¿Quién era Stepán Bandera?

Daniel Lazare

(He traducido del inglés este artículo de Daniel Lazare escrito en 2015)

Agasajado como un héroe nacionalista en Ucrania, Stepán Bandera fue un simpatizante nazi y dejó un legado terrible.

Cuando los periodistas occidentales viajaron a Kiev a finales de 2013 para cubrir las protestas de Euromaidán, se encontraron con una figura histórica que pocos reconocían. Fue Stepán Bandera, cuya imagen en blanco y negro de joven aparentemente estaba por todas partes: en barricadas, sobre la entrada al Ayuntamiento de Kiev y en los carteles de los manifestantes que pedían el derrocamiento del entonces presidente Viktor Yanukovych.

Bandera era, evidentemente, un nacionalista muy polémico de alguna manera, pero ¿por qué? Los rusos dijeron que era un fascista y un antisemita, pero los medios occidentales fueron rápidos calificándolo como propaganda de Moscú. Así que lo taparon.

El Washington Post escribió que Bandera había entrado en una “relación táctica con la Alemania Nazi” y que sus seguidores “fueron acusados de cometer atrocidades contra polacos y judíos,” mientras que el New York Times escribió que él había sido “vilipendiado por Moscú como un traidor Pro Nazi,” una acusación vista como injusta “a los ojos de muchos historiadores y ciertamente a los ucranianos occidentales.” Foreign Policy despachó el asunto Bandera como “el hombre del saco favorito de Moscú… la metonimia para todos los males ucranianos”.

Fuera quien fuera Bandera, todos estaban de acuerdo en que no podía ser  tan desagradable como Putin decía que era. Pero gracias al libro de Grzegorz Rossoliński-Liebe “Stepán Bandera: vida y muerte de un nacionalista ucraniano”, ahora parece claro: los terribles rusos tenían razón.

Bandera era en efecto tan nocivo como cualquier personaje histórico de las infernales décadas de 1930 y 40. Hijo de un sacerdote católico griego con vocación nacionalista, Bandera fue el tipo de fanático que se hacía daño a sí mismo, por ejemplo, fijando alfileres debajo de sus uñas para prepararse para la tortura a manos de sus enemigos. Como estudiante de la Universidad de Lviv, se dice que se prendió fuego a sí mismo con una lámpara de aceite, que se pillaba los dedos con puertas y que se azotaba con un cinturón. “¡Admítelo, Stepán!” gritaba. “¡No, no lo admito!”.

Un sacerdote que escuchó su confesión lo describió como “un “übermensch”… que priorizaba Ucrania a cualquier otra cosa”, mientras que un seguidor dijo que él era el tipo de persona que “podía hipnotizar a un hombre. Todo lo que decía era interesante. No podías parar de escucharlo”.

Se alistó en la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) a los 20 años, y usó su influencia cada vez mayor para guiar a un grupo de violentos en una dirección aún más extrema. En 1933, organizó un ataque contra el cónsul soviético en Lviv, que sólo logró matar a una secretaria de la oficina. Un año más tarde, dirigió el asesinato del Ministro polaco del interior. Ordenó la ejecución de un par de presuntos informantes y fue responsable de otras muertes, así como la OUN robó bancos, oficinas de correos, comisarías y casas privadas en busca de fondos.

¿Qué empujó a Bandera a tomar una dirección tan violenta? Un ingente estudio de Rossoliński Liebe nos lleva a través del tiempo a la época y la política que capturó la imaginación de Bandera. Galitzia había sido parte de Austria-Hungría antes de la guerra. Pero mientras que su parte occidental controlada por Polonia se incorporó a la recién creada República de Polonia en 1918, la parte oriental de la Ucrania dominada, donde Bandera nació en 1909, no fue absorbida hasta 1921, después de la guerra polaco soviética y de un breve período de independencia.

