Sobre las primas y los primos

Desde que saltó la noticia sobre las famosas primas a los jugadores de la selección española de fútbol, quería decir algo al respecto. Creo que hoy toca hacerlo, ya que España ha sido eliminada y, por tanto, sin el opio del pueblo, a partir de mañana tod+s volveremos a luchar por nuestros derechos como hacíamos antes del Mundial (ejem). Bueno, aquí van unas cuántas cosillas:

1. Las primas no iban a salir de nuestros bolsillos, es la FIFA la que paga ese dinero a cada Federación de Fútbol de cada país en función de sus resultados. Y son estas federaciones las que negocian con los jugadores las primas.
2. Si los jugadores tributan esas primas en España, el Estado se llevaría el 52% de las mismas. Que sería un pellizco importante.
3. La RFEF (Real federación española de fútbol) es una institución ‘sin ánimo de lucro’ que desde 2009 no recibe fondos del Estado y que, aparte de las primas y sueldos de sus empleados, destina buena parte de sus fondos al fútbol base y de formación.

¿Yo defendiendo al fútbol, las primas? Espera, espera… que hay más cosas.

4. Un club de fútbol, es de sus socios, dueños, patrocinadores… pero las selecciones no son clubes, ni sociedades anónimas deportivas, en definitiva, no son PRIVADAS, representan a su país. ¿Por qué los ingresos que genera la selección española no van al Estado? Utilizan el himno, los colores, los símbolos… pero el dinero que genera no va a la hucha común: se lo queda una entidad privada (RFEF).
5. Por tanto, SÍ que esas primas las estamos pagando ‘tod+s’, al no quedarnos con ese dinero y darlo a la RFEF. Y no hablamos de poco dinero: en estos últimos años, la selección ha generado mucho (pero que mucho) dinero.

6. Lo que más me toca las narices: el Estado necesita ingresar dinero. Para ello dicen que han pensado en todo, y que si se están cargando el Estado del Bienestar subiendo impuestos, congelando oposiciones, salarios y sobre todo recortando en temas que deberían ser intocables como SANIDAD y EDUCACIÓN, lo hacen porque NO HAY OTRA MANERA DE OBTENER INGRESOS. Es decir, que a nadie se le ha ocurrido la idea de ‘nacionalizar’ la RFEF, para que sea el Estado quien gestione ese dinero (de ahí se seguirían pagando el fútbol base, arbitrajes, primas a jugadores, etcétera; pero habría además una cantidad importante para la hucha general).

7. Obviamente, esto no nos iba a ‘salvar’, pero si nos vais a pedir sacrificios, ¡¡qué menos que hacer esto ANTES!! Piden a los funcionarios que trabajen más cobrando menos, ¿por qué no organizar más partidos amistosos para generar más ingresos?

EPÍLOGO: De todas formas, aunque ingresemos mucho, no olvidemos que gracias a la reforma de la Constitución que ordenó Alemania y ejecutó el PPSOE en 2011, el pago de la deuda es prioritario; por tanto, además de ingresar, tenemos que movilizarnos y organizarnos para revertir esa situación (hacer una auditoría de la deuda, que la sanidad y la educación sean prioritarias, etc).

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En la escuela se pasa la mano y ya no importan los contenidos

Mitos, mitos y más mitos.

Lo de “los niños de ahora son lo peor porque los profesores no exigen como antes y se ha perdido el respeto al profesor” es a la educación lo que “en África son pobres porque están retrasados” es a la pobreza.

Si una momia reviviera y observara el mundo, apenas podría reconocer nada… excepto la escuela. Es la única institución que, en términos generales, sigue prácticamente inalterable desde tiempos inmemoriales: aulas, pupitres y el profesor en su pedestal. Afortunadamente, en otros niveles se ha evolucionado (ya no se azota al alumnado… al menos en España. En Senegal, por ejemplo, se sigue haciendo, y en Inglaterra era legal el castigo físico hasta la década de los 80 del pasado siglo), pero la realidad es muy tozuda:

¿Ya no se trabajan los contenidos como antes? Es cierto, ¡¡ahora se trabajan mucho más¡¡

-Si tenéis o conocéis a niños en edad escolar, sabréis que tienen muchos más deberes para casa que los que teníamos nosotros. Pero mucho más. Y exámenes: controles al finalizar cada tema, luego los parciales y finalmente los exámenes finales.

