Capítulo 3. Las regiones de la estepa y las ciudades del norte del Mar Negro.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 3 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

El primer periodo histórico, o más bien, antes de la historia de Ucrania abarcó aproximadamente desde el año 1150 ac hasta el 850 dc. Durante este tiempo (20 siglos de historia humana en territorio ucraniano) tuvo lugar una lenta evolución desde las civilizaciones primitivas de recolectores y nómadas hasta sociedades más desarrolladas con estado centralizado y un sistema social y económico. Durante estos milenios el territorio de Ucrania se dividía en dos partes bastante diferenciadas: anchas franjas de estepa y bosque-estepa alejadas de las orillas del mar y las zonas cercanas a las orillas del Mar Negro y Mar de Azov. Aunque estas tierras se diferenciaban por su sistema socioeconómico y político, tenían vínculos muy fuertes entre ellas y eran bastante interdependientes.

El territorio estepario estaba principalmente poblado por recolectores sedentarios, que por norma general obedecían a los nómadas de las estepas centroasiáticas. En cambio, en las costas del Mar Negro comenzaban a aparecer ciudades griegas y, posteriormente, romanas y bizantinas que o bien se establecían como ciudades-estado independientes o bien se unían en federaciones con distintos niveles de dependencia de las metrópolis griegas, romanas o bizantinas situadas en el sur. Estas colonias de las costas del Mar Negro existieron durante más de dos milenios y estaban orientadas económica, social y culturalmente a las civilizaciones clásicas del Mar Egeo y del Mediterráneo.

 

Las regiones esteparias

Las primeras noticias sobre las regiones de estepa y sus habitantes las recibimos de autores griegos, romanos, bizantinos y árabes de aquellos tiempos, que principalmente describían a feroces salvajes del este cuyo único objetivo vital era la destrucción de los logros del mundo civilizado, es decir, del mundo griego y, posteriormente, de los imperios romano y bizantino. Un par de fuentes escritas de aquellos tiempos describen despectivamente a los pueblos asiáticos de nombres poco comunes como “numerosas bandadas bárbaras”: eran los cimerios, escitas, sármatas, alanos, hunos, ávaros, protobúlgaros y jázaros que, uno tras otro, dominaron con éxito los territorios de estepa hasta que eran reemplazados por otros invasores nómadas, alternándose así en el poder. Las excavaciones arqueológicas recientes, especialmente las del siglo XX, muestran que estos pueblos nómadas no eran tan incivilizados y propensos a la devastación como les describían los clásicos griegos y romano-bizantinos. Al contrario, las civilizaciones de estos nómadas del este, a menudo generaban un ambiente estable que aumentaba sus beneficios comerciales.

Antes de pasar al análisis cronológico de los procesos que ocurrieron durante estos dos milenios (1150 ac – 850 dc) merece la pena prestar atención a lo siguiente: cuando se trata de diferentes nómadas y sus intervenciones en las estepas ucranianas, el lector puede recibir la impresión errónea de que los crueles guerreros que llegaban del Asia central eran tribus independientes de alguna nación en concreto. Además, puede parecer que los nómadas ocupaban los territorios no poblados del sur y vivían allí hasta que eran desplazados por otro pueblo nómada, dando así lugar al comienzo de un nuevo ciclo demográfico. En realidad, no era así.

En primer lugar, las estepas ucranianas que poblaron las hordas nómadas nunca estuvieron vacías. Los restos arqueológicos demostraron que las estepas, igual que todo el territorio de Ucrania, estaban pobladas tanto en las épocas más remotas (Paleolítico, aproximadamente 200 000 – 8000 ac) como en las más cercanas (Neolítico, aproximadamente 5000 – 1500 ac). Los poblados de la Edad de Piedra se excavaron a lo largo del río Dnipró (raión de Kiev, cerca de los rápidos del Dnipró), en el afluente mediano del río Dnistró (cerca de Bukovyna), pero el poblado más antiguo conocido por la arqueología (aproximadamente 1 millón de años) se encontró cerca del pueblo Korolevo, en la orilla del río Tysa en Transcarpatia. El cambio más importante durante estos cien mil años ocurrió al principio del Neolítico (aproximadamente año 5000 ac) cuando los habitantes de Ucrania, al menos los del oeste del Dnipró, pasaron de la caza y recolecta al cultivo agrícola y a la ganadería. Este modo de vida agrícola sedentario duró casi sin interrupción durante todo el Neolítico, y en su mayor parte coincide con el período de la cultura de Tripilia (4500 – 2000 ac) y conocida como la época de la cultura tripiliana tardía.

 

La civilización de Tripilia y sus vínculos con la Ucrania moderna

De todas las culturas arqueológicas de Ucrania, quizás la tripiliana es la que ha recibido más atención por parte de los arqueólogos. Luego, especialmente desde los tiempos de la consecución de la independencia ucraniana en 1991, esta cultura ha conquistado el apoyo de escritores populares y activistas sociales que utilizan esta prehistórica civilización para la propaganda de su propia interpretación del nacionalismo ucraniano moderno.

La cultura toma su nombre del pueblo de Tripilia, al suroeste de Kiev, donde en 1898 fueron encontrados sus restos por primera vez por el arqueólogo checo Vincenc Chvojka, activo en aquel tiempo en Ucrania. Las excavaciones arqueológicas posteriores han determinado la extensión cronológica y geográfica de la civilización tripiliana. Duró más de dos milenios, desde aproximadamente 4500 ac hasta 2250 ac, y abarcaba el territorio de Ucrania contemporánea al oeste del Dnipró y la mayor parte de Moldavia y Rumanía al este de los Cárpatos. Para su denominación, la cultura occidental utiliza el término “Cultura Cucuteni-Tripilia”. Cucuteni es una aldea del territorio oriental de la Rumanía contemporánea (cerca de Iasi) donde fueron encontrados los primeros hallazgos arqueológicos en la parte occidental de la zona tripiliana en 1884, y se realizaron excavaciones en las primeras décadas del siglo XX por el arqueólogo alemán Hubert Schmidt. La concentración más grande de hallazgos arqueológicos tripilianos ha sido encontrada a lo largo del curso medio de los ríos Prut y Seret (Rumanía noroeste y norte de Moldavia) y en Ucrania a lo largo del curso medio del río Dníster (sureste de Galitzia y oeste de Podilia), en el triángulo del curso medio del río Bug del Sur (al este de Vinnytsia) y en el río Syniuja en el óblast de Kiev.

Los historiadores destacan tres periodos del desarrollo de la cultura tripiliana, caracterizados por el crecimiento de la población en dirección sureste. Los habitantes de Tripilia eran sedentarios que practicaban una agricultura primitiva y ganadería. Parece que la estructura social se caracterizaba por ser un sistema matriarcal de clanes, en el que las mujeres eran las responsables de las labores agrícolas y de la elaboración de cerámicas y tejidos, y tenían el papel principal en la vida social.

En el periodo más temprano las familias extensas compartían la misma vivienda, mientras que en periodos posteriores las familias nucleares comenzaron a vivir en sus propias viviendas. Como resultado de esto, se dio un crecimiento de grandes casas de muchas habitaciones y de viviendas o edificios personales, cuya fuerte construcción refleja el interés por mantener buenas condiciones higiénicas. El número de habitantes de las aldeas de Tripilia variaba desde 500 hasta 2000 habitantes. En los periodos intermedios y tardíos era típico en las viviendas de la cultura tripiliana tener talleres en la planta baja de las casas, además de los locales especiales fuera de las casas para producir cerámica y, posteriormente, para trabajar el metal (cobre). Los hallazgos más abundantes de los territorios de los pueblos tripilianos que han perdurado hasta nuestros tiempos son ejemplos de cerámica de muy alta calidad estética, decorada con ornamentos espirales y grecas, y también pequeñas figuritas de piedra y cerámica muy probablemente relacionadas con el culto a la fertilidad y prosperidad.

Empezando la década de 1990, un par de escritores (y algunos arqueólogos) comenzaron a elaborar nuevas teorías basándose en los artefactos del período neolítico relacionados con la civilización tripiliana. Hoy en día existe incluso una asociación llamada “Kolo-Ra” (Kiev) que organiza excursiones turísticas, realiza excavaciones en los asentamientos de Tripilia y también elabora proyectos de reconstrucción de algunos de ellos. Los hallazgos arqueológicos relacionados con Tripilia se comparan con algunos descubiertos en la Troya prehistórica y en los asentamientos de la civilización micena. Se considera que los “tripilianos” crearon una sociedad donde existía igualdad entre hombres y mujeres, inventaron ruedas, domesticaron caballos y producían objetos de metal de mucha calidad. Sus asentamientos de tamaño considerable (entre los más grandes es necesario mencionar a Talianky, cerca del curso alto del río Syniuja, de 15000 habitantes que vivían en 3000 casas) son descritos como pueblos, incluso protociudades, con casas de dos plantas tipo pisos de mayor tamaño que en las más famosas civilizaciones antiguas de Mesopotamia y Egipto.

El entusiasmo de algunos divulgadores de la civilización tripiliana a veces lleva a conclusiones dictadas por sentimientos patrióticos. El arqueólogo Víktor Petrov era uno de los divulgadores más famosos de este punto de vista: los tripilianos son los antecesores de los ucranianos étnicos contemporáneos. Incluso los escépticos se preparan para aceptar la idea de que los rasgos principales de la civilización tripiliana encontraron su continuación en las formas de construir las viviendas de los ucranianos étnicos y en su decoración y también, en los períodos más tardíos, en el simbolismo y diseño del bordado ucraniano y de las pisankas[1]. Algunos autores inspirados patrióticamente (uno de ellos es Yuri Kanyhin, cuyo libro “Shliaj ariiv” –“El camino de los arios”- es el exponente más famoso) van más allá asegurando que la zona de la cultura tripiliana coincide con el “Estado” Aratta que mencionan las antiguas inscripciones mesopotámicas (sumerias) del tercer milenio antes de cristo. De esta forma, según este concepto, la genealogía más antigua del estado ucraniano debe empezar no de la Rus de Kiev en el siglo IX y ni siquiera de la unión tribal de los Antaes en el siglo IV, sino del “Estado” aratto-tripiliano de 4 o 5 milenios de antigüedad.

 

Los hechos de finales del Neolítico y de la Edad de Cobre dieron lugar a cambios dramáticos relativos a la existencia estable y aislada de los pobladores sedentarios de Ucrania (representantes de la civilización tripiliana). Estos cambios ocurrieron durante el segundo milenio antes de cristo, cuando las tierras ucranianas estaban disponibles para la migración de los pueblos de Europa del este, para los viajes de los vendedores de las tierras egeas y del este y, por último, para la intervención ruinosa de los pueblos esteparios del este. Pero los asentamientos de agricultores y ganaderos, que también cazaban y pescaban, existieron en el territorio ucraniano desde antes del año 1150 ac hasta el 850 ac.

Otra de las visiones erróneas trata de los nómadas invasores de aquellos tiempos. A pesar de que los autores griegos o romano-bizantinos les llamaron cimerios, escitas, sármatos, etcétera, ninguna de estas tribus componía una única etnia cultural o etnolingüística. Éstos eran grupos de las diversas tribus nómadas que a veces se unían bajo el mandato de uno, cuyo nombre (o el nombre que le dieron los autores antiguos) se extendía a todo el grupo. Después de la aparición de los nómadas en las tierras ucranianas, los pobladores locales sedentarios, tanto agricultores como ganaderos, también fueron llamados por el nombre de aquellos nómadas asiáticos que les gobernaba. Justo en este sentido más extenso hay que entender los nombres “escitas”, “sármatas” o “jázaros”.

 

Civilizaciones nómadas en el territorio ucraniano

Cimerios: 1150-750 ac

Escitas: 750-250 ac

Sármatas: 250 ac – 250 dc

           Roxolanos

             Alanos

           Antae

Godos: 250-375

Hunos: 375-550

Cutrigures

           Utrigures

Ávaros: 550-565

Protobúlgaros: 575-650

Jázaros: 650-900

 

Los nómadas esteparios

Los primeros nómadas en territorio ucraniano de los que sabemos algo, fueron los cimerios. Se considera un grupo de origen indoeuropeo que dominó las tierras ucranianas al norte del Mar Negro entre los años 1150 y 750 ac, o sea, en la edad de bronce tardía. La mayor información que poseemos sobre los cimerios procede de hallazgos arqueológicos, en su mayoría herramientas de bronce y restos de fundiciones de bronce. La época de los cimerios duró en Ucrania casi cuatro siglos, y de los restos de herramientas de bronce que han sido encontrados a lo largo de la corriente del bajo Dnipró, al lado de la ciudad Níkopol (Tesoro Mijáilivskyi) y al sur de Kiev (Tesoro Pidjorétskyi), se conservan sólo de los dos últimos siglos de su época (900 – 750 ac).

La época cimeria se acabó aproximadamente a mediados del siglo VIII ac (año 750 ac). Los caudillos de los cimerios se supone que huyeron al oeste (a Panonia tras cruzar los Cárpatos) y al sur (a Crimea, Tracia y Asia Menor), de los nómadas esteparios orientales (escitas). Los autores antiguos describían a los escitas sólo como crueles guerreros, aunque esta visión unidireccional ha cambiado tras los recientes descubrimientos arqueológicos que han rescatado incontables esculturas sutiles, adornos y joyas, hechas principalmente de oro. Realmente, los escitas procedían de los iranios que habitaban en las así llamadas “tierras iranias primitivas”, al este del Mar Caspio (hoy en día Turkmenistán) y se diferenciaban de los persas y medos, los cuáles establecieron las civilizaciones sedentarias lejos al sur de las mesetas iranias.

Entre el 750 y el 700 ac, los escitas se desplazaron al oeste en dirección a Ucrania, y se asentaron al inicio principalmente en Kubán y en la Península de Tamán (700 – 550 ac) y posteriormente a lo largo del Dnipró en Ucrania surcentral (550 – 450 ac), donde su civilización llegó a su cúlmen entre los años 350 – 250 ac. Las fuentes antiguas testimonian que la sociedad escita se componía de cuatro grupos: a) escitas zaristas, b) escitas-nómadas, c) escitas-agricultores (georgoí) y d) escitas-aradores (aroteres). En realidad, los colonos del este pertenecían sólo a los dos primeros grupos, que gobernaban a los agricultores sedentarios y también a los habitantes de las ciudades; pero todos los pobladores de estas tierras eran conocidos en aquel mundo como “escitas”.

