Capítulo 17. Moscovia y el Tratado de Pereiáslav

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del segundo capítulo de la Cuarta Parte del libro: El Estado cosaco del período 1648-1711.)

Los esfuerzos de Jmelnytskyi para hacer una coalición antipolaca entre los cosacos, el Imperio otomano y sus vasallos, fracasaron. Además, el conflicto militar continuado con Polonia llegó a un punto muerto. Así que, en 1653, el hetman cosaco se vio obligado a reconocer que la alianza con Moscovia representaba la única vía para ayudar a la Ucrania rus. En realidad, los cosacos, por las incitaciones del patriarca ortodoxo de Jerusalén, negociaban con Moscovia incluso al comienzo de la revolución de 1648, y estas negociaciones crecieron a principios de 1652. Pero, ¿cuál era la actitud de Moscovia hacia los problemas de los cosacos y, especialmente, hacia el territorio ucraniano? ¿Y qué pensaba el zar y sus consejeros sobre las constantes peticiones de alianza de Jmelnytskyi? Antes de intentar responder estas preguntas es imprescindible recordar, aunque sea a grandes rasgos, la historia de la propia Moscovia.

Moscovia fue una, y al principio no la más poderosa, de las tierras rus norteñas que, tras la transformación de la Rus de Kíev en el siglo XIII, siguió su propio camino histórico. En aquel tiempo, Moscovia era una unidad territorial dentro del Principado de Vladímir-Súzdal que, junto a Nóvgorod, se convirtió en un centro poderoso de la Rus del Norte. Desde su sede de Vladímir de Kliazma, los gobernantes del Principado de Vládimir-Súzdal se autoproclamaban herederos de los grandes príncipes de la Rus de Kíev. Además, allí donde estuvieron ellos se mudó, tras la avalancha mongol, la cabeza de la Iglesia rus ortodoxa, el metropolitano de Kíev, trasladando así su sede en 1299. Pero la unión de los territorios rus del norte encabezados por Vladímir de Kliazma u otra ciudad fue impedida por la Horda de Oro. La fuerza militar de los mongoles les permitía ejecutar esas políticas, que no permitía a los principados rus norteños, cuyos gobernantes eran vasallos de la Horda de Oro, depender unos de otros sino que fueron obligados a obedecer solo a los kanes, que gobernaban desde Sarai, su capital situada en la cuenca del Volga.

El establecimiento de Moscovia

Precisamente en la época del mayor impacto mongol a finales del siglo XIII y durante el siglo XIV, varios principados del Gran Principado de Vladímir-Súzdal (Rostov, Súzdal, Tver y demás) se hacían cada vez más independientes. Entre ellos se encontraba también Moscovia, que trataba con gran respeto a la cúpula mongol; por ello a menudo obtuvo de la Horda de Oro diferentes privilegios. A finales del siglo XV, cuando la misma Horda de Oro se dividió en tres kanatos (los de Crimea, Astracán y Kazán), el gran principado moscovita, encabezado por una serie de brillantes y talentosos gobernantes, aprovechó el momento para unir los territorios rus norteños. Este proceso fue casi completado durante el gobierno del gran príncipe Iván III (gobernó entre 1462 y 1505) a principios del siglo XVI. Merece la pena mencionar que Iván III tenía por objetivo unir no solo los territorios del norte, es decir los territorios rusos étnicos de la antigua Rus de Kíev, sino también los bielorrusos y ucranianos. Pero Moscovia aún no era completamente independiente de sus vecinos del este y sureste, los kanatos tártaros de Kazán y Astracán que aspiraban a seguir recogiendo el tributo anual que antes recogía la Horda de Oro. Un problema especial durante la mayor parte del siglo XVI lo representaban los tártaros de Crimea, que casi todos los años atacaban a gran escala las tierras de Moscovia con el objetivo de recaudar aún más tributo y también obtener mercancía humana para vender en el mercado de esclavos. Moscovia tampoco era comparable al Gran Ducado de Lituania, que férreamente controlaba las tierras rus (bielorrusas y ucranianas) del oeste y del sur.
Así que el Gran Principado de Moscovia, durante cierto tiempo tuvo que conformarse con su poder sobre las tierras rus norteñas. Pero las posturas cercanas a Iván III parecían disponer de una visión de mayor alcance. Estas acentuaban el supuesto derecho de Moscovia sobre el así llamado legado de Kíev (precisamente basándose en estos postulados, Moscovia se autodenominaba una “Segunda Kíev”), considerándose así misma heredera política y cultural de la Rus de Kíev. Un significado no menos simbólico tuvo el matrimonio de Iván III, descendiente de la dinastía Rúrik, con la sobrina del último emperador bizantino. Este hecho conectaba Moscovia (como siglos atrás sucedió con la Rus de Kíev) con el legado imperial bizantino. Aún más, la cabeza de la Iglesia rus ortodoxa, que mantenía el título de metropolitano de Kíev y toda la Rus, en 1326 y bajo la presión de los gobernantes moscovitas trasladó su sede desde Vladímir de Kliazma hasta Moscú. Con el tiempo, incluso antes del gobierno de Iván III, la Iglesia de Moscovia comenzó a separarse.
Desde 1448 los metropolitanos en Moscovia eran elegidos sin la aprobación del patriarca ecuménico de Constantinopla. Los círculos eclesiásticos recuperaron también en Moscovia y otras tierras rus del norte la tradición de escribir crónicas. Los copistas componían textos nuevos y “perfeccionaban” los antiguos para satisfacer los objetivos dinásticos de los grandes príncipes de Moscovia sobre la ascendencia Rúrik y sus sucesores kievitas: Volodýmyr El Grande y Iaroslav El Sabio. Finalmente, durante el gobierno de Iván III/Vasilii III (gobernó entre 1505 y 1533) Moscú pasó de ser la “Segunda Kíev” a la aún más prestigiosa “Tercera Roma”. Así que a principios del siglo XVI Moscovia tenía todos los símbolos ideológicos necesarios para encarnar sus aspiraciones sobre el legado político de la Rus de Kíev, sobre el papel heredado de Bizancio (tras su caída en 1453) como pilar de la fe ortodoxa, es decir, sobre el derecho de mandar sobre todos los eslavos orientales, habitantes del legado rus: rusos, bielorrusos y ucranianos.
Pero había que dar algunos pasos políticos importantes, y la mayoría de ellos los intentó dar en la segunda mitad del siglo XVI Iván IV (gobernó entre 1547 y 1584), que pasó a la historia bajo el apodo de “El Terrible”. Iván IV fue el primer gobernante de Moscovia que aceptó el título de zar, o gobernante absolutista al estilo de los césares romanos. Su reino se convirtió en el Zarato de Moscovia con una reivindicación simbólica de dominio universal.En la década de 1550, el reinado de Iván IV acabó con el dominio de los tártaros conquistando los kanatos de Kazán y Astracán. Crimea, cuyos gobernantes nunca rechazaban las pretensiones de los kanatos de Kazán y Astracán, seguiría atacando los territorios moscovitas durante las dos décadas siguientes, hasta que en 1572 el ejército de Iván derrotó a su ejército.

Aseguradas las falanges del este, el agresivo zar pudo fijar su vista en el oeste. Allí los logros no fueron evidentes. Aunque en 1558 los moscovitas consiguieron romper la resistencia de los caballeros livonios (de la última orden teutónica militar de la costa báltica: actuales territorios de Estonia y Letonia), esto generó un vacío en la estructura del poder que fue llenado inmediatamente por Suecia y Lituania. En consecuencia, tuvieron lugar sangrientas guerras, que duraron un cuarto de siglo, entre estos dos Estados y Moscovia por el control de Livonia. Durante esta lucha, los territorios fronterizos de Moscovia con los grandes principados lituanos de Smolensk, Starodub y Cherníhiv cambiaron de manos varias veces. Precisamente la presión ejercida por Moscovia al Gran Ducado de Lituania empujó a este a fortalecer alianzas con Polonia, cuyo culmen lo supuso la Unión de Liublin de 1569.

Estas campañas militares le salieron increíblemente caras a Moscovia y, a la muerte de Iván IV en 1584, el zarato se encontraba en crisis. A los modestos éxitos de Iván IV en territorios extranjeros se le sumaban decisiones catastróficas en su política interna diseñada para debilitar el poder de los boyardos, que gobernaban en Moscovia cuando él aún era un adolescente. A pesar de los crueles métodos de Iván IV, los boyardos no fueron completamente destruidos como fuerza política. Cuando en 1584 el zar murió, no dejó un digno heredero: mató a su hijo mayor con sus propias manos en 1581 durante uno de sus poderosos ataques de ira y, su otro hijo, Fédor (gobernó entre 1584 y 1598), era mentalmente discapacitado. De esta forma, el poder llegó a manos de su cuñado, el poderoso boyardo Borís Godunov. En consecuencia, en el Zarato de Moscú comenzó el período del dominio boyardo, que duró casi tres décadas. Por la guerra civil, la hambruna masiva y las intervenciones extranjeras, este período llegó a conocerse como “La Gran Tristeza”. Parecía que la propia existencia del Estado de Moscú se salvó por los pelos.

Moscovia, Polonia y Ucrania

Precisamente en tiempos de la tristeza moscovita, Polonia, que se fortaleció tras su unión en 1569 con el Gran Ducado de Lituania dando lugar a la República de las Dos Naciones, empezó a desempañar el papel principal de la vida política de Moscovia. A principios del siglo XVII, los ejércitos de la Mancomunidad de Polonia-Lituania comenzaron a atacar a su vecino del este. Los polacos apoyaron la aspiración al trono ruso de Dmitrii I El Falso, pero a partir de 1608, el rey polaco Zygmunt puso sobre la mesa la candidatura de su hijo, el futuro Wladyslaw IV. Con la ayuda de los cosacos ucranianos encabezados por el hetman Sahaidachnyi, los polacos tomaron Moscú unas cuantas veces. A pesar de que en 1612 el ejército polaco fue expulsado de Moscovia, Wladyslaw IV, que fue proclamado rey de Polonia en 1632, durante unos cuántos años más mantuvo sus pretensiones sobre el trono moscovita.

La etapa de “La Gran Tristeza” en Moscovia acabó en 1613 con la elección del nuevo zar Mijaíl Romanov (gobernó hasta 1645), desde entonces en Moscovia y, posteriormente, en el Imperio ruso, hasta 1917 gobernó una nueva dinastía: la dinastía Romanov. El zar Mijaíl [Miguel] y su sucesor Alexei [Alejo] (1645-1676) lograron establecer el orden en el zarato moscovita. Precisamente durante su prolongado gobierno se asentaron los fundamentos del Estado ruso, que tenía como importante peculiaridad el gobierno centralizado. En los últimos años del zarato de Mijaíl (años 1640) se debilitó el poder de los boyardos (que se canalizaba a través del Zemski Sobor o Asamblea de la Tierra) y la estructura burocrática que representaba el gobierno autocrático del zar se extendió por todo el territorio de Moscovia. En Moscú se fundaron unas cancillerías especiales para gobernar las ciudades y los pueblos. A través de esas cancillerías el gobierno central emitía decretos (gramoty) con las instrucciones para los representantes de cada ciudad o pueblo. En poco tiempo, en el zarato nada podía hacerse sin la instrucción correspondiente de las cancillerías moscovitas. Esta estructura administrativa se complementó con una clara estructura social que llegó a ser no menos estratégica. Cada persona, desde el zar hasta el último campesino, tenía su lugar concreto en la sociedad y su principal objetivo era servir al Estado. Esta estratificación permitió elaborar una base estable de impuestos que abastecían de ingresos al gobierno central.

Así que, a mediados del siglo XVII, Polonia y Moscovia, que controlaban la mayor parte de Europa oriental, tenían estructuras políticas completamente diferentes. Si en Polonia el gobierno del rey elegido era llimitado por la nobleza polaca (magnates y szlachta) con la ayuda del Sejm Central y los pequeños sejm, y en las poblaciones rurales los magnates y la szlachta gobernaban sus haciendas como unidades autónomas, prácticamente sin ninguna intervención del gobierno central; en Moscovia, los boyardos moscovitas perdieron sus prerrogativas en favor de un zar no elegido, que gobernaba el país apoyado en un sistema burocrático cada vez más complejo dependiente al máximo del gobierno central.

En un aspecto sí eran parecidos Polonia y Moscovia. Ambos países desarrollaron un sistema socioeconómico y legal que hizo siervos a los habitantes de las aldeas. En Moscovia, ese proceso de conversión se prolongó desde finales del siglo XV hasta mediados del XVII. En 1649, un nuevo código legal (“Sobórnoie ulozhéniye”) describía detalladamente todos los aspectos de la vida, cuya función más importante era servir al Estado. Ese código, que seguiría siendo la base de la legislación rusa hasta 1833, legalizó la servidumbre y ató a los campesinos al territorio. La Iglesia ortodoxa y ciertos particulares obtenían a menudo tierras como recompensa por los servicios civiles o militares prestados, así los siervos se convertían en propiedades de sus pany (dueños de la tierra) y no tenían derecho a abandonar la tierra donde vivían.

Durante la “Tristeza” (1605-1613) crecieron los contactos entre los ucranianos y Moscovia. Los cosacos registrados que servían al ejército polaco participaron en las múltiples incursiones militares polacas sobre el territorio de Moscovia, que se convirtió a sí en una fuente de botines. Pero en poco tiempo Moscovia se convirtió para los ucranianos no simplemente en un lugar de saqueos militares, sino también de apoyo, sobre todo en la esfera religiosa.

Tras la Unión de Brest en 1596, la Iglesia Ortodoxa quedó fuera de la ley en la Mancomunidad de Polonia-Lituania. A pesar de que la fe ortodoxa existía de alguna forma en las tierras bielorrusas y ucranianas gracias a la lealtad de algunos magnates rus, las cofradías, los monasterios y la influencia política cosaca, su situación seguía siendo insegura. La situación no cambió mucho incluso después de 1632, cuando finalmente la jerarquía ortodoxa fue legalizada de nuevo. Por eso, durante unas décadas tras la Unión de Brest, la Iglesia Ortodoxa en el Reino de las Dos Naciones, permaneciendo en un estado de asedio, buscó la ayuda de otros Estados ortodoxos, sobre todo de Moscovia.

En la década de 1620 los monasterios ucranianos acudían a menudo al zar ortodoxo moscovita para pedir dinero para la construcción de iglesias o la compra de atuendos para los ritos. Con el tiempo, comenzando en 1623, los monjes ucranianos llegaban a Putyvl, Ojtyrka y otras ciudades cercanas a la frontera polaca-moscovita, suplicando al zar permitirles mudarse a Moscovia para ejercer libremente la “fe cristiana [ortodoxa] que reprimen los polacos”.1 Al mismo tiempo, los jerarcas ortodoxos, además del metropolitano de Kíev, Iov Boretskyi, y del obispo de Przémysl, Isaía Kopynskyi, que fueron promulgados clandestinamente en 1620 y no reconocidos por el gobierno polaco, enviaban cartas y visitaban Moscovia pidiendo al zar situar sus tierras y sus habitantes bajo su “mano poderosa”. Incluso tras la legalización en 1632 de la jerarquía eclesiástica ortodoxa en la Mancomunidad de Polonia-Lituania, entre los jerarcas tradicionalistas seguía dominando una actitud pro moscovita, sobre todo porque criticaban la política pro polaca y orientada a lo latino del nuevo metropolitano ortodoxo kievita, Petró Mohyla.

Además, muchos campesinos y cosacos insatisfechos huían a Moscovia buscando refugio. Antes del levantamiento, entre 1638 y 1648, desde la Ucrania del Margen Izquierdo hasta Ucrania Slovozhánshchyna, es decir, desde la zona fronteriza libre justamente al norte de la actual Járkiv y desde la frontera de Ucrania con Rusia (ver mapa 22), emigraron 20.000 personas. Huían al este por las siguientes razones: por la extensión del sistema latifundista polaco o tras la derrota de los levantamientos cosacos de 1637 y 1638. Además, bajo el gobierno del zar esperaban mayor seguridad física y moral.

¿En qué consistía esta seguridad? Primero, bajo el gobierno del zar, los ucranianos y bielorrusos procedentes del Reino de las Dos naciones ya no conocieron la discriminación y las persecuciones por motivos religiosos. En segundo lugar, Moscovia garantizaba más seguridad respecto a los ataques tártaros, ya que en Ucrania, a pesar de la protección de los cosacos zaporogos, cada año disminuía la población. La respuesta polaca a la amenaza tártara consistió en construir fortificaciones en los límites de la zona esteparia, que habitualmente defendían los cosacos registrados. Es natural que los tártaros abordaran fácilmente estas fortificaciones. En cambio, los moscovitas, desde finales del siglo XVI comenzaron a levantar fuertes murallas (“zasiéchnaia chertá”) con troncos empalizadas de estacas en los caminos entre las ciudades fortificadas. Estas murallas se movían gradualmente hacia el sur y el este, hasta que entre 1635 y 1651 se construyó un gran sistema defensivo, conocido como “línea de Biélhorod”. Esta construcción, de 770 kms de largo, se extendía desde Ojtyrka, cerca de la frontera con Polonia, transcurría a través de toda Slovozhánshchyna, Biélhorod hasta Voronezh y seguía hacia el este (ver mapas 18 y 22). A lo largo de esta línea, entre 1637 y 1647 se fundaron veinte ciudades, la mitad de ellas en Slovozhánshchyna. Una parte de la línea ucraniana o de Izium fue ampliada hasta el meandro del río Donets, cerca de la fortaleza de Izium, en dirección oeste hacia el Dnipró. Los inmigrantes ucranianos buscaban refugio tras estas líneas. Así que la fe ortodoxa en común y los procesos migratorios demuestran que las tendencias moscovitas predominaban entre los ucranianos mucho antes de la aparición de Bohdán Jmelnytskyi.

Jmelnytskyi y Pereiáslav

Jmelnytskyi avivó estas tendencias pro moscovitas. A pesar de las victorias de mayo de 1648 sobre el ejército polaco cerca de Zhovti Vody y Korsun, al hetman cosaco le seguía preocupando que el conflicto con Polonia aún no se hubiera terminado. Por eso, entre junio de 1648 y mayo de 1649, envió a Moscovia siete cartas pidiendo apoyo militar, ofreciendo al zar el servicio de los cosacos y expresando la esperanza de que el ejército de Moscú no ataque a su aliado tártaro. Pero el zar, en aquel momento, no pudo ayudarle debido a que Moscovia en sí estaba envuelta en un gran levantamiento que duraba todo el verano y comienzo del otoño de 1648. Además, el zar Alexei, de 18 años y aún políticamente débil, no deseaba entrar en guerra con Polonia, a lo que inevitablemente llevaría una alianza entre Moscovia y los cosacos.

Aunque a principios del siglo XVII Moscovia logró restituir el orden interno tras la “Tristeza”, en política externa el zarato mantenía posturas defensivas, sobre todo al respecto del poderoso ejército polaco. Por ejemplo, ya incluso en 1634 el rey polaco expresaba sus aspiraciones al trono moscovita y, tras las campañas militares de 1618 y de nuevo tras las de 1633 y 1634, Moscovia fue obligada a ceder a su rival occidental las tierras de Síversk y Smolensk (junto con Starodub y Cherníhiv). Bajo la amenaza de las incursiones de las hordas nogayas del sur que se habían recuperado en aquel tiempo y de la posible intervención de Suecia desde Livonia en el noroeste, Moscovia sentía que no podía ser enemiga de Polonia. Así que la negativa del zar Alexei a Jmelnytskyi en 1648 y 1649 estaba completamente motivada.

Pero las victorias de Jmelnytskyi durante los dos siguientes años demostraron que el ejército polaco era finalmente vencible. Así que el hetman cosaco, al conocer cuál era la situación cuando miraba hacia los Balcanes y los otomanos, se dirigió de nuevo al zar Alexei en 1652 y 1653. El Estado moscovita ya había cambiado mucho. La Iglesia rusa ortodoxa, encabezada por el enérgico nuevo patriarca Nikón (1652-1666), se puso como objetivo emprender una reforma interna con la ayuda de los talentosos representantes del clero ruso que habían sido formados en el colegio kievita de Mohyla. Nikón, como consejero más cercando del zar, convenció a los moscovitas ricos a aceptar la petición de los cosacos. Por eso no sorprende que el propio patriarca moscovita hiciera de mediador cuando en abril de 1653 los emisarios de Jmelnytskyi pidieron al zar que acogiera bajo su protección a los cosacos. Finalmente, en junio del mismo año el zar Alexei “mandó aceptarlo bajo su gran mano”.