Fue un mal ajuste desde el principio. Amargados al estar privados de un estado propio, los ucranianos nacionalistas se negaron a reconocer la adquisición y, en 1922, respondieron con una campaña de ataques en unas  2200 granjas de polacos. El gobierno de Varsovia respondió con represión y guerra cultural. Llevó a agricultores polacos, muchos de ellos veteranos de guerra, para instalarse en el distrito y cambiar radicalmente la demografía de la zona. El gobierno de Varsovia cerró las escuelas ucranianas y trató de prohibir el término “ucraniano”, insistiendo en que los estudiantes emplearan en su lugar el término más vago “ruteno”.

Cuando la OUN lanzó otra campaña de incendio y sabotaje en el verano de 1930, Varsovia recurrió a detenciones masivas. A finales de 1938, hasta 30.000 ucranianos languidecían en cárceles polacas. Pronto, los políticos polacos hablaban de la “exterminación” de los ucranianos mientras que un periodista alemán que viajaba por el este de Galicia a principios de 1939 informó que los ucranianos locales pedían al “Tío Führer” intervenir e imponer su propia solución sobre los polacos.

El conflicto en la frontera polaco-ucraniana ejemplifica las horribles guerras étnicas que fueron estallando en toda Europa oriental mientras una nueva guerra mundial se acercaba. Posiblmente, Bandera podría haber respondido al creciente desorden virando hacia la izquierda política. Anteriormente, la política cultural bolchevique liberal en la República Socialista Soviética de Ucrania, había causado una oleada de sentimiento pro comunista en la vecina provincia polaca de Volinia.

Pero existían otros factores: la posición de su padre en la iglesia, el hecho de que Galicia, a diferencia de la anteriormente rusa Volinia, era una antigua posesión de los Habsburgo y, por lo tanto, orientada hacia Alemania y Austria, y, por supuesto, las políticas desastrosas de la colectivización de Stalin, que en los primeros años 30, habían destruido totalmente la Ucrania soviética como modelo digno de emular.

En consecuencia, Bandera respondió desplazándose cada vez más a la derecha. En la escuela secundaria leyó a Mykola Mikhnovskyi, un militante nacionalista que había muerto en 1924 y que predicaba una Ucrania unida “desde las montañas de los Cárpatos al Cáucaso,” que estaría libre de “rusos, polacos, magiares, rumanos y judíos.” Su entrada en la OUN unos años más tarde lo expuso a las enseñanzas de Dmytró Dontsov, “padre espiritual” del grupo, otro ultraderechista que tradujo el Mein Kampf de Hitler y La Dottrina Del Fascismo de Mussolini y que enseñaba que la ética debe estar subordinada a la lucha nacional.

Entrar en la OUN también le sumió en un entorno marcado por el creciente antisemitismo. El odio contra los judíos había estado profundamente vinculado al concepto de la nacionalidad ucraniana desde al menos el siglo XVII cuando miles de campesinos ucranianos, enloquecidos por los abusos de los terratenientes polacos y sus gerentes de raíces judías, se embarcaron en una viciosa sangría bajo el liderazgo de un noble menor llamado Bohdan Khmelnytsky.

Ucrania fue el escenario de pogromos aún más espantosos durante la Guerra Civil Rusa. Pero las pasiones antisemitas levantaron una muesca más en 1926 cuando un anarquista judío llamado Sholom Schwartzbard asesinó al exiliado líder ucraniano Symón Petliura en París.

“He matado a un gran asesino,” declaró Schwartzbard, que había perdido catorce miembros de su familia en los pogroms que se extendieron por Ucrania cuando Petliura dirigió una república anti-bolchevique de breve duración en 1919-1920, al entregarse a la policía. Pero tras escuchar testimonios de supervivientes sobre bebés empalados, niños arrojados a las llamas y otras atrocidades contra los judíos, un jurado francés le absolvió en treinta y cinco minutos.