Mencionar ciudades puede parecer inoportuno cuando de nómadas se trata. En realidad, la élite escita dominante (los escitas zaritas y escitas-nómadas), prácticamente no se bajaron del caballo, vagando por las estepas, cazando, o luchando contra las tribus vecinas. En el mejor caso se puede hablar de ciudades escitas móviles: grandes caravanas de tribus que se trasladaban de un lugar a otro. Pero los escitas poblaron también algunas ciudades (o más bien sitios donde habitaba gente de forma permanente que se dedicaba a trabajos no agricultores). Estas eran las así llamadas ciudades de tipo oriental, que estaban bajo el dominio de escitas zaristas y escitas-nómadas. Allí vivían los cimerios y otros pueblos que pagaban tributo. Entre los restos de las ciudades escitas más importantes que se han encontrado en las excavaciones hay que mencionar los de Kámianka, en el curso bajo del Dnipró (en el margen izquierdo frente a Níkopol), Bilsk (Guelonos / Helón) en el sureste de Ucrania contemporánea y la capital de Escitia Menor: Neápolis Escita, en Crimea.

 

Los griegos de la costa norte del Mar Negro

Algunos de aquellos poblados escitas no eran sin duda tan importantes como las ciudades griegas comerciales en las costas del Mar Negro y Mar de Azov. Muy pronto, después de que en el siglo VIII ac llegaran los escitas del este a Ucrania, en el sur aparecieron colonos griegos, algunos procedentes de la ciudad de Mileto, que huían de los conflictos internos de Asia Menor. Como resultado de estas migraciones entre los siglos VII y V ac, a lo largo de las costas del Mar Negro, del Mar de Azov y el Estrecho de Kerch, aparecieron algunas ciudades griegas ricas. Las primeras que surgieron fueron Tiras, en la desembocadura del Dnistró, y Olbia, en la desembocadura del Bug del Sur; posteriormente Quersoneso, en el suroeste, y Feodosia, en el extremo oriental de la Península de Crimea, y también Panticapeo (Kerch) y Fanagoria, en las costas este y oeste, respectivamente, del Estrecho de Kerch.

La patria de los griegos, que se extendía a ambos lados del Mar Egeo, se componía de polis independientes (ciudades-estado), y cada una de las cuales velaba mucho por su independencia. Aunque en el siglo V ac todos ellos formaban una civilización común cuyos logros llegaron a ser referentes culturales en el mundo civilizado y éstos perduraron más que las propias ciudades-estado. Las colonias griegas a lo largo de la costa norte del Mar Negro, al igual que su patria en las costas del Mar Egeo, no dependían, al menos al principio, unas de otras; aunque estaban vinculadas política y económicamente con la ciudad-estado que las estableció, principalmente con Mileto, en la costa del Egeo en Asia Menor, o con Mégara, al oeste de Atenas. A veces, las colonias del Mar Negro eran totalmente independientes o bien se unían en federaciones o estados.

La más importante de estas federaciones apareció aproximadamente en el 480 ac, cuando las ciudades griegas cerca del Estrecho de Kerch se unieron bajo el mando de Panticapeo en el estado conocido como Reino del Bósforo. Este reino no dependía de Grecia, y bajo el reinado del enérgico Leucón I (reinó aproximadamente en 389 – 348 ac) se extendió su poder por las penínsulas de Kerch y Tamán, por la costa este del Mar de Azov, por la desembocadura del Don, donde aproximadamente en el 375 ac apareció la ciudad de Tanais. El Reino del Bósforo no sólo lo formaban ciudades griegas, sino también territorios en la costa del Mar de Azov poblados por escitas y otras tribus nómadas. Hasta el siglo II ac, floreció como centro de comercio de grano, pesca, vinicultura y pequeña artesanía (incluida artesanía con metal). El siglo posterior trajo un período de inestabilidad política, cuya consecuencia fue la pérdida de la independencia del reino. Al final, en el año 63 ac, el Reino del Bósforo pasó a estar bajo el poder del Imperio Romano junto con otras ciudades-estado helénicas de la cuenca del Mar Negro.

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Pax Scythica, sármatas y Pax Romana

A lo largo de casi cinco siglos (del 700 al 250 ac), las ciudades griegas en las costas del Mar Negro de la parte sur de la Península de Crimea y en el Reino del Bósforo mantenían relaciones vecinales relativamente buenas con los escitas que poblaban las estepas. Aproximadamente en el año 250 ac, el epicentro del estado escita se trasladó a la así llamada Escitia Menor, que abarcaba las tierras entre la cuenca baja del Dnipró y el Mar Negro, y también norteña de la Península de Crimea (detrás de las montañas), donde se encontraba la ciudad-fortaleza Neápolis Escita. Las relaciones vecinales cordiales entre escitas y griegos se extendían por tres zonas de influencia: 1) las estepas ucranianas controladas por escitas; 2) las ciudades griegas de la costa norte del Mar Negro; 3) las polis griegas a lo largo del Mar Egeo.

Pan y pescado eran los principales productos alimenticios de los griegos antiguos, y su demanda cada vez mayor se cubría en los mercados de las ciudades griegas de la costa del Mar Negro. Estos y otros productos alimenticios llegaban desde tierras ucranianas, que tenían fama en tiempos remotos de sus riquezas naturales. En su cuarto libro de su “Historia”, el historiador griego Heródoto, que durante cierto tiempo vivió en Olbia, describió así el Dnipró (o como él lo llamaba “El cuarto de los ríos –escitas-: Borysthenes”): “A su alrededor se encuentran los mejores y más nutritivos pastos para el ganado, y en él hay mucho pescado, que tiene un sabor muy agradable (…) Los campos a su alrededor son maravillosos, y en los sitios no cultivados crece la hierba alta. Y en su desembocadura se deposita mucha sal”.[2]

En esta región los escitas recibían de la población sedentaria sumisa el grano y el pescado, que vendían a las ciudades del Mar Negro junto con ganado astado, pieles, cera, miel y esclavos. Estos productos posteriormente se manufacturaban y enviaban a Grecia. Por su parte, los escitas ricos compraban a los griegos productos textiles, vino, aceite de oliva, obras de arte y otros objetos de lujo, cubriendo así sus exigentes gustos.

Como resultado de estas relaciones económicas, los griegos dieron al mundo la primera y, hasta ahora, más importante información sobre los escitas. Uno de ellos era Heródoto, que dejó una descripción detallada del territorio, del modo de vida y de las rudas costumbres escitas, y también de las tierras bajo el control escita. La mayoría de lo que escribió Heródoto sobre los escitas se ha confirmado con otras fuentes: los hallazgos de los numerosos entierros escitas zaristas distribuidos por la parte surcentral de Ucrania y descubiertos durante las excavaciones que de forma regular se vienen haciendo desde 1880. Estos kurganes (túmulos funerarios) conservaron para la posteridad aquellas cosas que hicieron más famosos a los escitas: el arte decorativo y las figuras de oro exquisitamente proporcionadas de grupos de animales diferentes.

No se sabe exactamente si estas obras de arte las elaboraron los mismos escitas o, más probable, si las trajeron de artesanos urbanos griegos. Sea como fuere, los temas de estas obras giran en torno a la violencia en el mundo donde vivían los escitas, y sus formas muestran un alto nivel tecnológico, cultivado y valorado por la civilización escita. A la época escita y posteriormente sármata se asocian monumentos funerarios más humildes, en forma de estatuas femeninas de piedra que están de pie o sentadas y miden de 1 a 4 metros. Cientos de estos monumentos, conocidos como “estelas escitas”, descubiertas por todo el sur de la estepa ucraniana desde el Dníster hasta el Donets y también más allá de ellos.

Los escitas proporcionaron paz y estabilidad a las tierras ucranianas durante más de 500 años, y este período llegó a ser conocido como “Pax Schythica”, es decir, “Paz escita” o “Orden escita”. Durante la Pax Schytica los escitas desarrollaron intercambios comerciales con las ciudades griegas de la costa norte del Mar Negro, lo que aseguraba para Grecia el abastecimiento de productos necesarios y materias primas. Los escitas también se enfrentaron con éxito a otros agresores nómadas del este. Incluso causaron la derrota del poderoso rey persa Darío I (“el Grande”, reinó durante 522 – 486 ac). Después de la inclusión de Tracia a sus tierras, Darío lanzó una campaña bélica contra los escitas en el norte, intentando extender las tierras persas a cuenta de los territorios escitas, considerándolas “tierras iranias alejadas” y, por tanto, parte de su propio legado. Aunque sus esfuerzos combatiendo a los escitas no tuvieron éxito, la invasión de Darío I, que comenzó en 513 ac y que abarcaba la mayor parte de la zona de la costa esteparia del Mar Negro al este del Dnipró y llegaba hasta Gelonos (quizás la actual Bilsk), fue el primer hecho histórico célebre sobre estas tierras mencionado en fuentes escritas.

Una estabilidad tan duradera como la de los tiempos de la Pax Scythica no volvió tan rápido. Aproximadamente en 250 ac, en las estepas ucranianas aparecieron nuevos nómadas, de ascendencia común a los escitas. Eran los sármatas, que fundaron un tipo de civilización que ya mencionamos antes: no se les puede considerar una única nación, sino un grupo de varias tribus, cada una de las cuales con su propia historia. Entre ellos, los que están más relacionados con Ucrania son los roxolanos y, sobre todo, los alanos.

Por lo menos durante los dos primeros siglos desde que los sármatas aparecieron en Ucrania (250 – 50 ac), se interrumpió la estabilidad relativa y, como consecuencia, también las relaciones económicas exitosas que hasta este tiempo existían entre Escitia y las polis griegas costeras. Debido a la presión sármata, los gobernantes escitas huyeron a Crimea, logrando establecerse en un pequeño territorio peninsular: al norte de las montañas y en las tierras situadas entre la península y la cuenca baja del Dnipró. A esta nueva situación política con Neápolis Escita como nueva capital (actual Simferópol), se le conoce como Escitia Menor, que existió desde 250 ac hasta 200 dc. Desde el principio, los gobernantes escitas en Neápolis intentaron, al igual que antes, recaudar tributos a los griegos. Pero como ya no poseían los recursos de la estepa y podían ofrecer pocas cosas a cambio, se dieron conflictos frecuentes entre los escitas de Crimea, las ciudades costeras griegas y el Reino del Bósforo.

Esta época de inestabilidad, que afectó no sólo a los territorios internos del país controlados por los sármatas sino también a las ciudades del Mar Negro, acabó en el año 63 ac en esta región costera cuando el Imperio Romano logró ampliar su control a las ciudades griegas independientes y al Reino del Bósforo. Con la llegada de las legiones y administradores romanos, volvió la paz y estabilidad a la costa norte del Mar Negro. La Pax Romana eliminó la tensión entre escitas y griegos en Crimea, y las tribus sármatas al norte de la península reconocieron las ventajas de una cierta colaboración con el mundo romano. La valoración positiva de la presencia romana se demuestra con el hecho de que una de las tribus sármatas (alanos) renovó la tradición escita de comerciar con las ciudades grecorromanas. En poco tiempo, la civilización greco-escita-sármata se desarrolló en el Reino del Bósforo, el cual renació espontáneamente bajo el patrocinio de Roma. El exitoso comercio entre las regiones esteparias del reino y el mundo mediterráneo, ayudó al nuevo esplendor del Reino del Bósforo, que existió otros dos siglos más.

 

Costumbres escitas

De todas las costumbres escitas, las que causaron más impresión en el mundo antiguo fueron las que merecieron a los escitas su reputación como guerreros feroces. En el cuarto libro de su obra “Historia”, Heródoto escribió:

“Al respecto de las costumbres bélicas se establecía lo siguiente: del primer enemigo que mata, el escita bebe la sangre, y de los demás que mata en batalla lleva sus cabezas cortadas al rey. Por cada cabeza se le permite recibir algún trofeo, y no se permite trofeo si no trae cabezas. El escita arranca las cabelleras del enemigo así: corta la piel alrededor de la cabeza a la altura de las orejas, coge la cabeza y la agita para separar la cabellera del cráneo, luego coge una costilla de toro y alisa la piel. Tras esto, la utiliza como toalla, la cuelga en las bridas de su caballo y presume de ella. Porque aquél que acumula más toallas es considerado el guerrero más valiente. Mucha gente cose abrigos con la piel de sus enemigos y los llevan puestos como nuestros aldeanos. Los demás hacen fundas para los sahaydak (arcos y flechas propios de los escitas) de la mano derecha de los enemigos muertos arrancadas con las uñas. Porque la piel humana es bastante densa y brillante, y quizá las aprecian por su brillo y color blanco. Mucha gente quita la piel de todo el cuerpo, la extiende sobre un marco de madera y la lleva montando a caballo al galope.

Estas eran las costumbres establecidas. Y con las cabezas no de todos los enemigos, sino con las de los más odiados, hacen lo siguiente. Cortan por debajo de las cejas y vacían el cráneo. Si el escita es pobre sólo forra el cráneo por fuera con piel de toro curtida y la utiliza como cuenco, y si es rico la forra por fuera con la piel y por dentro la bañaba en oro y la utilizaba como copa de vino. Lo mismo hacen con los cráneos de sus propios parientes cuando discuten entre ellos y uno de ellos gana al otro ante los jueces. Cuando vienen invitados respetados por los señores de la casa, les honran con estos cráneos y dicen que aunque eran sus parientes tuvieron que enfrentarse a ellos y el señor de la casa salió victorioso de ese enfrentamiento. Esta victoria se considera una hazaña”.

Fuente: Heródoto, Historia o Los nueve libros de historia. Traducción, prólogo y notas de A.O. Biletskyi (Kiev, 1993), página 193-194.

 

Pero el siglo III dc rompió la estabilidad de las tierras esteparias por cuatrocientos años. Durante este tiempo el territorio ucraniano fue objeto de invasión por nuevas tribus nómadas guerreras, que asolaron y robaron el mundo antiguo que estaba representado en las ciudades costeñas del Mar Negro y en las del Bósforo. Salvo algunas excepciones, estos nómadas, a diferencia de los escitas e incluso de los sármatas, no estaban interesados en mejorar las relaciones mutuamente beneficiosas entre las regiones esteparias y las ciudades costeras. Aproximadamente entre los años 250 y 650 unas tribus nómadas –godos, hunos, cutrigures, utrigures, ávaros y protobúlgaros – pasaron por una parte de las tierras ucranianas, donde la estabilidad sólo fue renovada después de la aparición de los jázaros en el siglo VII.