Tras esta decisión, a finales de diciembre de 1653, los delegados moscovitas se dirigieron a encontrarse con Jmelnytskyi. El lugar del encuentro se fijó en la ciudad de Pereiáslav, por la que transcurre el Dnipró, a medio camino entre Kiev y la capital del hetman, Chyhyrýn. Según las fuentes moscovitas, el día de la llegada de la delegación, el pope local congregó a una gran multitud de burgueses de Pereiáslav pasa saludar a los emisarios de Moscovia de la siguiente manera: “(…) ya que en el día de hoy Dios nuestro señor con vuestra llegada cumplió el poderoso deseo de nuestra fe ortodoxa, entonces que se unan la Gran Rus y la Rus Menor bajo la mano fuerte del gran poderoso y honrado zar del este”.2

Las negociaciones de Pereiáslav se prolongaron durante unos días de enero de 1654. El malentendido apareció por las esperanzas de los cosacos de que el zar les jurara lealtad como habían hecho los reyes polacos. Además, el metropolitano ortodoxo de Kiev, Sylvestr Kósib (1647-1657), estaba en contra de las negociaciones porque temía que su metrópoli pasara a depender del patriarcado de Moscú. Finalmente, Jmelnytskyi y los cosacos juraron lealtad al zar ruso, tras lo cual, los emisarios moscovitas se dirigieron a otras ciudades ucranianas para recibir el juramento cosaco.

El Tratado de Pereiáslav de 1654, que unió las tierras ucranianas controladas por los cosacos con Moscovia, se componía de tres partes: 1) el juramento de los cosacos y de los habitantes de Pereiáslav y otras ciudades ucranianas en enero de 1654; 2) veintitrés “Artículos de Petición” de Jmelnytskyi, llevados a Moscú por sus emisarios el 14 de marzo de 1654; 3) la respuesta del zar en forma de once artículos, conocidos posteriormente como los “Artículos de marzo”, que vio la luz el mismo mes. Durante los meses siguientes funcionarios moscovitas visitaron más de cien ciudades, cuyos habitantes juraron lealtad al zar, que significaba la aceptación de los puntos del tratado anteriormente mencionados. Respecto a estos puntos, los cosacos y la población rus de la Mancomunidad juraron lealtad conjuntamente al zar. Al ejército zaporogo le confirmaron sus derechos y libertades, además de la independencia de los juzgados cosacos y el derecho intocable a la propiedad de los territorios cosacos. El ejército tenía que elegir a los hetman, que jurarían lealtad al zar. Chyhyrýn seguiría siendo la capital del hetman y podía establecer negociaciones con cualquier Estado, excepto con Polonia y con el Imperio otomano. El número de cosacos registrados se limitó a 60 000, y su salario saldría de las tierras ucranianas pertenecientes al zar. El zar ofrecía a los cosacos ayuda militar. Fueron confirmados los derechos tradicionales de la szlachta ucraniana. Los burgueses podían elegir a la administración local, y el metropolitano ortodoxo y el clero de la Mancomunidad permanecerían “bajo la bendición” del patriarca moscovita, que prometió no intervenir en los asuntos eclesiásticos.

Cuando las negociaciones de los emisarios cosacos con el gobierno de Moscovia acabaron finalmente en agosto de 1654, el título del zar cambió de zar “de toda la Rus” a zar “de la Gran Rus y de la Rus Menor”. Así que el zar Aleksei sin grandes esfuerzos alcanzó rápidamente la meta formulada en Moscovia en tiempos del gran príncipe Iván III: unir todas las tierras que pertenecían a la Rus de Kiev medieval bajo el poder de un único dueño ortodoxo.

El Tratado de Pereiáslav, como más tarde se demostró, marcó un punto crucial en la historia de Europa del este. Fue una señal de los cambios graduales que hicieron de Moscovia, y no Polonia, el Estado referente de esta parte de Europa. Para Ucrania, en 1654 acabó el período de seis años que culminó los cincuenta años de lucha cosaca por su autonomía dentro de Polonia. Cuando las cesiones de Polonia parecían imposibles, los cosacos comenzaron a buscar una autonomía circunscrita a Moscovia.

Los historiadores discutieron puntillosamente sobre el significado jurídico del Tratado (o, como dicen algunos, Acuerdo) de Pereiáslav. Algunos historiadores lo consideraban la forma en que Ucrania entró a formar parte del zarato de Moscú con una garantía de autonomía basada en, o bien un tratado (B. Nolde) o en una unión personal (V. Sergueiévich). Otros consideraban que Ucrania se convertía en un Estado semiindependiente bajo el protectorado moscovita (M. Korkunov, A. Iakovliv, M. Hrushevskyi, L. Okinshévych). Algunos veían en este tratado solamente una alianza militar entre los cosacos y Moscovia (V. Lypynskyi, O. Ogloblin), o una unión personal “atípica” entre dos Estados jurídicamente equivalentes (R. Lashchenko).

Independientemente de los debates entre los historiadores, el tratado de Periáslav, al igual que su iniciador Bohdán Jmelnytskyi, jugó un papel simbólico en la historia de las relaciones entre Ucrania y Rusia, y se menciona o como un gran éxito, o como un gran fracaso. Por ejemplo, en el siglo XIX, el poeta ucraniano Tarás Shevchenko, otorgaba a Jmelnytskyi la responsabilidad por la “esclavitud” de su pueblo a Rusia (ver capítulo 29). En cambio, el gobierno del zar Alexander III (1881-1894) erigió en el centro de la histórica Kiev un momento a Bohdán Jmelnytskyi que, a caballo, señala hacia el norte, como una indicación del supuesto deseo de Ucrania de relacionarse con Rusia. Tras la Segunda Guerra Mundial, el mito de Pereiáslav fue resucitado, esta vez por los ideólogos soviéticos, que en ocasión del 300º aniversario del tratado, en 1954 celebraron este acontecimiento como el símbolo principal de la “reunificación” de Ucrania con Rusia, de la que Ucrania fue forzosamente separada por invasores extranjeros tras la caída de la Rus de Kiev.

Más allá de cualquier cosa que escribieran los autores sobre Pereiáslav, es un hecho innegable que tras 1654, el zarato de Moscovia consideraba la Ucrania cosaca, que desde entonces se mencionaría como Rusia Menor, su patrimonio legal. Debido a que el zar era un gobernante absolutista, los derechos y libertades concedidos a los cosacos en Pereiáslav fueron interpretados como regalos que él podía deshacer cuando deseara. Al final, resultó que los cosacos y Moscovia interpretaban el acuerdo de formas distintas, provocando desde el comienzo múltiples malentendidos entre las dos partes. Esta situación se agudizó especialmente en 1659, cuando para la elección del nuevo hetman (de Iurii, el hijo de Bohdán Jmelnytskyi) los cosacos tuvieron que aceptar una nueva redacción de los “Artículos de Petición” junto con “Nuevos Artículos” (18 puntos) propuestos por Moscú. El “Nuevo” Tratado de Pereiáslav de 1659 era el único al que Moscú haría referencia en sus siguientes acuerdos con los cosacos cada vez que un nuevo hetman ocupara su puesto.

A pesar de los debates sobre la legitimidad del primer (1654) y segundo (1659) texto de los tratados de Periáslav y del constante conflicto militar y cambios de fronteras, todas las tierras ucranianas del margen izquierdo junto con Kiev permanecieron en el Estado moscovita, y luego ruso. A finales del siglo XVIII, a consecuencia de nuevos logros territoriales, la mayoría de las tierras ucranianas (salvo Galitzia, Bukovina y Transcarpatia) se hallaban dentro del Imperio ruso. Así que desde los tiempos de Periáslav se puede hablar del comienzo de la fase moscovita o rusa de la historia de Ucrania.

El Tratado de Pereiáslav

Los siguientes fragmentos proceden de los “Artículos de Petición” llevados a Moscú por los emisarios del hetman Jmelnytskyi el 14 (24 según el calendario actual) de marzo de 1654.

“Ante su Majestad el Zar, nosotros, Bohdán Jmelnytskyi, hetman del ejército de Zaporozhzhia, todo el ejército zaporogo y también todo el mundo cristiano rus, inclinamos nuestras cabezas hacia el suelo.

1) Desde el principio, Su Majestad el Zar confirma los derechos y libertades militares que han existido desde hace mucho tiempo en el ejército zaporogo, que se regía por sus propias leyes y disfrutaba de sus propias prerrogativas en asuntos de propiedad y justicia, garantizando que ni voivoda, ni boyardo ni stolnik interfieran en los juzgados militares; sino que serían juzgados por sus sabios.

2) Que el ejército zaporogo cuente con una cifra siempre disponible de 60 000 soldados.

3) Que la szlachta que se ha decantado por Rusia y prestado juramento, de acuerdo con los mandamientos inmaculados de Cristo, de fidelidad hacia Su Majestad el Zar, mantenga sus privilegios de clase. Que sus sabios elijan a sus jueces y que mantengan sus propiedad y libertades, como sucedía bajo los reyes polacos.

4) Que en las ciudades los funcionarios sean elegidos de nuestra gente digna, con la finalidad de gobernar o supervisar los asuntos de Su Majestad el Zar y de remitir a la Hacienda zarista los ingresos que justamente le pertenecen.

5) Que la sede del hetman permanezca en el distrito de Chyhyrýn con todas sus dependencias para que pueda proveer de ingresos a toda la sede.

6) Que el propio ejército zaporogo, como es su tradición, elija al hetman y se lo comunique a Su Majestad el Zar.

7) Que nadie quite las tierras a los cosacos.

8) Que al pysar [secretario general] del ejército zaporogo se le asignen, por la gracia de Su Majestad el Zar, mil piezas de oro para los empleados de su oficina y un molino para satisfacer las necesidades del intendente.

9) Que a cada coronel se le asigne un molino porque sus gastos son grandes.

10) Además, a cada juez militar trescientas piezas de oro y un molino, y a cada secretario judicial cien piezas de oro.

11) Que a los yesaúles del ejército zaporogo y a los yesaúles de los regimientos que están permanentemente en servicio se les conceda un molino.

12) Para la fabricación de la munición y la artillería y para todas las personas que trabajan en ello, rogamos a Su Majestad el Zar condiciones dignas en sus cuarteles de invierno y campamentos de verano y cuatrocientas piezas de oro para cada artillero.

13) Que los derechos concedidos durante siglos por príncipes y reyes a clérigos y laicos no sean violados de ningún modo.

14) Que los emisarios de países extranjeros que acudan al ejército zaporogo con buenas intenciones sean libremente recibidos por el hetman y el ejército zaporogo.

15) Que, como se hace en muchos otros países, los tributos se paguen en una sola ocasión y serán entregados como se nos indique a las personas elegidas por Su Majestad el Zar.

16) Nuestros emisarios buscan un acuerdo con el efecto de que ningún voivoda pueda violar nuestros derechos. Y donde sea que entre los habitantes locales haya gente cualificada, estas verán que se hace justicia con respecto a las violaciones de las leyes y tradiciones locales.

17) Que Su Majestad el Zar escriba nuestros privilegios en cartas selladas, una para las libertades de los cosacos y otras para las de la szlachta; haciendo así estas libertades para siempre. Y cuando las recibamos nos encargaremos de mantener el orden entre nosotros mismos. Quien sea cosaco dispondrá de las libertades cosacas, y quien sea un campesino trabajador de la tierra dará, como anteriormente, sus obligaciones habituales a Su Majestad el Zar.

18) El asunto del metropolitano es un aspecto a debatir, respecto a este asunto hemos dado instrucciones orales a nuestros emisarios.

19) Que Su Majestad el Zar envíe tropas rápida y directamente a Smolensk sin mayor dilación, a fin de que el enemigo [Polonia] no pueda mejorar su posición ni consolidarse con otros.

20) Que para cualquier eventualidad, un contingente de personas, unas 3000 o preferiblemente más, debería permanecer a lo largo de la frontera con Polonia.

21) Que deben ser pagados 100 efimki a cada coronel, 200 piezas de oro a cada yesaúl de regimiento, 400 piezas de oro a los de más alto rango, 100 piezas de oro a cada centurión y 30 a cada cosaco.

22) Si la Horda [tártara crimea] muestra hostilidad será necesario forzarla a desplazarse a Astracán o Kazán.

23) Que Su Majestad el Zar de aquí en adelante se encargue de proporcionar raciones y harina para la artillería y la fortaleza de Kodak, construida en la frontera con Crimea y en la que el hetman mantiene a tiempo completo a 400 hombres y les suministra todo tipo de provisiones.

Fuente: John Basarab. Pereiaslav 1654: A Historiographical Study (Edmonton, 1982) páginas 230-236.

1K.V. Jarlampóvych, Malorossiskoie vlianie na velykorusskuiu tserkovnuiu zhizn. Tomo I. (Kazán, 1914), pág. 29.

2 Myjailo Hrushevskyi. Historia de Ucrania-Rus. Tomo IX (Kiev, 1928), página 732.

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Capítulo 16. Jmelnytskyi y el levantamiento de 1648

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del primer capítulo de la Cuarta Parte del libro: El Estado cosaco del período 1648-1711.)

Bohdán Jmelnytskyi es el protagonista central de la historia ucraniana del siglo XVII. Algunos le consideran el personaje histórico más destacado de la Edad Contemporánea ucraniana debido a que durante su hetmanato de casi diez años (1648-1657), los cosacos, y con ellos la mitad del territorio ucraniano, pasaron al control de Moscovia. Supuso el comienzo de la unificación gradual en Moscovia de los territorios ucranianos, que pertenecerían a Polonia hasta la desaparición del mapa político europeo de la Mancomunidad de Polonia-Lituania a finales del siglo XVIII. Pero un hecho aún más importante para la historia ucraniana fue que Jmelnytskyi logró controlar la mayor parte de los territorios centrales ucranianos y gobernar sobre ellos como si de un Estado independiente se tratara. Su Estado cosaco fue una fuente de inspiración interminable para las futuras generaciones de ucranianos, muchos de los cuales lucharon por el resurgimiento de lo que consideraban un país independiente desde tiempos de Jmelnytskyi.

La percepción sobre Bohdán Jmelnytskyi como figura importante en la historia de Europa del este del siglo XVII fue muy variada. No es sorprendente que la historiografía polaca le considerara el jefe del destructivo levantamiento que socavó los cimientos y destruyó completamente al Estado polaco. La historiografía rusa le consideraba el líder que llevó a los ortodoxos “pequeñorrusos” a la guarida del Estado ruso. Los autores ucranianos veían en Jmelnytskyi un destacado guía que insufló vida a la idea de independencia nacional, que andaba adormecida desde tiempos de la Rus de Kíev. Aunque algunos criticaran a Jmelnytskyi algunos errores sociopolíticos y diplomáticos y, sobre todo, su decisión de jurar lealtad a Moscovia, todos estaban de acuerdo en que el período de su dominio llegó a ser el punto crucial del desarrollo histórico de Ucrania. Los historiadores judíos consideran a Jmelnytskyi el instigador del primer genocidio contra los judíos en la Edad Contemporánea. Señalan que la próspera sociedad judía en Ucrania no solo fue destruída, sino que este precoz “holocausto” determinó de forma mística el destino de los judíos askenazíes de Europa oriental. Al final, los historiadores ucranianos, igual que los historiadores marxistas soviéticos rusos remarcaban el aspecto revolucionario y nacional general de la era Jmelnytskyi. Desde los años 30 del siglo XX se incluyó al jefe de los cosacos en el no muy numeroso pero políticamente relevante panteón de los héroes nacionales reconocidos presoviéticos, sobre todo por haber comenzado el movimiento de “unificación” de los pueblos hermanos de Ucrania y Rusia. Por tanto, para algunos, Bohdán Jmelnytskyi es un héroe (en mayor o menor medida) y, para otros, es un malvado e incluso la personificación del diablo. ¿Cómo fue esta persona cuya carrera hoy en día sigue siendo objeto de discusiones históricas y de polémicas políticas?

El comienzo de la carrera de Jmelnytskyi

Bohdán Zynovii Jmelnytskyi nació aproximadamente en 1595. El lugar de su nacimiento no se sabe con certeza, pero muchos consideran que la finca de su padre se encontraba en Subótiv, cerca de Chyhyrýn, en las cercanías del Dnipró y a, aproximadamente, 70 kilómetros al sur de Cherkasy, una ciudad fronteriza y centro cosaco. Su padre, Myjailo era un cosaco registrado de origen szlachta y quizá bielorruso, que efectuó servicio militar en Galitzia (en la ciudad de Zhovkva) con el famoso hetman polaco y jefe militar de principios del siglo XVII Stanislaw Zolkiewski. Posteriormente, el starosta del powiat de Chyhyrýn llamó a Myhailo Jmelnytskyi, que se convirtió en poco tiempo en sub starosta y se asentó en una finca de la vecina Subótiv, donde luego nacería su hijo Bohdán.

En ausencia de colegios ortodoxos en la relativamente cercana Kíev (donde no las habría hasta 1615) Bohdán fue enviado a un colegio jesuíta de Galitzia (probablemente en Iaroslav). Al terminar sus estudios participó junto con su padre y los cosacos, bajo el mando del hetman Zolkiewski en una campaña fallida contra los turcos en 1620. Zolkiewski y Mykhailo Jmelnytskyi murieron en la batalla de Cecora, cerca de la ciudad moldava de Iasi, y el joven Bohdán fue hecho prisionero y llevado a Estambul. Los dos años siguientes, mientras su madre reunía dinero suficiente para pagar su rescate, Bohdán estudiaba turco y se familiarizó con la política otomana y crimea y con los problemas de la Iglesia ortodoxa en la capital del sultanato. Tras su vuelta a casa en 1622, Jmelnytskyi entró al servicio como cosaco registrado en su Chyhyrýn natal.

En esta época, entre 1620 y 1630, Jmelnytskyi se posicionó a favor de aumentar el número de cosacos registrados y sus derechos. Algunos polacos incluso sospechaban que participó en los levantamientos cosacos de 1637 y 1638; pero debido a que no existían pruebas de ello le permitieron acceder al puesto de sótnik de los cosacos de Chyhyrýn. En una época relativamente tranquila, después de 1638 Jmelnytskyi se dedicó a las labores caseras de su finca familiar cerca de Chyhyrýn, donde, como él mismo pensaba, pasaría el resto de su vida como cualquier cosaco registrado, cuyo objetivo principal era igualar el estatus de su grupo al de la szlachta en la Mancomunidad de las Dos Naciones. Pero la zona esteparia donde vivía Jmelnytskyi y anteriormente su padre, sufrió cambios y una rápida colonización; así que sin los documentos correspondientes, el objetivo de la familia de Jmelnytskyi de aspirar al estatus de la szlachta significaba poco para los agresivos magnates, ya que a pesar de la Iura regalia de la szlachta, tenían por costumbre arrebatarles sus tierras. Así que el estatus social de Jmelnytskyi seguía siendo inestable, por lo que estaba obligado a acudir al servicio militar del rey o bien dedicarse a la actividad agrícola, para así al menos poder mantener su situación material.

Por la inseguridad de su propia situación, Jmelnytskyi defendía la necesidad de acometer cambios en el estatus de los cosacos registrados, el cuál había decaído tras los fallidos levantamientos de 1637 y 1638. Recibió con entusiasmo los planes del rey Wladyslaw IV de organizar en 1646 una nueva cruzada contra el Imperio otomano. Los cosacos, apreciados por su potencial militar, veían en estos planes del rey una posibilidad para mejorar su situación. De hecho, Jmelnytskyi era uno de los cuatro miembros de la delegación cosaca que fue invitada en 1646 a Varsovia a unas negociaciones con el rey. Aún mayor fue se decepción cuando la szlachta polaca logró tumbar los planes de Wladyslaw. Sin embargo, la delegación cosaca parece que obtuvo ocultamente del rey algunos privilegios, consistente en devolver el estatus de los cosacos a la situación anterior a 1638.

En los primeros meses de 1647 ocurrió una serie de acontecimientos que marcaron un punto de inflexión en la vida de Jmelnytskyi. Debido a que fue un personaje histórico importante, no es sorprendente que surgieran muchas leyendas alrededor de él, especialmente sobre este período decisivo de su vida. La más llamativa de ellas (y que fue reflejada en varias fuentes posteriores) narra unos acontecimientos que fueron llamados por el historiador Myjailo Hrushevskyi “El caso Jmelnytskyi”. Esta así llamada estafa se refería a una “lucha por una mujer” llamada Motrona, de la que Jmelnytskyi posiblemente se enamoró en aquel tiempo, cuando este ya tenía esposa e hijos. Finalmente, Motrona se casó con un sub starosta polaco de Chyhyrýn, Daniel Czaplynski, que rea el rival local de Jmelnytskyi. Poco antes de la boda, Czaplynski atacó la finca de Jmelnytskyi en Subótiv, la saqueó y, por alguna razón, mató a latigazos a uno de los hijos del jefe cosaco. Indudablemente, la violencia y el terror contribuyeron la muerte precoz de la primera esposa de Jmelnytskyi en, aproximadamente, 1647.