El veredicto causó sensación, en particular en la derecha de Ucrania. Dontsov denunció a Schwartzbard como “agente del imperialismo ruso,” declarando:

“Los judíos son culpables, muy culpables, porque ellos ayudaron a consolidar el dominio ruso en Ucrania, pero «El judío no es culpable de todo». El imperialismo ruso es culpable de todo. Podremos resolver la cuestión judía en nuestro país de manera que se adapte a los intereses del pueblo ucraniano sólo cuando Rusia deje a Ucrania.”

Mientras que los bolcheviques eran el principal enemigo, los judíos eran su fuerza de ataque más llamativa, por lo que la forma más efectiva de enfrentarse a uno era eliminando completamente al otro. En 1935, los miembros de la OUN rompieron ventanas de casas judías y, un año más tarde, quemaron alrededor de un centenar de familias judías fuera de sus hogares en la ciudad de Kostopil, situada en lo que ahora es Ucrania occidental. Celebraban el décimo aniversario del asesinato de Petliura distribuyendo folletos con el mensaje: “Atención, mata y golpea judíos por nuestro líder ucraniano Symón Petliura, los judíos deben ser expulsados de Ucrania, larga vida al estado ucraniano”.

En este momento, Bandera ya estaba en la cárcel cumpliendo cadena perpetua después de un par de  juicios altamente mediáticos por asesinato en los que se burló de la corte realizando el saludo fascista y clamando, Slava Ukraïni, “Gloria a Ucrania”. Pero fue capaz de escapar de prisión tras la toma alemana de Polonia occidental que comenzó el 1 de septiembre de 1939 y se dirigió hacia Lviv, la capital de Galitzia oriental.

Pero la incursión soviética del 17 de septiembre le obligó a huir en la dirección opuesta. Finalmente, él y el resto de los líderes de la OUN se instalaron en Cracovia, controlada por los alemanes, unos doscientos cincuenta kilómetros al oeste, donde prepararon la organización de las batallas que vendrían después.

La invasión nazi de la Unión Soviética, que la dirección de la OUN parecía haberse enterado meses antes de tiempo, era el momento que habían estado esperando. No sólo se prometían a liberar a Ucrania del control soviético, sino que también se abría la perspectiva de unificar a todos los ucranianos en un solo Estado. Así se lograría el sueño de una Ucrania más grande.

Un mes antes, Bandera y sus principales lugartenientes (Stepán Lenkavskyi, Stepán Shukhevych y Iaroslav Stetsko) dieron los toques finales a un documento interno del partido titulado “La lucha y las actividades de la OUN en tiempo de guerra”: una lista de tareas que llevar a cabo cuando la Wehrmacht cruzara la frontera soviética.

Pidió a los miembros, para tomar ventaja de la “situación favorable” que planteaba una “guerra entre Moscú y otros Estados”, crear una revolución nacional que movilizaría a toda Ucrania desde el corazón de la misma. Se concebía la revolución como un proceso de gran purificación en el que “moscovitas, polacos y judíos” serían “destruidos… en particular los que protegen el régimen [soviético].” Aunque la OUN consideraba a los nazis como aliados, el documento destacó que los activistas de la OUN deben iniciar la revolución tan pronto como sea posible, así como presentársela a la Wehrmacht como un hecho consumado:

“Tratamos al ejército alemán que viene como el ejército de los aliados. Tratamos antes de su llegada poner la vida en orden, a nuestra manera, como debe ser. Les informamos que ya está establecida la autoridad ucraniana, está bajo el control de la OUN bajo el liderazgo de Stepán Bandera; todos los asuntos están regulados por la OUN y las autoridades locales están listas para establecer relaciones amistosas con el ejército para luchar juntos contra Moscú.”

El documento continuaba diciendo que “está permitido liquidar a los polacos indeseables… miembros del NKVD, informadores, provocadores… todos los ucranianos importantes que, en momentos críticos, tratarían de hacer ‘su política’ y amenazar así la mentalidad determinante de la nación ucraniana”, agregando que sólo un partido sería permitido bajo el nuevo orden, la OUN.