La lucha, que duró entre los años 250 y 650, comenzó no con la llegada de los nómadas de Asia central, sino más bien con la aparición a mediados del siglo III de los alanos de la región al norte del Cáucaso y de las tribus germánicas conocidas como godos, que llegaron del norte de Europa. Los alanos fueron un grupo tribal que se trasladó a Crimea poblando su parte montañosa (fueron precisamente ellos los primeros habitantes de la ciudad de Kyrk-Yer, conocida posteriormente como Chufut-Qalé, localizada en la cima de una montaña) y también la costa del Mar Negro, donde según algunos científicos los alanos justamente establecieron la ciudad de Sugdaia (actualmente Sudak). Se dedicaban a la agricultura, la ganadería y la artesanía. Al llegar a Crimea, los alanos se convirtieron al cristianismo y esto llegó a causar su rápida integración con los otros habitantes cristianos de la península y su desaparición como pueblo independiente.

La anterior patria de los godos corresponde a la Suecia contemporánea, pero aproximadamente en el año 50 los godos se asentaron en la costa sur del Mar Báltico (en el territorio de la Polonia actual). Precisamente desde ahí, a finales del siglo II, se dirigieron al sur de Ucrania donde ganaron a los sármatas, terminaron con su dominio en las estepas y entraron en contacto con el mundo romano en la costa del Mar Negro. En esta época los godos se separaron en dos ramas. Aquellos que se quedaron en Ucrania recibieron el nombre de ostrogodos o godos del este. Después del año 250 arrebataron Olbia y Tiras a los romanos y durante el siglo siguiente el reino ostrogodo controló otras ciudades grecorromanas y el Reino del Bósforo y las estepas.

El poder ostrogodo llegó a su apogeo a finales del siglo IV, durante el reinado de Hermanarico (reinó en 350 – 375). Al final de su reinado, aproximadamente en el año 370 llegó un nuevo pueblo nómada, esta vez de Asia central. Eran los hunos, que conquistaron fácilmente a los ostrogodos y rápidamente avanzaron hacia el oeste, en dirección a las provincias romanas de la península balcánica y Panonia (actualmente Hungría). En la década de 420, estos nómadas agresivos establecieron su base en Panonia y después del año 435, bajo el mando del talentoso caudillo Atila, lanzaron ataques cada vez más agresivos contra varias ciudades del Imperio Romano. Tras la inesperada muerte de Atila en 453, el “Imperio Huno”, que se extendía desde el oeste del Mar Caspio tras Ucrania hasta el corazón de Europa central, se desintegró rápidamente. Algunos hunos se quedaron en Panonia junto con la mayoría de los godos que llevaron consigo. Otras tribus hunas se quedaron en las estepas de Ucrania, entre ellos había utrigures, que encontraron su hogar en las estepas del norte de Crimea. Los ostrogodos que no fueron a Panonia con los hunos se quedaron en Crimea, concentrándose en lugares montañosos, alejados de la costa.

Conocidos como godos de Crimea, estos descendientes de los ostrogodos aspiraban a mantener buenas relaciones con el Imperio Romano Oriental (o bizantino), por eso mantenían a representantes administrativos en el puerto comercial de Quersoneso, al suroeste de Crimea. Para facilitar la defensa de la costa de la amenaza de los nómadas del norte, Bizancio ofrecía apoyo a sus aliados (godos y alanos), por ejemplo a través de los ingenieros bizantinos, que ayudaban a fortalecer algunas “ciudades cueva” en las cimas de las montañas rocosas y valles que, en algunos casos, se encontraban a 200 metros de altura dominando el entorno de los valles. Al contrario de lo que se suele creer, los habitantes de estas fortalezas naturales no vivían en cuevas sino en casas de madera y piedra construídas encima de las cuevas a lo largo del margen de las laderas, con una superficie que a veces alcanzaba varias decenas de hectáreas. Las cuevas situadas bajo las casas funcionaban como sótanos y, normalmente, se utilizaban para guardar provisiones y también formaban parte del sistema defensivo. Sólo posteriormente aparecieron verdaderas viviendas-cueva como celdas que los monjes cristianos ortodoxos tallaron a lo largo de la roca desnuda. Entre las “ciudades cueva” más grandes hay que mencionar Mangup, Kyrk-Yer y Eski-Kermen, que se encontraban en las montañas al este de Quersoneso. Los monasterios en las cuevas más famosos eran Kachi-Kalión, Kalamita (Inkermán) y el de la Asunción (aún funciona como monasterio) cerca de Bajchisarái. La capital de los godos de Crimea era Doros (o Dory), que lo más probable es que fuera la fortaleza posteriormente conocida como Mangup. Se encontraba aproximadamente a medio camino entre Quersoneso y el centro de los escitas (Neápolis Escita).

En el siglo IV, los ostrogodos se convirtieron al cristianismo de rito bizantino, pero en realidad aceptaron la doctrina de Arrio (arrianismo), que negaba la naturaleza divina de Jesucristo en favor de la humana. Los godos de Crimea se mantuvieron arrianos incluso después de que proclamaran la doctrina de esta secta como herejía. En cambio, lo más importante fue que el cristianismo fortaleció la conexión entre los godos y el Imperio Bizantino. A principios del siglo V (aproximadamente en el año 400), la capital goda Doros se convirtió en el centro de la eparquía Gotya. Su primer epíscope fue nombrado por el patriarca de Constantinopla, cuyo puesto en aquel tiempo lo ocupaba el influyente Padre de la Iglesia San Juan Crisóstomo. De esta forma, los godos se encontraron bajo la esfera de influencia política y cultural de Bizancio y, a lo largo de los siguientes cinco siglos, ejercieron como defensa de las ciudades grecobizantinas en la costa de las potenciales intervenciones de los nómadas del norte.

Así que las estepas ucranianas al norte de la Península de Crimea y el Mar Negro seguían siendo objeto de asaltos frecuentes: en el siglo V sobrevivieron a la intervención de los cutrigures y utrigures, en el siglo VI a la de los ávaros y en el siglo VII a la de los protobúlgaros. Lo más frecuente era que estas tribus no se detuvieran mucho tiempo en Ucrania. Esto se debea que estas tribus buscaban el mejor botín a lo largo de la frontera del Imperio Romano en Europa central (en la llanura panónica) o en las vías comerciales situadas entre los mares Negro y Caspio. En los periodos situados entre la marcha de unos nómadas y la llegada de otros, el poder a veces pasaba por las manos de los habitantes locales. De este modo, los antae -tribu sármata (alana)-, quizá junto con parte de los godos, organizaron en el siglo III a los agricultores locales de la Ucrania surcentral y suroeste en fuerzas guerreras poderosas que se sublevaron contra los godos, Imperio Bizantino y hunos. Debido a que esta población sedentaria (liderada por los antae y a quienes ellos dieron su nombre) era probablemente eslava, este grupo resulta de especial interés al respecto del posterior desarrollo de Ucrania (ver capítulo 4).

Bizantinos y jázaros

En el período transcurrido entre los años 250 y 650, cuando las estepas ucranianas sufrían frecuentes devastaciones, las regiones costeras de los mares Negro y Azov vivieron uno de sus renacimientos. En esta época su estabilidad la aseguraba el Imperio Romano Oriental, (Imperio Bizantino), que llegó a su máximo esplendor y tamaño bajo el reinado del emperador Justiniano (525 – 565). Mandaron tropas bizantinas a las ciudades del Mar Negro, fortalecieron los muros defensivos de las ciudades, y Quersoneso, en el margen occidental de la península, llegó a ser el centro regional administrativo bizantino. La cultura bizantina griega con su cristianismo de rito oriental también se fortaleció y Quersoneso, con sus diez iglesias y capillas (una de ellas la basílica de San Pedro) y su Monasterio de las Cuevas situado en una roca abrupta cerca de Kalamita (actualmente Inkermán), llegó a ser un centro importante desde el que, con el tiempo, se extendió el cristianismo por Ucrania y entre los eslavos orientales. La influencia bizantina también era fuerte en Crimea oriental, donde resurgió el Reino del Bósforo, esta vez como colonia de Bizancio.

Aunque es cierto que el control político directo de Bizancio sobre las ciudades de Crimea y el Reino del Bósforo a menudo se interrumpía, los lazos económicos, sociales y culturales bajo la forma del cristianismo bizantino ortodoxo, perduraron por los menos hasta finales del siglo XIII. Precisamente en los tiempos del control romano y bizantino sobre el Reino del Bósforo, en las ciudades del Mar Negro se asentaron judíos helenos. Precisamente desde estas ciudades las conexiones judías durante el siglo VII se extendieron por el Estrecho de Kerch hasta alcanzar a la nueva civilización nómada jázara, que empezó a hacerse notar constantemente.

No mucho después del aumento de la influencia bizantina en la costa, durante los últimos años del siglo VI apareció un grupo nuevo de nómadas del este, cuya presencia influyó profundamente en la región al norte y al este del Mar Negro. Se trata de los jázaros, una tribu túrquica que provenía de la región occidental del Kanato Túrquico, en la profundidad de Asia. Al contrario que sus antepasados, durante los últimos tres siglos los jázaros preferían diplomacia antes que guerra. Poco después de su aparición en la costa del Mar Negro, firmaron un pacto (año 626) con el Imperio Bizantino. Los bizantinos, a quienes siempre preocupaban las fronteras orientales con los persas y los potenciales invasores del este (amenazaban sus territorios del Mar Negro), apreciaban que los jázaros apoyaran sus planes diplomáticos en el norte.

La aparición de los jázaros en el siglo VII tuvo gran importancia para el desarrollo de Europa del este en general y de Ucrania en particular. Los jázaros, de forma parecida a los escitas en los años 750 ac – 250 ac, o los sármatas en los años 50 ac – 250 dc, controlaron a las poblaciones sedentarias de las regiones esteparias del país, apaciguaron a las tribus nómadas rebeldes, protegieron las vías comerciales y mejoraron los contactos con las ciudades greco-romano-bizantinas del Mar Negro. Estas viejas relaciones de beneficio mutuo entre las tierras costeras y esteparias se renovaron durante la hegemonía jázara. La Pax Chazarica u orden jázaro duró aproximadamente desde mediados del siglo VII hasta mediados del siglo IX, cuando estas tierras estaban protegidas de las invasiones nómadas de la estepa de Asia Central, de las invasiones persas y, posteriormente, de los árabes del sur. Teniendo en cuenta el papel que cumplían los jázaros protegiendo las fronteras orientales y del sur del continente europeo, algunos autores les comparaban con Carlos Martel y los francos en Europa occidental. La Pax Chazarica también proporcionó dos siglos de paz y estabilidad: cuando los pueblos sedentarios caían bajo la influencia jázara tenían la posibilidad de desarrollarse. A estos pueblos pertenecían también los eslavos, que vivían tanto dentro del territorio como pasada la frontera noroeste del Kanato Jázaro.

[1] La pisanka (en ucraniano писанка) es un huevo colorado con ornamento escrito en cera de abejas. La preparación de las pisankas está relacionada con costumbres precristianas de celebración de llegada de la primavera, más tarde con la Pascua cristiana. Es un arte eslavo que ha arraigado en Ucrania, haciéndose famoso. (Wikipedia) (N del T)

[2] Heródoto, Historia o Los nueve libros de historia. Traducción, prólogo y notas de A.O. Biletskyi (Kiev, 1993), página 192.

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Capítulo 1. La división geográfica y etnolingüística de Ucrania.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 1 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

 

Territorio y geografía.

Existen dos modos de abordar el establecimiento del territorio de Ucrania. Según el primero, el territorio lo marcan las fronteras políticas contemporáneas del país ucraniano. El segundo se basa en criterios etnolingüísticos: el grupo etnolingüístico lo forman personas, las cuáles hablan el mismo idioma, más concretamente, dialectos del mismo idioma, y tienen rasgos etnográficos en común. Así que el territorio etnolingüístico ucraniano lo conforman las tierras adyacentes pobladas de ucranianos étnicos, situadas tanto dentro como fuera de la frontera ucraniana.

El territorio ucraniano comprende 603.700 km2, más que cualquier país europeo salvo Rusia. O dicho con otras palabras, Ucrania equivale aproximadamente a Alemania y Gran Bretaña juntas, a los estados estadounidenses de Arizona y Nuevo México juntos, o a la provincia canadiense de Manitoba. El territorio etnolingüístico ucraniano (al que pertenece no todo el territorio de Ucrania pero sí su mayor parte) tiene 750.800 km2, equivale aproximadamente a Alemania, Austria e Italia juntas, o al estado de Texas en Estados Unidos.

La geografía tanto de Ucrania como del territorio etnolingüístico ucraniano es bastante homógenea. Casi toda la superficie es ocupada por grandes llanuras y mesetas, pocas veces superan los 500 metros sobre el nivel del mar. Son las tierras bajas que atraviesan las orillas del norte de los mares Negro y Azov, las grandes llanuras al este del río Dnipró, las llanuras bajas pantanosas del noroeste, y unas mesetas más altas con colinas inclinadas al oeste y en el extremo este. Fuera de las fronteras de Ucrania pero dentro de su territorio etnolingüístico, esto es, al este del mar de Azov, se abren paso tierras bajas, al igual que al norte del Mar Negro. Por tanto, llanuras y mesetas no muy altas conforman los rasgos predominantes y de algún modo monótonos del paisaje ucraniano. Justo esto motivó al geógrafo ucraniano Stepán Rudnytskyi escribir a principios del siglo XX que nueve de cada diez ucranianos nunca han visto una montaña y ni siquiera saben qué pinta tiene[1]..

Las montañas en Ucrania se sitúan a lo largo de su frontera. En el extremo oeste se abre paso el sistema norte-central de los Cárpatos siendo el Hoverla su pico más alto, llegando a los 2061 metros de altitud. En el extremo sur de la península de Crimea, es decir, fuera del territorio etnolingüístico ucraniano, se extienden los Montes de Crimea con su pico más alto, el Roman-Kosh, llegando a 1543 metros de altitud. Las montañas del Cáucaso, con más de 5000 metros de altitud se encuentran en el sureste, alejadas al sur del territorio etnolingüístico ucraniano. Así que, las únicas montañas “ucranianas” son las de los Cárpatos, que ocupan no más del 5% del territorio ucraniano.

La geografía llana de Ucrania muestra la falta de fronteras naturales. Incluso en las pequeñas áreas de los Cárpatos ucranianos hay un par de corredores que permiten la comunicación. Al no tener ninguna barrera geográfica, Ucrania históricamente ha sido accesible a todos los pueblos que han querido entrar en ella con distintas intenciones: amistosas u hostiles.

