que llevó a una independencia ucraniana efímera a principios del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la visión soviética se convirtió en una variante del concepto ruso anterior a la revolución rusa. La Rus de Kiev se trataba como la cuna de todos los eslavos orientales, aunque su rama rusa se consideraba la mayor defensora de los demás (bielorrusos y ucranianos) de las tendencias imperialistas polacas y otomanas hasta el siglo XVIII y de los estados europeos, especialmente Alemania, en el siglo XX.

Y por último, los historiadores occidentales, sobre todo en Estados Unidos, son principalmente partidarios de la interpretación rusa tradicional de la historia de Europa del este. La Rus de Kiev, Moscovia, el Imperio Ruso y la Unión Soviética se ven como eslabones de una continuidad histórica independiente, que en la literatura popular, y a menudo en la profesional, es llamada simplemente “Rusia”. Aquellos que aceptaron la visión rusa tradicional, al mismo tiempo niegan el esquema de la historia ucraniana formada por Hrushevski y sus seguidores, argumentando que las investigaciones ucranianas son sospechosas porque sirven a los intereses políticos de los ex partidarios antisoviéticos de la Guerra Fría o de los radicales nacionalistas ucranianos. Luego, en este libro se va a prestar más atención no a la cuestión de aceptación o no de algunas teorías, sino a mostrar los hechos en su preciso orden cronológico que tuvieron lugar aproximadamente desde el siglo I hasta nuestros tiempos en los territorios que desde diciembre de 1991 conforman el país independiente de Ucrania.

[1] Karamzin´s Memoir on Ancient and Modern Russia, traducido por Richard Pipes (New York, 1996), p. 112.

[2] Bernard Lewis. History Remembered, Recovered, Invented (Princeton, N.J., 1975) p. 59

[3] De la carta clerical de Filoféi 1524, citado en el libro de Vasíl Hryshkó Istorichno-pravne pidhruntia teorii III Rymu (Munich, 1953), p. 5.

[4] Serguéi Soloviov, Istoriia Rassii s Drievnichiij Vriemion, Vol. 2, 2ª edición (San Petersburgo, 1894), p. 1343.

[5] Vasili Kliuchevski, Kurs russkai istorii, Vol. 2, (Petrogrado, 1918), p. 58.

[6] Dmitrii Likhachov, Reflections on Russia (Boulder, Colo., 1991), p.74.

[7] Pan: señor de la tierra polaco. Plural: pany (N de la T).

[8] Mykola Kostomárov, “Zakon Bozhyi” (Knyha buchchá ukrayinskoho narodu) (Kiev, 1991), p. 24-25-

[9] Konstantin E. Shteppa, “The «Lesser Evil» Formula, en Cyril E. Black, ed., Rewriting Russian History, 2ª edición revisada (New York, 1962), p. 105-106.

[10] Matvíi Iavorskii, Istoriia Ukraíny v Stýslomu Nárisi (Járkiv, 1928), p. 58.

[11] Anna Pankrátova, redacción, Istoriia SSSR, Tomo I (Moscú, 1940), p. 189.

[12] Anna Pankrátova, redacción, Istoriia SSSR, Tomo II (Moscú, 1947 y ediciones siguientes).

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Ayudar antes a los de aquí, a los que tenemos cerca

Huancavelica, Perú.

Campesina de Huancavelica, Perú. FOTO: Isabel Palma, Asociación Madre Coraje

No entiendo que haya ongs que se dediquen a los pobres de otros países con la que está cayendo aquí. Que aquí también se pasa mal. Antes hay que arreglar lo que tenemos aquí, ayudar a los de aquí, los que tenemos cerca. No sé cómo se sigue dando dinero público a ongs que trabajan en África con la de pobres que tenemos en España.