Aunque Bandera y sus seguidores más tarde intentarían pintar la alianza con el Tercer Reich como simplemente “táctica”, como un intento de enfrentar un estado totalitario contra otro, era de hecho una idea fuertemente arraigada e ideológica. Bandera visualizaba Ucrania como un clásico estado de partido único en el que él mismo jugaría el papel de führer, o providnyk y esperaba que esa nueva Ucrania tuviera su lugar bajo el paraguas nazi, como el nuevo régimen fascista que Jozef Tiso tenía en Eslovaquia o Ante Pavelić en Croacia.

Algunos nazis de alto rango pensaban de manera similar en líneas generales, en particular Alfred Rosenberg, el recién nombrado Ministro del Reich para los territorios del este ocupados. Pero Hitler obviamente era de un parecer diferente. Veía a los eslavos como “una raza inferior”, incapaz de organizar un estado y a los ucranianos en particular como “simplemente tan perezosos, desorganizados y asiático-nihilistas como los granrusos”.

En lugar de un socio, él los vio como un obstáculo. Obsesionado con el bloqueo naval británico de la I Guerra Mundial, que había causado hasta 750.000 muertes por hambre y enfermedad, estaba decidido a bloquear cualquier esfuerzo similar por los aliados mediante la expropiación de suministros del grano del este en una escala sin precedentes. De ahí la importancia de Ucrania, el gran granero en el mar Negro. “Necesito Ucrania para que nadie sea capaz de matarnos de hambre otra vez, como en la última guerra”, declaró en agosto de 1939. El embargo de grano a gran escala significaría una condena de hambre a una gran cantidad de personas, 25 millones o más en total.

Pero eso a los nazis no sólo les daba igual, sino que una aniquilación a tal escala encajaba perfectamente con sus planes para la renovación racial de lo que consideraban la frontera del este. El resultado fue el famoso Generalplan Ost, el gran proyecto nazi que pretendía matar o expulsar al 80% de la población eslava y reemplazarla por “volksdeutsche” (colonos de la antigua Alemania) y veteranos de la Waffen-SS.

Claramente, no había lugar en ese plan para una Ucrania independiente. Cuando Stetsko anunció la formación de un estado ucraniano “bajo el liderazgo de Stepán Bandera” en Lviv  sólo ocho días después de la invasión nazi, un par de oficiales alemanes le advirtieron que la cuestión de la independencia ucraniana era únicamente asunto de Hitler. Oficiales nazis dieron a Bandera el mismo mensaje unos días más tarde en una reunión en Cracovia.

En consecuencia, escoltaron a Bandera y Stetsko a Berlín y les colocaron bajo arresto domiciliario. Cuando el 19 de julio de 1941 Hitler decidió la partición de Ucrania mediante la incorporación de Galicia del este al “Gobierno General”, como se conocía a la Polonia gobernada por los nazis, los miembros de la OUN se quedaron pasmados.

En vez de unificar Ucrania, los nazis la estaban desmembrando. Cuando una pintada apareció declarando, “¡Fuera la autoridad extranjera! ¡Larga vida a Stepán Bandera!”, los nazis respondieron disparando a miembros de la OUN y, en diciembre de 1941, deteniendo a 1.500 de ellos.

Aún así, como muestra Rossoliński-Liebe, Bandera y sus seguidores seguían anhelando una victoria del eje. A pesar de lo tensas que eran las relaciones con los nazis, no podría plantearse la neutralidad en la lucha épica entre Moscú y Berlín.

En una carta dirigida a Alfred Rosenberg en agosto de 1941, Bandera se ofrecía a satisfacer las objeciones alemanas si reconsideraban la cuestión de la independencia ucraniana. El 9 de diciembre le envió otra carta pidiendo reconciliación: “Los intereses alemanes y ucranianos en Europa del este son idénticos. Para ambos, es una necesidad vital consolidar (normalizar) Ucrania de la manera mejor y más rápida e incluirla en el sistema espiritual, económico y político europeo”.