Así que las mesetas y las grandes llanuras que cubren todo su territorio favorecen el contacto y los desplazamientos a Ucrania, pero además hay que sumarle el sistema fluvial, que vertebra una red de conexiones entre el norte y el sur muy bien comunicada. La mayoría de estos ríos pertenecen a la cuencua fluvial del Mar Negro. Los más importantes discurren de norte a sureste y suroeste, desembocando en el Mar Negro o en su adyacente Mar de Azov. Estos ríos son, de este a oeste: Dníster, Bug Meridional, Dnipró -que desembocan en el Mar Negro-, y Siverskyi Donets, afluente del Don que tuerce para desembocar en el Mar de Azov.

En el extremo suroeste, el territorio ucraniano lo baña el río Danubio, que desemboca en el Mar Negro. En el extremo este discurre el río Kubán, que desciende desde las montañas del Cáucaso y tuerce al oeste cruzando el territorio etnolingüístico ucraniano para desembocar en el Mar de Azov. Y a lo largo de las fronteras más al oeste de Ucrania sólo hay tres ríos que no pertenecen a la cuenca fluvial del Mar Negro: el Bug Occidental y el San, que discurren al norte hacia el Vístula (río de la cuenca fluvial báltica), y el Tisa, que naciendo en el sur de los Cárpatos, tuerce en primer lugar hacia el oeste, y luego al este por la llanura del Danubio medio hasta desembocar en este río.

Las cuencas fluviales bálticas y del Mar Negro están muy relacionadas en el oeste Ucrania, durante siglos fueron vías de comunicación muy importantes uniendo el Mar Báltico y el Mar Negro a través de los ríos Vístula, Bug Occidental, San y Dníster. Pero la mayor importancia histórica la tiene el Dnipró, que une las ciudades norteñas de Bielorrusia y Rusia con el Mar Negro, y luego, a través del Estrecho del Bósforo conecta con el Mar Egeo y el Mar Mediterráneo.

Clima.

La temperatura de Ucrania, al igual que el paisaje, casi no tiene cambios bruscos. La temperatura media anual en la mayor parte de su territorio se sitúa entre los 6 y los 9 grados centígrados. Tan sólo en la costa del Mar Negro la temperatura media es más alta: Odessa +9.8 y en Yalta (Crimea) +13.4.

La temperatura media de Ucrania (entre +6 y +9) es mucho más baja que en Europa central y del oeste. Por ejemplo, en Londres, que está situada más al norte que todas las ciudades ucranianas salvo Chernihiv, la temperatura media es de +10.3. Este clima se debe a los inviernos severos. En la tabla que mostramos abajo con ciudades del oeste de Europa se ve que las ciudades ucranianas se caracterizan por tener temperaturas medias en invierno mucho más frías y un poco más cálidas en verano:

Enero Julio   Enero Julio
Lviv -4.6 +18 Londres +3.5 +17.9
Kiev -6.2 +19.2 Bruselas +2 +18
Kharkiv -8.3 +20.9 Frankfurt +0.7 +18.7

 

Así que el clima de Ucrania es más parecido al de Toronto (con temperaturas de -5 en enero y +20 en julio) que a las temperaturas de Europa del oeste.

 

Recursos naturales

Ucrania se considera una región agrícola rica gracias a su gran llanura, a su clima continental suave y a la cantidad suficiente de precipitaciones atmosféricas. Dos tercios del suelo ucraniano son de tierra negra ya que Ucrania pertenece a los países con tierras más fértiles del mundo y era el granero de los Estados que han gobernado estos territorios, primero el Reino de las Dos Naciones, luego el Imperio Ruso y finalmente la URSS. Ucrania siempre ha sido rica en verduras, en transformación primaria (cáñamo, girasol, remolacha azucarera) y en cereales (trigo, maíz, centeno, cebada). Justo antes de la primera guerra mundial, el trigo autóctono ucraniano representaba el 98% de las exportaciones del Imperio Ruso de este producto, cultivándose en su territorio el 84% de maíz, el 75% de centeno y el 73% de cebada de todo el Imperio Ruso. Por otra parte, la facilidad para obtener cosechas no favorecía los avances y técnicas del sector agrícola que predominaban en los lugares con condiciones climáticas menos favorables. Además, Ucrania es rica en minerales. La sal que utilizaban desde la Edad Media para conservar productos era una fuente de ingresos para Galitzia y Crimea, de donde se extraía. A finales del siglo XIX en el territorio de Ucrania (incluído el sur central y el oeste) se encontraron yacimientos de hulla, de mineral de hierro y de manganeso, que han convertido al país en uno de los más importantes centros mundiales de industria pesada. Estas zonas de industria se crearon en el territorio industrial de la cuenca del Dnipró, que se puede marcar con un triángulo entre Kryvyi Rig, Dnipropetrovsk y Zaporizhzhya, y también la región del Donbas (que incluye el territorio del tajo de Donetsk y el curso bajo del río Donets). A principios del siglo XX estas dos regiones están entre los centros más grandes de industria pesada del mundo.

 

La división administrativa y etnolingüística de Ucrania

Ucrania se divide en 24 óblast[2] y una república autónoma: Crimea. Salvo algunas excepciones, los límites del óblast no coinciden con las regiones territoriales históricas del país, aun cuando utilizan sus nombres históricos. En esta obra vamos a mencionar con más frecuencia las regiones históricas, concretamente (de oeste a este): Transcarpatia, Bukovina, Chernihivshchyna, Poltavshchyna, Slobozhanshchyna, Zaporozhzhya, Donbass, Prychornomoria, Crimea y Kubán.

Las fronteras ucranianas etnolingüísticas no coinciden con las fronteras actuales del país. Esto hace a Ucrania similar a muchos otros países del mundo donde existe: primero, un grupo etnolingüístico dominante (también llamado nación titular) dentro de las fronteras del país y fuera en los territorios de países vecinos; segundo, uno o dos grupos etnolingüísticos distintos del dominante, y a veces más numeroso que éste.

El idioma ucraniano es uno de los catorce idiomas eslavos que existen, los cuales se dividen en: eslavos occidentales (polaco, casubio, sorbio, checo y eslovaco), eslavos meridionales (esloveno, croata, serbio, macedonio y búlgaro) y eslavos orientales (ruso, bielorruso, ucraniano y rusino). El ucraniano, como idioma eslavo oriental, estructuralmente es parecido a bielorruso y ruso, aunque algunos de sus dialectos, sobre todo los del oeste de Ucrania, se formaron con una fuerte influencia de los idiomas polaco y eslovaco.

Los lingüístas normalmente dividen los dialectos ucranianos en tres grupos: 1) los dialectos septentrionales, que se hallan en Polisia, Volinia del Norte, Kyivshchyna y Poltavshchyna; 2) los dialectos orientales, que se hablan en numerosos territorios al este y al sur de la línea imaginaria que une las ciudades de Zhytomyr y Odesa, y 3) los dialectos occidentales, que se extienden por Volinia del Sur, Podolia, Galitzia, Bukovina del Norte y Transcarpatia. El idioma ucraniano, hasta cierto límite refleja el mapa geográfico del país con sus grandes llanuras y mesetas. Es decir, entre los idiomas de los grupos dialécticos septentrionales, orientales e incluso occidentales, las diferencias son insignificantes. Únicamente en el extremo oeste, a ambos lados de los Cárpatos (en Transcarpatia y las tierras pobladas por eslavos del este en el sureste de Polonia y noroeste de Eslovaquia) la cantidad y el grado de las diferencias entre los dialectos locales crece más; tanto que, a menudo, entre los científicos y los hablantes de estos dialectos aparecen discusiones muy enconadas sobre si se pueden considerar ucranianos étnicos o una etnia diferente: rutenos de los Сárpatos.

Existen, por supuesto, muchos otros idiomas que se hablaban en el pasado y que ahora siguen hablando los habitantes de Ucrania, que si tenemos en cuenta el hecho de que éstos llevan viviendo en este territorio siglos, pueden considerarse sus habitantes autóctonos. Aquí están representados los idiomas de casi todas las familias de lenguas europeas: eslavas (ruso, bielorruso, rusino de los Cárpatos, polaco y búlgaro), germanas (alemán y yidish), latinas (rumano y moldavo), túrquicas (tártaro de Crimea, gagaúzo y azerí), ugrofinesas (húngaro), griego y armenio. A menudo, coloquialmente se utiliza una forma del idioma muy diferente al idioma estándar, entre ellos el surzhyk (la mezcla no oficial de ruso y ucraniano) entre rusoparlantes, el griego tártaro entre grecoparlantes o el plattdeutsch (“bajo alemán”) entre la población germanoparlante.

Población

Según el censo de la población de 2001 en Ucrania viven 48.2 millones de habitantes. Más de dos tercios, 37.5 millones de habitantes (77%) son de etnia ucraniana, el resto, 11 millones de habitantes (23%) pertenecen a otras minorías nacionales o etnolingüísticas (ver tabla 1.1)

Tabla 1.1

Configuración étnica de Ucrania, 2001[3]

Etnia Habitantes Porcentaje
 

Ucranianos

Rusos

Bielorrusos

Moldavos

Tártaros de Crimea

Búlgaros

Húngaros

Rumanos

Polacos

Judíos

Armenios

Griegos

Tártaros

Gitanos

Azerbayanos

Georgianos

Alemanes

Gagaúzos

Otros

 

37 542 000

8 334 000

276 000

259 000

248 000

205 000

157 000

151 000

144 000

104 000

100 000

92 000

73 000

48 000

45 000

34 000

33 000

32 000

177 000

 

77.8

17.3

0.6

0.5

0.5

0.4

0.3

0.3

0.3

0.2

0.2

0.2

0.2

0.1

0.1

0.1

0.1

0.1

0.4

Total 48 241 000 99.4

 

A pesar de que los ucranianos étnicos forman tradicionalmente la mayoría de la población del país, la proporción entre habitantes urbanos y rurales ha cambiado notablemente durante los últimos dos siglos. Por ejemplo, en 1897 sólo el 30% de los habitantes de las ciudades ucranianas eran ucranianos étnicos, pero esta proporción creció constantemente hasta alcanzar el 67% en 2001. En cuanto a las minorías étnicas, las personas de etnia rusa vive básicamente en las regiones urbanas industriales del este de Ucrania, los judíos y bielorrusos en las ciudades de todo el país, y los tártaros de Crimea básicamente en las ciudades de Crimea. El resto de los grupos viven básicamente en el territorio rural: los moldavos pueblan las tierras adyacentes a Moldavia, los polacos están anclados en los territorios de Volynya y Galitzia oriental, los búlgaros se sitúan al sur de Besarabia, los húngaros en el sur de Transcarpatia, los rumanos en el norte de Bukovina, y los griegos en la costa del Mar Negro (en los alrededores de Odessa) y en la costa del Mar de Azov (en los alrededores de Mariúpol).

Además de 37.5 millones de ucranianos étnicos que viven dentro de las fronteras de Ucrania, según los datos de 2001, 1.4 millones de habitantes más viven en el territorio etnolingüístico ucraniano perteneciente a países vecinos (ver tabla 1.2).

Tabla 1.2

Ucranianos étnicos fuera de las fronteras de Ucrania, 2001[4]

(en los territorios etnolingüísticos ucranianos adyacentes)

Rusia (Óblast de: Kursk, Bélgorod, Voronezh, Rostov y Krai de Krasnodar) 617 000
Moldavia 600 000
Bielorrusia (Óblast de Brest y Óblast de Gómel) 108 000
Rumanía 52 000
Eslovaquia 11 000
Polonia 6 000
Total 1 394 000

 

En Bielorrusia los ucranianos viven en los valles pantanosos del río Prypiat; en Polonia, a lo largo de la frontera oriental del país (regiones históricas de Polaquia, Jolmshchyna, Lemkivshchyna y Nadsiannia); en Eslovaquia, en el extremo noroeste (Priashivshchyna); en Rumanía, en Maramures, Bukovina del Sur y al lado del delta del Danubio; en Moldavia, a lo largo de sus fronteras norte y este; en Rusia, en los valles de los ríos Don y Kubán.

Además de ucranianos que viven en las regiones adyacentes a las fronteras ucranianas, en la ex Unión Soviética y en el resto del mundo, viven más de 6.2 millones de descendientes de ucranianos étnicos (ver tabla 1.3), que emigraron a estos territorios durante los siglos XIX y XX.

Tabla 1.3

Ucranianos étnicos fuera de las fronteras del territorio etnolingüístico ucraniano sobre el año 2000[5]

Rusia 2 350 000
Kazajistán 896 000
Uzbekistán 154 000
Kirguistán 108 000
Tadjikistán 41 000
Turkmenistán 36 000
Letonia 70 000
Estonia 29 000
Lituania 22 000
Bielorrusia 129 000
Polonia 25 000
República Checa 8 000
Serbia 5 000
Hungría 5 000
Bosnia y Herzegovina 4 000
Croacia 2 000
Otros países europeos 93 000
Canadá 1 100 000
Estados Unidos 893 000
Resto de América 170 000
Australia 20 000
Total 6 174 000

 

Según los datos reflejados, en el mundo viven 45.1 millones de ucranianos étnicos; otras fuentes llegan hasta 51.8 millones.

Nombre del territorio y etnia

A lo largo de su existencia al territorio ucraniano y a sus habitantes se les ha llamado de distintas formas, cosa que a menudo ha ocurrido con muchos otros territorios y etnias del mundo. La cuestión del nombre del territorio y de la etnia es inseparable de su desarrollo histórico. Así que no es extraño que los distintos nombres dados a Ucrania y a los ucranianos en el pasado a menudo hayan reflejado una cierta posición política, y a veces simplemente negaban la existencia de los ucranianos étnicos como nación propia.

Hasta épocas recientes las noticias sobre Ucrania fuera de sus fronteras procedían de fuentes rusas secundarias. Desde la segunda mitad del siglo XVII en que el Principado de Moscú primero y luego el Imperio Ruso empezaron a controlar la mayor parte del territorio de Ucrania, los autores rusos han incluido a Ucrania en la historia de Rusia. Bajo estas circunstancias los nombres antiguos obtuvieron nuevos significados. La Rus de Kiev medieval se convirtió en Rusia de Kiev, su cultura y sus habitantes se convirtieron en “rusos” o “rusos antiguos”. En épocas posteriores, a todas o a algunas tierras ucranianas las llamaron Rusia Menor, Rusia Meridional, Rusia Occidental (junto a Bielorrusia) o Nueva Rusia (la parte esteparia y la costa del Mar Negro); y los habitantes del Imperio que eran eslavos orientales les llamaban pequeños rusos. Las tierras ucranianas que no pertenecían al Principado de Moscú o al Imperio Ruso a veces eran llamadas Rutenia, y su población eslava oriental era llamada rutena.