-Yo no llevaba ni la mitad de libros de texto que llevan ahora, cada vez hay más asignaturas. ¿Es eso abandonar los contenidos?

Y a nivel evaluativo los contenidos conceptuales también son el principal factor de evaluación:

Creo (no tengo datos globales) que es cierto que ahora “se pasa más la mano”, pero también en la otra dirección, me explico: si un niño/a responde perfectamente a las preguntas teóricas de un examen, pero luego es incapaz de aplicar esos contenidos que ha memorizado, a ningún profesor se le ocurriría suspenderlo. Desde hace años las leyes educativas establecen que hay tres tipos de contenidos:

-los conceptuales (p.ej.: sé qué son los hidratos de carbono y sé qué alimentos son ricos en hidratos de carbono),

-los procedimentales (sé elaborarme una dieta equilibrada)

-y los actitudinales (conozco las ventajas de llevar a cabo una dieta equilibrada por tanto limitaré mucho la ingesta de bollería industrial).

Pues bien, en la práctica, si un niño no demuestra dominar los contenidos procedimentales ni actitudinales pero demuestra dominar los contenidos conceptuales, ese niño aprueba. ¿Se imaginan suspender a un niño que saca un 10 en un examen? Se pasa la mano.

Es decir, si memorizas temporalmente la definición de hidrato de carbono, todos contentos: eso es educación de calidad.

Por tanto, al igual que la pobreza es una cuestión un poquito compleja, la realidad educativa también lo es. Si nos fijamos en la mejor educación de Europa, quizá podamos debatir sobre educación sin tener que acabar desmontando una y otra vez los mitos y prejuicios.

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De víctima a verdugo: la perversidad del sistema.

Víctima de la obsolescencia programada: 5 meses me ha durado el móvil. De buenas a primeras las teclas han decidido dejar de funcionar. “Sí, eso pasa, es normal” dicen en Orange (pero podría ser cualquier otra). Que me den otro móvil sin coste alguno, tan solo me consuela un poco, porque el sistema es perverso: cuanto menos duren los móviles, más hay que fabricar, más coltán hay que extraer para tal fin y menos interesa acabar con la guerra en el Congo para seguir expoliando el principal yacimiento de coltán del mundo.
Así, yo, víctima de la obsolescencia programada, me convierto en cómplice (¡y verdugo!) de, entre otras muchas cosas, la explotación infantil en las minas de coltán, de perpetuar una guerra con niños soldado y de la destrucción del planeta… ¡pero estoy contribuyendo al aumento del PIB, a “generar actividad económica”, a “volver a la senda del crecimiento”!

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Basura entra, basura sale

George Carlin decía que todos estos corruptos no son seres de otro planeta que hayan venido en naves espaciales, sino personas educadas en nuestras escuelas, salidas de nuestra sociedad, producidas por el sistema; es lo que tenemos para ofrecer al mundo: basura entra y basura sale.

Ante ese acertado análisis de George Carlin, hay que decidir qué hacer. Yo lo tengo claro: eduquemos y eduquémonos; dejemos de aplaudir al que evita pagar a Hacienda o llamar pringao al que tiene que pagar; dejemos de buscar el máximo beneficio a nuestros ahorros; dejemos de decir “es que si yo no lo hago, lo hará otro”; dejemos de presionar a nuestr+s hij+s para que saquen notas estupendas sin poner el mismo empeño en su educación como personas.

En definitiva, reflexionemos sobre nuestros valores y luego ACTUEMOS con ellos, a las duras y a las maduras: no vale tener unos valores en tiempos de bonanza y tirarlos a la basura en época de crisis. Construyamos alternativas, unámonos a las ya existentes, cooperemos, tomemos las riendas de nuestras vidas, salgamos a la calle, protestemos, exijamos justicia y seamos ejemplos de vida, con nuestras imperfecciones y pequeñas contradicciones, pero sabiendo cuál es la dirección que queremos seguir; y que cada uno construya su camino. Y así, y sólo así, demostraremos que no sólo producimos basura sino dignidad.

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El Ayuntamiento de Jerez elimina a personas incómodas a través de un ERE

Carta al Director, de Julia Rosa Muñoz, publicada en Diario de Jerez:

Soy Trabajadora Social de los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Jerez y estoy en la lista del ERE. El Ayuntamiento dice haber seguido criterios de competencia técnica, experiencia, formación, etc… y también que ha sido mi Concejala Delegada la que me ha señalado (lo dice el Expediente).

