Capítulo 2. Visiones históricas.

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su tierra y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del capítulo 2 de la Primera Parte del libro: Notas introductorias. Época anterior a la Rus de Kiev.)

Durante siglos Ucrania estuvo bajo la autoridad de Estados extranjeros, entre ellos Polonia y Rusia. En consecuencia, en las descripciones históricas Ucrania con frecuencia fue tratada no como una entidad independiente, sino más bien como un territorio dependiente de un Estado más grande, como fueron la Mancomunidad de Polonia-Lituania, el Imperio Ruso o la Unión Soviética. Por ejemplo, los historiadores rusos y polacos del siglo XIX en sus narrativas históricas nacionales normalmente incluían todas estas tierras bien en Rusia o bien en Polonia. Por eso, en muchas investigaciones escritas en ruso y polaco (y luego en idiomas occidentales), Ucrania y Bielorrusia no tenían su propia historia.

Desde este punto de vista, la historia de Ucrania sólo se analizaba en relación a sus aspiraciones nacionales, y los escépticos aseguraban que éstas se engendraron a principios del siglo XIX como máximo. Esa forma de abordar el pasado histórico da lugar a muchas preguntas. Al descubrir la existencia del movimiento ucraniano nacional, aquellos que no aceptan la autodeterminación ucraniana se quedarán muy sorprendidos: si hasta el siglo XIX no hubo un Estado ucraniano y, por tanto, historia ucraniana, ¿en razón de qué puede ocurrir un futuro reconocimiento como estado soberano?. En relación con las consecuencias políticas y la influencia de investigaciones históricas, merece la pena informar al lector de al menos los momentos principales de los diferentes visiones de entender y tratar la historia de Ucrania. Entre ellos se pueden distinguir las visiones rusa, polaca, ucraniana y soviética.

Visión histórica rusa

La existencia de diferentes visiones nos dice que existe una discusión seria acerca de la historia de toda la Europa del este, en concreto, de los pueblos eslavos orientales: rusos, bielorrusos y ucranianos. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando aparecieron los primeros intentos de describir científicamente la historia de Europa del este, el único país eslavo del este que existía en estos tiempos era el Imperio Ruso. Este estado lo encabezaba el todopoderoso zar de la dinastía Románov, la cuál gobernaba desde Moscú (luego desde San Petersburgo) desde principios del siglo XVII. No es de extrañar que la dinastía Románov y el Imperio Ruso que ésta representaba alentaran las publicaciones de obras en las que el transcurso de la historia argumentaba su existencia ajustada a su conveniencia.

Así eran las dos primeras historias de Rusia escritas en el siglo XVIII, por Alexéi Mankíyev (escrita en 1715, publicada en 1770) y Vasilii Tatíshchev (finalizada en 1739, publicada en cinco tomos en 1768 – 1848). Ambas obras eran auténticos tratados que intentaban justificar el poder absoluto de la dinastía Románov.

Un ejemplo más demostrativo de la aproximación dinástica a la historia rusa lo encontramos en la monumental obra “Historia del Estado Ruso” (“Istoria gasudarstva ruskava”) de Nikolai Karamzín. Editada en doce tomos entre 1816 y 1829, abarcaba desde las épocas históricas más remotas hasta el principio del dominio de la dinastía Románov (1613). Karamzín esbozó el período de Moscovia entre el siglo XIV y finales del XVI como la edad de oro de la historia rusa, entre otras cosas porque en estos tiempos el poder autocrático parecía llegar a su punto más alto. Karamzín escribía: “La nación, privada por los grandes príncipes de Moscú de la desgracia de las discordias internas y del yugo externo (…), estaba contenta con las acciones y no salía a la calle por sus derechos (…). Por fin llegó el zar a ser el dios terrenal para todos los rusos (…). La autocracia es el paladio de Rusia, su integridad es necesaria para su felicidad”[1]. En sus obras insinuaba claramente a los zares la directriz de imitar a sus predecesores autócratas de Moscú.

La medida obligatoria para glorificar a cada país y monarquía consiste en averiguar su propio linaje y un origen independiente. Ya en nuestros tiempos, la mitificación del origen la caracterizó bien Bernard Lewis: a ella aspiran los países, las naciones y los gobernantes que normalmente “tenían un origen humilde” para “decorar u ocultar su origen no muy notable y unirlo a algo más antiguo e imponente”[2]. Los historiadores rusos aquí podían apoyarse en los esquemas abstractos desarrollados en el siglo XIV por los clérigos medievales. En aquellos tiempos Moscovia empezaba a desarrollarse y los monjes reescribían las crónicas antiguas “adornándolas” y ampliándolas para llevar el origen mundano de sus gobernantes, los monarcas de Moscú, al de los grandes príncipes de la Rus de Kiev, cuyos antepasados pertenecían a la dinastía semilegendaria del Gran Príncipe de Nóvgorod, Rúrik, del siglo IX.

Así que los zares de Moscú pasaban por ser descendientes directos de la dinastía rúrika, que a principios del siglo XVII continuó con la dinastía de los Románov. La forma de tratar la genealogía Rúrik, que ha demostrado la herencia histórica de Moscovia y del Imperio Ruso de la Rus de Kiev, fue también retorcida por las profecías de los clérigos de principios del siglo XVI, como el monje Filoféi de Pskov, que encontró una explicación universal a la conquista moscovita de la ciudad rusa occidental Pskó en 1510. La caída de Pskov, por analogía con la caída de Constantinopla (la capital del Imperio Romano de Oriente a manos de los turcos otomanos en 1453) fue descrita por Filoféi como una parte del gran plan de dios: “Todos los reinos cristianos dejarán de existir y entrarán, como dicen los libros de los profetas, en el reino de nuestro soberano, bajo el reinado ruso. Porque dos Romas han caído, la tercera [Moscú] sigue en pie, y la cuarta no será”[3].