En los asuntos relativos a la finca y las actividades agrícolas Jmelnytskyi rivalizaba con el superior de Czaplynski, el estarosta de Chyhyrýn, Alexander Koniecpolski, que consideraba al jefe cosaco una amenaza a su monopolio de aguardientes. Tras el ataque de Subótiv, Jmelnytskyi buscó sin éxito justicia en los tribunales, por lo que se dirigió a Varsovia donde expuso una queja en el Sejm polaco, sin obtener tampoco resultado alguno. Estando en la capital, incluso se dirigió al rey Wladyslaw, que aunque se compadeció de Jmelnytskyi, reconoció que no tenía posibilidad de intervenir en el sistema legal y administrativo polaco, controlado plenamente por la szlachta.

La apelación de Jmelnytskyi al juzgado real y al Sejm de Varsovia enfadó aún más a sus enemigos y al volver a casa a finales de 1647 fue inmediatemente arrestado por orden de Koniecpolski. Unos amigos ayudaron a Jmelnytskyi a huir. Sin saber a quién más acudir, decidió seguir los pasos de cientos de cosacos registrados descontentos y de la szlachta menor. En enero de 1648 huye a la Sich de Zaporozhzhia, donde el ejército cosaco se encontraba fuera del alcance del gobierno polaco.

Estos hechos fueron adornados por autores posteriores de forma que las prolongadas discordias políticas, sociales y económicas entre polacos y cosacos parecían menos importantes en los motivos para actuar de Jmelnytskyi que la lucha por una mujer con un oficial menor polaco. Pero no fue la rivalidad por la “Helena esteparia”, sino la constante tensión social, religiosa y nacional en la Ucrania del siglo XVII lo que condicionó una serie de acontecimientos que cambiaron profundamente tanto la sociedad ucraniana como la polaca.

El levantamiento de 1648

Las derrotas en los levantamientos de 1637 y 1638 apaciguaron a los cosacos, pero no por mucho tiempo. Ahora parecía que el influyente jefe Bohdán Jmelnytskyi, del que habían oido que el propio rey confiaba en él, había llegado a Zaporozhzhia. Inmediatamente, Jmelnytskyi se dispuso a cambiar la actitud negativa zaporoga hacia los cosacos registrados “aburguesados” y ya a finales de enero de 1648 fue elegido hetman. El nuevo hetman preveía la probabilidad de entrar en conflicto con los polacos y, apoyándose en su prestigio en el mundo otomano, pactó con los tártaros de Crimea. El kan de Crimea,Islam III Giray (gobernó entre 1644 y 1654), decidió establecer una alianza con los cosacos por dos razones: 1) las ganas de vengarse de los polacos por los ataques sobre sus territorios y 2) intentar apaciguar el aumento del descontento de los nobles tártaros dándoles la oportunidad de atacar territorios ucranianos, donde la presa militar estaba asegurada por parte de los propios cosacos. Ciñiéndose al pacto, el kan llamó a Tugay-Bei, comandante de la poderosa fortaleza tártara de Perekop, para que se uniera con sus 4000 nogayos y otra caballería tártara a los cosacos de Jmelnytskyi.

A pesar de que los nobles polacos y los militares no se ponían de acuerdo sobre cómo deshacerse del nuevo peligro cosaco-tártaro, contaban con la calidad superior (no la cantidad) de su propio ejército. La infantería polaca, su caballería y los cosacos registrados al servicio de Polonia contaban en total con 9200 guerreros encabezados principalmente por el hetman real Mikolaj Potocki y su hijo Stefan Potocki. Se dirigieron a Zaporozhzhia, donde bajo la bandera de Jmelnytskyi se habían reunido entre 4000 y 5000 cosacos y entre 3000 y 4000 miembros de la caballería de Tugay-Bei. Pero para su sorpresa, el ejército polaco se encontró por el camino con este ejército unificado cosaco-tártaro capitaneado por Jmelnytskyi, que les infringió la derrota en la batalla de Zhovti Vody los días 15 y 16 de mayo de 1648. Stefan Potocki fue capturado por los tártaros (murió posteriormente a causa de las heridas) y los cosacos registrados del lado polaco se pasaron al lado de Jmelnytskyi. Con las fuerzas más numerosas sumando a cosacos y tártaris, Jmelnytskyi persiguió a los polacos y les venció en una segunda batalla, la de Korsun, los días 25 y 26 de mayo, capturando además a los comandantes polacos. Aún más se complicó la situación de los polacos cuando el 20 de mayo, en vísperas de la derrota en Korsun, muere el rey Wladyslaw IV Vasa.

Las noticias de las victorias cosacas inspiraron a todos los descontentos y la rebeldía se extendió por la mayor parte del voivodato de Kíev: los campesinos expulsaban o mataban a los pany polacos y a sus administradores judíos, el clero ortodoxo llamaba a la venganza sobre los curas católicos y uniatas y los burgueses se levantaban contra los nobles ricos. Al caos generalizado se le sumó la llegada, tras la victoria en Korsun, del kan de Crimea con un ejército de 11000 combatientes. Semejante a otros ejércitos tártaros que ya se encontraban en Ucrania, a los recién llegados les estaba permitido saquear y recibir el botín, dentro de los límites acordados en el trato. Pero las limitantes “instrucciones” fueron rápidamente olvidadas y los soldados tártaros comenzaron a atacar las ciudades sin control, matando y capturando a los habitantes locales para venderlos en los mercados de esclavos de Crimea.

Así que a principios del verano de 1648 la situación estaba así: dos jefes principales polacos fueron capturados, su ejército oriental fue derrotado, el campesinado ucraniano se había levantado, los atacantes crimeo tártaros saqueaban la región a su gusto, y el rey había muerto. Además, los antiguos enemigos de Polonia, es decir, los cosacos zaporogos y los tártaros de Crimea, estaban exultantes tras esas victorias , por lo que parecía que no había salvación posible. Sin duda, los campesinos ucranianos y la mayoría de los cosacos zaporogos no registrados estaban preparados para deshacerse del gobierno polaco de una vez para siempre. Pero, ¿estaba Bohdán Jmelnytskyi preparado para esto?

La vida de Jmelnytskyi y de otros cosacos registrados relativamente bien acomodados era como la vida de un szlachtych local ambicioso. Al haber sufrido daño de los rivales locales, aspiraba sobre todo a la restauración de la justicia. Si esto no se pudo conseguir por la vía legal, la victoria militar sobre el ejército polaco obligaría al gobierno polaco a actuar a favor de sus intereses. Incluso después de que Jmelnytskyi hubiera vencido dos veces al ejército polaco oriental, parece que él no habría estado en contra de seguir siendo súbdito del rey polaco si le hubieran prometido recompensar las pérdidas personales y restaurar los derechos de sus compañeros que disfrutaban antes de los levantamientos de 1637 y 1638. Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás, quisiera o no. La ofensa personal y la reacción de Jmelnytskyi causó una serie de acontecimientos que quedaban fuera de su control. Él solo podía o bien subir a lo más alto, o bien hundirse.

Al principio, Jmelnytskyi intentó detener el levantamiento de cosacos y campesinos, ya que estos, según sus suposiciones, tras acabar con la szlachta local polaca podrían tomarla contra la szlachta rus y los cosacos registrados. Jmelnytskyi esperaba el apoyo de los polacos para apaciguar aquello que podría llegar a una revolución. En junio de 1648, fingiendo no conocer la muerte del rey, Jmelnytskyi detuvo su ejército cerca de Bila Tserkva, que se encuentra al suroeste de Kíev y mandó unos emisarios a Varsovia exigiendo la devolución de las antiguas libertades cosacas, aumentar el número de cosacos registrados hasta 12000, pagar el salario a los cosacos por los últimos cinco años y tratar justamente a la Iglesia ortodoxa devolviéndole, por ejemplo, sus parroquias y monasterios arrebatados por los uniatas. A cambio, Jmelnytskyi prometía sumisión al rey.

El Sejm polaco, que traicionará las humildes exigencias de Jmelnytskyi de forma asombrosa, acordó entregárselas para su revisión al nuevo rey, que aún no había sido elegido. Tras esto, Jmelnytskyi volvió a su hacienda cerca de Chyhyrýn e incluso se casó a principios de 1649 con Motrona, después de que su poco duradero matrimonio con Czaplinski fuese deshecho. Parecía que casi había logrado todo lo que se había propuesto.

Pero el desarrollo de los acontecimientos no le dejó disfrutar una vida apacible. Jefes cosacos tan populares como Maksym Kryvonís y Danylo Nechai, encabezando a campesinos y cosacos registrados, no detenían las acciones militares dirigidas a católicos polacos, uniatas ucranianos y judíos en el voivodato de Kíev. El efecto especialmente aniquilador de estos levantamientos, desde una perspectiva tanto cercana como lejana, lo sufrieron los judíos (ver capítulo 28). El número de víctimas judías entre 1648 y 1652 varía desde decenas de miles hasta cientos de miles, pero como resultado de investigaciones más rigurosas y de recuentos más precisos, el número parece rondar entre 18000 y 20000.1 Parece que el número exacto nunca se va a saber. Cualquiera que sea el número y quienquiera que fuese el culpable (campesinos, cosacos zaporogos, Kryvonís y Nechai o tártaros cimeos que vendían a los judíos capturados en los mercados de esclavos del Imperio otomano), los judíos hasta el día de hoy culpan a Jmelnytskyi de esto. La inmensamente famosa “Encyclopedia Judaica” añade a su nombre unos epítetos prestados de las antiguas crónicas judías: “El feroz lúpulo2, uno de los peores opresores de los judíos de todos los tiempos… que carga con la mayor responsabilidad del holocausto del judaísmo polaco de aquella época”. Su reputación entre los judíos no cambió “incluso a pesar de que en realidad”, como reconocen algunas fuentes, su control en el desarrollo de los acontecimientos fue bastante limitado.3 Independientemente de la validez o no de la visión judía sobre Jmelnytskyi, el hecho es que, en el sistema socioeconómico de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, los judíos, al igual que los polacos, representaban la opresión. En la gran revuelta social que comenzó en 1648, los judíos se encontraron, como se suele decir, entre la espada y la pared, y el resultado fue la destrucción de la mayoría de sus comunidades.

Hasta finales del verano de 1648 el levantamiento campesino-cosaco se extendió hacia el oeste, al resto del voivodato de Kíev, y también a Brátslav, Podilia y algunas zonas de Volinia. En este momento, Iarema Wisniowiecki, un influyente magnate polaco de la Ucrania del Margen Izquierdo, descendiente de la familia rus de los Wisniowiecki, que se convirtió en un católico convencido y patriota de Polonia, se hizo cargo de este asunto. Cansado de las discusiones estériles sobre la cuestión cosaca que se debatían en las altas esferas estatales en Varsovia, Wisniowiecki decidió atacar a los rebeldes. Pero su ataque fue rechazado por la caballería cosaca encabezada por Maksým Kryvonís. El desarrollo de los acontecimientos provocó que Jmelnytskyi abandonara su corto aislamiento. Se dirigió al oeste, hacia Volinia, donde en septiembre de 1648 junto a Kryvonís destrozó al gran ejército polaco de 80000 guerreros cerca del pueblo de Pyliavtsi. Luego, el ejército cosaco y sus aliados crimeotártaros se acercaron a Lviv, donde ejercieron un asedio que solo levantaron cuando el gobierno de la ciudad pagó por él.

Ahora el camino hasta Varsovia quedaba expedito, y los cosacos convencieron a Jmelnytskyi a ir a golpear al mismo corazón de Polonia. Se dirigió en dirección a Varsovia, pero en noviembre se detuvo en Zamoszie, en el tercio del camino entre Lviv y Varsovia. De nuevo, aspirando a más cesiones del lado del gobierno polaco, Jmelnytskyi acudió a negociar. Las condiciones del hetman eran: 1) devolución de los derechos de los cosacos; 2) vía libre para el paso de cosacos hasta el mar Negro, eliminando obstáculos como la fortaleza cosaca de Kodak, que bloqueaba el camino; 3) el hetman solo dependerá del rey, yno del gobierno polaco local; 4) amnistía a todos los participantes del levantamiento y 5) la Unión de Brest y, por tanto, la Iglesia uniata deben ser canceladas. El nuevo rey Jan Kazimierz (reinó en 1648-1668) prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para cumplir estas condiciones. Mientras tanto, le pidió a Jmelnytskyi detener la batalla y volver a casa.

Teniendo en cuenta la tendencia de los polacos a romper sus promesas, o por la falta de buena voluntad del rey, o (lo que era más probable) tras la intervención de la szlachta polaca, es asombroso que Jmelnytskyi pensara que esta vez iba a ser diferente. Creyera Jmelnytskyi o no a los polacos, él esperaba seguir formando parte de la República de las Dos Naciones. Al fin y al cabo, había acordado detener el agitado levantamiento campesino-cosaco y volver a casa.

Jmelnytskyi y los judíos

Los cronistas hebreos del siglo XVII ofrecen cifras muy variadas pero siempre elevadas en cuanto al número de judíos fallecidos en Ucrania en la época del levantamiento de Jmelnytskyi. Los números alcanzan los 60000 – 80000 fallecidos (Nathan Hanover) e incluso algunos hablan de 100000 (Sabbatai Cohen); y 300 comunidades y 670000 fincas destruidas. Casi todos los contemporáneos expertos en aquella época están seguros de que las cifras de las crónicas son exageradas. Los historiadores israelíes Shmuel Ettinger y Bernard D. Weinryb hablan del “exterminio de más de una decena de miles de judíos”, y el historiador ucraniano-estadounidense Iaroslav Pelenskyi reduce la cifra a entre 6000 y 14000. Los recuentos más recientes del historiador israelí Shaul Stampfer otorgan una cifra entre 18000 y 20000, que conforma aproximadamente la mitad de la población judía que vivía en las tierras ucranianas de la República de las Dos Naciones.

A pesar de las correcciones de los historiadores contemporáneos, las crónicas antiguas todavía poseen una potente influencia sobre la imaginación del lector. Quizás, la crónica más popular famosa es la de “Yeven Metzulah”, escrita por el rabino de Zaslav, Nathan Hanover. Fue publicada por primera vez en hebreo en Venecia en 1653, y desde entonces se han publicado incontables traducciones a distintos idiomas, entre ellas, las tituladas en inglés “The Deep Mire” (“La ciénaga profunda”) y “The Abyss of Despair” (“El abismo de la desesperación”). En el prólogo de la edición de la crónica de Hanover de 1983, el experto estadounidense sobre judaísmo William Helmreich llama a los acontecimientos de la época de Jmelnytskyi “una de las peores catástrofes que le ha sucedido nunca al pueblo judío”. En los fragmentos de “Yeven Metzulah” mencionados más abajo, Hanover cuentan por qué eligió una definición así, por qué la postura del hetman cosaco Jmelnytskyi personifica la posición de todo el pueblo ucraniano.

He titulado a mi libro <<Yeven Metzulah>> (La ciénaga profunda) porque las palabras del Salmo, 69:3 se refieren a estos horribles acontecimientos y hablan sobre los opresores tártaros y ucranianos [en el texto, Hanover utiliza el término “greco” para designar a todos los cristianos ortodoxos] y también sobre el archienemigo Jmel [Jmelnytskyi], que desaparezca su nombre y que dios le maldiga. Así este libro se convertirá en una crónica para las futuras generaciones.

Porque aunque él [Jmelnytskyi] hablara suavemente, en su corazón moraban las siete abominaciones; esta persona tenía malas intenciones, igual que todos los ucranianos, que al principio se presentan como amigos de judíos, diciéndoles palabras agradables y de consuelo, engañándoles con un tono dulce y bueno, pero en realidad mienten y son traidores no merecedores de confianza.”*

La era de Jmelnytskyi es conocida por el amplio público hebreo como gzeyres takh vetat, acrónimo para denominar a los “funestos decretos” de 1648 y 1649. Hasta mediados del siglo XX, los judíos de Europa oriental hacían un día de ayuno para conmemorar a las víctimas de Jmelnytskyi (20 de siván en el calendario hebreo). Además, la descripción de Hanover de crueldad y con vivas e impactantes imágenes de violencia, sigue influyendo en la actitud de los judíos actuales hacia Jmelnytskyi. En opinión de investigadores judíos contemporáneos, el objetivo de Hanover no fue “reflejar la historia de forma objetiva, sino más bien la conservación de la memoria sobre las comunidades que fueron aniquiladas”; en otras palabras, “sus descripciones contienen imprecisiones” y en la mayoría de casos no están sacadas de los testimonios de los testigos, sino de quienes “utilizaban la información de forma artística para construir una narrativa”.** Los judíos ucranianos que consiguieron evitar la muerte durante el levantamiento de Jmelnytskyi (es decir, más de la mitad de la población judía de Ucrania) encontraron refugio tras los muros de las ciudades o huyendo al extranjero. Al cabo de unos años, la mayoría de exiliados que no deseaban vivir en otro país volvieron a casa. Este hecho explica que a finales del siglo XVII las comunidades judías volvieran a prosperar.

*Nathan Hanover, Abyss of Despair: The Famous 17th-Century Chronicle Depicting Jewish Life in Russia and Poland during the Chmielnicki Massacres of 1648-1649, segunda edición (New Brunswick, N.J., y Londres, 1983), páginas: 25-34.

**Shaul Stampfer, “Gzeyres takh vetat”, en Gershon David Hundert, de., The YIVO Enclyclopedia of Jews in Eastern Europe, Vol. I (New Haven y Londres, 2008), páginas 646-647.

Jmelnytskyi como líder nacional

Pero la posición del hetman comenzó a cambiar tras volver a Kíev. A la cabeza del triunfante ejército cosaco que en menos de un año había derrotado a la principal fuerza militar de Polonia, Jmelnytskyi entró en Kíev el día de Navidad (7 de enero) de 1649. Fue felicitado por Sylvestr Kosiv, metropolitano ortodoxo de Kíev, y por Paisios, patriarca de Jerusalén, que en esos momentos se encontraba en la ciudad. Los jerarcas ortodoxos dieron a los pasos de Jmelnytskyi, como hicieron antes con los de Sahaidachny (1620), una capa ideológica y nacional: consideraron al hetman un Moisés contemporáneo que logró sacar al pueblo rus del cautiverio polaco. En la opinión de la cúpula ortodoxa, los acontecimientos del último año tuvieron mucha importancia para la supervivencia cultural y religiosa de todo el pueblo rus (ucraniano y bielorruso), y no solo de los intereses concretos de un grupo separado (el del propio Jmelnytskyi, el de los cosacos registrados o incluso el todos los cosacos). El patriarca Paisios se fijó especialmente en la repercusión internacional que podrían tener los acontecimientos de Ucrania. Aspirando a movilizar en el futuro a todo el mundo ortodoxo para liberar a la Iglesia del yugo otomano, el patriarca convenció a Jmelnytskyi para que colaborara con los vecinos ducados del Danubio (Moldavia y Valaquia) y se sometiera al poder del zar de Moscovia.

Fuera de toda duda, A Jmelnytskyi le impactó el nuevo rol que le asignaron. Como atestiguan las fuentes, él dijo a los emisarios del rey polaco: “Es verdad que yo soy un hombre pequeño e insignificante, pero por voluntad de dios soy el único que tiene el poder y rige hoy en día entre los rus… Ya he demostrado poder hacer lo que nunca antes había pensado y luego haré lo propio con lo que tengo en mente. Rescataré por la fuerza a todo el pueblo rus del cautiverio de los liajy4, y si antes luché por mis propias ofensas y daños, ahora lucharé por nuestra fe ortodoxa”.5

Independientemente de que Jmelnytskyi asumiera completamente ese papel diseñado para él, en la práctica no pudo controlar el levantamiento de los campesinos (que a finales de 1648 se había extendido hasta Galitzia, casi alcanzando el Vístula) y aspirar a que las masas, al sentir el sabor de la libertad, volvieran sumisamente a las responsabilidades de sus hogares en el sistema socioeconómico polaco. Además, Jmelnytskyi tenía que estar asombrado por las esperanzas depositadas en él por la jerarquía ortodoxa y el propio patriarca de Tierra Santa. Jmelnytskyi comenzó negociaciones diplomáticas con Moldavia, Valaquia, Moscovia y sus aliados los cosacos del Don y también con la protestante Transilvania y con el gran duque lituano de la dinastía Radziwill, todos ellos interesados en debilitar al catolicismo y, por tanto, podían ayudarle en su lucha contra Polonia.

Pero el núcleo central de la política del hetman seguía siendo la alianza con el Kanato de Crimea. Desde el principio, el ejército crimeo luchaba junto con los cosacos y celebraban sus victorias conjuntas sobre los polacos. El comandante tártaro Tugay Bey participaba incluso en nombre de los zaporogos en las negociaciones con los polacos. Las relaciones cosaco-tártaras se fortalecieron gracias a las relaciones amistosas entre el hetman y Tugay Bey, al que Jmelnytskyi llama “mi hermano, mi alma, ¡el único halcón en el mundo!”.6 Completamente seguro de la amistad “eterna” entre los cosacos y los tártaros de Crimea, Jmelnytskyi cambia completamente su actitud hacia Polonia. En la primavera de 1649, cuando el representante del rey, Adam Kiesiel (perteneciente a la szlachta rus eslava y leal a Polonia) se reunió de nuevo con Jmelnytskyi, el cambio de postura del hetman cosaco fue obvio. Ahora Jmelnytskyi se llamaba a sí mismo “por voluntad de dios… autoregente y gobernante rus” y hablaba de la salvación de todo el pueblo rus de la Mancomunidad de Polonia-Lituania.