Los nombres geográficos y etnónimos “Rusia” de Kiev / “rusos antiguos”, Rusia Menor / pequeños rusos, Rutenia / rutenos, todavía se pueden encontrar en artículos sobre Ucrania antiguos e incluso contemporáneos escritos por autores europeos, estadounidenses y de otras partes del mundo. En esta obra, que aborda principalmente el desarrollo histórico del territorio que se encuentra dentro de las fronteras de la Ucrania contemporánea, para marcar el territorio vamos a emplear el término “Ucrania”, y usaremos el término “ucranianos/as” o “ucranianos étnicos” para referirnos al principal grupo étnico de este territorio. Cuando se trate la época medieval, aproximadamente del siglo IX al XIV, a este territorio le llamaremos “Rus” o “Rus de Kiev”, y a sus habitantes “rus” o “pueblo de Rus”. El paso gradual de utilizar el nombre “Rus” a “Ucrania”, y “pueblo de Rus” a “ucranianos” es análogo en este libro al uso de los nombres francos / franceses o romanos / italianos en los libros de historia de Francia o Italia.

[1] Stepán Rudnytskyi, Ukraine: The Land and Its People (New York, 1918), p.25.

[2] El óblast equivaldría en España a Comunidad Autónoma. Éstas se dividen en raiones, que suelen equivaler a comarcas, pero debido a que hay grandes ciudades que se dividen en raiones, en tales casos se traducirá como distrito. (N del T)

[3] http://2001.ukrcensus.gov.ua/eng/results/general/nationality/

[4] Los datos han sido obtenidos de las estadísticas oficiales anuales de Rusia, Moldavia, Bielorrusia, Eslovaquia, Rumanía y Polonia.

[5] Los datos se han obtenido de las estadísticas oficiales anuales de Letonia, Estonia, Lituania, y también de: V. Kubijovyc et al., “Ukrainianas”, en Encyclopedia of Ukraine, Vol. V, ed. Danylo Husar Struk (Toronto, Buffalo and London, 1993), p. 460.

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Capítulo 2. Visiones históricas.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 2 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

Durante siglos Ucrania estuvo bajo la autoridad de Estados extranjeros, entre ellos Polonia y Rusia. En consecuencia, en las descripciones históricas Ucrania con frecuencia fue tratada no como una entidad independiente, sino más bien como un territorio dependiente de un Estado más grande, como fueron la Mancomunidad de Polonia-Lituania, el Imperio Ruso o la Unión Soviética. Por ejemplo, los historiadores rusos y polacos del siglo XIX en sus narrativas históricas nacionales normalmente incluían todas estas tierras bien en Rusia o bien en Polonia. Por eso, en muchas investigaciones escritas en ruso y polaco (y luego en idiomas occidentales), Ucrania y Bielorrusia no tenían su propia historia.

Desde este punto de vista, la historia de Ucrania sólo se analizaba en relación a sus aspiraciones nacionales, y los escépticos aseguraban que éstas se engendraron a principios del siglo XIX como máximo. Esa forma de abordar el pasado histórico da lugar a muchas preguntas. Al descubrir la existencia del movimiento ucraniano nacional, aquellos que no aceptan la autodeterminación ucraniana se quedarán muy sorprendidos: si hasta el siglo XIX no hubo un Estado ucraniano y, por tanto, historia ucraniana, ¿en razón de qué puede ocurrir un futuro reconocimiento como estado soberano?. En relación con las consecuencias políticas y la influencia de investigaciones históricas, merece la pena informar al lector de al menos los momentos principales de los diferentes visiones de entender y tratar la historia de Ucrania. Entre ellos se pueden distinguir las visiones rusa, polaca, ucraniana y soviética.

Visión histórica rusa

La existencia de diferentes visiones nos dice que existe una discusión seria acerca de la historia de toda la Europa del este, en concreto, de los pueblos eslavos orientales: rusos, bielorrusos y ucranianos. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando aparecieron los primeros intentos de describir científicamente la historia de Europa del este, el único país eslavo del este que existía en estos tiempos era el Imperio Ruso. Este estado lo encabezaba el todopoderoso zar de la dinastía Románov, la cuál gobernaba desde Moscú (luego desde San Petersburgo) desde principios del siglo XVII. No es de extrañar que la dinastía Románov y el Imperio Ruso que ésta representaba alentaran las publicaciones de obras en las que el transcurso de la historia argumentaba su existencia ajustada a su conveniencia.

Así eran las dos primeras historias de Rusia escritas en el siglo XVIII, por Alexéi Mankíyev (escrita en 1715, publicada en 1770) y Vasilii Tatíshchev (finalizada en 1739, publicada en cinco tomos en 1768 – 1848). Ambas obras eran auténticos tratados que intentaban justificar el poder absoluto de la dinastía Románov.

Un ejemplo más demostrativo de la aproximación dinástica a la historia rusa lo encontramos en la monumental obra “Historia del Estado Ruso” (“Istoria gasudarstva ruskava”) de Nikolai Karamzín. Editada en doce tomos entre 1816 y 1829, abarcaba desde las épocas históricas más remotas hasta el principio del dominio de la dinastía Románov (1613). Karamzín esbozó el período de Moscovia entre el siglo XIV y finales del XVI como la edad de oro de la historia rusa, entre otras cosas porque en estos tiempos el poder autocrático parecía llegar a su punto más alto. Karamzín escribía: “La nación, privada por los grandes príncipes de Moscú de la desgracia de las discordias internas y del yugo externo (…), estaba contenta con las acciones y no salía a la calle por sus derechos (…). Por fin llegó el zar a ser el dios terrenal para todos los rusos (…). La autocracia es el paladio de Rusia, su integridad es necesaria para su felicidad”[1]. En sus obras insinuaba claramente a los zares la directriz de imitar a sus predecesores autócratas de Moscú.

La medida obligatoria para glorificar a cada país y monarquía consiste en averiguar su propio linaje y un origen independiente. Ya en nuestros tiempos, la mitificación del origen la caracterizó bien Bernard Lewis: a ella aspiran los países, las naciones y los gobernantes que normalmente “tenían un origen humilde” para “decorar u ocultar su origen no muy notable y unirlo a algo más antiguo e imponente”[2]. Los historiadores rusos aquí podían apoyarse en los esquemas abstractos desarrollados en el siglo XIV por los clérigos medievales. En aquellos tiempos Moscovia empezaba a desarrollarse y los monjes reescribían las crónicas antiguas “adornándolas” y ampliándolas para llevar el origen mundano de sus gobernantes, los monarcas de Moscú, al de los grandes príncipes de la Rus de Kiev, cuyos antepasados pertenecían a la dinastía semilegendaria del Gran Príncipe de Nóvgorod, Rúrik, del siglo IX.

Así que los zares de Moscú pasaban por ser descendientes directos de la dinastía rúrika, que a principios del siglo XVII continuó con la dinastía de los Románov. La forma de tratar la genealogía Rúrik, que ha demostrado la herencia histórica de Moscovia y del Imperio Ruso de la Rus de Kiev, fue también retorcida por las profecías de los clérigos de principios del siglo XVI, como el monje Filoféi de Pskov, que encontró una explicación universal a la conquista moscovita de la ciudad rusa occidental Pskó en 1510. La caída de Pskov, por analogía con la caída de Constantinopla (la capital del Imperio Romano de Oriente a manos de los turcos otomanos en 1453) fue descrita por Filoféi como una parte del gran plan de dios: “Todos los reinos cristianos dejarán de existir y entrarán, como dicen los libros de los profetas, en el reino de nuestro soberano, bajo el reinado ruso. Porque dos Romas han caído, la tercera [Moscú] sigue en pie, y la cuarta no será”[3].

En el siglo XIX, los historiadores laicos empezaron a argumentar la misión especial de Rusia en Europa oriental con argumentos políticos, sociales y demográficos y no genealógicos o religiosos. Este nuevo curso justo se encarnó en la ingente obra de Karamzín. Éste creía en la unidad de todos los eslavos orientales en lo que él llamaba la única nación rusa, cuyo primer centro político fue Kiev. Después de la invasión mongol a mediados del siglo XIII y de la destrucción de Kiev, el centro político y religioso de la nación “rusa” se trasladó al norte: primero a Vladímir, después a Moscú y finalmente, a principios del siglo XVIII, a San Petersburgo. Este concepto, al que podemos llamar teoría de “desplazamiento de centros políticos”, se incrustó en la historiografía rusa. La “madre de las ciudades rusas” según el concepto extendido era Kiev, y los descendientes de esa madre están obligados a esforzarse para que algún día todas las tierras de ex “Rusia” de Kiev vuelvan a un único estado ruso. Desde que los grandes príncipes de Moscú fueron considerados los herederos legítimos del legado de Kiev, su supervivencia aseguraba que el destino histórico de la nación rusa se cumpliría. Este destino consistía en unir las tres Rusias: Veliko-Rus, la Gran Rusia; Bela-Rus, la Rusia Blanca; y Malo-Rus, la Rusia Menor, como el concepto bíblico “tres en uno”.

¿Qué es “Europa del este”?

Al término “Europa del este” es difícil darle una definición exacta, si es que eso es posible. El concepto en sí nos dice que se trata de la parte oriental del continente europeo. Pero después de la II Guerra Mundial, se le dio más sentido político que geográfico: así, se empezó a llamar Europa del este a los territorios de aquellos países o regiones (la RDA, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Bulgaria y Albania) que se encontraban bajo el sistema comunista y que tarde o temprano llegaron a ser aliados cercanos o satélites de la URSS.

Una definición así ha provocado anomalías geográficas muy notables. Digamos que Grecia y Austria no entraban en esta definición sólo porque no pertenecían al bloque comunista, aunque ambas se encontraban igualmente en el este de Europa, incluso más, que algunos estados “orientales”. Esta visión ilógica sobre Europa del este, que se basaba en un fundamento político bastante pobre, todavía no está justificada. Menos aún tras 1989, año en que los ex países “orientales” europeos derrocaron el poder comunista, acabando con la existencia del bloque soviético y de la URSS*.

En conscuencia, el uso del término “Europa del este” en este libro se va a basar sólo en criterios geográficos. Como el continente europeo se extiende desde las costas irlandesas y portuguesas en el oeste, hasta los Montes Urales en el este, la separación geográfica entre el este y el oeste la hallamos aproximadamente en el meridiano 25, que pasa por las fronteras occidentales actuales de Ucrania y Bielorrusia. Es curioso que el punto geográfico medio de Europa, tanto el norte-sur como el este-oeste (que fue cuidadosamente calculado en la segunda mitad del siglo XIX) también se encuentra en el territorio ucraniano, cerca del pueblo de Dilové (anteriormente Trebushaný) en el sureste de  Transcarpatia (raión de Rájiv).

Esto significa que geográficamente en Europa del este de facto entran Bielorrusia, Ucrania, Rusia hasta los Urales, Moldavia, la mayor parte de Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia y la mitad de Rumanía y Bulgaria. Si unimos los criterios geográficos e históricos, se puede decir que Europa del este coincide principalmente con los territorios de los eslavos orientales (rusos, bielorrusos y ucranianos), y justo en este contexto vamos a utilizar este término. Por analogía, el término “Europa central” se va a utilizar en este libro sobre el territorio que abarca los actuales países de Polonia, la parte oriental de Alemania, República Checa, Eslovaquia, Austria, Eslovenia, Croacia, Hungría y Rumanía occidental.

 

*A pesar de las definiciones mencionadas más arriba, los científicos aún no han hallado consenso sobre las tierras que pertenecen a Europa del este y a Europa central, al igual que con Europa occidental, del norte y del sur. Por esta razón, en este libro los adjetivos para mencionar las partes de este continente se escribirán en minúscula.

 

A pesar del convencimiento de Karamzín de que los habitantes de la Gran Rusia, la Rusia Blanca y la Rusia Menor formaban un sólo pueblo ruso, a principios del siglo XIX las investigaciones lingüísticas y etnográficas y también los apuntes de los viajeros publicados en aquellos tiempos obligaron a muchos académicos a reconocer la existencia de notables diferencias entre varios grupos del así llamado “único pueblo ruso”, sobre todo entre los de la Gran Rusia y los pequeñorrusos, es decir, ucranianos. El reconocimiento de estas diferencias no sólo menoscabaría el concepto de un único pueblo ruso, sino que también podía amenazar el vínculo entre el Kiev medieval y Moscú; es decir, los profundos cimientos sobre los que fue construido el proyecto imperialista ruso. Por tanto, resultaba imprescindible explicar de alguna forma estas diferencias potencialmente peligrosas.

De esto se encargó Mikhaíl Pagodin, un muy influyente historiador y divulgador del siglo XIX, autor de la versión rusa del paneslavismo. En 1856 Pagodin presentó su teoría de la “desolación”, argumentando que del siglo X al XII los antepasados de los moscovitas probablemente vivieron en las tierras centrales de las orillas ucranianas del Dnipró de la Rus de Kiev, y que después de la invasión mongol a mediados del XIII huyeron al norte. Después, a finales del siglo XIII y especialmente en el siglo XIV, Ucrania, donde no vivía nadie, fue poblada por campesinos de las tierras occidentales pertenecientes a Polonia y Lituania. Exactamente, estos nuevos pobladores y migrantes son los antepasados de los ucranianos contemporáneos. Por tanto, a la teoría de Karamzín de desplazamiento de los centros políticos se le añadió la teoría de Pagodin de la migración.