En el siglo XIX, los historiadores laicos empezaron a argumentar la misión especial de Rusia en Europa oriental con argumentos políticos, sociales y demográficos y no genealógicos o religiosos. Este nuevo curso justo se encarnó en la ingente obra de Karamzín. Éste creía en la unidad de todos los eslavos orientales en lo que él llamaba la única nación rusa, cuyo primer centro político fue Kiev. Después de la invasión mongol a mediados del siglo XIII y de la destrucción de Kiev, el centro político y religioso de la nación “rusa” se trasladó al norte: primero a Vladímir, después a Moscú y finalmente, a principios del siglo XVIII, a San Petersburgo. Este concepto, al que podemos llamar teoría de “desplazamiento de centros políticos”, se incrustó en la historiografía rusa. La “madre de las ciudades rusas” según el concepto extendido era Kiev, y los descendientes de esa madre están obligados a esforzarse para que algún día todas las tierras de ex “Rusia” de Kiev vuelvan a un único estado ruso. Desde que los grandes príncipes de Moscú fueron considerados los herederos legítimos del legado de Kiev, su supervivencia aseguraba que el destino histórico de la nación rusa se cumpliría. Este destino consistía en unir las tres Rusias: Veliko-Rus, la Gran Rusia; Bela-Rus, la Rusia Blanca; y Malo-Rus, la Rusia Menor, como el concepto bíblico “tres en uno”.

¿Qué es “Europa del este”?

Al término “Europa del este” es difícil darle una definición exacta, si es que eso es posible. El concepto en sí nos dice que se trata de la parte oriental del continente europeo. Pero después de la II Guerra Mundial, se le dio más sentido político que geográfico: así, se empezó a llamar Europa del este a los territorios de aquellos países o regiones (la RDA, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Bulgaria y Albania) que se encontraban bajo el sistema comunista y que tarde o temprano llegaron a ser aliados cercanos o satélites de la URSS.

Una definición así ha provocado anomalías geográficas muy notables. Digamos que Grecia y Austria no entraban en esta definición sólo porque no pertenecían al bloque comunista, aunque ambas se encontraban igualmente en el este de Europa, incluso más, que algunos estados “orientales”. Esta visión ilógica sobre Europa del este, que se basaba en un fundamento político bastante pobre, todavía no está justificada. Menos aún tras 1989, año en que los ex países “orientales” europeos derrocaron el poder comunista, acabando con la existencia del bloque soviético y de la URSS*.

En conscuencia, el uso del término “Europa del este” en este libro se va a basar sólo en criterios geográficos. Como el continente europeo se extiende desde las costas irlandesas y portuguesas en el oeste, hasta los Montes Urales en el este, la separación geográfica entre el este y el oeste la hallamos aproximadamente en el meridiano 25, que pasa por las fronteras occidentales actuales de Ucrania y Bielorrusia. Es curioso que el punto geográfico medio de Europa, tanto el norte-sur como el este-oeste (que fue cuidadosamente calculado en la segunda mitad del siglo XIX) también se encuentra en el territorio ucraniano, cerca del pueblo de Dilové (anteriormente Trebushaný) en el sureste de  Transcarpatia (raión de Rájiv).

Esto significa que geográficamente en Europa del este de facto entran Bielorrusia, Ucrania, Rusia hasta los Urales, Moldavia, la mayor parte de Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia y la mitad de Rumanía y Bulgaria. Si unimos los criterios geográficos e históricos, se puede decir que Europa del este coincide principalmente con los territorios de los eslavos orientales (rusos, bielorrusos y ucranianos), y justo en este contexto vamos a utilizar este término. Por analogía, el término “Europa central” se va a utilizar en este libro sobre el territorio que abarca los actuales países de Polonia, la parte oriental de Alemania, República Checa, Eslovaquia, Austria, Eslovenia, Croacia, Hungría y Rumanía occidental.

 

*A pesar de las definiciones mencionadas más arriba, los científicos aún no han hallado consenso sobre las tierras que pertenecen a Europa del este y a Europa central, al igual que con Europa occidental, del norte y del sur. Por esta razón, en este libro los adjetivos para mencionar las partes de este continente se escribirán en minúscula.

 

A pesar del convencimiento de Karamzín de que los habitantes de la Gran Rusia, la Rusia Blanca y la Rusia Menor formaban un sólo pueblo ruso, a principios del siglo XIX las investigaciones lingüísticas y etnográficas y también los apuntes de los viajeros publicados en aquellos tiempos obligaron a muchos académicos a reconocer la existencia de notables diferencias entre varios grupos del así llamado “único pueblo ruso”, sobre todo entre los de la Gran Rusia y los pequeñorrusos, es decir, ucranianos. El reconocimiento de estas diferencias no sólo menoscabaría el concepto de un único pueblo ruso, sino que también podía amenazar el vínculo entre el Kiev medieval y Moscú; es decir, los profundos cimientos sobre los que fue construido el proyecto imperialista ruso. Por tanto, resultaba imprescindible explicar de alguna forma estas diferencias potencialmente peligrosas.