El nacionalismo ucraniano, continuaba en su carta, tomó forma “en un espíritu similar a las ideas nacionalsocialistas” y era necesario para la “cura espiritual de la juventud ucraniana” que había sido envenenada por la educación bajo el dominio soviético. Aunque los alemanes no estaban dispuestos a escuchar, su actitud viró una vez que su suerte comenzó a cambiar. Desesperado por mano de obra después de la derrota en Stalingrado, acordaron la formación de una división ucraniana en la Waffen-SS, conocida como Galizien, que crecería finalmente hasta los 14.000 miembros.

En lugar de disolver la OUN, los nazis la estaban renovando como una fuerza policial alemana. La OUN había desempeñado un papel destacado en los pogromos contra los judíos que se desató en Lviv y docenas de otras ciudades ucranianas en los talones de la invasión alemana, y ahora servían a los nazis patrullando los guetos y ayudando en tiroteos, allanamientos y deportaciones.

Pero a partir de principios de 1943, miembros de la OUN abandonaron la policía masivamente con el fin de formar una milicia propia que finalmente se llamaría Ejército Ucraniano Insurgente (Ukraïnska Povstanska Armiia, UPA). Aprovechando el caos tras las líneas alemanas, su primer acto importante fue una limpieza étnica dirigida a expulsar a los polacos de Volinia y Galitzia oriental. “Cuando se trata de la cuestión polaca, esto no es un asunto militar sino una cuestión de minorías”, dijo un líder de la UPA según una fuente clandestina polaca. “Vamos a resolverlo como Hitler hizo con los judíos.”

Citando al historiador polaco Grzegorz Motyka, Rossoliński-Liebe dice que la UPA mató a cerca de 100.000 polacos entre 1943 y 1945 y que los sacerdotes ortodoxos bendijeron las hachas, horquetas, guadañas, hoces, cuchillos y palos que los campesinos cedieron para acabar con los polacos.

Al mismo tiempo, la UPA continuó atacando a los judíos a un nivel tan feroz que los judíos incluso buscaron la protección alemana. “Las bandas banderistas y los nacionalistas locales atacaban todas las noches, diezmando a los judíos,” declaró un superviviente en 1948. “Los judíos se refugiaron en los campos donde estaban asentados los alemanes, por temor a un ataque de los banderistas. Algunos soldados alemanes fueron traídos para proteger los campos y así también a los judíos.”

Rossoliński-Liebe narra la historia de Bandera y su movimiento a través de la derrota nazi cuando la división Galizien luchó junto a la Wehrmacht que estaba en retirada y luego en la posguerra cuando aquellos que se quedaron atrás en Ucrania montaron una resistencia desesperada de retaguardia contra los invasores soviéticos.

Esta “guerra después de la guerra” fue un asunto serio en que los combatientes de la OUN mataron no sólo a informantes, colaboradores y a ucranianos del este transferidos a Galicia y Volinia para trabajar como profesores o administradores, sino también a sus familias. “Pronto los bolcheviques llevarán a cabo la recaudación del grano,” advirtieron en una ocasión. “Cualquier persona que lleve grano a los puntos de recogida será matado como un perro y toda su familia asesinada.”

Cadáveres mutilados aparecieron con signos que decían “por colaborar con el NKVD”. Según un informe de la KGB de 1973, más de 30.000 personas fueron víctimas de la OUN antes de que los soviéticos lograron acabar con la resistencia en 1950, incluyendo unos 15.000 campesinos y trabajadores de granjas colectivas y más de 8.000 soldados, milicianos y personal de seguridad.

Incluso dada la barbarie de los tiempos, destacan las acciones de este grupo.

“Stepán Bandera…” es un libro importante que combina biografía y sociología, exponiendo la historia de un importante nacionalista radical y la organización que dirigió. Pero lo que lo hace tan relevante es el poderoso resurgimiento de la OUN desde 1991.