Llevo ejerciendo como Trabajadora Social hace 24 años. He desarrollado mi trabajo, tanto en la administración pública (Junta de Andalucía, SAS-Salud y Ayuntamiento de Jerez), como en la iniciativa social (Centro de Discapacitados de San Juan Grande; Atención al Menor “Villela Or Chive” y Centro de Acogida de Inmigrantes).

Accedí a trabajar en la Delegación de Bienestar Social a través de la Bolsa de Trabajo Municipal en la que estaba la nº 1. He alcanzado la máxima puntuación posible en cada uno de sus apartados (experiencia, formación, etc) y sigo en la actualidad en el primer puesto. Superé la fase de oposición en la convocatoria de plazas a Trabajadora Social en el año 2003, en la que no obtuve plaza fija.

Ejercí como profesora y supervisora de prácticas en la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Jerez durante cinco años. Me dedique a la formación de alumnos/as en las técnicas y habilidades del Trabajo Social y en el desarrollo práctico de la profesión, coordinándome con profesionales del Trabajo Social que acogían a alumnos en prácticas, en numerosos Centros Públicos y Privados.

Soy una de las dos únicas trabajadoras sociales incluidas en el ERE municipal, de entre las alrededor de 40 que componen la plantilla municipal. La otra trabajadora social elegida, tiene 23 años de antigüedad en el Ayuntamiento y una dilatada experiencia y formación.

El Ayuntamiento tiene un plantel de magníficos profesionales en los Servicios Sociales, pero evidentemente y objetivamente, no soy de las dos menos formadas, competentes y experimentadas, ni tampoco ninguna de las demás trabajadoras sociales y educadoras incluidas en la lista.

No me indigna solo quedarme en paro, casi tres millones de personas han engrosado el desempleo, durante los últimos tres años, en nuestro país. Me indigna la mentira, me indigna la hipocresía, me indigna la falta de respeto y la discriminación a las personas por sus ideas políticas y sindicales.

Sé porque estoy en el ERE, por “roja”. Por haber sido Delegada Sindical de CC.OO., por haber levantado la voz y haber participado en todas las reivindicaciones y movilizaciones de los trabajadores municipales, por manifestar siempre mi opinión de manera respetuosa y rigurosa, por no tener que agradecer nada a nadie. Y como yo, gran parte de los trabajadores incluidos en el ERE.

Existen alternativas económicas al ERE y el Ayuntamiento no las quiere aplicar, porque lo que realmente quiere es deshacerse, bajo la escusa de los recortes, de las personas que puedan incomodarles, que puedan defender el Servicio Público, y, de camino, privatizar los servicios que pueda, no para mejorarlos, sino para entregarlos a los que se benefician económicamente de ellos.

Julia Rosa Muñoz

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España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche – Eduardo Galeano

Este capítulo de “Las venas abiertas de América Latina” ayuda a comprender algunas cosas del presente.