De esto se encargó Mikhaíl Pagodin, un muy influyente historiador y divulgador del siglo XIX, autor de la versión rusa del paneslavismo. En 1856 Pagodin presentó su teoría de la “desolación”, argumentando que del siglo X al XII los antepasados de los moscovitas probablemente vivieron en las tierras centrales de las orillas ucranianas del Dnipró de la Rus de Kiev, y que después de la invasión mongol a mediados del XIII huyeron al norte. Después, a finales del siglo XIII y especialmente en el siglo XIV, Ucrania, donde no vivía nadie, fue poblada por campesinos de las tierras occidentales pertenecientes a Polonia y Lituania. Exactamente, estos nuevos pobladores y migrantes son los antepasados de los ucranianos contemporáneos. Por tanto, a la teoría de Karamzín de desplazamiento de los centros políticos se le añadió la teoría de Pagodin de la migración.

Este concepto de la historia de los eslavos del este (u orientales) fue aceptada por los dos historiadores rusos quizás más influyentes: Serguéi Soloviov, en su “Historia de Rusia desde los primeros tiempos” de 29 volúmenes (1851-1879) y su alumno Vasili Kliuchevski en su aún más popular “El curso de la historia rusa” (1904-1921) de 5 volúmenes. Según Soloviov, “a finales del siglo XII [la Rus de Kiev] reveló su incapacidad de desarrollar ninguna de las bases sólidas de un Estado propio. Siguiendo un camino definido desde el principio, los mejores elementos de esa tierra fluyeron del suroeste al noreste; los pobladores de esa etnia se movieron en esta dirección y la historia junto a ellos”[4]. La posición determinante de Soloviov la completó Kliuchevski dándole, llamémosle así, una argumentación psicológica:

“En el momento en que la población septentrional del Rus sintió que Moscú era capaz de ser el centro político, capaz de unir en torno a él sus fuerzas para luchar contra los enemigos externos, y que el Gran Príncipe de Moscú podía llegar a ser el caudillo de la nación en esta lucha, la mentalidad y la actitud de la población de la Rus periférica sufrió un cambio que decidió el destino del régimen descentralizado: hasta aquel momento, las esperanzas y sentimientos nacionales y políticos ocultos o dormidos de una tribu de la Gran Rusia (que durante mucho tiempo y sin éxito ninguno buscaban un refugio seguro), ahora coincidían con las aspiraciones dinásticas del Gran Príncipe de Moscú, elevándole a la altura de gobernante nacional de la Gran Rusia”.[5]

La visión rusa de la historia de Europa del este, representada de forma más completa en las obras de Soloviov y Kliuchevski, aún prevalece en la mayoría de libros de Historia de esta región. Esta interpretación fue apoyada por historiadores rusos emigrantes, siendo los más influyentes Gueorgui Vernadskii y Mikhaíl Flarinskii. Esta interpretación migró de sus obras a los principales libros de texto de historia rusa, publicados en Europa occidental y en América del Norte durante el siglo XX. En todas estas obras, cuando la historia de Ucrania es tenida en cuenta, lo es sólo como la historia de una de las provincias rusas. Aún más, cuando la época de la Rus de Kiev se considera parte inseparable de la historia de Rusia, la historia de Ucrania no empieza hasta el siglo XIV (en el mejor caso) o incluso hasta el XVII. Algunos autores rusos, en general consideraban la existencia de Ucrania (y, por tanto, su historia) una tontería, la consideraban una idea política surgida en el siglo XIX y necesaria para estados poderosos como Alemania y Austria para romper la integridad del estado ruso.

Hay una teoría que defiende que el concepto de Rusia es imposible sin la Rusia Menor, es decir, Ucrania. El principal especialista ruso del siglo XX de la historia de la Rus de Kiev, Dmitrii Likhachov, hizo el mejor resumen de este punto de vista:

“Durante siglos, Rusia y Ucrania, a pesar de estar separadas, han avanzado no sólo como una única integridad política sino también como una integridad cultural dual. La cultura rusa no tiene sentido sin la ucraniana, y la ucraniana sin la rusa”.[6]

 

Visión histórica polaca

La forma tradicional de acercarse a la historia de Ucrania por parte de los historiadores polacos, hasta cierto nivel coincide con la interpretación clásica rusa de la historia de Europa del este; aunque sin duda tiene otros objetivos. Durante todo el siglo XIX Polonia no existió como estado independiente, por eso los periodistas y escritores polacos miraban a menudo en el pasado intentando explicar por qué ellos perdieron su estado independiente, y quizás marcar lo que deben o no deben hacer para defenderlo en el futuro. Ojeando la historia polaca, ellos se detenían frecuentemente en el siglo XVII y el problema cosaco (en la época en que Ucrania estaba bajo dominio polaco). Consideraban que este siglo supuso un momento crucial en la historia de su país marcando el comienzo de su decadencia.