Aunque la Inteligencia occidental abrazó con entusiasmo a Bandera y a sus seguidores cuando la guerra fría comenzó a moverse (“la emigración ucraniana en el territorio de Alemania, Austria, Francia, Italia, es en su mayoría un elemento sano, inflexible en la lucha contra los bolcheviques”, señaló un agente de inteligencia del ejército de los EEUU en 1947), las perspectivas a largo plazo del movimiento no parecían ser muy prometedoras, sobre todo después de que un agente soviético consiguiera traspasar el anillo de seguridad de Bandera en Munich en 1959 y matarle rociándole con un aerosol de cianuro.

Con eso, los banderistas parecían que iban a seguir el camino de las demás “naciones cautivas”, exiliados de ultraderecha que se reunían de vez en cuando para cantar viejas canciones, que parecían reliquias de una época pasada.

Por supuesto, lo que les salvó fue el colapso soviético. Veteranos de la OUN se apresuraron a la primera oportunidad. Stetsko murió en Munich en 1986, pero su viuda, Iaroslava, regresó en su lugar, según Rossoliński-Liebe, fundó un partido de extrema derecha llamado Congreso de Nacionalistas Ucranianos y ganar un escaño en el Parlamento. Iurii Shukhevych, el hijo del exiliado líder de la UPA Román Shukhevych, estableció otro grupo de extrema derecha que se hace llamado Asamblea Nacional Ucraniana. Incluso el nieto incluso de Bandera, Stephen, hizo su aparición recorriendo Ucrania inaugurando monumentos, asistiendo a mítines y elogiando a su abuelo como el “símbolo de la nación ucraniana”.

Mientras tanto un grupo de banderistas  fundó el Partido Social-Nacional de Ucrania, más tarde conocido como Svoboda. En un discurso en 2004, su líder, el carismático Oleh Tiahnybok, rindió homenaje a los combatientes de la UPA:

“El enemigo vino y tomó su Ucrania. Pero no tenían miedo; como nosotros no debemos tener miedo. Se colgaron sus ametralladoras al cuello y se adentraron en el bosque. ¡Lucharon contra los rusos, alemanes, judíos y demás escoria que querían arrebatarles nuestro estado ucraniano! Y por lo tanto nuestra tarea, para cada uno de vosotros (jóvenes, mayores, canosos,  muchachos) ¡es defender nuestra tierra nativa!”

Excepto por la omisión de los polacos, el discurso era una indicación de que poco habían cambiado las cosas. El movimiento era tan xenófobo, antisemita y obsesionado con la violencia como siempre, salvo que ahora, por primera vez en medio siglo, miles de personas estaban escuchando su discurso.

Uno podría pensar que el Occidente liberal no querría tener nada que ver con tales elementos, pero la respuesta no fue menos inmoral de lo que fue durante los años que abrieron la Guerra Fría: como los banderistas estaban contra Rusia tenían que ser democráticos y como eran democráticos, su parafernalia de ultra derecha era inconsecuente.

Los retratos de Bandera que fueron cada vez más habituales a medida que las protestas de Euromaidán se tornaban más violentas, la wolfsangel que antiguamente era un símbolo de la SS, pero ahora fue tomada por el batallón de Azov y otras milicias; y el viejo grito de guerra de la OUN de “Gloria a Ucrania, Gloria a los héroes” que ahora era omnipresente entre los manifestantes anti-Yanukovich; todo tenía que ser ignorado, subestimado, o blanqueado.

Citando sin nombre a “comentaristas académicos”, The Guardian anunció en marzo de 2014 que Svoboda “parece haberse suavizado” y ahora “evitaba la xenofobia.” El embajador estadounidense Geoffrey Pyatt dijo que miembros de Svoboda “han demostrado su buena fe democrática,” mientras que la historiadora Anne Applebaum anunció en The New Republic que el nacionalismo era algo bueno y que lo que los ucranianos necesitaban era más nacionalismo: “necesitan más ocasiones donde puedan gritar, ‘Slava Ukraini, Heroyam Slava’, ‘Gloria a Ucrania, Gloria a sus héroes,’ que era, sí, el lema del polémico ejército ucraniano revolucionario [sic] en la década de 1940, pero se ha adoptado a un nuevo contexto”.