Entre 1545 y 1558 se descubrieron las fértiles minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia, y las de Zacatecas y Guanajuato en México; el proceso de amalgama con mercurio, que hizo posible la explotación de plata de ley más baja, empezó a aplicarse en ese mismo período. El «rush» de la plata eclipsó rápidamente a la minería de oro. A mediados del siglo xvII la plata abarcaba más del 99 por ciento de las exportaciones minerales de la América hispánica 20.
América era, por entonces, una vasta bocamina centrada, sobre todo, en Potosí. Algunos escritores bolivianos, inflamados de excesivo entusiasmo, afirman que en tres siglos España recibió suficiente metal de Potosí como para tender un puente de plata desde la cumbre del cerro hasta la puerta del palacio real al otro lado del océano. La imagen es, sin duda, obra de fantasía, pero de cualquier manera alude a una realidad que, en efecto, parece inventada: el flujo de la plata alcanzó dimensiones gigantescas. La cuantiosa exportación clandestina de plata americana, que se evadía de contrabando rumbo a las Filipinas, a la China y a la propia España, no figura en los cálculos de Earl J. Hamilton 21, quien a partir de los datos obtenidos en la Casa de Contratación ofrece, de todos modos, en su conocida obra sobre el tema, cifras asombrosas. Entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de las reservas europeas. Y estas cifras, cortas, no incluyen el contrabando.
Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible. Ni siquiera los efectos de la conquista de los tesoros persas que Alejandro Magno volcó sobre el mundo helénico podrían compararse con la magnitud de esta formidable contribución de América al progreso ajeno. No al de España, por cierto, aunque a España pertenecían las fuentes de plata americana. Como se decía en el siglo xvII, «España es como la boca que recibe los alimentos, los mastica, los tritura, para enviarlos enseguida a los demás órganos, y no retiene de ellos por su parte, más que un gusto fugitivo o las partículas que por casualidad se agarran a sus dientes» 22. Los españoles tenían la vaca, pero eran otros quienes bebían la leche. Los acreedores del reino, en su mayoría extranjeros, vaciaban sistemáticamente las arcas de la Casa de Contratación de Sevilla, destinadas a guardar bajo tres llaves, y en tres manos distintas, los tesoros de América.
La Corona estaba hipotecada. Cedía por adelantado casi todos los cargamentos de plata a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles23. También los impuestos recaudados dentro de España corrían, en eran medida, esta suerte: en 1543, un 65 por ciento del total de las rentas reales se destinaba al pago de las anualidades de los títulos de deuda. Sólo en mínima medida la plata americana se incorporaba a la economía española; aunque quedara formalmente registrada en Sevilla, iba a parar a manos de los Függer, poderosos banqueros que habían adelantado al Papa los fondos necesarios para terminar la catedral de San Pedro, y de otros grandes prestamistas de la época, al estilo de los WeIser, los Shetz o los Grimaldi. La plata se destinaba también al pago de exportaciones de mercaderías no españolas con destino al Nuevo Mundo.
Aquel imperio rico tenía una metrópoli pobre, aunque en ella la ilusión de la prosperidad levantara burbujas cada vez más hinchadas: la Corona abría por todas partes frentes de guerra mientras la aristocracia se consagraba al despilfarro y se multiplicaban, en suelo español, los curas y los guerreros, los nobles y los mendigos, al mismo ritmo frenético en que crecían los precios de las cosas y las tasas de interés del dinero. La industria moría al nacer en aquel reino de los vastos latifundios estériles, y la enferma economía española no podía resistir el brusco impacto del alza de la demanda de alimentos y mercancías que era la inevitable consecuencia de la expansión colonial. El gran aumento de los gastos públicos y la asfixiante presión de las necesidades de consumo en las posesiones de ultramar agudizaban el déficit comercial y desataban, al galope, la inflación. Colbert escribía: «Cuanto más comercio con los españoles tiene un estado, más plata tiene». Había una aguda lucha europea por la conquista del mercado español que implicaba el mercado y la plata de América. Un memorial francés de fines del siglo xvII nos permite saber que España sólo dominaba, por entonces, el cinco por ciento del comercio con «sus» posesiones coloniales de más allá del océano, pese al espejismo jurídico del monopolio: cerca de una tercera parte del total estaba en manos de holandeses y flamencos, una cuarta parte pertenecía a los franceses, los genoveses controlaban más del veinte por ciento, los ingleses el diez y los alemanes algo menos24. América era un negocio europeo.