La vuelta a las acciones militares era inevitable. En el verano de 1649, Jmelnytskyi y sus aliados tártaros de Crimea rodearon en Zborow al ejército polaco encabezado por Jan Kazimierz. En agosto se firmó la paz con un tratado, según el cual: 1) el número de cosacos registrados se aumentaba hasta 40000; 2) los voivodatos de Kíev, Cherníhiv y Bratslav (que juntos eran llamados “Ucrania”) se proclamaban territorios cosacos donde no habrá representantes del gobierno polaco, judíos ni jesuítas; 3) el metropolitano ortodoxo obtendría un puesto en el Sejm polaco; 4), los miembros de la szlachta participantes en el levantamiento serían amnistiados. Además de los 40000 cosacos registrados, todos los que se consideraban a sí mismos cosacos y también los campesinos rebeldes, tenían que volver con sus pany (señores). Mientras que el clero y los mandatarios cosacos estaban contentos con el tratado de Zborow, los campesinos y los campesinos convertidos en cosacos claramente no lo estaban.

Parecía que Jmelnytskyi de nuevo dudaba de su papel de guía de todo el pueblo rus (ucraniano y bielorruso). A fin de cuentas, los valores de la szlachta significaban mucho para él, y era partidario de la estabilidad social y no de una revolución que cambiaría el sistema social. De un modo u otro, la paz de Zborow le dio tiempo necesario para organizar la estructura del Estado cosaco. Hizo de Chyhyrýn la sede del hetman, y desde ahí realizó amplias negociaciones en busca de aliados que compartieran su visión sobre Europa del este.

La postura de Jmelnytskyi se diferenciaba de la posición tradicional de otros Estados cristianos católicos (Polonia e Imperio de los Habsburgo) o de los apoyados por patriarcas orientales ortodoxos moscovitas. Habitualmente, las alianzas se hacían contra los “infieles” otomanos, pero Jmelnytskyi esperaba establecer una coalición entre Estados ortodoxos, protestantes y musulmanes (Moldavia, Imperio otomano, Kanato de Crimea, Transilvania y el poderoso gran duque lituano protestante, Radziwill) para obligar a los gobernantes polacos a cambiar la estructura social. El hetman cosaco también tenía la esperanza de convencer a Brandenburgo, que era el rival polaco por el oeste, e incluso a la Inglaterra protestante de Cromwell para que le ayudaran a reconvertir la Mancomunidad en una federación de tres Estados iguales (Polonia, Lituania y Ucrania) encabezada por un nuevo rey, el gobernante de Transilvania, Gyorgy Rakoczi.

La llave de este grandioso esquema la tenía Moldavia, ducado del Danubio que fue atacado por Jmelnytskyi junto a los tártaros en 1650 para obligar al gobernante moldavo Vasile Lupu a entregar a su hija en matrimonio con Tymish, hijo del hetman. En 1652, el matrimonio finalmente tuvo lugar, pero solo tras la intervención militar cosaca, lo que incitó a las vecinas Valaquia y Transilvania a entrar en guerra con Jmelnytskyi causando la muerte de Tymish en 1653.

La guerra de Jmelnytskyi contra los polacos transcurrió al mismo tiempo que estos enfrentamientos en el Danubio. El intento de establecer alianzas con el gran duque lituano Radziwill resultó fallido (el gran duque, al contrario, se pasó al lado polaco y tomó Kíev durante el conflicto cosaco-polaco en 1651); en junio de 1651, los cosacos sufrieron una derrota en la batalla de Berestechko en Volinia y Jmelnytskyi aceptó las condiciones del tratado de paz firmado en Bila Tserkva en septiembre de 1651. El tratado de Bila Tserkva redujo el número de cosacos registrados a 20000 y limitó las propiedades de las tierras cosacas en el voivodato de Kíev. Los voivodatos de Bratslav y Cherníhiv pasaron de nuevo al control del gobierno polaco y la szlachta podía volver a sus haciendas. A pesar de que el tratado de Bila Tserjva no fue confirmado por el Sejm polaco (la ratificación fue bloqueada por un szlachtych que utilizó su derecho liberum veto), Jmelnytskyi acató las condiciones e incluso mandó un destacamento de cosacos para aplacar los levantamientos campesinos contra la szlachta polaca que volvía al voivodato de Kíev. No es sorprendente que las acciones del hetman provocaron un gran descontento entre los campesinos y cosacos no registrados que en su desesperación se dirigieron al este, a las tierras situadas a lo largo de los ríos Donets y Don, que pertenecían a Moscovia. Allí les permitieron fundar asentamientos libres de impuestos conocidos como “Slobody”, de donde proviene el nombre de toda la región, Slobozhánshchyna o Ucrania Slobidska. Jmelnytskyi logró derrotar al ejército polaco en 1652 cerca de Bató, en Bratslav y en 1653 cerca de Zhvanets, en Podolia, y el tratado firmado en Zhvanets en diciembre de 1653 recuperó las condiciones más favorables del tratado de Zborow.

Pero para Jmelnytskyi se hacía cada vez más evidente que sus esfuerzos en la lucha contra Polonia no otorgarían beneficios reales a los cosacos y sus territorios dentro de la República de las Dos Naciones. Además, con la muerte de su hijo Tymish en agosto de 1653 quedó claro que los intentos diplomáticos del hetman para crear una gran coalición contra Polonia se atascaron en la inestable política del Danubio sin haber obtenido resultado alguno. Incluso la alianza militar con los tártaros de Crimea resultó, en el mejor caso, poco fiable, ya que los tártaros negociaron con los polacos separadamente durante las batallas de Zborow (1649) y Zhvanets (1653), y retrocedió en un momento crítico, durante la batalla de Berestechko (1651). Finalmente, las intenciones de Jmelnytskyi de ser vasallo del Imperio otomano (lo propuso en 1650 y a los dos años fue confirmada por Estambul) llevaron solo a que el sultán ordenara a los kanes crimeos ayudar a los cosacos. Tras salir derrotado en todos los frentes, parecía que solo le quedaba una salida para deshacer las tablas políticas y militares en esta partida de ajedrez contra Polonia. La salida era el Zarato moscovita, y Jmelnytskyi recurrió a ella.

1Shaul Stampfer, “What Actually Happened to the Jews of Ukraine in 1648”, Jewish History, XVII, 2 (Haifa, 2003), pág. 221.

2 El apellido “Jmelnytskyi” procede de la palabra “jmil”, que significa lúpulo. N del T.

3Shmuel Ettinger, “Chmielnicki Bogdan”, en Encyclopedia Judaica, Vol. V (Jerusalén, 1972), pág 481.

4Liajy: forma despectiva para designar a los polacos (poliaky) [N del T]

5Citado por Myjailo Hrushevskyi en Historia ucraniana ilustrada, 2ª edición (Winnipeg, 1923), página 303.

6Citado por Myjailo Hrushevskyi en Historia de Ucrania-Rus, Tomo VIII, Parte III (Kíev, 1922), página 146.

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Capítulo 15. Los cosacos y Ucrania

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del sexto capítulo de la Tercera Parte del libro: El período lituano-polaco-crimeo.)

El auge del cosaquismo, cuyos comienzos se remontan a la época del dominio lituano en Ucrania, marcó una nueva época en la historia de Ucrania. Como la época cosaca constituye un período histórico especialmente importante fue ampliamente desarrollada por la historiografía ucraniana. Los historiadores ucranianos más conocidos (M. Kostomárov, M. Hrushevskyi, V. Lypynskyi y D. Doroshenko) y también los literatos educadores del espíritu nacional del siglo XIX (T. Shevchenko e I. Frankó) consideraban el fenómeno cosaco la personificación de los mejores rasgos de los ucranianos, que según la convicción general se reflejaban en la pasión cosaca por la libertad, independencia y una forma de vida democrática. Otros, reconociendo que los cosacos jugaron un papel histórico importante, criticaban su inclinación hacia los levantamientos destructivos y la no aceptación de las estructuras estatales (P. Kulish) y también la incapacidad de crear su propia civilización y de cumplir con el objetivo nacional común para el pueblo (V. Antonóvich), por el que los ucranianos no fueron capaces de crear un Estado propio. A pesar de valoraciones posteriores, todos los historiadores ucranianos coinciden en que el fenómeno cosaco ocupa un lugar preeminente en el proceso histórico ucraniano.

Los cosacos y la estepa

El fenómeno cosaco forma parte de la historia de la estepa. En los tiempos de la Rus de Kíev, grandes partes del sur de Ucrania, especialmente de la zona esteparia, se quedaron dispersamente pobladas, debido a que este lugar desde antiguo había ganado fama como lugar favorito de los pueblos nómadas, los últimos de ellos en tiempos kievianos fueron los pechenegos y los cumanos. Tras la incursión mongólica a mediados del siglo XIII, las ciudades y los asentamientos agrícolas se trasladaron hacia el norte. Por eso, en los ex principados de Kíev y Pereiáslav disminuyó notablemente la cantidad de población, que incluso tras la unión con Lituania en la segunda mitad del siglo XIV, seguía siendo objeto de avalanchas e incursiones destructivas de los tártaros mongoles desde las tierras controladas por ellos más al sur. Aunque las regiones de Kíev y Pereiáslav siempre estuvieron pobladas, en el siglo XV allí vivían solamente tres habitantes por kilómetro cuadrado, lo que las diferenciaba bruscamente de la situación en las tierras del oeste de Ucrania, como Galitzia, Volinia y Podolia, donde la densidad de población llegaba a veces hasta 14 habitantes por kilómetro cuadrado. Esta diferencia demográfica solo empezó a disminuir en la segunda mitad del siglo XVI, sobre todo desde 1569, cuando Polonia se anexó los voivodatos de Volinia, Kíev y Bratslav, poblados por ucranianos y, con el tiempo, en 1618, le quitó a Moscovia las tierras de Cherníhiv, convirtiéndolas en otro voivodato.

A finales del siglo XVI Polonia se convirtió en el granero de Europa. La duración de su bienestar económico dependía de las nuevas fuentes de explotación agrícola. Así que las tierras ucranianas se hicieron especialmente atractivas, por lo que la nobleza local rus, a la que se le sumaron también los nobles polacos del oeste, se repartieron las grandes masas de tierra, trasladando así a los campesinos de los voivodatos más densamente poblados (Rus y Belz) y del oeste de Volinia. El traslado hacia el este se hizo gradualmente, al principio desde el este de Volinia y Podolia, y después desde los voivodatos de Kíev, Cherníhiv y Brátslav. En las fuentes polacas, estos tres voivodatos comenzaron a nombrarse como Ucrania. Pero a lo largo de la frontera sur de estos voivodatos y en el curso bajo del Dnipró se extendía la estepa llamada en los escritos de aquel tiempo como “Dyke Pole” (Dzikie Pola en polaco) [Campo Salvaje en español], donde no vivía ninguno de los campesinos sedentarios.

Prácticamente era una tierra de nadie que separaba los asentamientos del Estado polaco de otras civilizaciones, situado en la frontera sur del territorio ucraniano (tártaros de Crimea).

La infinita riqueza natural de este territorio fronterizo ucraniano quizás prevalecía sobre el peligro de vivir ahí, porque ya en el siglo XV, algunos habitantes de las tierras más densamente pobladas en el oeste, asumían el peligro de bajar por el curso del Dnipró y sus afluentes en busca de peces, uros salvajes, caballos y huevos de aves. En 1590, un autor polaco describía esta zona de la siguiente forma:

En Ucrania, la zona más rica del Estado polaco, sus campos son igual de bellos que los Campos Elíseos… allí hay tanto ganado, animales salvajes y aves variadas, que se podría pensar que es la patria de Diana y Ceres. En sus colmenares hay tanta miel que se te olvidan la Gela siciliana y el monte Himeto de Ática (…). Es difícil contar cuántos lagos tiene y cuántos peces los pueblan. En pocas palabras, Ucrania es como la tierra prometida que el mismo dios ofrecía al pueblo judío, donde abundaba la leche y la miel”.1

Al principio, estas excursiones en búsqueda de comida se prolongaban solo un par de semanas; pero al poco tiempo, se iban durante todo el verano, tiempo suficiente para sembrar y para recoger la cosecha de la tierra fértil. Los primeros buscadores de riqueza pertenecían a la pequeña szlachta y a la burguesía (clases sociales cuyo estatus bajaba constantemente en detrimento de los magnates, poderosos dueños de tierra). Los relatos sobre las riquezas naturales de la estepa se extendieron rápidamente y, en poco tiempo, a la burguesía y szlachta se sumaron los campesinos, que eran más numerosos y algunos de ellos llegaban incluso del lejano oeste: Podolia y Galitzia. Los terratenientes del norte no perdieron la oportunidad de enriquecerse y comenzaron a mostrar interés sobre aquellos productos que sus campesinos traían a casa desde las estepas salvajes ucranianas. No sorprende que los más atrevidos decidieran no volver en invierno y construir sus hogares en esta tierra despoblada.

El nombre “Ucrania”

El nombre “Ucrania”, que marca un cierto territorio, es al mismo tiempo muy antiguo y relativamente nuevo. La etimología de esta palabra eslava proviene de la raíz indoeuropea “krei”*: cortar, de ahí el ucraniano krai (límite) y ocraina (territorio fronterizo). Algunos lingüístas, entre ellos Iaroslav Rudnytskyi, suponen que el nombre “Ucrania” está relacionado incluso con una época preeslava y que el nombre “antes/antae” (grupo humano que pobló las tierras ucranianas aproximadamente hasta el siglo VII) es una traducción iraní de las palabras eslavas que significaban territorio fronterizo y habitantes del territorio fronterizo. Estas visiones favorecen a los que apoyan la continuidad histórica desde los antae hasta los rus y ucranianos contemporáneos, pero son solo hipótesis lingüísticas sin pruebas empíricas en fuentes escritas.

El nombre “Ucrania” aparece por primera vez en documentos escritos datados en períodos mucho más posteriores, pero que describen acontecimientos de los siglos XII-XIII. Una mención más antigua de 1187 hace referencia a la muerte del gran príncipe de Pereiáslav, Volodýmyr Hlíbovich, cuando según la Lista de Ipatii de la Crónica de Néstor (copias del siglo XV) “a él, Ucrania le añoraba mucho”.* Ni ahí ni en cualquier otro pasaje de la Cronica de Néstor (Lista de Ipatii) que mencionan los acontecimientos de 1189, 1213, 1280 y 1282 acaecidos en diferentes tierras ucranianas (Hálych, Pobuzhzhia y otros), la palabra “Ucrania” no se refería a un territorio concreto sino que simplemente aludían a territorios fronterizos indefinidos. El nombre “Ucrania” aparece también en otras crónicas de la Rus donde se mencionan las tierras fronterizas de los principados de Pskó, Polots y otros principados del norte. Con el levantamiento de los cosacos como fuerza política en el siglo XVII, el nombre “Ucrania” seguía utilizándose, pero ya con un significado territorialmente más reducido. Los cosacos hablaban sobre Ucrania como su “patria” o “madre” y los cartógrafos de Europa del oeste (H. Boplan, J.B. Homman) marcaban en los mapas que “Ucrania es la tierra de los cosacos”. En realidad, los cosacos usaban la palabra “Ucrania” en un sentido poético y, oficialmente, llamaban a su Estado Tierras del Ejército de Zaporozhzhia.

Con el fin del gobierno polaco, este nombre ya no designaba un territorio fijamente marcado y renació a principios del siglo XIX, cuando los escritores que cuidaban con mimo el espíritu nacional, empezaron a llamar Ucrania a todos los territorios donde vivían los ucranianos. Pero este término de nuevo se hizo borroso, debido a que en las condiciones de los gobiernos imperiales ruso y austríaco no hubo posibilidad para la existencia de una entidad administrativa independiente llamada Ucrania.

Solo desde el período revolucionario que empezó en 1917, el nombre “Ucrania” designó de nuevo un territorio concreto, y con este significado la usaron la República Nacional Ucraniana, el Hetmanato y el Partido Bolchevique. El Hetmanato, además, se autodenominaba “Estado ucraniano”. Los bolcheviques llamaron a la estructura creada por ellos, República Socialista Soviética de Ucrania, que desde 1920 obtuvo unas fronteras nítidas que abarcaban principalmente las tierras pobladas por ucranianos étnicos.

En resumen: en los siglos XII-XIII, el nombre “Ucrania” designaba un territorio indefinido e incluso no ucraniano; empezando el siglo XVI ya se refería a un territorio concreto; en el siglo XIX marca las tierras pobladas por ucranianos étnicos; y en el siglo XX se convirtió en el nombre de un Estado.

*Citado por Henryk Paskiewicz en The Making of the Russian Nation (Londres, 1963), pág. 20.

La aparición de los cosacos

El viaje a los lugares salvajes para pescar, cazar y, si lo consigues, cultivar, con la idea de regresar a casa en invierno o de finalmente asentarse en la estepa, es denominado “kozakuvannia” [cosaquismo]. Considerando el constante peligro procedente de las tropas nogayas, la población humilde ucraniana de los territorios fronterizos tenía que protegerse y practicar el arte de la autodefensa. En poco tiempo, las autodefensas de algunos pobladores evolucionaron hacia el ataque a los batallones nogayos dedicados a la captura de personas y hacia el ataque a las caravanas comerciales tártaras crimeas. A principios del siglo XVI, los cosacos ya estaban formados en pequeños grupos de hombres armados dedicados al comercio (sobre todo ganado, pieles y esclavos) y al bandidaje; su presa favorita era el mundo islámico: las ricas ciudades comerciales de la península de Crimea y las ciudades en Valaquia y Dobruja, cerca de la cuenca del Danubio, que acabaron bajo control otomano.

Además de estos migrantes atraídos por las riquezas naturales de las estepas ucranianas y por las perspectivas de botines de los ataques a las caravanas tártaras, existían también otros cosacos. Eran guerreros bandidos de distinta etnia y clase social que prestaban sus servicios a los funcionarios lituanos y polacos de las tierras fronterizas o a poderosos magnates que solían contar con sus propios ejércitos. En realidad, el primer grupo al que sistemáticamente se le denominó cosaco fue el de los tártaros renegados de los ejércitos del kan de Crimea, que marcharon a servir a los gobernantes moscovitas y polacos. Esto explica por qué el término “cosaco” [kozak], que posteriormente solo se asociaría con los enemigos de los tártaros (es decir, los eslavos), puede provenir del término túrquico “qazaq”, que significa “guerrero-bandido” o “atacante”.

En el siglo XV, algo habitual para los funcionarios lituanos (voivodas y starostas de los powiats [distritos]) de las tierras fronterizas era la contratación de los cosacos para defender las fortalezas fronterizas del Gran Ducado de Lituania de los saqueadores ejércitos tártaros, especialmente en los voivodatos de Kíev y Bratslav. Debido a que los cosacos vivían en las ciudades fronterizas, fueron llamados “miský” (“locales/de la ciudad”), y en algunos documentos de aquel tiempo (especialmente moscovitas) les mencionan como “cherkasy”, por la ciudad fortaleza de Cherkasy, donde vivían muchos de ellos. Por lo menos hasta finales del siglo XVI, el representante del rey mandaba sobre los cosacos locales; este representante era normalmente el starosta del powiat2 local, llamado hetman. Estos militares no eran solo protectores: desde 1489, encabezados por el hetman asignado por el rey, atacaban caravanas tártaras y bases turcas no solo en Crimea, sino también más al sur, en los Balcanes y en Anatolia. Desde finales del siglo XVI, los ataques cosacos a turcos y tártaros se sucedían prácticamente cada año.

Los cosacos que vivían más al sur, alejados de la ciudad, construían fortalezas que, aunque a menudo cambiaban según su situación, en general tenían el nombre de “sich”. La primera sich fue construida en 1522 en la isla Pequeña Jórtytsia en el Dnipró, más al sur de los rápidos, tras el primer gran viraje en el curso de navegación. Debido a que esta sich y las posteriores fueron fundadas tras los rápidos, a los que vivían allí les empezaron a llamar cosacos que están “tras los rápidos” [zaporozkyi] o ejército tras los rápidos. Este nombre les diferenciaba de otros cosacos que aparecieron al mismo tiempo en condiciones similares más al este, a lo largo de la frontera sur de Moscovia y que pasaron a la historia como los cosacos del Don. Las tierras a ambos lados del Dnipró, donde los cosacos zaporogos levantaron su fortaleza militar – sich, se llamaba Zaporozhzhia.