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, la gran influencia en el punto de vista polaco sobre historia ucraniana vino de Aleksander Jablonowski, autor de una investigación histórica de siete volúmenes (“Pisma”, 1910 – 1913) y de “Historia de Rus del Norte hasta la caída de la Mancomunidad polaco-lituana” (“Historia Rusi Poludniowej do upadku Rzeczypospolitej Polskiej”, 1912). A finales del siglo XIX, a pesar de mostrar cierta simpatía por el movimiento nacional ucraniano, Jablonowski concluye que históricamente ni las tierras ucraniana desarrollaron algo sólido, ni la población ucraniana una nación propia. En cambio, en el siglo XVI, cuando Polonia se anexó Ucrania, los polacos descubrieron tierras bárbaras a las que llevaron cultura y una forma estatal de gobierno. Aunque conocían el alto nivel cultural de la época de la Rus de Kiev, los polacos no la consideraban algo propiamente ucraniano. Además, las familias de los Grandes Príncipes polacos y kievanos se emparentaron vía marital, y Polonia, durante cierto tiempo, tuvo bajo sus dominios algunas tierras de la Rus de Kiev (principalmente los territorios fronterizos occidentales) e incluso Kiev. Así que apareció una teoría que se reforzó especialmente tras la anexión polaca en 1569 de la mayoría de los territorios ucranianos: que los polacos tienen derechos históricos y legítimos del legado de la Rus de Kiev.

También los autores polacos aceptaban incondicionalmente la teoría del autor ruso Pagodin de la “desolación” de Ucrania (Rus del sur) después de la invasión mongol de mediados del siglo XIII. Según esta teoría, las estepas salvajes ucranianas (en polaco: dzikie pola) fueron pobladas por los habitantes de las tierras de Galitzia y Volinia, que estaban bajo control polaco y lituano. Incluso aunque la mayoría de esos habitantes eran eslavos orientales, de un modo u otro estaban subordinados al estado polaco y a su alta nobleza. Las diferencias culturales lingüísticas y religiosas de la población bajo dominio polaco eran reconocidas y no perseguidas. Los autores polacos veían en este hecho la democracia de la república de la alta nobleza, cuyo líder era descendiente de la dinastía Jagellon.

La época de Jagellon, que duró de 1385 a 1572, se consideraba un ejemplo ideal del sistema de gobierno polaco, porque poseían instituciones democráticas y mostraban, con algunas excepciones, tolerancia religiosa y étnica. Recontando las características de un estado ideal como este, los autores polacos acentuaban lógicamente que todos los habitantes del país, independientemente de su religión o etnia, aspiraban a identificarse como ciudadanos libres de la Mancomunidad polaco-lituana. En este contexto de fervor hacia la Mancomunidad, Ucrania, junto a sus vecinas Bielorrusia y Lituania, se consideraban sólo una parte de sus “kresy”, es decir, tierras fronterizas, que eran afortunadas por formar parte de Polonia, un bastión de la civilización occidental y católica.

Pero a veces ocurría que estas tales “tierras fronterizas de la civilización occidental” pacíficas y productivas (según palabras del célebre historiador polaco-estadounidense Oskar Galecki) se revelaban. Utilizando un par de monográficos del historiador de principios del siglo XX Franciszek Gawronski-Rawita, dedicados a los cosacos y a su hetman (jefe supremo) Bohdán Jmelnytskyi, los autores polacos en general explican esas revueltas como sublevaciones bárbaras iniciadas por grupos destructivos de la población inculta ucraniana. A veces, estos motines llegaron a causar profundas revueltas sociales, como por ejemplo, el levantamiento de Jmelnitsky a mediados del siglo XVII, o el levantamiento de haidamakas en el XVIII. Tras la derrota de estos levantamientos y la expulsión de los invasores extranjeros (turcos, tártaros, moscovitas), las tierras ucranianas eran devueltas a Polonia como parte de su legado cultural y político. Esta situación duró hasta finales del siglo XVIII, cuando las tierras ucranianas de Polonia fueron divididas entre Rusia y Austria, que con la ayuda de Prusia borraron a Polonia del mapa de Europa.

En el fondo, las tierras ucranianas, especialmente al oeste del Dnipró (margen derecho de Ucrania y Galitzia), simplemente se consideraban partes inseparables de Polonia. Cuando los intentos de renovar el estado polaco durante el siglo XIX culminaron finalmente en 1918, pensaban que al renacido país de los Jagellon (que se extendía desde del Mar Báltico hasta el Mar Negro) se unirían  de forma “totalmente natural” los territorios ucranianos y otros “kresy” del este. Pero estas aspiraciones se toparon con las fronteras europeas establecidas tras la I Guerra Mundial. Incluso tras un cuarto de siglo, la mayoría de los polacos tenían la esperanza de que tras la II Guerra Mundial les fueran devueltas las tierras ucranianas que formaban parte de Polonia en el período de entreguerras (la parte oriental de Galitzia y la parte occidental de Volinia). En algunos círculos polacos, sobre todo entre emigrantes políticos del oeste, incluso se desarrollaba la idea de recuperar Polonia de mar a mar.

A pesar de que hasta la II Guerra Mundial los historiadores polacos y la población en general trataban todo lo relativo a lo ucraniano como algo periférico, tras la guerra, cuando la influencia política soviética cobró más fuerza en la Europa central y del este, así como también el acercamiento marxista a las ciencias, los historiadores polacos cambiaron radicalmente su punto de vista. La época de los cosacos seguía acaparando el máximo interés, pero en las obras de los historiadores de posguerra -como Lieszek Podgorecki, Wladyslawa Serczynska y Zbigniew Wojciek- Ucrania ya no era considerada un apéndice de Polonia, sino más bien como un territorio que tenía su propio camino histórico desde los tiempos antiguos hasta la época contemporánea. Este cambio positivo del punto de vista sobre Ucrania, se debió en parte a que Polonia se acostumbró a las nuevas condiciones poscomunistas y al apoyo de su vecino del este, y surge de las revisiones históricas recientes de los historiadores polacos, entre ellos Jerzy Topolski y Marek Borucki. Pero las nuevas corrientes no llegan tan fácilmente a la sociedad, como muestra el hecho de que incluso en la Polonia contemporánea se pueda a veces escuchar que todo lo positivo de la historia ucraniana no ocurrió gracias a su propia población sino a la influencia de la civilización polaca.