Muchos, como Alina Polyakova en el Atlantic Council, expresaron defensas similares: “el gobierno ruso y sus delegados en el este de Ucrania han catalogado consistentemente al gobierno de Kiev de junta fascista y les acusa de tener simpatizantes nazis. La propaganda de Moscú es indignante y equivocada”. Dado que Ucrania profundizaba en sus problemas económicos, continuó, “¿deben los observadores de Ucrania estar preocupados por el potencial de crecimiento de partidos de extrema derecha?” Su respuesta: “Absolutamente no”.

Eso fue el 9 de junio. Unas semanas más tarde, Polyakova ejecuta un giro de 180 grados. “El gobierno de Ucrania”, declaró el 24 de julio, “tiene un problema en sus manos: un grupo de extrema derecha se ha aprovechado de la creciente frustración entre los ucranianos sobre la economía y el tibio apoyo del oeste.”

Como resultado, el partido Pravy Sektor (Sector derecha) era ahora una fuerza «peligrosa», «una espina en el costado de Kiev», uno de los numerosos grupos de extrema derecha “aprovechándose de la frustración pública para ganar apoyos para su agenda equivocada.” La comunidad internacional debe intensificar la ayuda económica y el apoyo político, advirtió, si no desea que Ucrania caiga en manos de la derecha radical.

¿Qué había sucedido? El 11 de julio un sangriento tiroteo estalló en la ciudad occidental de Mukáchevo entre miembros fuertemente armados de la derecha neo-nazi y los seguidores de un político local llamado Mykhailo Lanio.

Los detalles son turbios y no está claro si Pravy Sektor fue a tratar de poner fin al muy lucrativo negocio de contrabando de cigarrillos en la provincia fronteriza de Zakarpatia o trataba de meter músculo en el comercio. Una cosa, sin embargo, era evidente: dada la confusión en su propio ejército, el gobierno ucraniano había crecido cada vez más dependiente de las milicias privadas de grupos banderistas como Sector Derecha para luchar contra los separatistas pro rusos en el este y, en consecuencia, estaba cada vez más a merced de los ultraderechistas, a quienes no podía controlar.

Gracias al apoyo militar que había allanado su camino, grupos como el Pravy Sektor y la brigada neonazi Azov eran mayores que nunca, se habían curtido en la batalla, estaban fuertemente armados y hartos de políticos ricos que hacían las paces con los rusos y seguían obteniendo muchos  beneficios mientras que la economía se hundía en nuevas profundidades. Sin embargo, poco podía hacer el gobierno de Kiev en respuesta.

El nerviosismo de Polyakova estaba justificado. Dada la desesperada situación económica de Ucrania (se espera este año una caída del 10% en la producción económica tras la caída del 7.5% de 2014, la inflación ha alcanzado el 57% debido al derrumbamiento de la hryvna, mientras la deuda externa ahora se encuentra en 158 por ciento del PIB), se notaba en el aire un cierto olor a Weimar.

Unas semanas más tarde, el 31 de agosto, cientos de simpatizantes del Pravy Sektor lucharon contra la policía en Kiev mientras en el Parlamento ucraniano se votaba a favor de los acuerdos de Minsk II destinados a desactivar la crisis en el este. Tres personas murieron cuando un partidario del Pravy Sektor lanzó una granada en medio de la pelea y resultaron heridas más de cien personas, mientras, el país se precipitaba hacia una guerra civil.

Aunque el presidente ucraniano, Petró Poroshenko, catalogó el ataque como “una puñalada por la espalda”, fue este mismo líder el que en mayo firmó una ley que considera crimen “exponer públicamente una actitud irrespetuosa” hacia la OUN o la UPA. Una vez más, los centristas que comenzaron aplacando a los fascistas acaban siguiéndole el juego a su voluntad.

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