Precisamente a Zaporozhzhia, los burgueses y una cantidad cada vez mayor de campesinos de tierras ucranianas y bielorrusas del norte y del oeste (Galitzia, Volinia y oeste de Podolia) intentaban huir del pesado yugo del sistema polaco latifundista. A ellos se unieron otros buscadores de aventuras de diferente origen social y étnico (rumanos/moldavos, tártaros, turcos y judíos) que querían vivir en la estepa cosaca libres de cualquier gobernante. Los recién llegados se asentaban solos en la sich y también en los territorios adyacentes a Zaporozhzhia a ambos lados del Dnipró. Merece la pena mencionar también que durante estas primeras décadas, por lo menos hasta finales del siglo XVI, la diferencia entre los cosacos locales en el norte y aquellos que tenían su sede en la Sich de Zaporozhzhia no era obvia, debido a que ambos grupos reconocían como jefe al mismo hetman y a menudo se unían en las incursiones contra los tártaros.

La Sich en sí era una fortaleza fortificada rodeada, por un lado, por unos altos muros de madera y, por el otro lado, por los pantanos y afluentes del Dnipró. Tras estos muros se encontraban los koshis donde vivían los cosacos: en la Sich se permitía únicamente la entrada de hombres, llegando a veces su cantidad a los 10.000 hombres. En la plaza central de la Sich se encontraba una iglesia, un colegio y las viviendas de los jefes de la comunidad cosaca. Junto a los muros se encontraba la plaza del mercado, donde se vendían mercancías procedentes del norte (de ciudades ucranianas: Kíev, Kániv y Cherkasy) y procedentes del sur (de Crimea y de tierras otomanas).

La Sich zaporoga se regía por el principio de igualdad. Según esto, todas las decisiones principales, sobre todo aquellas referidas a los asuntos militares y a alianzas exteriores, se tomaban en las reuniones generales llamadas radas. En la práctica, la diferencia de clases existía incluso en la Sich, así, a finales del siglo XVI, una práctica habitual era la convocatoria de dos radas separadas: una para los jefes (sabios) y otra para los cosacos corrientes (chern3). Ninguna rada dominaba sobre la otra y los sabios siempre entendían que los chern podían rechazar sus decisiones, incluso de forma bruta. Así que, al contrario de la imagen romantizada e igualitaria que tenían generaciones anteriores sobre Zaporozhzhia, “el sistema de autogestión cosaca, como hace poco mencionó la historiadora Linda Gordon, sería más preciso denominarlo no una democracia, sino una dictadura limitada por la posible intervención de la muchedumbre”.4

El jefe de los cosacos zaporogos era elegido por todos los presentes en la rada y al principio se llamaba simplemente atamán mayor, y luego con el tiempo pasó a denominarse atamán de la Sich o atamán de la kosh. Hasta finales del siglo XVI, los zaporogos también reconocían como jefes a los hetman, que eran designados por el rey de Polonia entre, principalmente, los starosta de los powiaty que comandaban los ejércitos cosacos de registro presentes en las ciudades fortificadas. Uno de los primeros fue el gran príncipe Dmytró Vyshnevetskyi, starosta de Cherkasy y Kániv, que siendo hetman levantó una sich en la isla Pequeña Jórtytsia como defensa contra los tártaros. Desde la última década del siglo XVI, los zaporogos, reunidos en las radas, a veces elegían por su cuenta a sus propios hetman.

Los cosacos de Zaporozhzhia

La descripción más precisa y célebre del modo de vida de los cosacos zaporogos salió de la pluma de Guillaume Le Vasseur de Beauplan, ingeniero militar francés que pasó diecisiete años (1630-1647) al servicio del ejército polaco. Con el tiempo, publicó varios mapas detallados de Ucrania y también descripciones de estas tierras (la primera edición es de 1651). A continuación exponemos uno de sus fragmentos:

Hablando sobre la bravura de los cosacos, sería absolutamente apropiado contar sobre ella y sobre sus costumbres y ocupaciones. Así que llegaréis a conocer que entre este pueblo se encuentran personas con experiencia en prácticamente todas las labores de la vida: carpinteros que construyen viviendas y barcas, carreteros, herreros, armeros, curtidores, remeros, sastres, toneleros, costureros, zapateros, etcétera. Son expertos en el tratamiento del salitre, que hay mucho en estas tierras, y elaboran una estupenda pólvora para cañones. Las mujeres se dedican al hilado de la lana y del lino, con los que elaboran lienzos y telas para uso diario. Todos saben cultivar bien la tierra, sembrar, cosechar, hacer pan, cocinar varios platos de carne, elaborar cerveza, miel, vodka, braha, etc. Tampoco hay ninguno de ellos, sea cual sea su estatus social, sexo o edad, que no intente beber más que su compañero y superarle festejando. No hay entre los cristianos [de cualquier lugar] nadie que les iguale en la costumbre de no pensar en el mañana.

Al final, a decir verdad, en general son conocedores de todas las artesanías… Resumiendo, todos ellos son bastante listos, pero se centran solamente en lo provechoso y necesario, sobre todo en aquello relacionado con la vida de pueblo.

La tierra fértil les da grano en tanta cantidad que a menudo no saben qué hacer con él; además, no hay ríos navegables que desemboquen en el mar, excepto el Borisfén [Dnipró], pero su navegación es detenida a 50 leguas al sur de Kíev por trece cascadas [rápidos]… Esto les impide transportar el grano a Constantinopla, y de ahí procede su pereza: en absoluto quieren trabajar, solo lo hacen en caso de máxima necesidad, cuando no disponen de recursos para comprar lo necesario. Prefieren beber y pedir prestado todo lo necesario a los turcos, sus buenos vecinos, antes que esforzarse para obtenerlos. Están contentos mientras tengan comida y bebida suficiente.

No tienen nada más chabacano que su ropa. Son graciosos, listos, ingeniosos y generosos, no aspiran a grandes riquezas pero son extremadamente celosos de su libertad, sin la que no se imaginan su vida; precisamente por ello tienden a protagonizar levantamientos y rebeliones contra los ricos locales en cuanto perciben represión. Por eso, pocas veces pasan siete u ocho años sin que se levanten o rebelen contra ellos. Más allá de todo esto, son gente traicionera, deshonesta, pérfida, en la que solo puedes confiar sopesándolo bien.

Son especialmente robustos, soportan fácilmente el calor y el frío, el hambre y la sed, son incansables en combate, valientes, bravos y más bien insensatos, porque no aprecian sus propias vidas”.

Fuente: Guillaume Le Vasseur de Beauplan, Descripción de Ucrania, traducción del francés por Iarema Kravets y Zoia Borísiuk (Kíev, 1990), páginas 29-31.

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Los cosacos en la sociedad polaca

Cuando tras la Unión de Lublin de 1569 Zaporozhzhia y las estepas ucranianas pasaron al dominio nominal de Polonia, los cosacos de la Sich y de las ciudades más al norte se reconocieron como vasallos del rey de Polonia. Pero la dura vida de la estepa y el estatus de la apreciada fuerza militar daban a los cosacos la sensación de encontrarse en una situación de independencia, que iba en contra de la aspiración de los magnates a extender su control sobre este territorio anteriormente despoblado y no trabajado. Se trataba no solo de las diferencias entre los campesinos que aspiraban a alcanzar la libertad y la nobleza que les intentaba someter a la servidumbre, sino que además, los cosacos de las ciudades y zaporogos se convirtieron en uno de los grupos competitivos de una sociedad ucraniana cada vez más influenciada por las normas sociales polacas.

Por ejemplo, los cosacos de la ciudad que estaban al servicio de los grandes magnates rus (Ostrozkyi, Vyshnevetsky y otros) se esforzaban en aumentar su influencia en la sociedad polaca. En respuesta, los propios reyes polacos tantearon a los cosacos ofreciéndoles derechos a cambio de servir a la corona. Aquellos miembros de la szlachta que perdieron sus tierras o se convirtieron en deudores de los magnates, salvaron sus vidas huyendo a la Sich. Incluso entre los magnates, las opiniones sobre los cosacos eran distintas. Los magnates rus ortodoxos, por lo general, valoraban mucho el papel protector de los cosacos de la ciudad y aceptaban sus condiciones, en cambio, la nobleza polaca ajena a los problemas de la frontera no tenía mucha paciencia con la política “pro cosaca” en Ucrania del rey y de los magnates. Por su parte, los cosacos no solo realizaban maniobras entre estos diferentes grupos de interés de la sociedad polaco lituana, sino que también incrementaban su peso político haciendo tratos (a menudo en forma de alianzas militares a corto plazo) con Estados extranjeros. En esencia, en la segunda mitad del siglo XVI, el cosaquismo zaporogo se convirtió en una fuerza política y militar autosuficiente: un jugador en el complejo tablero diplomático de Europa del este, que participaba en las frecuentes guerras y en las cambiantes alianzas entre el Estado de Polonia-Lituania, el Imperio de los Habsburgo, Moscovia, el Kanato de Crimea, Valaquia, Moldavia y el Imperio otomano.

Las clases sociales en Ucrania en el siglo XVI y principios del siglo XVII

1. Realeza

Corona polaca

2. Nobleza

Magnates

Szlachta

3. Clero

Ortodoxos

Uniatas

Católicos

4. Burguesía

Patricios

Comerciantes

Artesanos

Chern

5. Judíos

6. Campesinado

Siervos en latifundios y en monasterios

Campesinos libres sedentarios

7. Cosacos

De la ciudad (registrados)

Zaporogos (no registrados)

Con el crecimiento del potencial militar de los cosacos, el conflicto entre la población independentista del territorio fronterizo de estepa y el gobierno local, condicionado por la disconformidad personal o social, tenía que crecer inevitablemente. En realidad, comenzando en la última década del siglo XVI y durante casi la totalidad de la primera mitad del siguiente siglo, se sucedieron varios levantamientos (no menos de siete) encabezados por Krzysztof Kosinski (1591-1593), Severýn Nalivaiko y Hryhoryi Lobodá (1594-1596), Marko Zhmailo (1625), Tarás Fedoróvich (1630), Iván Sulyma (1635), Pavló Pavliuk-But (1637) y Iákiv Ostrianýn (1638). Posteriormente, a todos estos jefes les dedicaron canciones como protectores de las libertades tradicionales cosacas y como luchadores por la libertad ucraniana.

Las causas de estos levantamientos eran distintas, pero en ellas podemos ver algunas tendencias comunes. Durante todo este período los cosacos nunca pusieron en duda que ellos eran súbditos del rey polaco. Querían obtener reconocimiento como clase social diferenciada, con sus propias “libertades” dentro de la sociedad polaco-lituana. A decir verdad, a principios del siglo XVII, entre los mismos cosacos aparecieron notables diferencias, pero su meta en común seguía siendo el estatus diferenciado para todos los cosacos en Polonia.

Las diferencias legales en la comunidad cosaca fueron causadas en realidad por la política del gobierno polaco, incluída la política del rey. Intentando elaborar una cierta forma de control sobre los (cada vez más numerosos) cosacos y asegurar su servicio militar al rey y no a magnates locales o países extranjeros, los reyes polacos introdujeron la práctica del censo. El primer registro se hizo en 1572, y algunos más se hicieron en años posteriores; pero quizá el más ambicioso fue el registro de 1578, realizado por el rey Stefan Batory (reinó entre 1576 y 1586). Según el mismo, los así llamados cosacos registrados: 1) fueron reconocidos como tales y permanecen al servicio del ejército polaco; 2) llegando a ser independientes de la szlachta local o de los órganos del gobierno estatal, que dominaba la szlachta (por lo menos en tiempos de pasar al servicio militar activo); 3) y obtenían una paga por su servicio. Los cosacos registrados fueron elegidos entre los cosacos de la ciudad, ya que el gobierno polaco no consideraba legítima la Sich. La cantidad de cosacos censados en general no fue grande, variando de las 300 personas en el primer registro de 1572, a las 6000 del censo de 1578 en tiempos del rey Stefan Batory, y las 8000 en 1630. Pero la aspiración del rey a controlar tanta cantidad de cosacos se quedaba en nada en épocas de conflictos internacionales, especialmente en la primera mitad del siglo XVII, cuando los reyes contrataban grandes cantidades de cosacos (a menudos campesinos huidos recientemente a Zaporozhzhia) para ejercer servicio militar a la corona. Por ejemplo, en 1620 la cantidad de cosacos registrados creció hasta 20000.

La existencia del registro favorecía una clara distinción entre los cosacos que vivían en las ciudades fronterizas o cerca de ellas y los cosacos de Zaporozhzhia. Entre las libertades prometidas por el rey Stefan Batory a los cosacos registrados se encontraba el derecho a elegir sus propios jefes, el de ser juzgados por sus iguales y, lo más importante, el derecho a ser propietarios de la tierra donde viven. Por tanto, los cosacos no pertenecían a una clase social inferior a la szlachta, ya que podían tomar tierras de los magnates u obtener nuevas. Al mismo tiempo, este derecho daba estatus de propietario tipo szlachta a aquellos cosacos registrados que, habiendo sido campesinos o burgueses, lograron conseguir una parcela de tierra. Así que, en poco tiempo, los mismos cosacos registrados se convirtieron en ricos dueños de tierras.

Viviendo en unas condiciones bastante estables en las regiones cercanas al centro de los voivodatos de Kíev y Bratslav junto con sus familias, los cosacos dueños de tierras aspiraban a más privilegios dentro de la estructura administrativa polaca. Además, esperaban ser reconocidos en igualdad respecto a la nobleza polaca. Pero los magnates ortodoxos polacos y rus ortodoxos locales no reconocían como iguales a aquellos que consideraban simples cosacos arribistas y un puñado de bandidos. En cambio, la mayor parte de los cosacos que habitaban en Zaporozhzhia no entraban en el registro y se burlaban de sus compañeros registrados en el servicio polaco. Los zaporogos no querían tener nada que ver con el sistema de control del gobierno polaco ni con cualquier otro, sino que preferían seguir el modo de vida tradicional cosaco: caza, pesca, comercio, a veces agricultura y lanzar ataques a Crimea y al Imperio otomano en el sur.

La colaboración política entre el rey, los magnates polacos y rus, la szlachta, y también los cosacos registrados que aspiraban a igualarse con la szlachta y los cosacos zaporogos, empezó a decaer tras la muerte del último gobernante de la dinastía Jagellón en 1572 y la elección, desde entonces, del monarca por el Sejm. Los reyes polacos se encontraban cada vez más dependientes de los caprichos de los magnates y de la szlachta. Solo estas dos clases sociales aristocráticas podían, con la ayuda del Sejm, sancionar el presupuesto necesario o tomar decisiones sobre asuntos militares y de política exterior de Polonia. Pero en la mayoría de los casos lo hacían con desgana, especialmente, cuando les parecía que algunos reyes polacos, por causas dinásticas o económicas, deseaban demasiado la guerra con Moscovia, Suecia o Moldavia. Al enfrentarse con tal oposición política interna, los reyes elegidos vieron en los cosacos una fuerza ya disponible para ser utilizada en torno a sus intereses políticos exteriores y militares, al margen de la nobleza. Por este motivo se intensificó la práctica del registro, con el que los reyes polacos otorgaban o renovaban los privilegios cosacos a cambio del servicio militar. Por su parte, la szlachta polaca y rus polonizada se oponían a las relaciones directas entre el rey y los cosacos, sin decir nada sobre su actitud hacia la existencia del ejército, que seguía estando fuera de su control. Pero los magnates rus en Ucrania veían con buenos ojos a los cosacos registrados siempre y cuando estos les sirvieran a ellos y no al rey.

¿La comunidad de los hombres?

Más de una generación de historiadores y escritores han mostrado y mimado la imagen estereotipada de los cosacos zaporogos como una hermandad de valientes hombres-guerreros que simplemente combatían ferozmente y bebían. Esta imagen a menudo se extrapola a toda la sociedad ucraniana. Parece que aquí no había sitio para las mujeres. A ellas no se les permitía entrar en la Sich, capital militar y administrativa de Zaporozhzhia, para no interferir en el espacio privado de los hombres ni molestar a los compañeros durante sus rituales y ocupaciones propias de los hombres. En pocas palabras, una mujer entre cosacos o no se mencionaba en absoluto o adoptaba un papel secundario. Pero, ¿era así en realidad?

Aquí recogemos otro fragmento de la Descripción de Guillaume Le Vasseur de Beauplan, lleno de profundas observaciones contemporáneas a los cosacos:

Cumpliendo con nuestra promesa, vamos a contar algunas cosas sobre sus costumbres, entre ellas las nupciales, y [también] sobre cómo actúan a veces al enamorarse, por lo que sin duda, muchas cosas van a resultar nuevas e inverosímiles.

A diferencia de la costumbre generalmente aceptada en la mayoría de las naciones, aquí se puede ver cómo las chicas cortejan a los hombres que les gustan. La superstición extendida entre ellos, que siguen con mucho celo, lleva a que las chicas nunca fracasen y estén más seguras de su éxito que el de los hombres si hubiesen cortejado ellos. Así es como ellas actúan: una chica enamorada entra en la casa de los padres del chico [que ama] cuando supone que van a estar ahí el padre, la madre y el propio chico. Al entrar al salón dice “que dios ayude”, que equivale en nuestro idioma a “que dios os bendiga”. Este es un saludo habitual que se dice al entrar en una morada. Al sentarse, ella halaga a quien ha conquistado su corazón y se dirige a él de esta forma: “Iván, Fédir, Dmytró, Vóitek, Mykyta…”, es decir, le llama con uno de estos nombres, que son los más extendidos aquí. “He notado mirando a tu cara, cierta bondad [hacia mí] que muestra que puedes cuidar con mucha paciencia y amar a tu esposa; tus honores brindan la esperanza de llegar a ser un buen amo. Estos buenos rasgos tuyos me inclinan a pedirte que me tomes como esposa”. Luego ella dice lo mismo al padre y a la madre, pidiendo con sumisión permiso para el matrimonio. Y si es rechazada o le ofrecen alguna excusa como que es demasiado joven y no está preparado para casarse, entonces les responde que no va a irse a ningún sitio hasta que él no se case con ella y empiecen a vivir juntos. Al proclamar esto, la chica insiste y testarudamente se niega a marcharse de la casa, ya que no obtuvo lo que le corresponde por derecho.

En unas cuántas semanas, el padre y la madre están a veces obligados no solo a aceptar sino también a convencer a su hijo a tratar con el debido respeto a la chica que va a convertirse en su mujer. Igual, el joven viendo que la chica le desea lo mejor de forma tan insistente, empieza a mirarla como a aquella que algún día se convertirá en la dueña de sus deseos. Y por ello empieza a pedir insistentemente a sus padres que le permitan enamorarse de la chica. Así es como las chicas enamoradas (en estas tierras) pueden rápidamente alcanzar su meta, obligando (con su insistencia) al padre, a la madre y al elegido a cumplir lo que ellas quieran. Porque, como había dicho antes, [los padres] tienen miedo a invocar la ira de dios y que se cierna sobre ellos alguna terrible desgracia”.

Fuente: Guillaume Le Vasseur de Beauplan, Descripción de Ucrania, traducción del francés por Iarema Kravets y Zoia Borísiuk (Kíev, 1990), página 76.

El papel internacional de los cosacos

La gran mayoría de los cosacos zaporogos no registrados seguía prestando servicios a corto plazo al rey polaco y buscando aliados en otros países. En la última década del siglo XVI los cosacos aceptaron la invitación del emperador Habsburgo del Sacro Imperio Romano Germánico a unirse a una cruzada contra los infieles otomanos. Aprovecharon esta ocasión para introducirse y saquear las provincias otomanas de Valaquia y Moldavia. Con el tiempo, en la segunda década del siglo XVII los cosacos registrados permanecían junto al rey polaco Zygmunt [Segismundo] III en sus frecuentes incursiones a Moscovia. Precisamente, en estas décadas construyeron una gran flota marítima militar que, encabezada por el valiente hetman Petró Sahaidachnyi, atacó las ciudades situadas a lo largo de las costas norte y sur del mar Negro. Los cosacos de Sahaidachnyi, como hicieran los rus varegos casi ochocientos años atrás, incluso robaron y saquearon los aledaños de la inexpugnable capital otomana, Estambul.

Los otomanos se quejaron a los polacos del comportamiento de los cosacos rebeldes, por lo que no es sorprendente que las relaciones polaco otomanas empeoraran. En la primavera de 1620 un ejército turco tártaro destrozó a las fuerzas polacas en la batalla de Cecora, cerca de Iasi, ciudad del Principado de Moldavia. El camino hacia Polonia quedaba así expedito. Los otomanos prepararon aún mejor a sus ejércitos, y la primavera siguiente (1621) avanzaron con un ejército de 100.000 hombres. Desesperados, los polacos pidieron ayuda al hetman Sahaidachnyi y su ejército de 40.000 cosacos (formado por filas de cosacos de Zaporozhzhia y de cosacos registrados), que posibilitó la victoria polaca sobre los turcos en la batalla de Jotýn, en el norte de Moldavia, cerca de la frontera con Podolia.