 

Visión histórica ucraniana

Podemos asegurar que el comienzo de la interpretación ucraniana propia de la historia de Europa oriental coincide con el surgimiento en el siglo XVIII de las primeras Historias Generales de Ucrania. Y aunque los títulos de esas obras en su gran mayoría nos remiten a la historia de Rusia Menor, en realidad están dedicadas a los cosacos de Zaporizhzhia del siglo XVI y, sobre todo, del siglo XVII. Sobre los cosacos de Zaporizhzhia y Ucrania escribieron también en sus célebres obras autores como el francés de Alsacia, Jean Benoit Scherer (1788), el alemán Karl Hamersdorfer (1789) o el austrohúngaro Johann Christian Von Engel (1796).

En la primera mitad del siglo XIX aparecieron las primeras obras de múltiples tomos sobre la historia de Ucrania, de Dmytró Bantysh-Kamenski (cuatro volúmenes, 1822) y de Mykola Markévich (cinco volúmenes, 1842-1843), que destacaban especialmente el papel de los cosacos de Zaporizhzhia en el proceso histórico ucraniano. Sin embargo, la obra más influyente de aquellos tiempos fue “Historia de los rus” (1846), que vio la luz de forma manuscrita a finales de los 1820 y cuya autoría no está definitivamente probada. La popularidad e influencia de esta obra quizá se pueda explicar por el hecho de que se trataba más bien de un tratado político y no histórico. “Historia de los rus” es una de las primeras obras donde Ucrania es descrita no como una región de Rusia o Polonia, sino como un estado independiente ya en los tiempos de la Rus de Kiev. Por consiguiente, Ucrania llegó a su punto más alto en la época de los cosacos y hasta el siglo XVIII no empezó a decaer, quedando atrapada cada vez más bajo el poder moscovita y, posteriormente, rus). Que el autor de “Historia de los rus” reflejara una clara continuidad histórica de Ucrania, tuvo una gran influencia tanto en historiadores como en  poetas, folcloristas y lingüistas entusiastas del lento proceso del renacimiento nacional ucraniano.

La primera mitad del siglo XIX fue también la época de la difusión del Romanticismo en Ucrania. Los historiadores profesionales y, sobre todo, los amateurs abrazaron estas ideas sobre el espíritu especial de cada pueblo en contraposición a la anterior visión en que la fuerza motora de los procesos históricos eran las dinastías y los estados. Basándose en los principios del Romanticismo, la nueva generación de historiadores y escritores, cuyos principales exponentes eran Mykhailo Maksymóvich, Mykola Kostomárov y, hasta cierto tiempo, Panteléimon Kúlish, consideraban que el régimen de cosacos era la muestra principal de las así llamadas “ideas democráticas e igualitarias de la nación ucraniana”. Esta visión se proclamó en el programa político de la hermandad Kyrylo-Mefodii, en los años 1840, y se publicó con el título de “Libro de estar de la nación ucraniana”. En esta obra, escrita por Kostomárov, Ucrania es descrita como el territorio al que “no le gusta (…) ni zar, ni pan[7] (…) y que ha creado una comunidad cosaca propia (…) y fueron todos los cosacos iguales entre ellos”. Y luego: “día tras día, la comunidad cosaca crecía y se multiplicaba, y muy pronto eran en Ucrania todos cosacos, todos libres e iguales”.[8] Pero este escenario idílico no llegó a convertirse en realidad por la irrupción de fuerzas exteriores: panes, zares de Moscú, curas católicos y jesuitas.

La fe en la fuerza motora de la nación empujó a estos autores a la búsqueda del espíritu especial de los ucranianos étnicos y de argumentos de su singularidad y diferencia con rusos y polacos. Kostomárov, de forma muy clara, lo mostró en el artículo “Dos naciones rusas” (1871), que luego se convirtió en el evangelio del movimiento nacional ucraniano.

 

Kostomárov sobre ucranianos, rusos y polacos

Reproducimos algunos trozos del artículo de Mykola Kostomárov “Dos naciones rusas”, publicado en idioma ruso en la efímera revista “Osnova” (1861, nº3), que salía a la venta en San Petersburgo:

“La tribu de los rus del sur (ucranianos) gravitaba hacia la propia libertad, la tribu gran-rusa (rusos) gravitaba hacia la comunidad (…). En la esfera política, los primeros se podían unir voluntariamente en hermandades, unidos hasta las necesidades cotidianas y fuertes hasta donde su existencia no interrumpiera la ley perpetua de la propia libertad; los segundos aspiraban a formar un cuerpo social duradero basado en los sólidos principios que tienen un espíritu común. Lo primero llevaba a la federación, pero no logró formarla; lo segundo llevaba a la autocracia y a un estado fuerte (…).