Sin duda, estas frases las habrás escuchado y leído mucho en redes sociales desde que comenzó la crisis. De entrada, es natural que nos remueva más sensaciones lo cercano, que nos interpela en nuestra vida diaria, que lo lejano, que no nos afecta directamente. Vivo en Jerez (Cádiz), por tanto estoy más cerca de Tánger que del 90% de ciudades españolas, y más cerca que Tánger está el Estrecho de Gibraltar, donde todos sabemos qué ocurre. Esa realidad me interpela con mucha fuerza: ocurre a escasos kilómetros de mi casa, ocurre en las playas donde me baño, playas desde las que veo Marruecos. Sin ir más lejos, hace años presencié la llegada de una patera en las aguas de Bolonia (Tarifa). Lamentablemente, quien te dice eso de Ayudar antes a los de aquí, a los que tenemos cerca no se siente identificado con lo acabo de decir, sino que quería decir España y españolas/es. Por tanto, no se trata de la realidad cercana, ya que tan cerca tengo al conocido que acaban de echar de su casa por llevar tres años en paro, como al inmigrante que vende pañuelos en el semáforo (ojo, digo España y españoles como ejemplo, puede ser Andalucía y andaluces, o mi municipio). Sé que en muchos casos se trata de una cuestión identitaria cultural: el proceso de socialización nos hace identificarnos con unas personas, a las que consideraremos de los nuestros. El problema es que sólo nos socializan como miembros de una familia, barrio, ciudad, región y nación. Y ahí se para. Y, por tanto, ahí se acaba nuestra fraternidad. Esos son los nuestros. No nos educan como ciudadanas y ciudadanos del mundo, mi fraternidad acaba donde acaba mi patria. Y esa senda conduce a la xenofobia: hace poco, en Igualada (Cataluña) se hizo una colecta de alimentos para la gente del pueblo que lo está pasando mal; la única condición para recibir esos alimentos era mostrar el DNI español. La respuesta de la población inmigrante de Igualada fue memorable.

Para mí, antes que la nación, está la condición. Cualquier persona del mundo en situación o riesgo de exclusión es de los míos, ya sea de Uganda, de España, de Camboya, de Perú o de Estados Unidos. Si a ti la nacionalidad te pesa más que la situación de cada persona, te animo a que te veas como habitante del planeta. Estoy convencido que además de (añade aquí tu nación: Andalucía, España, Euskal Herria, Catalunya, El Bierzo) puedes considerarte ciudadana/o del mundo, y ampliarás ese concepto de los nuestros, porque estoy convencido de que la mayoría de las personas está más cerca de la fraternidad universal que de la xenofobia.

Sí, vale, yo puedo dar alimentos para los pobres de África, pero creo que con la que está cayendo en España, ni el gobierno ni las comunidades, ni los ayuntamientos, deberían dar dinero para la cooperación. Si el mundo está dividido en países, aunque no nos guste, tendremos que utilizar el dinero de nuestro país para nuestros asuntos internos, ¿no?

Las ongd (la ‘d’ es de ‘desarrollo’: así se les llama a las ong que se dedican a la cooperación internacional) siempre han tenido como objetivo que el dinero público que se destine a la ayuda exterior al desarrollo sea el 0,7% de la Renta Nacional Bruta. Esto equivale más o menos al 3% de los presupuestos del Estado, Comunidades, Diputaciones y Ayuntamientos. Es decir, tenemos el 97% del presupuesto para gestionar el país.

Por cierto, nunca en España se ha llegado al 0.7%, lo máximo a lo que se llegó fue el 0.45% y actualmente estamos en el 0.15%, el nivel más bajo de los últimos 25 años. Y ni siquiera podemos decir que se ha recortado igual que las otras partidas, ya que la partida de cooperación ha sido la más castigada por los recortes del gobierno dictados por los poderes financieros europeos, comenzados por el PSOE y culminados con saña por el PP. Deberíamos poner el foco en el uso que se le da al 97% del dinero que, supuestamente debería utilizarse en beneficio de las personas que viven en España. Digo supuestamente porque, aparte de otras cuestiones dudosas, recordemos que en 2011, PSOE y PP modificaron la Constitución para darle prioridad absoluta al pago de la deuda. Es decir, que antes que la sanidad, antes que la educación y antes que todo, está el pago de la deuda. Pero nada, sigamos pensando que es vergonzoso que se ayude a Perú mientras aquí se pasa hambre. Sin duda, enfrentar a los pobres ha tenido éxito.

Las ongds saben que las personas empobrecidas aquí y allí son víctimas del mismo sistema, están en el mismo barco y así lo demuestran haciendo ‘lobby’ a las instituciones de muchas maneras: se han sumado a las diferentes ‘mareas’ que luchan por defender los servicios públicos españoles, han salido a la calle, han firmado manifiestos, algunas de ellas también ayudan a los pobres de aquí… Es decir, las ongd no obvian la realidad que les rodea, lo que pasa es que la realidad para las ongd y para muchas personas no es sólo la más inmediata geográficamente, como hemos explicado anteriormente.