Así que durante la primera mitad del siglo XVII en el triángulo polaco-crimeo-otomano que rodeaba la Ucrania cosaca, se formó una especie de ciclo inamovible: los cosacos zaporogos atacaban a Crimea y al Imperio otomano; los turcos, en respuesta, amenazaban a Polonia y a veces la atacaban; el gobierno polaco exigía que los zaporogos detuvieran sus incursiones a territorios tártaros y otomanos, y para la visualización de sus exigencias mandaba periódicamente expediciones de castigo; los cosacos se revelaban y declaraban la guerra a Polonia, en la que a veces ganaban unos y otras veces, otros. Así no se concluía nada definitivamente, por lo que el ciclo comenzaba de nuevo.

Los conflictos entre polacos y cosacos anteriores a 1648, aunque ocurrieran en el territorio fronterizo cercano a Zaporozhzhia, eran a menudo tan crueles como cualquier otra guerra civil. Los aristócratas polacos de los territorios fronterizos, los hetman Stanislaw Zulkiewski, Stanislaw Konetspolski, Stanislaw y Mikolaj Pototski, parecía que obtenían un placer especial humillando a quienes consideraban un puñado de cosacos, y las victorias de estos nobles en las batallas de Lubný (1596), Pereiáslav (1630) y Kumeiky (1637), dejaron en los cosacos un odio feroz hacia los polacos. Por su parte, los cosacos zaporogos no se hacían ilusiones con la nobleza polaca y consideraban a los cosacos registrados unos traidores por posicionarse a menudo con los polacos. De forma especialmente notable percibían la traición del rey, que parecía estar dispuesto a llamarles a su servicio para las campañas contra Moldavia, Moscovia, Suecia o el Imperio otomano, pero no mantenía sus promesas de aumento de derechos y de salario. Pero el sistema administrativo polaco estaba organizado de tal modo que, incluso cuando el rey quería, no siempre podía hacer realidad sus deseos a espaldas de la oposición aristócrata. Así que hasta 1648 quedó en los cosacos zaporogos un odio profundo y desconfianza hacia los polacos, combinado con los recuerdos históricos de los hetman valientes, como Dmytró Vyshnevetskyi y Petró Sahaidachnyi, de sus incursiones exitosas contra tártaros y turcos otomanos y de su astucia para manejar a la nobleza polaca que aspiraba a controlar sus vidas. Precisamente este periodo (años 1630) fue el que el autor ucraniano rusoparlante del siglo XIX, Nikolái Gogol, tomó como base para su famosa novela “Tarás Bulba” (1835) sobre los levantamientos cosacos contra los polacos.

Los cosacos y la religión ortodoxa

Pero el papel de los cosacos en la vida ucraniana no se limitó a las incursiones militares y a la defensa de las fronteras. En poco tiempo, el amor por la libertad y la autogestión se unieron a la defensa leal de la fe ortodoxa. Quienes cuidaban la conexión ideológica entre la lucha cosaca por la autonomía y la fe ortodoxa, sobre todo durante las primeras dos décadas del siglo XVII, fueron Iezekil Kurtsévych, archimandrita del monasterio de Trajtymýriv (situado a medio camino entre Kíev y Cherkasy) y el hetman Petró Sahaidachnyi. Al nacer en Galitzia y proceder quizá de una familia de la szlachta, Sahaidachnyi hizo la carrera en la academia de Ostróh, donde se llenó de amor y lealtad hacia la fe ortodoxa. Al tiempo, se dirigió a la Sich y fue elegido hetman por los zaporogos. Sahaidachnyi no solo se dedicaba a defender la fe ortodoxa y enseñarla a los cosacos zaporogos, sino que también dirigía el ejército y obtuvo varias victorias en guerras contra tártaros, turcos y, al servicio de Polonia, contra Moscovia. Por su lealtad a Polonia, tremendamente decisiva para el rey en vísperas de la batalla de Jotýn de 1621 contra los turcos otomanos, Sahaidachnyi exigió la renovación completa de la jerarquía ortodoxa, cuya mayoría de sillones episcopales habían quedado vacantes tras la Unión de Brest de 1596.

Mientras tanto, en las primeras dos décadas del siglo XVII, Kíev volvió a florecer y se convirtió en el centro de la cultura rus ucraniana. El monasterio de Las Cuevas, fundado en tiempos de Iaroslav el Sabio a mediados del siglo XI, lo encabezó en el período 1599-1624 el oriundo de Galitzia, Ielisei Pletenetskyi. Mientras Sahaidachnyi levantaba el prestigio político y militar de los cosacos, Pletenetskyi puso sus energías en crear la base de la actividad cultural ortodoxa en Kíev. En 1615 llevó de Striatyn (Galitzia) al monasterio una imprenta, con la que durante los primeros quince años de trabajo (1616-1630) sacó cuarenta obras, más que cualquier otra en todo el territorio de Ucrania y Bielorrusia. Entre estas ediciones se encontraban obras literarias e históricas, discusiones religiosas, liturgias y libros para cada vez más colegios. Como última categoría entró el “Léxico rus eslavo” de Pamva Berynda (1627), primer diccionario en el mundo eslavo oriental que, junto con la “Gramática eslava” (también de aquella época y editada en otro lugar) de Meletii Smotritskyi (1619), llegó a ser el referente principal del idioma eslavo eclesiástico, que sería el usado por todos los eslavos orientales durante los dos siglos siguientes.

También Pletenetskyi trajo al monasterio de Kíev a un grupo de investigadores de Galitzia (Iov Boretskyi, Zajarii Kopystynskyi, Lavrentii Zyzanii) que estudiaban o enseñaban en el colegio de la cofradía estauropégica de Lviv. Siguiendo en Kíev la tradición de Lviv, en 1615 se fundó también una cofradía y un colegio donde, igual que en Lviv, el programa se basaba en las pautas grecoeslavas. Aún más, en el contexto de este renacimiento cultural, el hetman Sahaidachnyi trasladó su administración a Kíev, convirtiéndola en centro político y militar, y también sede cultural de las tierras ucranianas. Para mostrar su deseo de seguir apoyando el resurgimiento ortodoxo, el hetman apuntó a todos sus zaporogos a la recién formada cofradía.

Con el apoyo de los cosacos y de su activo hetman Sahaidachnyi, el clero ortodoxo y los maestros laicos sintieron que había llegado el momento de revitalizar la estructura organizativa de la Iglesia. En la segunda década del siglo XVII, el sillón del metropolitano y todas las diócesis de rito oriental en tierras bielorrusas y ucranianas del Estado de Polonia-Lituania, excepto la de Lviv, estaban en manos de los uniatas (también llamados greco-católicos). Pero los cosacos no dejaron que los metropolitanos uniatas Ipatii Potii y su sucesor, Iosif Veliamýn Rutski (1614 a 1637) subieran al sillón de metropolitano de Kíev. Los ortodoxos aprovecharon la visita de Teofán, patriarca de Jerusalén, que en octubre de 1620 se detuvo en Kíev en su camino a Moscú. Convencieron al patriarca para que bendijera al metropolitano ortodoxo de Kíev y también a los cuatro obispos que ocuparían los sillones de Przémysl, Pólotsk, Volodýmyr y Lutsk. A comienzo del año siguiente, dos obispos ortodoxos más fueron designados para Jelm y Pinsk. Esto se hizo bajo cuerda y sin abandonar el poder polaco. Al enterarse de esto, el gobierno acusó al patriarca Teofán de ser un espía turco y declaró al recién designado metropolitano y a los epíscopes fuera de la ley.

En respuesta, el nuevo metropolitano ortodoxo Iov Boretskyi (1620 – 1631) y seis epíscopes publicaron en 1621 su primer manifiesto. Resulta de especial interés la descripción de los cosacos dada por ellos:

Respecto a los cosacos, lo que sabemos sobre esta gente caballerosa que pertenece a nuestro linaje, que son nuestros hermanos y fieles cristianos […] es la tribu de aquel pueblo honesto rus del semen de Jafet, que atravesando el mar Negro y tierra entró en guerra con el reino griego. Es el ejército de aquella generación que en tiempos del monarca rus Oleg avanzaba en sus barcas por mar y tierra, fijando ruedas a las barcas y asaltaba Constantinopla. Son los mismos que en tiempos de Volodýmyr el Grande, el santo monarca rus, estaban en guerra con Grecia, Macedonia e Iliria. Son aquellos cuyos antecesores fueron bautizados con Volodýmyr tomando la fe cristiana de la Iglesia de Constantinopla, y hasta el día de hoy, nacen, se bautizan y viven”.5

Sobre los hechos recientes escribían:

[Los cosacos] tienen además el objetivo de liberar a los cautivos… y realmente, al cristianismo prisionero en todo el mundo, nadie después de dios ha hecho tanto bien como el ejército de Zaporozhzhia con su valentía y sus victorias. Lo que otras personas consiguen luchando con palabras y discursos, los cosacos lo demuestran con los hechos.”6

Ahora los cosacos se habían dotado de una ideología histórica y la alta jerarquía ortodoxa les consideraba sucesores del Jafet bíblico y de los grandes príncipes de la Rus de Kíev.

Los cosacos registrados se aprovecharon inmediatamente de la situación y en todas las negociaciones con los polacos comenzaron a poner la siguiente nueva condición: reconocer a los epíscopes ya asignados para, de esta forma, renovar completamente la Iglesia ortodoxa en el Estado de Polonia-Lituania. Durante la siguiente década, el rey polaco Zygmunt III prometía a menudo resolver los problemas de la Iglesia ortodoxa, pero se negaba a reconocer a siete jerarcas designados. Finalmente, tras la muerte del rey en 1632, llegó el período en el que el Sejm polaco se preparaba para elegir al nuevo monarca. Unos cuántos nobles de la szlachta rus ortodoxa aprovecharon esta oportunidad para introducir la cuestión cosaca en los debates de la elección del rey. Por primera vez exigían que los cosacos se reconociesen en la estructura social polaca como una de las clases sociales de la nobleza, y también repitieron su exigencia de legalización de la jerarquía ortodoxa. No es sorprendente que esto provocara fuerte rechazo en la nobleza polaca. Pero el recién elegido rey, Wladyslaw IV (reinó entre 1632 y 1648) necesitaba un ejército para la campaña contra Moscovia, por eso se inclinaba a apoyar las exigencias de los cosacos. Aunque a los cosacos no le otorgaron el estatus social de la szlachta, el nuevo monarca, gracias a sus habilidades diplomáticas, logró en 1632 establecer un acuerdo conocido como “Artículos para la tranquilidad de la religión griega”.

El compromiso de 1632 reguló definitivamente la vida ortodoxa en el Estado polaco-lituano. El clero y la szlachta elegían al metropolitano y a los epíscopes ortodoxos, el rey los aprobaba y el patriarca de Constantinopla los proclamaba. Pero la jerarquía ortodoxa proclamada ocultamente en 1620 no fue reconocida. Respecto a las relaciones entre ortodoxos y uniatas, fueron separadas las diócesis pertenecientes a la metrópolis de Kíev. Las diócesis de Kíev, Hálych-Lviv, Przémysl, Lutsk-Ostróh y la recién creada de Mstyslav pasaron a los ortodoxos, y las de Pólotsk, Jelm, Volodýmyr-Brest, Túriv-Pinsk y Smolensk (en aquel tiempo esta región estaba bajo poder polaco) pasaron a los uniatas; aunque algunas diócesis tenían paralelamente epíscopes ortodoxos y uniatas. Además, cada iglesia se sometía también al metropolitano de Kíev.

El metropolitano ortodoxo vivía en el mismo Kíev, mientras que el uniata vivía en Vilna, o en Navahrudak o en el Gran Ducado de Lituania. También se permitieron los colegios ortodoxos, imprentas, cofradías y nuevas iglesias; devolvieron a los ortodoxos algunos monasterios e iglesias que pertenecían a los uniatas (salvo una en Kíev), y también le dieron la posibilidad de ocupar cargos en la administración local. A pesar de las protestas del metropolitano uniata y de los obispos católicos polacos, el rey firmó un acuerdo en 1632 y lo renovó a los tres años.

Aprovechando una situación política favorable, la szlachta ortodoxa, en noviembre de 1632 proclamó en el Sejm polaco a su representante, el archimandrita Petró Mohyla, como metropolitano de Kíev (1632-1647). En unos días, esta elección fue aprobada por el rey, pero se necesitaba la bendición del patriarca ecuménico. Así que, el metropolitano Isaía Kopinskyi (1631-1632), sucesor del metropolitano Boretskyi y elegido clandestinamente en 1620, fue apartado de su cátedra.

El nuevo y activo metropolitano Mohyla (en rumano “Movila”: colina, montaña) era hijo de un gobernante rumano ortodoxo de Moldavia. En 1627, tras solo dos años desde su aparición en Kíev, se convirtió en el archimandrita del influyente monasterio de Las Cuevas. El talentoso y honrado Mohyla estaba convencido de que la Iglesia ortodoxa perduraría si existiera un clero bien formado y preparado en las mejores tradiciones de sus rivales religiosos: los jesuítas. Así que mandaba a los monjes a estudiar a Polonia y abrió una nueva escuela de modelo jesuíta latino junto al monasterio de Las Cuevas.

La política de Mohyla no era aprobada por todo el mundo en el ambiente polaco-lituano ortodoxo. De hecho, las elecciones del metropolitano de 1632 significaban la victoria de la szlachta ortodoxa rus sobre los cosacos que apoyaban a Kopinskyi (que estaba apartado de la cátedra pero seguía siendo influyente) y a otros jerarcas ocultamente proclamados en 1620. Kopinskyi, junto con el clero pro moscovita, miraban de reojo al zar y esperaban llegar a un acuerdo con el patriarca moscovita. Por eso se posicionaron en contra de lo que consideraban una orientación pro occidental (católica romana): la orientación de Mohyla. Bajo la influencia de las quejas ejercidas por los clérigos tradicionalistas, los cosacos incluso amenazaron con acabar con Mohyla y su círculo intelectual “inclinado hacia lo latino”, considerándolo un transmisor de veneno hacia la juventud ortodoxa.

A pesar de las críticas, Mohyla conseguía logros, haciendo así realidad su idea de renacimiento ortodoxo en el Estado polaco-lituano. Incluso estando ya en el puesto de archimandrita del monasterio de Las Cuevas, fundó un colegio en 1631, que al año siguiente unió a la escuela de la cofradía en Kíev, creando una nueva institución: el colegium de Kíev o de Mohyla. En el colegium se mantenían las tradiciones escolásticas que predominaban en aquel tiempo en los colegios católicos jesuítas, donde tenían gran importancia el aprendizaje del latín. Mohyla pensaba que el futuro de la Iglesia ortodoxa de Bielorrusia y Ucrania pasaba por la paz con Polonia (en condiciones de igualdad) y por eso intentaba cambiar la actitud tradicional del clero ucraniano ortodoxo de mirar hacia el este, Moscú, como única salvación. Durante la primera mitad del siglo XVII, los monjes y curas ortodoxos descontentos seguían buscando refugio en Moscovia. Pero bajo la mirada del brillante y clarividente intelectual Mohyla, la Iglesia ortodoxa y sus centros educativos en Ucrania se convirtieron en atractivas sedes culturales, papel que siempre antes había representado el oeste católico.

Ortodoxos contra uniatas

A pesar del compromiso de 1632 que fue llamado en el círculo polaco del gobierno “Artículos para la tranquilidad de la religión griega”, la lucha dentro del pueblo rus entre los partidarios de los ortodoxos y los partidarios de los uniatas no se interrumpió durante la primera mitad del siglo XVII. Se mostraba de varias formas: en asuntos legales, debates, en el Sejm y en la edición de polémicos panfletos en defensa de la fe ortodoxa y del idioma rus o de la legalidad de la unión con Roma.

Mientras tanto, el paso de la fe ortodoxa al unitarismo seguía dándose en todas las clases sociales e incluso el rígido protector de la fe ortodoxa, Meletii Smotrytskyi se hizo uniata en 1628. Aún más declarativa fue la conversión al catolicismo de rito romano de poderosas familias de magnates rus (Ostrozkyi, Sanhushky, Vyshnevetski, Chartoryskyi, Zbarazkyi y Zaslavskyi) y la constante expansión de la influencia católica hacia el este mediante la fundación de colegios jesuítas en el período 1608 – 1646 (en Lviv, Lutsk, Kámianets-Podilskyi, Ostróh, Brest, Óbruch y más al este en Nóvhorod-Síverskyi y Kíev). Esta marcha triunfal de la iglesia católica romana provocó debates sobre la “nueva unión”; además, en 1645 una propuesta para su creación fue lanzada por, nada más y nada menos, el metropolitano ortodoxo de Kíev, Petró Mohyla.

Las pasiones y el ardor de la lucha ortodoxa-uniata se reflejaron en los debates intelectuales y jurídicos y también en la violencia física y en la destrucción o toma por la fuerza de templos e iglesias rivales. Uno de los ejemplos violentos más memorables fue el asesinato del arzobispo uniata de Pólotsk, Iosafat Kuntsévych (1617 – 1623), a manos de burgueses furiosos en Vítebsk (Bielorrusia), donde el jerarca tenía su residencia. Desde entonces, los uniatas del Estado polaco-lituano proclamaron a Kuntsévych mártir de fe y en 1867 fue canonizado por la Iglesia católica romana. La profundidad del antagonismo ortodoxo-uniata a principios del siglo XVII se reflejó en la biografía de Kuntsévych que en aquellos tiempos (1665) hizo el epíscope Iákiv Susha:

[…] sobre la Iglesia unida y sobre todas las demás se cernía un peligro. Era una señal acordada y una llamada para un levantamiento. Desde todos los puntos de la ciudad, la gente -hombres, mujeres, niños- con armas en las manos se precipitaron bramando hacia la casa del arzobispo. Kuntsévych ordenó dejar salir al cura, pero era demasiado tarde. La multitud golpeó y lesionó a los sirvientes y a la corte del arzobispo e irrumpió en la habitación donde él mismo se encontraba. Alguien le atizó con un palo, otro le partió la cabeza con un hacha, y cuando Kuntsévych cayó comenzaron a golpearle con todo lo que pudieran. Luego, la turba saqueó la casa y sacaron el cuerpo del arzobispo a la plaza, le vejaron incluso mujeres y niños, se sentaron encima de él, le pusieron un perro muerto encima, restregaron su cuerpo desnudo por las calles de la ciudad y le llevaron a la colina más alta sobre el río Dviná donde le tiraron ladera abajo. Finalmente, al cuerpo del asesinado le ataron unas cuántas piedras y lo arrojaron a lo más profundo del Dviná […]”.

Fuente: Makarii, Istoria Russkoi Tserkvy, tomo XI, libro II, segunda edición (San Petersburgo, 1903), página 307.

La calma antes de la tormenta

En la década de 1630, bajo la presión de los cosacos se renovó la legalidad de la Iglesia ortodoxa en el Estado de Polonia-Lituania. Pero las exigencias propias de los cosacos se quedaron sin cumplir. Los cosacos registrados fueron reconocidos como clase social y los zaporogos seguían en conflicto con el gobierno polaco, ya fuera por las discordias con los funcionarios en las tierras fronterizas, o por sus incursiones prohibidas a Crimea y al Imperio otomano. Así que el ciclo de las confrontaciones entre cosacos y polacos seguía: los cosacos durante el servicio y las campañas militares de Polonia se indignaban por las promesas incumplidas de los polacos, y también por los intentos de Polonia de someterles. Por ejemplo, en 1635 se levantó una fortaleza cerca del salto de Kodatske, cerca de la curva del Dnipró, que tenía que proteger la frontera y contener a los siervos fugitivos que se dirigían a Zaporozhzhia. En respuesta, los cosacos destruyeron totalmente la fortaleza de Kodatske solo un par de meses después de su edificación y con el tiempo organizaron dos grandes levantamientos cosacos (en 1637, encabezado por Pavló Pavliuk-But)y en 1638, encabezados por Iákiv Ostriányn y Dmytró Huna) en los que participaron tanto los cosacos registrados como los cosacos zaporogos no registrados. El primero fue sofocado con la decapitación del jefe cosaco a manos del ejército polaco tras su victoria en la batalla cerca de Kuméiky (diciembre de 1637); y el segundo, con la victoria de los polacos cerca de Zhovnyna (junio de 1638) y la huída hacia el este de Ostriányn junto a 1000 de sus partidarios, concretamente a Slobozhánshchyna, que se encontraba bajo control de Moscú.

Tras la derrota de 1638, la cantidad de cosacos registrados que cambiaba a lo largo del siglo XVII, disminuyó hasta 6000, a los que les permitieron vivir solo en los powiat de Cherkasy, Chyhyrýn y Korsun. También se liquidó la elección de los hetman y comandantes, y en la reconstruida fortaleza de Kodak se asentó una gran cantidad de militares polacos. Al final, todos los cosacos no registrados Dnipró abajo, en Zaporozhzhia, fueron declarados fuera de la ley.