En el elemento gran-ruso hay algo majestuoso, creativo, un espíritu sofisticado, una toma de conciencia de sociedad dominada por el sentido común, que sabe resistir bajo circunstancias difíciles, que conoce el momento exacto para actuar y lo aprovecha al máximo (…). Esto no se reveló en nuestra tribu sur-rus. Su naturaleza de libertad condicionaba o bien la descomposición de las relaciones sociales, o bien la creación de un torbellino de distintas intenciones sobre el que giraba la vida histórica nacional como una rueda de ardilla. Así  nos han presentado nuestro pasado estos dos pueblos rus.

Había una relación totalmente distinta entre el pueblo de los rus del sur y los polacos. Aunque la etnia de los rus del sur está, por la estructura de la lengua, más alejada de la polaca que de la gran-rusa, está en cambio mucho más cerca al pueblo polaco por sus peculiaridades nacionales y rasgos generales del carácter. Oposiciones así o similares que hemos notado entre los gran-rusos y rus del sur, no existen entre polacos y rus del sur, ni a nivel interno ni externo de la vida cotidiana (…).

Sin embargo, a pesar de esta cercanía, un abismo separa ambas naciones, sobre el que parece que no se puede tender un puente. Los polacos y los rus del sur son como dos ramas cercanas que se desarrollaron hacia lados opuestos; los primeros se educaron bajo los valores de los pany y conservaron sus principios, y los segundos hicieron lo propio pero con los principios de los aldeanos, o dicho de un modo más accesible, la nación polaca era profundamente aristocrática y la de los rus del sur profundamente democrática. Pero estos términos no encajan demasiado con las circunstancias de nuestra historia y modo de vida;  hasta el punto en que la aristocracia polaca es tan democrática como la democracia de la Rus del Sur es aristocrática. Allí, el sistema de los pany busca la igualdad en su clase, mientras que aquí, el pueblo, que es igual por ley y por el estado, deja salir a personas de su comunidad para  que luego la multitud devore lo que le es devuelto”.

FUENTE: N. Kostomárov, “Dvie ruskig narodnosti”, Osnova, I, 3 (San Petersburgo, 1861).

 

 

Además de intentar argumentar la independencia de los ucranianos y de esa forma romper la unidad de los eslavos orientales, los historiadores ucranianos pusieron en duda otros aspectos de las visiones históricas rusas, como la así llamada herencia entre las medievales Rus de Kiev y Moscovia. Como respuesta a la afirmación de Pagodin sobre la migración de los habitantes de la región de Kiev hacia el norte tras la invasión mongol del siglo XIII, aparecieron varias obras -la primera de las cuáles fue escrita por Mykhailo Maksymóvich (1857), al que siguieron Volodymyr Antonóvich (1882) y el historiador ruso de Kiev Mykhailo Vladímirski-Budánov (1890, 1893)-, que explican de forma convincente que la población no dejó las tierras del centro de Ucrania durante el siglo XIV, sino más bien, su sistema funcionó hasta que los cosacos fundaron un nuevo régimen social y administrativo en los siglos XVI-XVII. A pesar de los defectos evidentes de la visión rusa establecida sobre la historia de Europa del este, sus principios se consideraron durante mucho tiempo aparentemente ciertos.

El primer desafío serio a la posición rusa lo lanzaría Mykhailo Hrushevski a principios del siglo XX. En 1904 publicó un artículo titulado “Un esquema ordinario de la historia de la Rus y el asunto del sistema racional de la historia del eslavismo oriental”. Siguiendo la tradición de “Historia de los rus”, Hrushevski centró la atención no sólo en los momentos internos contradictorios del concepto ruso del proceso histórico de Europa del este, sino que también marcó los límites de la historia de Ucrania, que según su punto de vista empezó antes de la Rus de Kiev y tuvo continuidad tras la época de los cosacos.

Antes de la publicación de este fructífero artículo, Hrushevski comenzó a estudiar muy meticulosamente la continuidad histórica de Ucrania, volcando sus pensamientos en su monumental obra de diez volúmenes “Historia de Ucrania-Rus” (1898-1937). Tuvo tiempo de llevar esta obra hasta 1758, pero también preparó un par de libros de historia de un tomo que abarcaban desde la época anterior a la Rus de Kiev hasta la lucha por la “renovación” del estado ucraniano independiente justo después de la I Guerra Mundial. Así que, en su artículo “Un esquema ordinario…” y en sus libros de historia basados en su opus magnum de diez tomos, Hrushevski da por primera vez una visión histórica que disputaba la visión rusa dominante. Aunque historiadores ucranianos posteriores, como Dmytró Doroshenko y Viatcheslav Lypynskii, podían acusar a Hrushevski de inclinaciones nacionalistas, ya que ellos defendían un acercamiento al pasado ucraniano más vinculado al concepto de Estado, los estudiosos sobre Ucrania fuera de las fronteras de la ex URSS (primero en Galitzia en la época de entreguerras, luego en Europa occidental y Norteamérica y, últimamente en la Ucrania postsoviética), seguían el esquema de la continuidad del proceso histórico ucraniano autónomo marcado por Hrushevski, que empezó antes de la Rus de Kiev y sigue hasta ahora.

 

Visión histórica soviética

La revolución bolchevique de 1917 y la consiguiente fundación de la Unión Soviética en 1922 cambiaron la visión histórica rusa. Pero este cambio no llegó enseguida, ya que en los años 20, junto a las investigaciones históricas marxistas aparecieron unas no marxistas. En parte, las visiones de Hrushevski influyeron en historiadores rusos no marxistas como Alexánder Priesniakov (1918) y Matviéi Lubavskii (1929), que empezaron a buscar el origen del estado de Moscovia no en Kiev sino en las ciudades del noroeste Rostov, Súzdal y Vladímir. Por otro lado, los historiadores rusos emigrantes, entre los que destacaba Georgi (George) Viernádski, seguían defendiendo los principios de la visión histórica rusa de Soloviov y Kluchevski (siglo XIX).