Este concepto de la historia de los eslavos del este (u orientales) fue aceptada por los dos historiadores rusos quizás más influyentes: Serguéi Soloviov, en su “Historia de Rusia desde los primeros tiempos” de 29 volúmenes (1851-1879) y su alumno Vasili Kliuchevski en su aún más popular “El curso de la historia rusa” (1904-1921) de 5 volúmenes. Según Soloviov, “a finales del siglo XII [la Rus de Kiev] reveló su incapacidad de desarrollar ninguna de las bases sólidas de un Estado propio. Siguiendo un camino definido desde el principio, los mejores elementos de esa tierra fluyeron del suroeste al noreste; los pobladores de esa etnia se movieron en esta dirección y la historia junto a ellos”[4]. La posición determinante de Soloviov la completó Kliuchevski dándole, llamémosle así, una argumentación psicológica:

“En el momento en que la población septentrional del Rus sintió que Moscú era capaz de ser el centro político, capaz de unir en torno a él sus fuerzas para luchar contra los enemigos externos, y que el Gran Príncipe de Moscú podía llegar a ser el caudillo de la nación en esta lucha, la mentalidad y la actitud de la población de la Rus periférica sufrió un cambio que decidió el destino del régimen descentralizado: hasta aquel momento, las esperanzas y sentimientos nacionales y políticos ocultos o dormidos de una tribu de la Gran Rusia (que durante mucho tiempo y sin éxito ninguno buscaban un refugio seguro), ahora coincidían con las aspiraciones dinásticas del Gran Príncipe de Moscú, elevándole a la altura de gobernante nacional de la Gran Rusia”.[5]

La visión rusa de la historia de Europa del este, representada de forma más completa en las obras de Soloviov y Kliuchevski, aún prevalece en la mayoría de libros de Historia de esta región. Esta interpretación fue apoyada por historiadores rusos emigrantes, siendo los más influyentes Gueorgui Vernadskii y Mikhaíl Flarinskii. Esta interpretación migró de sus obras a los principales libros de texto de historia rusa, publicados en Europa occidental y en América del Norte durante el siglo XX. En todas estas obras, cuando la historia de Ucrania es tenida en cuenta, lo es sólo como la historia de una de las provincias rusas. Aún más, cuando la época de la Rus de Kiev se considera parte inseparable de la historia de Rusia, la historia de Ucrania no empieza hasta el siglo XIV (en el mejor caso) o incluso hasta el XVII. Algunos autores rusos, en general consideraban la existencia de Ucrania (y, por tanto, su historia) una tontería, la consideraban una idea política surgida en el siglo XIX y necesaria para estados poderosos como Alemania y Austria para romper la integridad del estado ruso.

Hay una teoría que defiende que el concepto de Rusia es imposible sin la Rusia Menor, es decir, Ucrania. El principal especialista ruso del siglo XX de la historia de la Rus de Kiev, Dmitrii Likhachov, hizo el mejor resumen de este punto de vista:

“Durante siglos, Rusia y Ucrania, a pesar de estar separadas, han avanzado no sólo como una única integridad política sino también como una integridad cultural dual. La cultura rusa no tiene sentido sin la ucraniana, y la ucraniana sin la rusa”.[6]

 

Visión histórica polaca

La forma tradicional de acercarse a la historia de Ucrania por parte de los historiadores polacos, hasta cierto nivel coincide con la interpretación clásica rusa de la historia de Europa del este; aunque sin duda tiene otros objetivos. Durante todo el siglo XIX Polonia no existió como estado independiente, por eso los periodistas y escritores polacos miraban a menudo en el pasado intentando explicar por qué ellos perdieron su estado independiente, y quizás marcar lo que deben o no deben hacer para defenderlo en el futuro. Ojeando la historia polaca, ellos se detenían frecuentemente en el siglo XVII y el problema cosaco (en la época en que Ucrania estaba bajo dominio polaco). Consideraban que este siglo supuso un momento crucial en la historia de su país marcando el comienzo de su decadencia.

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, la gran influencia en el punto de vista polaco sobre historia ucraniana vino de Aleksander Jablonowski, autor de una investigación histórica de siete volúmenes (“Pisma”, 1910 – 1913) y de “Historia de Rus del Norte hasta la caída de la Mancomunidad polaco-lituana” (“Historia Rusi Poludniowej do upadku Rzeczypospolitej Polskiej”, 1912). A finales del siglo XIX, a pesar de mostrar cierta simpatía por el movimiento nacional ucraniano, Jablonowski concluye que históricamente ni las tierras ucraniana desarrollaron algo sólido, ni la población ucraniana una nación propia. En cambio, en el siglo XVI, cuando Polonia se anexó Ucrania, los polacos descubrieron tierras bárbaras a las que llevaron cultura y una forma estatal de gobierno. Aunque conocían el alto nivel cultural de la época de la Rus de Kiev, los polacos no la consideraban algo propiamente ucraniano. Además, las familias de los Grandes Príncipes polacos y kievanos se emparentaron vía marital, y Polonia, durante cierto tiempo, tuvo bajo sus dominios algunas tierras de la Rus de Kiev (principalmente los territorios fronterizos occidentales) e incluso Kiev. Así que apareció una teoría que se reforzó especialmente tras la anexión polaca en 1569 de la mayoría de los territorios ucranianos: que los polacos tienen derechos históricos y legítimos del legado de la Rus de Kiev.

También los autores polacos aceptaban incondicionalmente la teoría del autor ruso Pagodin de la “desolación” de Ucrania (Rus del sur) después de la invasión mongol de mediados del siglo XIII. Según esta teoría, las estepas salvajes ucranianas (en polaco: dzikie pola) fueron pobladas por los habitantes de las tierras de Galitzia y Volinia, que estaban bajo control polaco y lituano. Incluso aunque la mayoría de esos habitantes eran eslavos orientales, de un modo u otro estaban subordinados al estado polaco y a su alta nobleza. Las diferencias culturales lingüísticas y religiosas de la población bajo dominio polaco eran reconocidas y no perseguidas. Los autores polacos veían en este hecho la democracia de la república de la alta nobleza, cuyo líder era descendiente de la dinastía Jagellon.

La época de Jagellon, que duró de 1385 a 1572, se consideraba un ejemplo ideal del sistema de gobierno polaco, porque poseían instituciones democráticas y mostraban, con algunas excepciones, tolerancia religiosa y étnica. Recontando las características de un estado ideal como este, los autores polacos acentuaban lógicamente que todos los habitantes del país, independientemente de su religión o etnia, aspiraban a identificarse como ciudadanos libres de la Mancomunidad polaco-lituana. En este contexto de fervor hacia la Mancomunidad, Ucrania, junto a sus vecinas Bielorrusia y Lituania, se consideraban sólo una parte de sus “kresy”, es decir, tierras fronterizas, que eran afortunadas por formar parte de Polonia, un bastión de la civilización occidental y católica.

Pero a veces ocurría que estas tales “tierras fronterizas de la civilización occidental” pacíficas y productivas (según palabras del célebre historiador polaco-estadounidense Oskar Galecki) se revelaban. Utilizando un par de monográficos del historiador de principios del siglo XX Franciszek Gawronski-Rawita, dedicados a los cosacos y a su hetman (jefe supremo) Bohdán Jmelnytskyi, los autores polacos en general explican esas revueltas como sublevaciones bárbaras iniciadas por grupos destructivos de la población inculta ucraniana. A veces, estos motines llegaron a causar profundas revueltas sociales, como por ejemplo, el levantamiento de Jmelnitsky a mediados del siglo XVII, o el levantamiento de haidamakas en el XVIII. Tras la derrota de estos levantamientos y la expulsión de los invasores extranjeros (turcos, tártaros, moscovitas), las tierras ucranianas eran devueltas a Polonia como parte de su legado cultural y político. Esta situación duró hasta finales del siglo XVIII, cuando las tierras ucranianas de Polonia fueron divididas entre Rusia y Austria, que con la ayuda de Prusia borraron a Polonia del mapa de Europa.

En el fondo, las tierras ucranianas, especialmente al oeste del Dnipró (margen derecho de Ucrania y Galitzia), simplemente se consideraban partes inseparables de Polonia. Cuando los intentos de renovar el estado polaco durante el siglo XIX culminaron finalmente en 1918, pensaban que al renacido país de los Jagellon (que se extendía desde del Mar Báltico hasta el Mar Negro) se unirían  de forma “totalmente natural” los territorios ucranianos y otros “kresy” del este. Pero estas aspiraciones se toparon con las fronteras europeas establecidas tras la I Guerra Mundial. Incluso tras un cuarto de siglo, la mayoría de los polacos tenían la esperanza de que tras la II Guerra Mundial les fueran devueltas las tierras ucranianas que formaban parte de Polonia en el período de entreguerras (la parte oriental de Galitzia y la parte occidental de Volinia). En algunos círculos polacos, sobre todo entre emigrantes políticos del oeste, incluso se desarrollaba la idea de recuperar Polonia de mar a mar.

A pesar de que hasta la II Guerra Mundial los historiadores polacos y la población en general trataban todo lo relativo a lo ucraniano como algo periférico, tras la guerra, cuando la influencia política soviética cobró más fuerza en la Europa central y del este, así como también el acercamiento marxista a las ciencias, los historiadores polacos cambiaron radicalmente su punto de vista. La época de los cosacos seguía acaparando el máximo interés, pero en las obras de los historiadores de posguerra -como Lieszek Podgorecki, Wladyslawa Serczynska y Zbigniew Wojciek- Ucrania ya no era considerada un apéndice de Polonia, sino más bien como un territorio que tenía su propio camino histórico desde los tiempos antiguos hasta la época contemporánea. Este cambio positivo del punto de vista sobre Ucrania, se debió en parte a que Polonia se acostumbró a las nuevas condiciones poscomunistas y al apoyo de su vecino del este, y surge de las revisiones históricas recientes de los historiadores polacos, entre ellos Jerzy Topolski y Marek Borucki. Pero las nuevas corrientes no llegan tan fácilmente a la sociedad, como muestra el hecho de que incluso en la Polonia contemporánea se pueda a veces escuchar que todo lo positivo de la historia ucraniana no ocurrió gracias a su propia población sino a la influencia de la civilización polaca.

 

Visión histórica ucraniana

Podemos asegurar que el comienzo de la interpretación ucraniana propia de la historia de Europa oriental coincide con el surgimiento en el siglo XVIII de las primeras Historias Generales de Ucrania. Y aunque los títulos de esas obras en su gran mayoría nos remiten a la historia de Rusia Menor, en realidad están dedicadas a los cosacos de Zaporizhzhia del siglo XVI y, sobre todo, del siglo XVII. Sobre los cosacos de Zaporizhzhia y Ucrania escribieron también en sus célebres obras autores como el francés de Alsacia, Jean Benoit Scherer (1788), el alemán Karl Hamersdorfer (1789) o el austrohúngaro Johann Christian Von Engel (1796).

En la primera mitad del siglo XIX aparecieron las primeras obras de múltiples tomos sobre la historia de Ucrania, de Dmytró Bantysh-Kamenski (cuatro volúmenes, 1822) y de Mykola Markévich (cinco volúmenes, 1842-1843), que destacaban especialmente el papel de los cosacos de Zaporizhzhia en el proceso histórico ucraniano. Sin embargo, la obra más influyente de aquellos tiempos fue “Historia de los rus” (1846), que vio la luz de forma manuscrita a finales de los 1820 y cuya autoría no está definitivamente probada. La popularidad e influencia de esta obra quizá se pueda explicar por el hecho de que se trataba más bien de un tratado político y no histórico. “Historia de los rus” es una de las primeras obras donde Ucrania es descrita no como una región de Rusia o Polonia, sino como un estado independiente ya en los tiempos de la Rus de Kiev. Por consiguiente, Ucrania llegó a su punto más alto en la época de los cosacos y hasta el siglo XVIII no empezó a decaer, quedando atrapada cada vez más bajo el poder moscovita y, posteriormente, rus). Que el autor de “Historia de los rus” reflejara una clara continuidad histórica de Ucrania, tuvo una gran influencia tanto en historiadores como en  poetas, folcloristas y lingüistas entusiastas del lento proceso del renacimiento nacional ucraniano.

La primera mitad del siglo XIX fue también la época de la difusión del Romanticismo en Ucrania. Los historiadores profesionales y, sobre todo, los amateurs abrazaron estas ideas sobre el espíritu especial de cada pueblo en contraposición a la anterior visión en que la fuerza motora de los procesos históricos eran las dinastías y los estados. Basándose en los principios del Romanticismo, la nueva generación de historiadores y escritores, cuyos principales exponentes eran Mykhailo Maksymóvich, Mykola Kostomárov y, hasta cierto tiempo, Panteléimon Kúlish, consideraban que el régimen de cosacos era la muestra principal de las así llamadas “ideas democráticas e igualitarias de la nación ucraniana”. Esta visión se proclamó en el programa político de la hermandad Kyrylo-Mefodii, en los años 1840, y se publicó con el título de “Libro de estar de la nación ucraniana”. En esta obra, escrita por Kostomárov, Ucrania es descrita como el territorio al que “no le gusta (…) ni zar, ni pan[7] (…) y que ha creado una comunidad cosaca propia (…) y fueron todos los cosacos iguales entre ellos”. Y luego: “día tras día, la comunidad cosaca crecía y se multiplicaba, y muy pronto eran en Ucrania todos cosacos, todos libres e iguales”.[8] Pero este escenario idílico no llegó a convertirse en realidad por la irrupción de fuerzas exteriores: panes, zares de Moscú, curas católicos y jesuitas.

La fe en la fuerza motora de la nación empujó a estos autores a la búsqueda del espíritu especial de los ucranianos étnicos y de argumentos de su singularidad y diferencia con rusos y polacos. Kostomárov, de forma muy clara, lo mostró en el artículo “Dos naciones rusas” (1871), que luego se convirtió en el evangelio del movimiento nacional ucraniano.

 

Kostomárov sobre ucranianos, rusos y polacos

Reproducimos algunos trozos del artículo de Mykola Kostomárov “Dos naciones rusas”, publicado en idioma ruso en la efímera revista “Osnova” (1861, nº3), que salía a la venta en San Petersburgo:

“La tribu de los rus del sur (ucranianos) gravitaba hacia la propia libertad, la tribu gran-rusa (rusos) gravitaba hacia la comunidad (…). En la esfera política, los primeros se podían unir voluntariamente en hermandades, unidos hasta las necesidades cotidianas y fuertes hasta donde su existencia no interrumpiera la ley perpetua de la propia libertad; los segundos aspiraban a formar un cuerpo social duradero basado en los sólidos principios que tienen un espíritu común. Lo primero llevaba a la federación, pero no logró formarla; lo segundo llevaba a la autocracia y a un estado fuerte (…).

En el elemento gran-ruso hay algo majestuoso, creativo, un espíritu sofisticado, una toma de conciencia de sociedad dominada por el sentido común, que sabe resistir bajo circunstancias difíciles, que conoce el momento exacto para actuar y lo aprovecha al máximo (…). Esto no se reveló en nuestra tribu sur-rus. Su naturaleza de libertad condicionaba o bien la descomposición de las relaciones sociales, o bien la creación de un torbellino de distintas intenciones sobre el que giraba la vida histórica nacional como una rueda de ardilla. Así  nos han presentado nuestro pasado estos dos pueblos rus.

Había una relación totalmente distinta entre el pueblo de los rus del sur y los polacos. Aunque la etnia de los rus del sur está, por la estructura de la lengua, más alejada de la polaca que de la gran-rusa, está en cambio mucho más cerca al pueblo polaco por sus peculiaridades nacionales y rasgos generales del carácter. Oposiciones así o similares que hemos notado entre los gran-rusos y rus del sur, no existen entre polacos y rus del sur, ni a nivel interno ni externo de la vida cotidiana (…).