En los siguientes diez años la situación permanecía relativamente tranquila, y algunos polacos comenzaron a pensar que, finalmente, el problema cosaco quizá se hubiera regulado. Pero en realidad nada había cambiado: el sistema latifundista controlado por los magnates se extendía por el sector agrícola; los campesinos, los burgueses descontentos y, en menor medida, la szlachta seguían huyendo a Zaporozhzhia, y la Iglesia ortodoxa que había vuelto a la legalidad fue obligada a competir con la Iglesia uniata (que era apoyada por el gobierno) por el control de ciertas parroquias y las esferas de influencias. Mientras tanto, los cosacos estaban a merced de los caprichos de la política polaca, que tradicionalmente condicionaba el conflicto entre el rey y la nobleza.

Uno de los últimos casos de utilización de los cosacos ocurrió durante el reinado de Wladyslaw IV, rey que amaba especialmente las discordias externas: entró en guerra contra Suecia (como miembro de la dinastía Vasa, Wladyslaw aspiraba a la corona sueca), contra Moscovia (Polonia seguía interviniendo en la todavía inestable Moscovia) y contra los turcos otomanos (enemigos tradicionales). En 1646, Wladyslaw expuso su plan de incursión contra los turcos, pero cuando el Sejm polaco denegó el dinero, él, por supuesto, se dirigió a los cosacos registrados. Estos, parece que obtuvieron del rey unos derechos secretos y el estandarte real, y por tanto convocaron al ejército, pero el Sejm se enteró de estos planes y ya antes de finales de 1646 empezó a exigir la desmovilización de los cosacos. Al año siguiente, Wladyslaw cedió y con ello, se perdieron todas las posibles libertades que los cosacos obtendrían de esta incursión.

Todos estos factores (sociopolíticos, económicos y religiosos) favorecieron el incremento de odio entre los cosacos y la szlachta polaca que, con el crecimiento de su poder político, representaba a todo el Estado de Polonia-Lituania. Esta tensión constante podía causar en cualquier momento una gran explosión. En 1647 saltó una chispa como consecuencia de una tragedia personal de un funcionario cosaco: Bohdán Jmelnytskyi.

1Citado por Dymytró Doiroshenko en Esbozo de la Historia de Ucrania, Tomo I, Segunda edición (Munich, 1966), página 152.

2Powiat (plural, powiaty): es la unidad de gobierno y administración local de segundo nivel de Polonia, equivalente a un condado, distrito, o prefectura en otros países. Fuente: Wikipedia (Nota del Traductor).

3Chern: palabra despectiva para designar a personas de clase baja (Nota del Traductor).

4Linda Gordon, Cossack Rebellions (Albany, NY, 1983), página 87.

5Citado por Mykhailo Hrushevskyi en Historia de Rus-Ucrania. Tomo VII (Kíev, 1909), páginas 391-392. Texto redactado según las normas del ucraniano literario moderno por Natalia Iakovenko y Volodýmyr Krekoten.

6 Ídem, página 392.

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Capítulo 14. Los tártaros y el Kanato de Crimea

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del quinto capítulo de la Tercera Parte del libro: El período lituano-polaco-crimeo.)

La historiografía tradicional relativa a Ucrania marca el período que abarca desde mediados del siglo XIV hasta mediados del XVII como polaco, lituano o polaco-lituano. Indudablemente, el gran ducado de Lituania y el reino de Polonia gobernaban en aquel tiempo gran parte del territorio ucraniano y tuvieron un impacto profundo en el desarrollo político, cultural y económico de Ucrania y sus pueblos. Pero existía otra estructura política más, el Kanato de Crimea, que durante el período anteriormente mencionado gobernaba casi un cuarto del territorio de la actual Ucrania y tuvo una prolongada influencia en el desarrollo de las demás tierras del país, que se encontraba más allá de los límites que controlaban. Por esta razón, en este libro utilizamos el término “período polaco – lituano – crimeo” de la historia de Ucrania.

En los capítulos 8 y 10 abordamos los acontecimientos ocurridos en el siglo XIV en el territorio de la península de Crimea y de la zona esteparia adyacente al norte del mar Negro. En aquel tiempo, la Horda de Oro, o Kanato Kipchak, del que formaba parte Crimea, otorgó privilegios significativos a los comerciantes genoveses, que como resultado comenzaron a dominar el comercio que pasaba por Cafa y algún otro puerto del mar Negro. Pero en la segunda mitad del siglo XIV comenzó en la Horda de Oro un período prolongado de crisis política interna que, acompañado de intervenciones extranjeras (los lituanos por el oeste y Tamerlán/Tymur por el este), dio lugar a que en el siglo XV se descompusiera el anteriormente poderoso estado mongol-tártaro. En su territorio, diferentes tribus tártaras fundaron tres nuevos Estados, conocidos históricamente con el nombre de kanatos (o kaganatos). Dos de ellos surgieron en los años 1440 en la periferia de la Horda de Oro: el Kanato de Kazán en el curso alto del Volga y el Kanato de Crimea, que abarcaba la península de Crimea y las tierras al norte del mar de Azov. Después de que la Horda de Oro dejara de existir en 1502, el resto de sus tierras del curso bajo del Volga pasaron al tercer Estado, el Kanato de Astracán. Cada uno de estos kanatos seguía con la práctica de sus antecesores de cobrar tributo a las tierras de la antigua Rus de Kíev: los kanatos de Astracán y Kazán recogían el tributo de Moscovia, y el de Crimea, además de Moscovia, también recogía tributo de Lituania y Polonia. Estos tres Estados herederos de la Horda de Oro destacaban por su fuerza y eficacia. Por este motivo, toda la historia temprana, tanto de Lituania como de Moscovia, está marcada por los esfuerzos de deshacerse de esta herencia odiosa y humillante, el “yugo tártaro” que continuaban los kanatos de Astracán, Kazán y Crimea.

El Kanato de Crimea

La influencia más directa hacia las tierras ucranianas la ejercía el Kanato de Crimea, que mucho tiempo antes de la descomposición de la Horda de Oro, a principios del siglo XVI, se había convertido en una entidad estatal independiente. Empezando en la década de 1260, la península de Crimea y los territorios al norte del mar de Azov pasaron a formar parte de la Horda de Oro. Su gobernante administraba el territorio desde la ciudad Eski Qirim /Qirim /Solkhat (actualmente Staryi Krym: Crimea Vieja), situada al norte del puerto de Cafa y separada de él por la cadena montañosa de Crimea. En poco tiempo, Crimea se convirtió en asilo de los grandes príncipes refugiados de las dinastías gobernantes de la Horda de Oro. Uno de estos exiliados fue Haci Giray. Él era del clan imperial borjigin, es decir, sucesor de Gengis Kan, fundador del imperio mongol. Los caudillos tártaros locales (que a su vez provenían de la Horda de Oro) invitaron a Haci Giray a gobernar Crimea, donde llegó a finales de los años 1430 y proclamó la independencia de Crimea de la Horda de Oro. Tras una lucha complicada y prolongada contra las tropas de varios grupos militares en la península, Haci Giray consiguió finalmente convertirse en el primer kan de Crimea (gobernó aproximadamente entre 1441 y 1466) y fundador de la dinastía Giray.

Intentando conquistar el poder, la familia Giray entró en un inevitable conflicto con los gobernantes de la Horda de Oro (que todavía reclamaban sus derechos sobre Crimea) y otras fuerzas en la propia península. Especial peligro representaba el Gran Principado de Teodoro, situado en las montañas del suroeste de Crimea, y los genoveses, que controlaban el comercio en las ciudades costeras. En el meollo ardor de esta triple rivalidad, otra fuerza más se incorporó. Esta vez fueron los turcos otomanos.

Tras la caída de Constantinopla en 1453, su sultán Mehmet II (gobernó entre 1451 y 1481) se puso como objetivo extender sus dominios hacia el norte del mar Negro, ya que, según sus intenciones, tenía que convertirse en el “lago otomano”. En 1475, el ejército turco irrumpió en Crimea, tomó Cafa y otras ciudades portuarias, y también la fortaleza de Mangup, allá arriba en las montañas, destruyendo así el Gran Principado de Teodoro. Las pretensiones del kan de Crimea sobre Cafa y las ciudades costeras fueron rechazadas por el sultán, y este territorio pasó a estar controlado directamente por la administración otomana. Este hecho estuvo marcado por los cambios en los nombres geográficos: de esta forma, el Moncastro italiano (posteriormente reconquistado de Moldovia) se convirtió en el Akkermán turco (hoy en día Bílhorod-Dnistrovskyi), Cherkio pasó a denominarse Kerch, y Tanais, Azaq (la actual Azov). En el territorio de la propia península de Crimea, el puerto Kalamita se convirtió en Inkerman, Chembalo pasó a llamarse Baliklava (y, con el tiempo, Balaklava), Soldaia se convirtió en Sudak, y el centro genovés más importante, Cafa, pasó a llamarse Kefe (actual Feodosia). Bajo dominio otomano, el puerto de Cafa fue ampliado, su población creció y, a principios del siglo XVII, llegó a ser una de las mayores ciudades de Europa del este.

La llegada de los otomanos llevó a la reconfiguración del poder político en Crimea. El sultán turco se autoproclamó heredero político de la Horda de Oro y, con la ayuda de su enorme fuerza militar, logró dictar su voluntad a los gobernantes del Kanato de Crimea. Como recompensa por aceptar esta relación de vasallaje hacia el sultán, en 1478, el kan Menhli I Giray (gobernó en los períodos 1468-1473, 1478-1515) obtuvo ayuda militar del Imperio otomano y, de esta forma, con la ayuda del ejército turco, venció a sus rivales regionales y recuperó el trono. El propio territorio de la península de Crimea fue dividido. Un par de estrechas franjas a lo largo de la costa del mar Negro desde Inkermán hasta Kerch se convirtieron con el tiempo en una provincia otomana (sandjak) con capital en la ciudad de Kefe. Además de la costa del mar Negro, dentro del sandjak oriental de Kefe entraba la costa este del estrecho de Kerch y la fortaleza de Azak. El resto del territorio peninsular se encontraba bajo el poder del kan de Crimea y de los caudillos tribales bajo su control.

Desde el principio, las relaciones entre el Imperio otomano y el Kanato de Crimea y sus gobernantes Giray tuvieron un carácter especial. El sultán turco aspiraba a tomar el control de todos los pueblos túrquicos, que poblaban la estepa hasta Asia central. Debido a que los Giray eran los sucesores directos de Gengis Kan, los otomanos utilizaron sus relaciones con el Kanato de Crimea para justificar sus aspiraciones de dominio pantúrquico. De esta forma, al contrario que otros Estados vasallos del Imperio otomano, que tenían que pagar tributo y ofrecer su ejército en apoyo del sultán, en el caso del Kanato de Crimea precisamente era el sultán quien pagaba una pensión anual al kan, y también le regaló tierras en las provincias de Rumelia y Anatolia. Y cada vez que el imperio necesitaba ayuda militar de Crimea, al kan se le enviaba una “invitación” (y no una orden) y también una partida de dinero para financiar esa campaña militar.

A pesar de que las intervenciones del Imperio otomano sobre la política de Crimea se hicieron más intensas durante el siglo XVII, el Kanato de Crimea supo mantener sus privilegios en el Imperio otomano y generalmente llevaba a cabo una política independiente sobre sus vecinos. Por ejemplo, con la finalidad de destruir a sus rivales de la Horda de Oro, los primeros líderes del kanato establecían de vez en cuando alianzas, primero con Moscovia y luego con Lituania y Polonia. Concretamente, el hijo y heredero de Hadji Giray, Menhli I Giray lanzó una campaña militar exitosa sobre la capital de la Horda de Oro, Nueva Sarái, situada en el curso bajo del Volga, expulsó a su gobernante y se autoproclamó “Gran kan de la Horda de Oro y de la estepa kipchak”. Menhli y sus herederos reclamaron también el derecho de recoger tributos de Moscovia y Polonia, como hacían sus antecesores de la Horda de Oro. Estas pretensiones desembocaron en un conflicto permanente entre el Kanato de Crimea y sus vecinos del norte. Especialmente con Moscovia, cuyas relaciones eran especialmente tensas respecto a Crimea y cuyo conflicto con el kanato por el resto del territorio de la Horda de Oro (que en esta época estaba dividida entre la Horda de Nogái, al este del Volga, y los kanatos de Kazán y Astracán) duró toda la primera mitad del siglo XVI.

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La vida social y económica en Crimea

El Kanato de Crimea era un Estado que se regía por la ley islámica y cuyos gobernantes y la mayor parte de la población tártara y turca eran musulmanes suníes. A la cabeza del Estado se encontraba el kan de la dinastía Giray, que obtuvo un estatus privilegiado dentro de la jerarquía política tártara gracias a su linaje (Gengis Kan). Los kanes no eran gobernantes absolutos, ya que los caudillos locales crimeotártaros (bei) participaban activamente en la gobernanza del Estado, cuyas dinastías más importantes estaban representadas por las familias Shyrín, Mansur, Barýn y Sedzhéut (llamados karachi-bei). El gobierno de estas cuatro familias y otras (como las familias Kypchak y Arguín) y su capacidad de influencia en la política y la economía se basaba en dos componentes: la propiedad de grandes parcelas de tierra (sobre todo en la parte esteparia pensinsular hacia el norte de las montañas y en la zona premontañosa) y la capacidad de aceptar o rechazar la petición del kan de cesión de un ejército. Los caudillos tártaros crimeos se reunían periódicamente convocando un kurultai (reunión), que oficialmente elegía un nuevo kan antes de proponer su candidatura al sultán turco. Además del kurultai, existía también otro organismo de poder: el diván (consejo estatal al que se sumaba el kan), que incluía a los mismos caudillos tribales y también a los representantes más influyentes de la corte y del clero.

Los habitantes tártaros del Kanato de Crimea, cuya cantidad a mediados el siglo XVI era aproximadamente 500.000, constituían una población heterogénea, mostrando diferencias notables referidas a la procedencia, idioma y lugar donde habitaban. Desde el punto de vista geográfico, el Kanato de Crimea incluía el territorio de la península homónima y también otros territorios tras el istmo de Perekop: las estepas ucranianas al norte de los mares Azov y Negro. La península de Crimea en sí no es homogénea geográficamente: los dos tercios que conforman la zona norte están formados por llanuras, que prácticamente es la continuación de la estepa ucraniana al norte de Perekop; el tercio sur de la península se compone de la zona premontañosa y de montaña, que se prolonga en sentido este-oeste en paralelo a la línea de costa. Finalmente, al sur de las montañas, a lo largo de la costa se extendía una estrecha franja de tierra en la que se situaban unas cuántas ciudades portuarias, siendo Kefe la mayor de ellas (Cafa, actualmente Feodosia).

En un sentido amplio, la población del Kanato de Crimea pertenecía a dos grupos: nómadas y sedentarios. Los nómadas vivían en las llanuras esteparias en el norte peninsular y también en el sur de la propia Ucrania. La población sedentaria habitaba la zona premontañosa, los valles de montaña y también las ciudades y pueblos costeros.

La élite estatal tártara de Crimea, incluyendo a la dinastía regente de Giray y también a los caudillos tribales, a quienes pertenecían las grandes parcelas de tierra en las estepas y montañas de la península, eran descendientes de los kipchaks túrquicos (aquellos nómadas guerreros que llegaron desde el mismo corazón de la Horda de Oro). La élite de Crimea hablaba y utilizaba de forma escrita para las necesidades administrativas un idioma que era una mezcla del idioma túrquico kipchak (de las estepas interiores asiáticas) y del idioma túrquico oguz (emparentado con el idioma turco de Anatolia: el centro del Imperio otomano).

Durante miles de años la península fue el hogar de múltiples pueblos: escitas, godos, alanos, hunos, griegos, genoveses, armenios. Algunos de ellos al principio eran nómadas, otros eran agricultores sedentarios y habitantes de ciudades. Durante los siglos XV y XVI la mayoría de los sucesores de estos pueblos se pasaron al idioma túrquico y a la religión musulmana. Esta mezcla abigarrada de pueblos se conoció como “tats”, que primeramente era un término despectivo utilizado por los pueblos túrquicos para referirse a sus vecinos (y a los representantes de otras religiones que se convirtieron al islam) que hablaban el idioma túrquico pero no eran de origen túrquico “puro”. El nombre tats se refería no solo a los campesinos de la zona premontañosa y de los valles (que hablaban una mezcla de los idiomas kipchak y oguz), sino también a los habitantes de las ciudades que permanecían bajo control directo otomano (y hablaban el idioma túrquico oguz, típico de Anatolia). Precisamente, los tats se convirtieron en el elemento demográfico dominante de la península, y así dieron a los tártaros de Crimea unos rasgos que les diferenciaban bruscamente de los de los tártaros de Asia central. En otras palabras, los tats (campesinos, artesanos, comerciantes y funcionarios) formaron el núcleo central de la sociedad de Crimea.

Los campesinos de Crimea vivían en aldeas, la tierra la trabajaban juntos en comunidad, los impuestos los marcaba el dueño de la tierra (que era normalmente el caudillo del clan o de la tribu) para toda la aldea en su conjunto. Los campesinos no eran siervos y podían abandonar la aldea en cualquier momento. Los artículos agrícolas de Crimea más rentables para la exportación eran la fruta, el tabaco y la miel.

A pesar de que la mayoría de los pueblos que habitaban Crimea fueron asimilados por la mayoría musulmana turcoparlante, sus rasgos lingüísticos y culturales se conservaron entre los tats, que posteriormente formaron la base del etnos tártaro crimeo. Además, el idioma túrquico de los tats, que vivían en la costa, conservó algunas palabras griegas e italianas, reflejando la presencia anterior de estos pueblos en los puertos de Crimea. Algunos habitantes crimeos, al pasar al idioma túrquico, no se convirtieron al islam, como los armenios cristianos y griegos (uruty o griegos tártaros) y también los crimchacos y caraítas, que practicaban variantes del judaísmo. Estos últimos vivían sobre todo en las ciudades más grandes de la península: Ak-Mechet (zona baja de Simferopol), la ciudad porturaria Gozleve (actual Eupatoria), la “capital” de la dinastía Shyrín, Karassubazar (actual Bilohirsk) y la ciudad del kan, Bajchisarai. Los armenios y griegos se encontraban en Cafa (actual Feodosia).

La primera capital del Kanato de Crimea fue Eski Qirim /Qirim (actual Crimea Vieja), pero ya en vida del kan Haci Giray, a mediados del siglo XV, había sido reemplazada por Kirk Yer, ciudad situada en la cima de una montaña, a un par de kilómetros al norte de Bajchisarai. Kirk Yer funcionaba como una fortaleza perfecta, al mismo tiempo que abajo, en el valle, se situaba la ciudad de Saladzhyk (actual Starosilia), donde estaba el palacio del kan. Menhli I Giray, hijo de Haci Giray, amplió el complejo palaciego de Saladzhyk, que también incluía Zyndzhirly-Medrese, colegio para la preparación del clero musulmán fundado en el año 1500. Pero cuando el palacio de Saladzhyk se quedó pequeño para los asuntos del Estado de Crimea, que extendía sus fronteras, Sahib I Giray (gobernó entre 1532-1551), hijo de Menhli, construyó un nuevo palacio en Bajchisarái en 1532, a unos cuántos kilómetros del anterior, también en el valle bajo. Desde entonces, el palacio de Bajchisarái se convirtió en la residencia permanente de los kanes de Crimea. Con sus jardines, colegios, mezquitas y otros edificios públicos, Bajchisarái se convirtió en una capital cultural islámica y en la capital política de Kanato de Crimea. Es interesante mencionar que al perder el estatus de capital de Crimea, la ciudad montañosa de Kirk Yer, posteriormente conocida como Chufut-Kale (que en tártaro significa “fortaleza judía”), conservó su importancia como centro de la comunidad de los judíos caraítas, que practicaban una forma no talmúdica del judaísmo.

                                                                Los caraítas

Los caraítas constituían una secta judía cuyo origen es objeto de discusión. La teoría más extendida recoge que este movimiento del judaísmo apareció en Bagdad, capital del Imperio de los Abásidas en el siglo VIII, y precisamente desde allí los caraítas se extendieron hasta Oriente Próximo. En el siglo XII los caraítas se asentaron en Bizancio (principalmente en Constantinopla y el oeste de Anatolia) y de ahí migraron a Crimea a mediados del siglo XIII. Con el tiempo adquirieron un habla túrquica coloquial y desarrollaron su propio idioma literario, muy parecido al tártaro crimeo (aunque utilizando el alfabeto hebreo). Algunos historiadores (A. Firkovich, S. Shapshal) insisten en el origen túrquico de los caraítas, concretamente de los jázaros, que vivían en la península tanto en la época de la existencia de su Estado como tras su descomposición. A finales del siglo XIV, el gran duque lituano trasladó a miles de caraítas a su capital, Trakai (Troki), desde donde una cierta cantidad de ellos se trasladó al sur de la Rus, concretamente a la ciudad de Lutsk en Volinia y a la de Hálych en Galitzia.