En la Ucrania soviética, por lo menos a lo largo de los años 20, tenían oportunidad de trabajar no sólo historiadores marxistas, sino que seguía en pie la escuela de Hrushevski bajo su dirección, desde el momento de su vuelta a Kiev en 1924 tras su emigración al oeste. Las visiones de Hrushevski eran apoyadas incluso por marxistas soviéticos ucranianos como Matvíi Iavorskii, que en sus obras destacaba especialmente el desarrollo socioeconómico y la lucha de clases en la historia ucraniana.

A principios de los años 30, cuando Stalin decidió liquidar los restos de toda ideología que no coincidiera con su visión del marxismo gran-ruso bolchevique, la mayoría de los representantes de la escuela ucraniana histórica, junto con Hrushevski, fueron encarcelados y deportados u obligados a callar. Aquellos que sobrevivieron debían aceptar la nueva interpretación de la historia de Europa del este. Esta nueva interpretación y su implementación a las etnias no rusas de la Unión Soviética, fue conocida con el eufemismo de la fórmula del “mal menor”.

En el nuevo estado bolchevique, basado en los principios ideológicos marxistas adaptados por Lenin y Stalin a los contextos locales, el problema nacional fue un asunto de primer orden. La política nacional leninista no permitía los extremos a los que llegaba el nacionalismo zarista ruso, que negaba la existencia de los ucranianos en sí como una nación diferente. Sin embargo, los bolcheviques sí reconocían la nacionalidad ucraniana, pero esperaban poder convivir todos en el mismo estado. Por ello, el antiguo lema revolucionario leninista que decía que la Rusia zarista era “una prisión de pueblos”, tenía que ser modificado. La solución a esta situación aparentemente contradictoria fue la teoría del “mal menor”, resumida por el ex historiador soviético Konstantin Shteppa de la siguiente manera: “Aunque la anexión de los pueblos no rusos a Rusia fue algo malo (especialmente porque suponía la pérdida de la independencia nacional), era menos malo en comparación con lo que podría haber ocurrido si hubieran sido anexionados por otros estados más grandes. Por tanto, la anexión de Ucrania por parte de Rusia en el siglo XVII tenía que ser considerada, según esta teoría, como un mal, pero de alguna manera un mal menor a la supuesta absorción de Ucrania por parte de Polonia, Turquía o, más tarde, de Suecia”.[9]

Con el objetivo de minimizar la influencia negativa de este daño menor, los historiadores soviéticos rusos y ucranianos enfatizaron que la amistad entre las dos naciones sería provechosa, especialmente para los ucranianos, ya que Rusia era un estado poderoso, y de esta forma se convertiría en el “hermano mayor” de la nación ucraniana. El ejemplo más popular de esta amistad entre “las naciones fraternales rusas y ucranianas” era el llamado “acto de reunificación”, que tuvo lugar en Pereyáslav en enero de 1654, donde el hetman de los cosacos Bohdán Jmelnytskyi juró lealtad al zar. En honor al 300º aniversario de este evento, en 1954, en la Unión Soviética hubo una celebración por todo lo alto del Tratado de Pereyáslav, incluyendo seminarios públicos y temáticos, y la edición de gran cantidad de publicaciones y suplementos especiales en los periódicos. La forma de reflejar estos hechos en los libros de texto soviéticos ucranianos demuestra de forma más visual el desarrollo de la visión histórica marxista soviética.

En su corto libro de historia de Ucrania escrito en 1928, el historiador Iavorskii escribió que los ucranianos en el siglo XVII no sabían “que un destino peor que bajo los pany polacos les esperaba en el futuro bajo la nobleza moscovita y la dictadura del “zar blanco””.[10] Aunque en 1940, en los nuevos libros de texto se reflejó una conclusión distinta: “La reunificación de Ucrania en el estado ruso era un daño menor para ella que la subordinación a los pany polacos o al sultán turco”.[11] Por fin, en los años 50 los libros recogían que la unión con Rusia sólo “significaba la reunificación de dos grandes naciones fraternales, que salvó a Ucrania del saqueo polaco y turco”. [12] El hecho de que el 300º aniversario se celebrara como un acto “de reunificación” y no como una anexión mostró cómo la ciencia soviética volvió a su visión de la historia de Europa del este previa a la revolución rusa.

Según el concepto de los historiadores soviéticos, que era dogma hasta los 80, la Rus de Kiev se consideraba la cuna común de todos los eslavos orientales. Las tradiciones políticas y culturales de esta federación medieval de pueblos fueron heredadas por el hermano más fuerte, “hermano mayor”, los rusos, a través de: primero el Estado de Moscú, luego el Imperio Ruso y después la Unión Soviética. Respecto a la patria kieviana común, estaba habitada por “la población de los rus antiguos”, cuyos representantes supuestamente hablaban antiguo eslavo oriental. El comienzo de su fin lo provocó la invasión mongol a mediados del siglo XIII, cuando las tierras del sur y del oeste de la Rus de Kiev fueron “separadas” del resto del territorio,  y estas tierras comenzaron a desarrollarse independientemente, pasando luego a estar bajo el poder de Lituania y posteriormente de Polonia. Así que según el concepto soviético, la formación de la nación ucraniana y bielorrusa, al igual que sus idiomas, se da en el período que va del siglo XIV al XVI. Todas las teorías del desarrollo independiente ucraniano hasta el siglo XIV (en política, idioma o rasgos étnicos) fueron marcadas como “burguesas nacionalistas”. Esta ideología confrontaba la posición de Hrushevski, que se consideraba “enemiga”, “reaccionista” y “amenazaba” el dogma soviético de la integridad y amistad por siglos de las naciones rusa y ucraniana.