Sin embargo, a pesar de esta cercanía, un abismo separa ambas naciones, sobre el que parece que no se puede tender un puente. Los polacos y los rus del sur son como dos ramas cercanas que se desarrollaron hacia lados opuestos; los primeros se educaron bajo los valores de los pany y conservaron sus principios, y los segundos hicieron lo propio pero con los principios de los aldeanos, o dicho de un modo más accesible, la nación polaca era profundamente aristocrática y la de los rus del sur profundamente democrática. Pero estos términos no encajan demasiado con las circunstancias de nuestra historia y modo de vida;  hasta el punto en que la aristocracia polaca es tan democrática como la democracia de la Rus del Sur es aristocrática. Allí, el sistema de los pany busca la igualdad en su clase, mientras que aquí, el pueblo, que es igual por ley y por el estado, deja salir a personas de su comunidad para  que luego la multitud devore lo que le es devuelto”.

FUENTE: N. Kostomárov, “Dvie ruskig narodnosti”, Osnova, I, 3 (San Petersburgo, 1861).

 

 

Además de intentar argumentar la independencia de los ucranianos y de esa forma romper la unidad de los eslavos orientales, los historiadores ucranianos pusieron en duda otros aspectos de las visiones históricas rusas, como la así llamada herencia entre las medievales Rus de Kiev y Moscovia. Como respuesta a la afirmación de Pagodin sobre la migración de los habitantes de la región de Kiev hacia el norte tras la invasión mongol del siglo XIII, aparecieron varias obras -la primera de las cuáles fue escrita por Mykhailo Maksymóvich (1857), al que siguieron Volodymyr Antonóvich (1882) y el historiador ruso de Kiev Mykhailo Vladímirski-Budánov (1890, 1893)-, que explican de forma convincente que la población no dejó las tierras del centro de Ucrania durante el siglo XIV, sino más bien, su sistema funcionó hasta que los cosacos fundaron un nuevo régimen social y administrativo en los siglos XVI-XVII. A pesar de los defectos evidentes de la visión rusa establecida sobre la historia de Europa del este, sus principios se consideraron durante mucho tiempo aparentemente ciertos.

El primer desafío serio a la posición rusa lo lanzaría Mykhailo Hrushevski a principios del siglo XX. En 1904 publicó un artículo titulado “Un esquema ordinario de la historia de la Rus y el asunto del sistema racional de la historia del eslavismo oriental”. Siguiendo la tradición de “Historia de los rus”, Hrushevski centró la atención no sólo en los momentos internos contradictorios del concepto ruso del proceso histórico de Europa del este, sino que también marcó los límites de la historia de Ucrania, que según su punto de vista empezó antes de la Rus de Kiev y tuvo continuidad tras la época de los cosacos.

Antes de la publicación de este fructífero artículo, Hrushevski comenzó a estudiar muy meticulosamente la continuidad histórica de Ucrania, volcando sus pensamientos en su monumental obra de diez volúmenes “Historia de Ucrania-Rus” (1898-1937). Tuvo tiempo de llevar esta obra hasta 1758, pero también preparó un par de libros de historia de un tomo que abarcaban desde la época anterior a la Rus de Kiev hasta la lucha por la “renovación” del estado ucraniano independiente justo después de la I Guerra Mundial. Así que, en su artículo “Un esquema ordinario…” y en sus libros de historia basados en su opus magnum de diez tomos, Hrushevski da por primera vez una visión histórica que disputaba la visión rusa dominante. Aunque historiadores ucranianos posteriores, como Dmytró Doroshenko y Viatcheslav Lypynskii, podían acusar a Hrushevski de inclinaciones nacionalistas, ya que ellos defendían un acercamiento al pasado ucraniano más vinculado al concepto de Estado, los estudiosos sobre Ucrania fuera de las fronteras de la ex URSS (primero en Galitzia en la época de entreguerras, luego en Europa occidental y Norteamérica y, últimamente en la Ucrania postsoviética), seguían el esquema de la continuidad del proceso histórico ucraniano autónomo marcado por Hrushevski, que empezó antes de la Rus de Kiev y sigue hasta ahora.

 

Visión histórica soviética

La revolución bolchevique de 1917 y la consiguiente fundación de la Unión Soviética en 1922 cambiaron la visión histórica rusa. Pero este cambio no llegó enseguida, ya que en los años 20, junto a las investigaciones históricas marxistas aparecieron unas no marxistas. En parte, las visiones de Hrushevski influyeron en historiadores rusos no marxistas como Alexánder Priesniakov (1918) y Matviéi Lubavskii (1929), que empezaron a buscar el origen del estado de Moscovia no en Kiev sino en las ciudades del noroeste Rostov, Súzdal y Vladímir. Por otro lado, los historiadores rusos emigrantes, entre los que destacaba Georgi (George) Viernádski, seguían defendiendo los principios de la visión histórica rusa de Soloviov y Kluchevski (siglo XIX).

En la Ucrania soviética, por lo menos a lo largo de los años 20, tenían oportunidad de trabajar no sólo historiadores marxistas, sino que seguía en pie la escuela de Hrushevski bajo su dirección, desde el momento de su vuelta a Kiev en 1924 tras su emigración al oeste. Las visiones de Hrushevski eran apoyadas incluso por marxistas soviéticos ucranianos como Matvíi Iavorskii, que en sus obras destacaba especialmente el desarrollo socioeconómico y la lucha de clases en la historia ucraniana.

A principios de los años 30, cuando Stalin decidió liquidar los restos de toda ideología que no coincidiera con su visión del marxismo gran-ruso bolchevique, la mayoría de los representantes de la escuela ucraniana histórica, junto con Hrushevski, fueron encarcelados y deportados u obligados a callar. Aquellos que sobrevivieron debían aceptar la nueva interpretación de la historia de Europa del este. Esta nueva interpretación y su implementación a las etnias no rusas de la Unión Soviética, fue conocida con el eufemismo de la fórmula del “mal menor”.

En el nuevo estado bolchevique, basado en los principios ideológicos marxistas adaptados por Lenin y Stalin a los contextos locales, el problema nacional fue un asunto de primer orden. La política nacional leninista no permitía los extremos a los que llegaba el nacionalismo zarista ruso, que negaba la existencia de los ucranianos en sí como una nación diferente. Sin embargo, los bolcheviques sí reconocían la nacionalidad ucraniana, pero esperaban poder convivir todos en el mismo estado. Por ello, el antiguo lema revolucionario leninista que decía que la Rusia zarista era “una prisión de pueblos”, tenía que ser modificado. La solución a esta situación aparentemente contradictoria fue la teoría del “mal menor”, resumida por el ex historiador soviético Konstantin Shteppa de la siguiente manera: “Aunque la anexión de los pueblos no rusos a Rusia fue algo malo (especialmente porque suponía la pérdida de la independencia nacional), era menos malo en comparación con lo que podría haber ocurrido si hubieran sido anexionados por otros estados más grandes. Por tanto, la anexión de Ucrania por parte de Rusia en el siglo XVII tenía que ser considerada, según esta teoría, como un mal, pero de alguna manera un mal menor a la supuesta absorción de Ucrania por parte de Polonia, Turquía o, más tarde, de Suecia”.[9]

Con el objetivo de minimizar la influencia negativa de este daño menor, los historiadores soviéticos rusos y ucranianos enfatizaron que la amistad entre las dos naciones sería provechosa, especialmente para los ucranianos, ya que Rusia era un estado poderoso, y de esta forma se convertiría en el “hermano mayor” de la nación ucraniana. El ejemplo más popular de esta amistad entre “las naciones fraternales rusas y ucranianas” era el llamado “acto de reunificación”, que tuvo lugar en Pereyáslav en enero de 1654, donde el hetman de los cosacos Bohdán Jmelnytskyi juró lealtad al zar. En honor al 300º aniversario de este evento, en 1954, en la Unión Soviética hubo una celebración por todo lo alto del Tratado de Pereyáslav, incluyendo seminarios públicos y temáticos, y la edición de gran cantidad de publicaciones y suplementos especiales en los periódicos. La forma de reflejar estos hechos en los libros de texto soviéticos ucranianos demuestra de forma más visual el desarrollo de la visión histórica marxista soviética.

En su corto libro de historia de Ucrania escrito en 1928, el historiador Iavorskii escribió que los ucranianos en el siglo XVII no sabían “que un destino peor que bajo los pany polacos les esperaba en el futuro bajo la nobleza moscovita y la dictadura del “zar blanco””.[10] Aunque en 1940, en los nuevos libros de texto se reflejó una conclusión distinta: “La reunificación de Ucrania en el estado ruso era un daño menor para ella que la subordinación a los pany polacos o al sultán turco”.[11] Por fin, en los años 50 los libros recogían que la unión con Rusia sólo “significaba la reunificación de dos grandes naciones fraternales, que salvó a Ucrania del saqueo polaco y turco”. [12] El hecho de que el 300º aniversario se celebrara como un acto “de reunificación” y no como una anexión mostró cómo la ciencia soviética volvió a su visión de la historia de Europa del este previa a la revolución rusa.

Según el concepto de los historiadores soviéticos, que era dogma hasta los 80, la Rus de Kiev se consideraba la cuna común de todos los eslavos orientales. Las tradiciones políticas y culturales de esta federación medieval de pueblos fueron heredadas por el hermano más fuerte, “hermano mayor”, los rusos, a través de: primero el Estado de Moscú, luego el Imperio Ruso y después la Unión Soviética. Respecto a la patria kieviana común, estaba habitada por “la población de los rus antiguos”, cuyos representantes supuestamente hablaban antiguo eslavo oriental. El comienzo de su fin lo provocó la invasión mongol a mediados del siglo XIII, cuando las tierras del sur y del oeste de la Rus de Kiev fueron “separadas” del resto del territorio,  y estas tierras comenzaron a desarrollarse independientemente, pasando luego a estar bajo el poder de Lituania y posteriormente de Polonia. Así que según el concepto soviético, la formación de la nación ucraniana y bielorrusa, al igual que sus idiomas, se da en el período que va del siglo XIV al XVI. Todas las teorías del desarrollo independiente ucraniano hasta el siglo XIV (en política, idioma o rasgos étnicos) fueron marcadas como “burguesas nacionalistas”. Esta ideología confrontaba la posición de Hrushevski, que se consideraba “enemiga”, “reaccionista” y “amenazaba” el dogma soviético de la integridad y amistad por siglos de las naciones rusa y ucraniana.

En resumen, se puede decir que las interpretaciones contemporáneas de la historia de Ucrania y de Europa del este en su conjunto se basan principalmente en los conceptos históricos formulados en el siglo XIX. El nivel de diferencias entre ellos depende del punto de vista (ruso, polaco, ucraniano o soviético –ya en el siglo XX-) y también dependía de si lo escribía uno o varios autores. El punto de vista ruso pone el acento en el crecimiento político constante, empezando en la época de la Rus de Kiev (después de la migración de los centros políticos y su población hacia el norte, primero a Vladímir y posteriormente a Moscú, San Petersburgo y vuelta a Moscú), y  continuando hasta la hegemonía del estado soviético. Según este esquema, Ucrania no tiene historia independiente.

La posición polaca tradicional tampoco permitía la existencia del proceso histórico ucraniano independiente, por lo que Ucrania se consideraba sólo como una de las fronteras de la civilización polaca. Su mayor parte y especialmente los territorios al oeste del Dnipró se veían como una parte inseparable de Polonia, donde lo único positivo era que los procesos políticos y culturales del pasado fueron hechos por “defensores de la civilización occidental” (polacos).

Los historiadores ucranianos daban cuenta de la existencia de la etnia ucraniana antes del siglo IX, es decir, antes de la Rus de Kiev medieval. Según este punto de vista, no toda la población de Kiev emigró de estas tierras tras la invasión mongol a mediados del siglo XIII, sino que la civilización de la Rus solamente se desplazó un poco al oeste, hacia Galitzia y Volynia, para volver a las orillas del Dnipró en los siglos XVII-XVIII formando un estado cosaco. En el siglo XIX comenzó el renacimiento nacional de la civilización ucrania-rus, que llevó a una independencia ucraniana efímera a principios del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la visión soviética se convirtió en una variante del concepto ruso anterior a la revolución rusa. La Rus de Kiev se trataba como la cuna de todos los eslavos orientales, aunque su rama rusa se consideraba la mayor defensora de los demás (bielorrusos y ucranianos) de las tendencias imperialistas polacas y otomanas hasta el siglo XVIII y de los estados europeos, especialmente Alemania, en el siglo XX.

Y por último, los historiadores occidentales, sobre todo en Estados Unidos, son principalmente partidarios de la interpretación rusa tradicional de la historia de Europa del este. La Rus de Kiev, Moscovia, el Imperio Ruso y la Unión Soviética se ven como eslabones de una continuidad histórica independiente, que en la literatura popular, y a menudo en la profesional, es llamada simplemente “Rusia”. Aquellos que aceptaron la visión rusa tradicional, al mismo tiempo niegan el esquema de la historia ucraniana formada por Hrushevski y sus seguidores, argumentando que las investigaciones ucranianas son sospechosas porque sirven a los intereses políticos de los ex partidarios antisoviéticos de la Guerra Fría o de los radicales nacionalistas ucranianos. Luego, en este libro se va a prestar más atención no a la cuestión de aceptación o no de algunas teorías, sino a mostrar los hechos en su preciso orden cronológico que tuvieron lugar aproximadamente desde el siglo I hasta nuestros tiempos en los territorios que desde diciembre de 1991 conforman el país independiente de Ucrania.

[1] Karamzin´s Memoir on Ancient and Modern Russia, traducido por Richard Pipes (New York, 1996), p. 112.

[2] Bernard Lewis. History Remembered, Recovered, Invented (Princeton, N.J., 1975) p. 59

[3] De la carta clerical de Filoféi 1524, citado en el libro de Vasíl Hryshkó Istorichno-pravne pidhruntia teorii III Rymu (Munich, 1953), p. 5.

[4] Serguéi Soloviov, Istoriia Rassii s Drievnichiij Vriemion, Vol. 2, 2ª edición (San Petersburgo, 1894), p. 1343.

[5] Vasili Kliuchevski, Kurs russkai istorii, Vol. 2, (Petrogrado, 1918), p. 58.

[6] Dmitrii Likhachov, Reflections on Russia (Boulder, Colo., 1991), p.74.

[7] Pan: señor de la tierra polaco. Plural: pany (N de la T).