Carlos V, heredero de los Césares en el Sacro Imperio por elección comprada, sólo había pasado en España dieciséis de los cuarenta años de su reinado. Aquel monarca de mentón prominente y mirada de idiota, que había ascendido al trono sin conocer una sola palabra del idioma castellano, gobernaba rodeado por un séquito de flamencos rapaces a los que extendía salvoconductos para sacar de España mulas y caballos cargados de oro y joyas y a los que también recompensaba otorgándoles obispados y arzobispados, títulos burocráticos y hasta la primera licencia para conducir esclavos negros a las colonias americanas. Lanzado a la persecución del demonio por toda Europa, Carlos V extenuaba el tesoro de América en sus guerras religiosas. La dinastía de los Habsburgo no se agotó con su muerte; España habría de padecer el reinado de los Austria durante casi dos siglos. El gran adalid de la Contrarreforma fue su hijo Felipe II. Desde su gigantesco palacio-monasterio del Escorial, en las faldas del Guadarrama, Felipe II puso en funcionamiento, a escala universal, la terrible maquinaria de la Inquisición, y abatió sus ejércitos sobre los centros de la herejía. El calvinismo había hecho presa de Holanda, Inglaterra y Francia, y los turcos encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá. El salvacionismo costaba caro: los pocos objetos de oro y plata, maravillas del arte americano, que no llegaban ya fundidos desde México Y el Perú, eran rápidamente arrancados de la Casa de Contratación de Sevilla y arrojados a las bocas de los hornos.
Ardían también los herejes o los sospechosos de herejía, achicharrados por las llamas purificadoras de la Inquisición; Torquemada incendiaba los libros Y el rabo del diablo asomaba por todos los rincones: la guerra contra el protestantismo era además la guerra contra el capitalismo ascendente en Europa. «La perpetuación de la cruzada -dice Elliott en su obra ya citada- entrañaba la perpetuación de la arcaica organización social de una nación de cruzados». Los metales de América, delirio y ruina de España, proporcionaban medios para pelear contra las nacientes fuerzas de la economía moderna. Ya Carlos V había aplastado a la burguesía castellana en la guerra de los comuneros, que se había convertido en una revolución social contra la nobleza, sus propiedades y sus privilegios. El levantamiento fue derrotado a partir de la traición de la ciudad de Burgos, que sería la capital del general Francisco Franco cuatro siglos más tarde; extinguidos los últimos fuegos rebeldes, Carlos V regresó a España acompañado de cuatro mil soldados alemanes. Simultáneamente, fue también ahogada en sangre la muy radical insurrección de los tejedores, hilanderos y artesanos que habían tomado el poder en la ciudad de Valencia y lo habían extendido por toda la comarca.
La defensa de la fe católica resultaba una máscara para la lucha contra la historia. La expulsión de los judíos -españoles de religión judía- había privado a España, en tiempos de los Reyes Católicos, de muchos artesanos hábiles y de capitales imprescindibles. Se considera no tan importante la expulsión de los árabes -españoles, en realidad, de religión musulmana- aunque en 1609 nada menos que 275 mil fueron arriados a la frontera y ello tuvo desastrosos efectos sobre la economía valenciana, y los fértiles campos del sur del Ebro, en Aragón, quedaron arruinados. Anteriormente, Felipe II había echado, por motivos religiosos, a millares de artesanos flamencos convictos o sospechosos de protestantismo: Inglaterra los acogió en su suelo, y allí dieron un importante impulso a las manufacturas británicas.
Como se ve, las distancias enormes y las comunica- dones difíciles no eran los principales obstáculos que se oponían al progreso industrial de España. Los capitalistas españoles se convertían en rentistas, a través de la compra de los títulos de deuda de la Corona, y no invertían sus capitales en el desarrollo industrial. El excedente económico deriva hacia cauces improductivos: los viejos ricos señores de horca y cuchillo, dueños de la tierra y de los títulos de nobleza, levantaban palacios y acumulaban joyas; los nuevos ricos, especuladores y mercaderes, compraban tierras y títulos de nobleza. Ni unos ni otros pagaban prácticamente impuestos, ni podían ser encarcelados por deudas. Quien se dedicara a una actividad industrial perdía automáticamente su carta de hidalguía25.