En resumen, se puede decir que las interpretaciones contemporáneas de la historia de Ucrania y de Europa del este en su conjunto se basan principalmente en los conceptos históricos formulados en el siglo XIX. El nivel de diferencias entre ellos depende del punto de vista (ruso, polaco, ucraniano o soviético –ya en el siglo XX-) y también dependía de si lo escribía uno o varios autores. El punto de vista ruso pone el acento en el crecimiento político constante, empezando en la época de la Rus de Kiev (después de la migración de los centros políticos y su población hacia el norte, primero a Vladímir y posteriormente a Moscú, San Petersburgo y vuelta a Moscú), y  continuando hasta la hegemonía del estado soviético. Según este esquema, Ucrania no tiene historia independiente.

La posición polaca tradicional tampoco permitía la existencia del proceso histórico ucraniano independiente, por lo que Ucrania se consideraba sólo como una de las fronteras de la civilización polaca. Su mayor parte y especialmente los territorios al oeste del Dnipró se veían como una parte inseparable de Polonia, donde lo único positivo era que los procesos políticos y culturales del pasado fueron hechos por “defensores de la civilización occidental” (polacos).

Los historiadores ucranianos daban cuenta de la existencia de la etnia ucraniana antes del siglo IX, es decir, antes de la Rus de Kiev medieval. Según este punto de vista, no toda la población de Kiev emigró de estas tierras tras la invasión mongol a mediados del siglo XIII, sino que la civilización de la Rus solamente se desplazó un poco al oeste, hacia Galitzia y Volynia, para volver a las orillas del Dnipró en los siglos XVII-XVIII formando un estado cosaco. En el siglo XIX comenzó el renacimiento nacional de la civilización ucrania-rus, que llevó a una independencia ucraniana efímera a principios del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la visión soviética se convirtió en una variante del concepto ruso anterior a la revolución rusa. La Rus de Kiev se trataba como la cuna de todos los eslavos orientales, aunque su rama rusa se consideraba la mayor defensora de los demás (bielorrusos y ucranianos) de las tendencias imperialistas polacas y otomanas hasta el siglo XVIII y de los estados europeos, especialmente Alemania, en el siglo XX.

Y por último, los historiadores occidentales, sobre todo en Estados Unidos, son principalmente partidarios de la interpretación rusa tradicional de la historia de Europa del este. La Rus de Kiev, Moscovia, el Imperio Ruso y la Unión Soviética se ven como eslabones de una continuidad histórica independiente, que en la literatura popular, y a menudo en la profesional, es llamada simplemente “Rusia”. Aquellos que aceptaron la visión rusa tradicional, al mismo tiempo niegan el esquema de la historia ucraniana formada por Hrushevski y sus seguidores, argumentando que las investigaciones ucranianas son sospechosas porque sirven a los intereses políticos de los ex partidarios antisoviéticos de la Guerra Fría o de los radicales nacionalistas ucranianos. Luego, en este libro se va a prestar más atención no a la cuestión de aceptación o no de algunas teorías, sino a mostrar los hechos en su preciso orden cronológico que tuvieron lugar aproximadamente desde el siglo I hasta nuestros tiempos en los territorios que desde diciembre de 1991 conforman el país independiente de Ucrania.

[1] Karamzin´s Memoir on Ancient and Modern Russia, traducido por Richard Pipes (New York, 1996), p. 112.

[2] Bernard Lewis. History Remembered, Recovered, Invented (Princeton, N.J., 1975) p. 59

[3] De la carta clerical de Filoféi 1524, citado en el libro de Vasíl Hryshkó Istorichno-pravne pidhruntia teorii III Rymu (Munich, 1953), p. 5.

[4] Serguéi Soloviov, Istoriia Rassii s Drievnichiij Vriemion, Vol. 2, 2ª edición (San Petersburgo, 1894), p. 1343.

[5] Vasili Kliuchevski, Kurs russkai istorii, Vol. 2, (Petrogrado, 1918), p. 58.

[6] Dmitrii Likhachov, Reflections on Russia (Boulder, Colo., 1991), p.74.

[7] Pan: señor de la tierra polaco. Plural: pany (N de la T).

[8] Mykola Kostomárov, “Zakon Bozhyi” (Knyha buchchá ukrayinskoho narodu) (Kiev, 1991), p. 24-25-

[9] Konstantin E. Shteppa, “The «Lesser Evil» Formula, en Cyril E. Black, ed., Rewriting Russian History, 2ª edición revisada (New York, 1962), p. 105-106.

[10] Matvíi Iavorskii, Istoriia Ukraíny v Stýslomu Nárisi (Járkiv, 1928), p. 58.

[11] Anna Pankrátova, redacción, Istoriia SSSR, Tomo I (Moscú, 1940), p. 189.

[12] Anna Pankrátova, redacción, Istoriia SSSR, Tomo II (Moscú, 1947 y ediciones siguientes).

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