[8] Mykola Kostomárov, “Zakon Bozhyi” (Knyha buchchá ukrayinskoho narodu) (Kiev, 1991), p. 24-25-

[9] Konstantin E. Shteppa, “The «Lesser Evil» Formula, en Cyril E. Black, ed., Rewriting Russian History, 2ª edición revisada (New York, 1962), p. 105-106.

[10] Matvíi Iavorskii, Istoriia Ukraíny v Stýslomu Nárisi (Járkiv, 1928), p. 58.

[11] Anna Pankrátova, redacción, Istoriia SSSR, Tomo I (Moscú, 1940), p. 189.

[12] Anna Pankrátova, redacción, Istoriia SSSR, Tomo II (Moscú, 1947 y ediciones siguientes).

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Ayudar antes a los de aquí, a los que tenemos cerca

Huancavelica, Perú.

Campesina de Huancavelica, Perú. FOTO: Isabel Palma, Asociación Madre Coraje

No entiendo que haya ongs que se dediquen a los pobres de otros países con la que está cayendo aquí. Que aquí también se pasa mal. Antes hay que arreglar lo que tenemos aquí, ayudar a los de aquí, los que tenemos cerca. No sé cómo se sigue dando dinero público a ongs que trabajan en África con la de pobres que tenemos en España.

Sin duda, estas frases las habrás escuchado y leído mucho en redes sociales desde que comenzó la crisis. De entrada, es natural que nos remueva más sensaciones lo cercano, que nos interpela en nuestra vida diaria, que lo lejano, que no nos afecta directamente. Vivo en Jerez (Cádiz), por tanto estoy más cerca de Tánger que del 90% de ciudades españolas, y más cerca que Tánger está el Estrecho de Gibraltar, donde todos sabemos qué ocurre. Esa realidad me interpela con mucha fuerza: ocurre a escasos kilómetros de mi casa, ocurre en las playas donde me baño, playas desde las que veo Marruecos. Sin ir más lejos, hace años presencié la llegada de una patera en las aguas de Bolonia (Tarifa). Lamentablemente, quien te dice eso de Ayudar antes a los de aquí, a los que tenemos cerca no se siente identificado con lo acabo de decir, sino que quería decir España y españolas/es. Por tanto, no se trata de la realidad cercana, ya que tan cerca tengo al conocido que acaban de echar de su casa por llevar tres años en paro, como al inmigrante que vende pañuelos en el semáforo (ojo, digo España y españoles como ejemplo, puede ser Andalucía y andaluces, o mi municipio). Sé que en muchos casos se trata de una cuestión identitaria cultural: el proceso de socialización nos hace identificarnos con unas personas, a las que consideraremos de los nuestros. El problema es que sólo nos socializan como miembros de una familia, barrio, ciudad, región y nación. Y ahí se para. Y, por tanto, ahí se acaba nuestra fraternidad. Esos son los nuestros. No nos educan como ciudadanas y ciudadanos del mundo, mi fraternidad acaba donde acaba mi patria. Y esa senda conduce a la xenofobia: hace poco, en Igualada (Cataluña) se hizo una colecta de alimentos para la gente del pueblo que lo está pasando mal; la única condición para recibir esos alimentos era mostrar el DNI español. La respuesta de la población inmigrante de Igualada fue memorable.

Para mí, antes que la nación, está la condición. Cualquier persona del mundo en situación o riesgo de exclusión es de los míos, ya sea de Uganda, de España, de Camboya, de Perú o de Estados Unidos. Si a ti la nacionalidad te pesa más que la situación de cada persona, te animo a que te veas como habitante del planeta. Estoy convencido que además de (añade aquí tu nación: Andalucía, España, Euskal Herria, Catalunya, El Bierzo) puedes considerarte ciudadana/o del mundo, y ampliarás ese concepto de los nuestros, porque estoy convencido de que la mayoría de las personas está más cerca de la fraternidad universal que de la xenofobia.

Sí, vale, yo puedo dar alimentos para los pobres de África, pero creo que con la que está cayendo en España, ni el gobierno ni las comunidades, ni los ayuntamientos, deberían dar dinero para la cooperación. Si el mundo está dividido en países, aunque no nos guste, tendremos que utilizar el dinero de nuestro país para nuestros asuntos internos, ¿no?

Las ongd (la ‘d’ es de ‘desarrollo’: así se les llama a las ong que se dedican a la cooperación internacional) siempre han tenido como objetivo que el dinero público que se destine a la ayuda exterior al desarrollo sea el 0,7% de la Renta Nacional Bruta. Esto equivale más o menos al 3% de los presupuestos del Estado, Comunidades, Diputaciones y Ayuntamientos. Es decir, tenemos el 97% del presupuesto para gestionar el país.

Por cierto, nunca en España se ha llegado al 0.7%, lo máximo a lo que se llegó fue el 0.45% y actualmente estamos en el 0.15%, el nivel más bajo de los últimos 25 años. Y ni siquiera podemos decir que se ha recortado igual que las otras partidas, ya que la partida de cooperación ha sido la más castigada por los recortes del gobierno dictados por los poderes financieros europeos, comenzados por el PSOE y culminados con saña por el PP. Deberíamos poner el foco en el uso que se le da al 97% del dinero que, supuestamente debería utilizarse en beneficio de las personas que viven en España. Digo supuestamente porque, aparte de otras cuestiones dudosas, recordemos que en 2011, PSOE y PP modificaron la Constitución para darle prioridad absoluta al pago de la deuda. Es decir, que antes que la sanidad, antes que la educación y antes que todo, está el pago de la deuda. Pero nada, sigamos pensando que es vergonzoso que se ayude a Perú mientras aquí se pasa hambre. Sin duda, enfrentar a los pobres ha tenido éxito.

Las ongds saben que las personas empobrecidas aquí y allí son víctimas del mismo sistema, están en el mismo barco y así lo demuestran haciendo ‘lobby’ a las instituciones de muchas maneras: se han sumado a las diferentes ‘mareas’ que luchan por defender los servicios públicos españoles, han salido a la calle, han firmado manifiestos, algunas de ellas también ayudan a los pobres de aquí… Es decir, las ongd no obvian la realidad que les rodea, lo que pasa es que la realidad para las ongd y para muchas personas no es sólo la más inmediata geográficamente, como hemos explicado anteriormente.

Así que, por favor, no enfrentes a pobres contra pobres, ayudar a una familia que vive en los Andes no implica quitarle recursos a una familia que vive en España. Si vas a donar 5 kilos de arroz, las opciones no sólo son “o a los de aquí o a los de allí”. Puedes donar 3 kilos a unos y 2 a otros, o 4 y 1, o los 5 a unos y el mes que viene 5 (o 1, 2, los que consideres) a otros. Es normal que si antes de la crisis donabas 5 kilos para los pobres de allí y 1 a los de aquí (o ninguno, porque mucha gente parece que piensa que en España antes no había pobreza y no hacía nada para paliar esta situación. Pero ese es otro tema –o no-), ahora dones más para la pobreza de tu entorno más inmediato, pero no podemos olvidar a los de allí, ¿por qué no?

Porque a pesar de la terrible situación por la que atraviesan millones de personas en España, la situación en las regiones donde se realiza la cooperación internacional, es sencillamente incomparable. Si aquí sufrimos la crisis, imagínate cómo afecta regiones del mundo que ya estaban en una situación dramática antes de la crisis.

Porque sería muy hipócrita no ayudarles cuando nuestras élites económicas les están expoliando. Es decir, no es que no estemos ayudando a los pobres de allí, es que además somos cómplices de su situación.

Porque abandonarles ahora confirmaría algo terrible: que no se le puede llamar solidaridad a lo que hacíamos antes, era simplemente limosna, dar lo que sobra. Se trata de justicia social.

Porque, en resumen, como ya se ha dicho, las personas empobrecidas de aquí y de allí son víctimas del mismo sistema.

Están en el mismo barco. Estamos en el mismo barco.

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Sobre las primas y los primos

Desde que saltó la noticia sobre las famosas primas a los jugadores de la selección española de fútbol, quería decir algo al respecto. Creo que hoy toca hacerlo, ya que España ha sido eliminada y, por tanto, sin el opio del pueblo, a partir de mañana tod+s volveremos a luchar por nuestros derechos como hacíamos antes del Mundial (ejem). Bueno, aquí van unas cuántas cosillas:

1. Las primas no iban a salir de nuestros bolsillos, es la FIFA la que paga ese dinero a cada Federación de Fútbol de cada país en función de sus resultados. Y son estas federaciones las que negocian con los jugadores las primas.
2. Si los jugadores tributan esas primas en España, el Estado se llevaría el 52% de las mismas. Que sería un pellizco importante.
3. La RFEF (Real federación española de fútbol) es una institución ‘sin ánimo de lucro’ que desde 2009 no recibe fondos del Estado y que, aparte de las primas y sueldos de sus empleados, destina buena parte de sus fondos al fútbol base y de formación.

¿Yo defendiendo al fútbol, las primas? Espera, espera… que hay más cosas.

4. Un club de fútbol, es de sus socios, dueños, patrocinadores… pero las selecciones no son clubes, ni sociedades anónimas deportivas, en definitiva, no son PRIVADAS, representan a su país. ¿Por qué los ingresos que genera la selección española no van al Estado? Utilizan el himno, los colores, los símbolos… pero el dinero que genera no va a la hucha común: se lo queda una entidad privada (RFEF).
5. Por tanto, SÍ que esas primas las estamos pagando ‘tod+s’, al no quedarnos con ese dinero y darlo a la RFEF. Y no hablamos de poco dinero: en estos últimos años, la selección ha generado mucho (pero que mucho) dinero.

6. Lo que más me toca las narices: el Estado necesita ingresar dinero. Para ello dicen que han pensado en todo, y que si se están cargando el Estado del Bienestar subiendo impuestos, congelando oposiciones, salarios y sobre todo recortando en temas que deberían ser intocables como SANIDAD y EDUCACIÓN, lo hacen porque NO HAY OTRA MANERA DE OBTENER INGRESOS. Es decir, que a nadie se le ha ocurrido la idea de ‘nacionalizar’ la RFEF, para que sea el Estado quien gestione ese dinero (de ahí se seguirían pagando el fútbol base, arbitrajes, primas a jugadores, etcétera; pero habría además una cantidad importante para la hucha general).

7. Obviamente, esto no nos iba a ‘salvar’, pero si nos vais a pedir sacrificios, ¡¡qué menos que hacer esto ANTES!! Piden a los funcionarios que trabajen más cobrando menos, ¿por qué no organizar más partidos amistosos para generar más ingresos?

EPÍLOGO: De todas formas, aunque ingresemos mucho, no olvidemos que gracias a la reforma de la Constitución que ordenó Alemania y ejecutó el PPSOE en 2011, el pago de la deuda es prioritario; por tanto, además de ingresar, tenemos que movilizarnos y organizarnos para revertir esa situación (hacer una auditoría de la deuda, que la sanidad y la educación sean prioritarias, etc).

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En la escuela se pasa la mano y ya no importan los contenidos

Mitos, mitos y más mitos.

Lo de “los niños de ahora son lo peor porque los profesores no exigen como antes y se ha perdido el respeto al profesor” es a la educación lo que “en África son pobres porque están retrasados” es a la pobreza.

Si una momia reviviera y observara el mundo, apenas podría reconocer nada… excepto la escuela. Es la única institución que, en términos generales, sigue prácticamente inalterable desde tiempos inmemoriales: aulas, pupitres y el profesor en su pedestal. Afortunadamente, en otros niveles se ha evolucionado (ya no se azota al alumnado… al menos en España. En Senegal, por ejemplo, se sigue haciendo, y en Inglaterra era legal el castigo físico hasta la década de los 80 del pasado siglo), pero la realidad es muy tozuda:

¿Ya no se trabajan los contenidos como antes? Es cierto, ¡¡ahora se trabajan mucho más¡¡

-Si tenéis o conocéis a niños en edad escolar, sabréis que tienen muchos más deberes para casa que los que teníamos nosotros. Pero mucho más. Y exámenes: controles al finalizar cada tema, luego los parciales y finalmente los exámenes finales.

-Yo no llevaba ni la mitad de libros de texto que llevan ahora, cada vez hay más asignaturas. ¿Es eso abandonar los contenidos?

Y a nivel evaluativo los contenidos conceptuales también son el principal factor de evaluación:

Creo (no tengo datos globales) que es cierto que ahora “se pasa más la mano”, pero también en la otra dirección, me explico: si un niño/a responde perfectamente a las preguntas teóricas de un examen, pero luego es incapaz de aplicar esos contenidos que ha memorizado, a ningún profesor se le ocurriría suspenderlo. Desde hace años las leyes educativas establecen que hay tres tipos de contenidos:

-los conceptuales (p.ej.: sé qué son los hidratos de carbono y sé qué alimentos son ricos en hidratos de carbono),

-los procedimentales (sé elaborarme una dieta equilibrada)

-y los actitudinales (conozco las ventajas de llevar a cabo una dieta equilibrada por tanto limitaré mucho la ingesta de bollería industrial).

Pues bien, en la práctica, si un niño no demuestra dominar los contenidos procedimentales ni actitudinales pero demuestra dominar los contenidos conceptuales, ese niño aprueba. ¿Se imaginan suspender a un niño que saca un 10 en un examen? Se pasa la mano.

Es decir, si memorizas temporalmente la definición de hidrato de carbono, todos contentos: eso es educación de calidad.

Por tanto, al igual que la pobreza es una cuestión un poquito compleja, la realidad educativa también lo es. Si nos fijamos en la mejor educación de Europa, quizá podamos debatir sobre educación sin tener que acabar desmontando una y otra vez los mitos y prejuicios.

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De víctima a verdugo: la perversidad del sistema.

Víctima de la obsolescencia programada: 5 meses me ha durado el móvil. De buenas a primeras las teclas han decidido dejar de funcionar. “Sí, eso pasa, es normal” dicen en Orange (pero podría ser cualquier otra). Que me den otro móvil sin coste alguno, tan solo me consuela un poco, porque el sistema es perverso: cuanto menos duren los móviles, más hay que fabricar, más coltán hay que extraer para tal fin y menos interesa acabar con la guerra en el Congo para seguir expoliando el principal yacimiento de coltán del mundo.
Así, yo, víctima de la obsolescencia programada, me convierto en cómplice (¡y verdugo!) de, entre otras muchas cosas, la explotación infantil en las minas de coltán, de perpetuar una guerra con niños soldado y de la destrucción del planeta… ¡pero estoy contribuyendo al aumento del PIB, a “generar actividad económica”, a “volver a la senda del crecimiento”!

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