Sucesivos tratados comerciales, firmados a partir de las derrotas militares de los españoles en Europa, otorgaron concesiones que estimularon el tráfico marítimo entre el puerto de Cádiz, que desplazó a Sevilla, y los puertos franceses, ingleses, holandeses y hanseáticos. Cada año entre ochocientas y mil naves descargaban en España los productos industrializados por otros. Se llevaban la plata de América y la lana española, que marchaba rumbo a los telares extranjeros de donde sería devuelta ya tejida por la industria europea en expansión. Los monopolistas de Cádiz se limitaban a remarcar los productos industria- les extranjeros que expedían al Nuevo Mundo: si las manufacturas españolas no podían siquiera atender al mercado interno, ¿cómo iban a satisfacer las necesidades de las colonias?
Los encajes de Lille y Arraz, las telas holandesas, los tapices de Bruselas y los brocados de Florencia, los cristales de Venecia, las armas de Milán y los vinos y lienzos de Francia26 inundaban el mercado español, a expensas de la producción local, para satisfacer el ansia de ostentación y las exigencias de consumo de los ricos parásitos cada vez más numerosos y poderosos en un país cada vez más pobre. La industria moría en el huevo, y los Habsburgo hicieron todo lo posible por acelerar su extinción. A mediados del siglo XVI se había llegado al colmo de autorizar la importación de tejidos extranjeros al mismo tiempo que se prohibía toda exportación de paños castellanos que no fueran a América27. Por el contrario, como ha hecho notar Ramos, muy distintas eran las orienta- ciones de Enrique VIII o Isabel I en Inglaterra, cuando prohibían en esta ascendente nación la salida del oro y de la plata, monopolizaban las letras de cambio, impedían la extracción de la lana y arrojaban de los puertos británicos a los mercaderes de la Liga Hanseática del Mar del Norte. Mientras tanto, las repúblicas italianas protegían su comercio exterior y su industria mediante aranceles, privilegios y prohibiciones rigurosas: los artífices no podían expatriarse bajo pena de muerte.
La ruina lo abarcaba todo. De los 16 mil telares que quedaban en Sevilla en 1558, a la muerte de Carlos V, sólo restaban cuatrocientos cuando murió Felipe 11, cuarenta años después. Los siete millones de ovejas de la ganadería andaluza se redujeron a dos millones. Cervantes retrató en Don Quijote de la Mancha -novela de gran circulación en América- la sociedad de su época. Un decreto de mediados del siglo XVI hacía imposible la importación de libros extranjeros e impedía a los estudiantes cursar estudios fuera de España; los estudiantes de Salamanca se redujeron a la mitad en pocas décadas; había nueve mil conventos y el clero se multiplicaba casi tan intensamente como la nobleza de capa y espada; 160 mil extranjeros acaparaban el comercio exterior y los derroches de la aristocracia condenaban a España a la impotencia económica. Hada 1630, poco más de un centenar y medio de duques, marqueses, condes y vizcondes recogían cinco millones de ducados de renta anual, que alimentaban copiosamente el brillo de sus títulos rimbombantes. El duque de Medinaceli tenía setecientos criados y eran trescientos los sirvientes del gran duque de Osuna, quien, para burlarse del zar de Rusia, los vestía con tapados de pieles28. El siglo XVII fue la época del pícaro, el hambre y las epidemias. Era infinita la cantidad de mendigos españoles, pero ello no impedía que también los mendigos extranjeros afluyeran desde todos los rincones de Europa. Hacia 1700 España contaba ya con 625 mil hidalgos, señores de la guerra, aunque el país se vaciaba: su población se había reducido a la mitad en algo más de dos siglos, y era equivalente a la de Inglaterra, que en el mismo período la había duplicado. 1700 señala el fin del régimen de los Habsburgo. La bancarrota era total. Desocupación crónica, grandes latifundios baldíos, moneda caótica, industria arruinada, guerras perdidas y tesoros vacíos, la autoridad central desconocida en las provincias: la España que afrontó Felipe V estaba «poco menos difunta que su amo muerto»29.
Los Borbones dieron a la nación una apariencia más moderna, pero a fines del siglo XVIII el clero español tenía nada menos que doscientos mil miembros y el resto de la población improductiva no detenía su aplastante desarrollo, a expensas del subdesarrollo del país. Por entonces, había aún en España más de diez mil pueblos y ciudades sujetos a la jurisdicción señorial de la nobleza y, por lo tanto, fuera del control directo del rey. Los latifundios y la institución del mayorazgo seguían intactos. Continuaban en pie el oscurantismo y el fatalismo. No había sido superada la época de Felipe IV: en sus tiempos, una junta de teólogos se reunió para examinar el proyecto de construcción de un canal entre el Manzanares y el Tajo y terminó declarando que si Dios hubiese querido que los ríos fuesen navegables, Él mismo los hubiera hecho así.