Así que, por favor, no enfrentes a pobres contra pobres, ayudar a una familia que vive en los Andes no implica quitarle recursos a una familia que vive en España. Si vas a donar 5 kilos de arroz, las opciones no sólo son “o a los de aquí o a los de allí”. Puedes donar 3 kilos a unos y 2 a otros, o 4 y 1, o los 5 a unos y el mes que viene 5 (o 1, 2, los que consideres) a otros. Es normal que si antes de la crisis donabas 5 kilos para los pobres de allí y 1 a los de aquí (o ninguno, porque mucha gente parece que piensa que en España antes no había pobreza y no hacía nada para paliar esta situación. Pero ese es otro tema –o no-), ahora dones más para la pobreza de tu entorno más inmediato, pero no podemos olvidar a los de allí, ¿por qué no?

Porque a pesar de la terrible situación por la que atraviesan millones de personas en España, la situación en las regiones donde se realiza la cooperación internacional, es sencillamente incomparable. Si aquí sufrimos la crisis, imagínate cómo afecta regiones del mundo que ya estaban en una situación dramática antes de la crisis.

Porque sería muy hipócrita no ayudarles cuando nuestras élites económicas les están expoliando. Es decir, no es que no estemos ayudando a los pobres de allí, es que además somos cómplices de su situación.

Porque abandonarles ahora confirmaría algo terrible: que no se le puede llamar solidaridad a lo que hacíamos antes, era simplemente limosna, dar lo que sobra. Se trata de justicia social.

Porque, en resumen, como ya se ha dicho, las personas empobrecidas de aquí y de allí son víctimas del mismo sistema.

Están en el mismo barco. Estamos en el mismo barco.

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Sobre las primas y los primos

Desde que saltó la noticia sobre las famosas primas a los jugadores de la selección española de fútbol, quería decir algo al respecto. Creo que hoy toca hacerlo, ya que España ha sido eliminada y, por tanto, sin el opio del pueblo, a partir de mañana tod+s volveremos a luchar por nuestros derechos como hacíamos antes del Mundial (ejem). Bueno, aquí van unas cuántas cosillas:

1. Las primas no iban a salir de nuestros bolsillos, es la FIFA la que paga ese dinero a cada Federación de Fútbol de cada país en función de sus resultados. Y son estas federaciones las que negocian con los jugadores las primas.
2. Si los jugadores tributan esas primas en España, el Estado se llevaría el 52% de las mismas. Que sería un pellizco importante.
3. La RFEF (Real federación española de fútbol) es una institución ‘sin ánimo de lucro’ que desde 2009 no recibe fondos del Estado y que, aparte de las primas y sueldos de sus empleados, destina buena parte de sus fondos al fútbol base y de formación.

¿Yo defendiendo al fútbol, las primas? Espera, espera… que hay más cosas.

4. Un club de fútbol, es de sus socios, dueños, patrocinadores… pero las selecciones no son clubes, ni sociedades anónimas deportivas, en definitiva, no son PRIVADAS, representan a su país. ¿Por qué los ingresos que genera la selección española no van al Estado? Utilizan el himno, los colores, los símbolos… pero el dinero que genera no va a la hucha común: se lo queda una entidad privada (RFEF).
5. Por tanto, SÍ que esas primas las estamos pagando ‘tod+s’, al no quedarnos con ese dinero y darlo a la RFEF. Y no hablamos de poco dinero: en estos últimos años, la selección ha generado mucho (pero que mucho) dinero.

6. Lo que más me toca las narices: el Estado necesita ingresar dinero. Para ello dicen que han pensado en todo, y que si se están cargando el Estado del Bienestar subiendo impuestos, congelando oposiciones, salarios y sobre todo recortando en temas que deberían ser intocables como SANIDAD y EDUCACIÓN, lo hacen porque NO HAY OTRA MANERA DE OBTENER INGRESOS. Es decir, que a nadie se le ha ocurrido la idea de ‘nacionalizar’ la RFEF, para que sea el Estado quien gestione ese dinero (de ahí se seguirían pagando el fútbol base, arbitrajes, primas a jugadores, etcétera; pero habría además una cantidad importante para la hucha general).

7. Obviamente, esto no nos iba a ‘salvar’, pero si nos vais a pedir sacrificios, ¡¡qué menos que hacer esto ANTES!! Piden a los funcionarios que trabajen más cobrando menos, ¿por qué no organizar más partidos amistosos para generar más ingresos?

EPÍLOGO: De todas formas, aunque ingresemos mucho, no olvidemos que gracias a la reforma de la Constitución que ordenó Alemania y ejecutó el PPSOE en 2011, el pago de la deuda es prioritario; por tanto, además de ingresar, tenemos que movilizarnos y organizarnos para revertir esa situación (hacer una auditoría de la deuda, que la sanidad y la educación sean prioritarias, etc).

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