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Pobres contra pobres

Jaime Pineda Salguero – Coordinadora de ONGD de la Provincia de Cádiz

En estos tiempos de crisis se está generando una corriente de opinión que trata de enfrentar  los intereses o derechos de los pobres de aquí – del mundo “desarrollado”- con los de los empobrecidos de los países en desarrollo o del Sur.

Esta contraposición parte de una premisa falsa y tiene un objetivo perverso a juicio de las organizaciones que formamos parte de la Coordinadora de ONGs de Desarrollo de la provincia de Cádiz: trata de comparar pobrezas que los que conocemos de primera mano la realidad de esos países del Sur (o aquellos que se interesan por informarse) sabemos no son comparables.

Las personas excluidas de esos países viven en unas condiciones de indignidad, de supervivencia o marginación que no son conocidas en los países ricos. Mortalidad infantil o materna, desnutrición severa, analfabetismo, inseguridad alimentaria, absoluto desconocimiento y ejercicio de derechos, son realidades que no sufren los “pobres” de los países ricos. Ahí están los datos de Naciones Unidas para comprobarlo. Y viven además, sin el soporte de unos servicios o prestaciones sociales como los que – cada vez menos- aún disfrutamos acá: desempleo, jubilación, sanidad y educación gratuitas, ayudas sociales, etc.

Y el objetivo de esta supuesta incompatibilidad entre la solidaridad interna y la externa es perverso, ya que pretende reducir la cooperación internacional, que se sigue considerando una limosna y no un acto de justicia. Como estamos comprobando a diario, ello no supondrá que esos recursos se dediquen a reforzar aquí el Estado del bienestar, que cada vez queda más reducido bajo el falso pretexto de su insostenibilidad.

Muchos países empobrecidos vivieron crisis como la nuestra hace 20 o 30 años. Los organismos internacionales – FMI, Banco Mundial siguiendo los dictados del “mercado” – impusieron ajustes como los que ahora los “mercados” nos exigen: privatización de organismos y empresas públicas, de bienes colectivos como el agua, eliminación de subsidios sociales, adelgazamiento del Estado… El resultado fue lo que algunos llamaron “la década perdida de Latinoamérica…”. Esos ajustes, esas políticas sólo generaron más pobreza, más inmigración, más violencia y sólo bastantes años después algunos de estos países comenzaron a crecer y a reducir su desigualdad, justamente cuando decidieron alejarse de los dictados de estos organismos y seguir su propio camino para el desarrollo. Brasil es el mejor ejemplo, sin ir más lejos.

Los recursos dedicados a la solidaridad internacional nunca han llegado en España siquiera al 0,5% del Producto Interior Bruto y salvo honrosas excepciones, las Administraciones central, autonómicas o locales nunca han cumplido el compromiso de dedicar el 0,7% de sus presupuestos a la Cooperación al desarrollo de los países empobrecidos. Sin embargo, estos escasos recursos han servido para sensibilizar a la sociedad española sobre su realidad, para proyectar una imagen solidaria del Estado Español y para mejorar las condiciones de vida de muchas mujeres y hombres.

Ahora con la excusa de los ajustes, asistimos un tanto impasibles y resignados a una reducción cuando no eliminación de este compromiso con esos países. Estos escasos recursos han sido la respuesta política a una clara demanda ciudadana de particulares y organizaciones conscientes de la realidad de pobreza. La sociedad, aún en crisis, sigue creyendo necesario ayudar a los más pobres, como se demostró con la corriente de solidaridad ciudadana con Haití tras el terremoto de enero de 2010.

Y desgraciadamente terremotos y otras catástrofes ocurren a diario en estos lugares, como llevan meses sufriendo en el cuerno de África y ahora se teme ocurra algo semejante en el Sahel si la Comunidad internacional sigue sorda a las alertas y empeñada en ajustar y recortar para pagar deudas…

Y para equilibrar las cuentas públicas no sólo existe la vía de recortar gastos: España es el tercer Estado con menos ingresos de la UE-15, sólo por encima de Irlanda y de Portugal. Como contraste, también tiene el mayor fraude fiscal y la mayor regresividad en su carga fiscal (es decir, las rentas más altas pagan menos que el resto de la ciudadanía). Una mayor fiscalidad para esas rentas y una lucha decidida contra la evasión fiscal nos permitirían al menos no reducir las políticas sociales – tampoco las de cooperación- sin poner en peligro nuestros compromisos de estabilidad presupuestaria.

Es hora de levantar la voz para que los más pobres – de acá y de allá- no paguen otra vez la factura de la codicia e irresponsabilidad de los más poderosos. Cooperar con los pueblos que sufren la pobreza extrema no es un lujo para cuando la economía crece, es una cuestión de justicia y de responsabilidad en un mundo global que no puede aceptar que unos seres humanos sigan viviendo en unas condiciones que deberían pertenecer a la historia, no al siglo XXI.

 

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