El idioma de los caraítas es parecido al idioma de los crimchacos, es decir, de los judíos túrquicoparlantes de Crimea, cuya capital era originalmente Karassubazar (actual Bilohirsk). Estos dos grupos tenían diferentes puntos de vista sobre el talmud: los judíos ortodoxos crimchacos lo reconoían como el texto sagrado, mientras que los caraítas lo dejaban a un lado, considerando solamente como palabra de dios al Antiguo Testamento. Más tarde y en un contexto cultural completamente diferente, algunos protestantes llegaron a la conclusión de que los caraítas, el pueblo de la sagrada escritura, son los antecesores de la Reforma cristiana. Teorías de este tipo llevaron a algunas personas no judías (especialmente protestantes alemanes) al convencimiento de que los caraítas se diferencian tanto de los judíos, que el antisemitismo paneuropeo no debía afectarles a ellos.

Originalmente, los caraítas habitaban Cafa (Kefe) y Solkhat (Eski Kyrym), pero, tras la toma por el ducado turco de Teodoro Mangup en 1475, se concentraron en las ciudades situadas en las cimas de las montañas Mangup-Kale y Chufut-Kale. Vivían aislados de sus vecinos más cercanos, pero mantenían relaciones con sus correligionarios de Lituania (Trakai) y del oeste de Ucrania (Lutsk y Hálych). En el siglo XVII, Chufut-Kale se convirtió en el centro principal de los caraítas, donde salieron al mundo unos cuántos libros en idioma literario caraíta, publicados en los alfabetos judío, ruso y latino (en su forma polaca). En la segunda mitad del siglo XIX, la mayoría de los caraítas abandonaron Chufut-Kale, trasladándose su ciudad principal a Gozleve (en aquel tiempo cambió de nombre a Eupatoria).

Desde el mismo comienzo del gobierno ruso en Crimea (desde la década de 1780), la administración del imperio diferenciaba oficialmente a los caraítas del resto de judíos, y esta diferenciación fue apoyada y destacada por los propios caraítas, denominándose a sí mismos como gente trabajadora y honesta y fieles al zar. A consecuencia de ello, los caraítas obtuvieron privilegios y una riqueza significativa: estaban exentos de realizar el servicio militar y disponían de autonomía religiosa. En 1897 en Crimea había 5400 caraítas. Uno de los caraítas más famosos fue el investigador, escritor y luchador por la igualdad, Abraham Firkovich, nacido en Lutsk, Volinia, pero que desde 1832 y hasta su muerte en 1874 se dedicó a servir a las comunidades de Chufut-Kale y Eupatoria.

Las peculiaridades nacionales religiosas de los caraítas estuvieron detrás de la inusual sucesión de acontecimientos durante la Segunda guerra mundial y el Holocausto, cuando Crimea fue ocupada por la Alemania nazi. Tras el profundo estudio del problema, el gobierno de Berlín proclamó que, desde el punto de vista de la teoría de las razas, los caraítas no eran judíos. De esta forma, al contrario que los judíos crimchacos, que fueron casi totalmente aniquilados por los nazis, a los caraítas no les tocaron. En cuanto al comportamiento de los representantes del ethos caraíta en tiempos del Holocausto, estos variaron desde la indiferencia sobre el destino de los crimchacos, hasta la colaboración con el gobierno nazi en Crimea.

Los tártaros nogayos y la esclavitud

En aquel tiempo, cuando el Kanato de Crimea adquiría rápidamente los rasgos de una sociedad estable sedentaria, orientada a los intereses de los campesinos, artesanos y comerciantes que vivían en el tercio sur de la península, existía otro elemento importante en la estructura política del kanato. Nos referimos a los tártaros nogayos, pueblo nómada de origen túrquico, que hablaban idioma kipchak y ponían a pastar sus ganados en la estepa ucraniana, al norte de los mares de Azov y Negro, en un territorio que iba desde el río Kubán al este hasta el Danubio en el oeste. Primordialmente, los nogayos eran una de las muchas tribus dentro de la Horda de Oro. En 1556, cuando Moscovia conquistó definitivamente el Kanato de Astracán y las tierras nogayas al este del río Volga y al norte del mar Caspio, una parte de los nogayos se trasladó al oeste, a las estepas más al norte de los mares de Azov y Negro. En este territorio se subdividieron en unas cuántas unidades tribales: los nogayos de Kubán (al este de Azov), los nogayos de Yedisckul (al norte del mar de Azov), los nogayos de Cambuluk (al norte de Crimea), los nogayos de Yedisán (entre los ríos Bugl del Sur y Dníster) y los nogayos de Budjak (entre los ríos Dníster y Danubio).

Las tribus nogayas conocidas por el nombre general “tártaros”, son objeto de una atención importante en la historia de Ucrania. Teóricamente, las múltiples tribus nogayas tenían que reconocer el poder del kan de Crimea, que se solía hacer a través de un representante (serasker) que era enviado de Bajchisarái. Pero en la práctica, las tribus perseguían sus propios objetivos y se levantaban contra el Kanato de Crimea. Pero el historiador Alan Fisher menciona que “los nogayos hacían un provechoso favor al Kanato de Crimea, no dejando que se formaran asentamientos estables eslavos en la estepa y abasteciendo al mercado de esclavos de Crimea con un flujo interminable de cautivos”.1

A principios del siglo XVI la economía empezó a basarse principalmente en la venta de esclavos. Según la ley islámica, la esclavitud solo era permitida con personas de otra religión. De este modo, los prisioneros de guerra no musulmanes eran los primeros candidatos a la esclavitud. Al mismo tiempo que los esclavos formaban una parte integral del sistema socioeconómico del Imperio otomano, se permitían varias formas de liberación tanto para esclavos como para sus sucesores y, de esta forma, el imperio siempre necesitaba fuerzas esclavas renovadas. Y un nuevo vasallo de Turquía (el Kanato de Crimea) llegó a ser la principal fuente de su renovación. Desde el punto de vista del gobierno de Crimea la ventaja de esta situación consistía en que durante las malas cosechas, el país podía obtener beneficios de la venta de esclavos. Directamente al norte de las estepas nogayas estaban las tierras no musulmanas de Ucrania y del sur de Rusia, que formalmente se encontraban bajo el poder de Polonia, Lituania y Moscovia. Precisamente allí acudían de caza los tártaros de Crimea a por esclavos cristianos.

Los tártaros, o bien los representantes del ejército del kan o nogayos, asaltaban las tierras ucranianas de Polonia-Lituania por varias vías, que salían de Perekop, una poderosa fortaleza (en túrquico: Or-kapy o Ferag-kermán), situada en un istmo estrecho que unía Crimea con las estepas en el norte. El ejército regular del kanato, que casi exclusivamente se conformaba de caballería, contaba en el siglo XVI con entre 10.000 y 30.000 guerreros. Los bandos nogayos de los vendedores de esclavos eran mucho más pequeños, pero sus asaltos eran mucho más frecuentes y, por tanto, la cantidad de cautivos logrados por ellos era exageradamente grande. Algunos investigadores valoran la cantidad anual de personas cautivadas para esclavitud en el territorio del Estado polaco-lituano en 20.000, y la pérdida total de resultas de las avalanchas de los tártaros la estiman en 1 millón de personas entre los años 1500 y 1664. Una cierta cantidad de cautivos era destinada al kan de Crimea y el resto a los participantes del asalto. Pero la mayoría, de todas formas, llegaban al Imperio otomano: quizás una quinta parte como pago del tributo al sultán, el resto se vendía a los comerciantes del imperio en los mercados crimeo-tártaros de Bajchisarái, Karassubazar, las ciudades portuarias de Gozleve y Cafa, que se encontraban bajo el poder de Porta.

¿Y qué pasaba con los cautivos cuando llegaban al centro del Imperio otomano? Los esclavos funcionaban en todos los estratos de la sociedad otomana, así, a menudo, sus destinos se diferenciaban bruscamente. En el estrato más bajo estaban los remeros en galeras y los esclavos destinados a trabajar la tierra de los grandes propietarios. Algo mejor era la situación de los sirvientes de casas. Existía también una clase de esclavos, tanto hombres como mujeres, que podían mejorar su situación viviendo en el mundo otomano. Estas personas se convertían al islam y servían en los diferentes puestos de la administración estatal y militar. Las mujeres entraban en los harenes de la élite otomana. La más famosas de estas cautivas era Nastia Lisovska, nacida en Galitzia. Pasó a la historia con el nombre de Roxelana o Hurrem (su nombre turco) y se convirtió en la esposa favorita del sultán Suleimán I el Magnífico y en la figura política más influyente en el período del poder máximo del imperio a mediados del siglo XVI.

Tras la primera mitad del siglo XVI, los nogayos, especialmente los de Yedisckul, empezaron a realizar asaltos con cada vez mayor frecuencia. Los tártaros que vivían en la península estaban más interesados en el rol de intermediarios entre los nogayos abastecedores de mercancía humana y sus compradores en el sur. Precisamente en este período (siglo XVI y comienzos del XVII) entre la sociedad rus ucraniana apareció el género literario de la épica nacional, conocido como duma/dumy. No hay nada sorprendente en que las dumy más tempranas solo destacan los rasgos negativos de estar en cautividad y son canciones de aflicción sobre el destino de la gente joven, obligada a servir en el ejército de los “infieles” turcos otomanos (“El llanto de los cautivos”), o la historia de las chicas llevadas a los harenes para complacer a la nobleza otomana (“Duma sobre Marusia Bohuslavka”).

De este modo, los tártaros de Crimea y sus aliados nogayos conformaban la última en la larga fila de las civilizaciones sedentarias (escitas, sármatas, jázaros y Horda de Oro) que dominaron las estepas de la parte sur de Ucrania y continuaron las relaciones económicas simbióticas entre las ciudades costeras y las regiones del interior. Debido a que la venta de esclavos era el artículo más rentable de la economía de Crimea, una parte significativa del territorio al sur de los voivodatos de Kiev y Bratslav, entre el Bug del Sur y el Dnipró quedó prácticamente despoblada y así obtuvo el nombre de Dyke Pole (Campo Salvaje). Precisamente estas tierras plasmaban lo que se entiende por el nombre “Ucrania”: la tierra fronteriza, el fin del territorio civilizado y, como a menudo se especula, una zona neutral entre el Estado de Polonia-Lituania en el noroeste, Moscovia en el noreste y el Kanato de Crimea y el Imperio otomano en el sur.

¿Era el cautiverio de Crimea tan malo?

La tradición sobre el sufrimiento de los eslavos a manos de los turcos entró de forma muy fuerte en la percepción de los rus ucranianos con la ayuda de las canciones épicas recitadas conocidas como dumy. Mostramos a continuación un trozo de la duma “El llanto de los cautivos”, uno de los más famosos ejemplos de este género de literatura oral, y que hasta hoy en día es cantado por los bardos nacionales kobzaríes, normalmente acompañados por el instrumento conocido como bandura (kobza).

Porque ya estamos hartos de este presidio turco,
el hierro de los grilletes se ha comido sus manos y pies,
el cuerpo blanco del joven cosaco
cerca del hueso amarillo se ha hecho tiras, ¡hey!

Cuando se pusieron los pobres cautivos desdichados
a observar en ellos mismos la sangre cristiana,
empezaron, a la tierra turca y a la religión de los infieles,
a maldecir y condenar, ¡hey!
Hey, tú, tierra, tierra turca,
maldita fe de infieles,
tú, quebrantadora del cristianismo,
y separaste no solo eso,
sino a maridos y mujeres, hermanos y hermanas.

¡O a un amigo de su amigo de corazón!
Hey, libéranos, libéranos, Señor,
a todos los pobres cautivos,
del duro cautiverio turco
hacia las estrellas claras,
hacia las aguas tranquilas,
hacia la tierra alegre
entre la gente bautizada,
hacia las ciudades cristianas, hacia el padre, hacia la madre,
hacia la familia, el linaje de corazón, ¡hey!*

Las dumy y otras canciones nacionales tristes que llegaron a nuestros tiempos de forma oral y escrita reflejan el punto de vista de aquellos habitantes de Ucrania que lograron evitar el cautiverio y quedarse en la patria. ¿Y cuál ha sido el punto de vista de aquellos que padecieron cautiverio? Por supuesto, algunos de ellos no consideraban que el destino que les esperaba en el cautiverio fuera peor que el que les esperaba en la patria que dejaban atrás. No hay muchos datos documentales sobre el trato a los esclavos rus cristianos que estaban en el Kanato de Crimea y en el Imperio otomano,pero disponemos de testimonios en crónicas sobre gente rus de Ucrania que sostenía que la vida en cautiverio tenía sus ventajas. Como en la “Crónica sobre la guerra de los cosacos con Polonia” (1720), en la que Samilo Velychko describe los acontecimientos de una incursión hacia Crimea en 1675 encabezada por Iván Sirkó. Volviendo del ataque con un gran botín, que incluía 13.000 cristianos y musulmanes cautivos, Sirkó se detuvo en la estepa cerca de la frontera con Crimea.

“…a los cristianos, que entre hombres y mujeres había 7000, poniéndoles a prueba, Sirkó les dirigió estas palabras: quien quiera que venga con nosotros a la Rus y quien quiera que vuelva a Crimea. Cuando los cristianos y los tumy [cristianos de origen mezclado rus tártaro y nacidos en Crimea] escucharon esto, algunos de ellos, concretamente 3000, prefirieron volver mejor a Crimea que dirigirse a la tierra cristiana, y la otra parte, 4000, quería ir a Ucrania, su tierra. A todos ellos Sirkó les dio comida, a unos les dejó a su lado y a otros les dejó ir a Crimea, Y dejándoles ir, preguntó por qué razón tenían tanta prisa en volver a Crimea. Ellos respondieron que en Crimea ya tienen su vida asentada y sus granjas y prefieren vivir allí, mientras que en la Rus no la tienen”. **

Aunque esta historia no tuvo un final feliz. Cuando Sirkó finalmente se dio cuenta de que los, en su opinión, malagradecidos cristianos rus vuelven realmente a Crimea, ordenó “matar y descuartizar completamente” a toda aquella gente.

*Ukrainian Dumy, traducción de George Tarnawsky y Patricia Kilina (Toronto and Cambridge, Mass., 1979), página 22.

**Samylo Velychko, Crónica sobre la guerra de los cosacos con Polonia, Tomo II (Kíev, 1991), página 191.

1Alan Fisher, The Crimean Tatars (Stanford, California, 1978), página 25.

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Capítulo 13. La Reforma, la Contrarreforma y la Unión de Brest

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del cuarto capítulo de la Tercera Parte del libro: El período lituano-polaco-crimeo.)

Desde la época de la aceptación del cristianismo por el Imperio romano en el siglo IV y durante la sucesiva expansión de esta fe por el continente europeo, los lazos entre política y religión llegaron a ser uno de los componentes más importantes de la civilización occidental. 1054 marcó la separación del mundo cristiano, cuyo proceso alcanzó su culmen a finales del siglo XIII.

La parte occidental, católica, con sede en Roma; y la parte oriental, ortodoxa, con sede en Constantinopla, diferenciaban las relaciones entre Estado e Iglesia. La Iglesia ortodoxa oriental era la mano derecha del Estado en Bizancio y en otras tierras, como la Rus de Kíev o Bulgaria, donde arraigó la religión ortodoxa. En occidente, la Iglesia católica estaba relativamente apartada del poder laico y se desarrolló como un organismo político independiente, conocido como Estado papal. Desde la península apenina el Papa gobernaba su Estado propio y una gran cantidad de otros Estados al norte de los Alpes, donde hoy en día se sitúan Alemania y Austria. Como resultado de la actividad laica papal, la Europa occidental medieval sufría una lucha ininterrumpible entre la Iglesia y el gobierno laico por el control económico y político de casi la mitad del continente.

Con el fortalecimiento político y económico de la Iglesia católica incrementó el número de abusos, a menudo relacionados con el gobierno laico. A los católicos beatos les parecía cada vez más que la Iglesia utilizaba la religión solo como tapadera ideológica para conservar antiguos asuntos relacionados con la propiedad del clero y de gobernantes laicos cercanos a la Iglesia. Esta hipocresía moral preocupaba especialmente a los ciudadanos piadosos, debido a que claramente iban contra los ideales cristianos que supuestamente tenía que seguir la Iglesia.

La Reforma protestante

Algunas órdenes clericales intentaron reformar la Iglesia católica desde dentro. Pero como sus intentos fracasaban, el movimiento por la reforma implicó a círculos ajenos a la Iglesia. Uno de los primeros reformadores fue el sacerdote checo Jan Hus, que a principios del siglo XV criticó a la Iglesia católica y predicó la vuelta al cristianismo. Sus seguidores, los husitas, a finales del siglo XV consiguieron expandir su influencia a la mayor parte de Bohemia y Moravia, y aunque esta se notara fuera de estas regiones, solo arraigó realmente en el corazón de Europa central.

Incluso más influyente resultó la actividad del sacerdote alemán y reformador religioso Martín Lutero, que en 1517 clavó en la puerta de la iglesia del Palacio Wittenberg sus famosas tesis como protesta contra los abusos de la Iglesia católica. Poco después, en Francia y Suiza comenzó a predicar el teólogo Jean Calvin (Calvino). Aunque sus seguidores, luteranos y calvinistas, no se ponían de acuerdo en ciertos asuntos teológicos, aspiraban a una meta común: protestar contra lo que consideraban un dominio prolongado de la Iglesia católica y llevar a cabo reformas. Si esto resultara imposible, estarían dispuestos a formar nuevas estructuras responsables solo ante dios, y no ante el papa de Roma u otro jerarca mundano. La fuente de su inspiración fue la Biblia, y creían que la responsabilidad de cada persona es estudiar de las Sagradas Escrituras como fuente de iluminación y verdad. Debido a que los fieles de ese movimiento protestaban contra la política de Roma, fueron llamados protestantes, y consecuentemente el movimiento fue conocido como Reforma.

La Reforma se extendió rápidamente por Europa central y occidental y desde el principio estuvo fuertemente ligada a la política. Algunos grandes príncipes y gobernantes locales, en apoyo a los protestantes, se levantaron contra sus líderes religiosos de la fe católica romana. Si alguno de los gobernantes locales se convertía al protestantismo, sus súbditos estaban obligados a hacer lo mismo. Esto se reflejó en la siguiente norma: “cuius regio, eius religio”, “de quien [es] la región, de él [es] la religión” (la fe del gobernante se convertía en la de todos los súbditos de su territorio). Así, en el siglo XVI, la mayor parte de Europa al norte de los Alpes era protestante.

La Reforma alcanzó Polonia y Lituania durante la primera mitad del siglo XVI. Incluso la Orden Teutónica en la costa del Báltico creada para extender el catolicismo entre los “paganos”, en 1525 se convirtió oficialmente al protestantismo, se proclamó como Estado laico y al año siguiente se hizo vasallo de Polonia. El antiguo enfrentamiento militar entre Polonia y los teutones se acabó, pero el centro del lutenarismo era Prusia, cuya influencia se expandía hacia el sur y hacia el este desde lugares como la universidad de Konigsberg (fundada en 1544). La Reforma también fue activamente apoyada por los linajes tanto católicos como ortodoxos de los magnates lituanos del Gran Ducado de Lituania, entre ellos los Radzyvil, Jodkévych, Volóvych, Sapiha y Vyshnevetzkii, aceptando ciertas formas del protestantismo.

En el Principado de Polonia-Lituania existieron unos cuántos movimientos reformadores, los principales eran el lutenarismo, calvinismo y unitarismo (o antitrinitarismo), aunque todos ellos, algo típico en el protestantismo, con el tiempo se dividieron en numerosos subgrupos. El éxito de la Reforma estuvo en gran parte condicionado por las características del Estado de Polonia-Lituania en aquel tiempo. El rey Zygmunt [Segismundo] II August (reinó entre 1548 y 1572) presumía de la defensa de los ideales humanistas renacentistas y de tolerancia. Debido a que las clases sociales que aceptaron el protestantismo (magnates y algunos szchlajtas) ya eran independientes del rey, la Reforma en Polonia-Lituania no llegó a causar enfrentamientos políticos. Por eso aquí al principio no hubo momentos de tensión, característicos en los procesos religiosos en Europa central y occidental, por lo menos durante los primeros 50 años del siglo XVI. Polonia y Lituania mostró en general una pacífica existencia entre el catolicismo y el protestantismo.

En el territorio ucraniano el protestantismo no tuvo tanta influencia y tantos conversos como en Polonia e incluso Lituania, aunque recientes cálculos aproximados atestiguan la existencia en diferentes épocas durante los siglos XVI y XVII de hasta 400 congregaciones protestantes (la mayoría absoluta de los unitarios o socinianistas) en el territorio ucraniano, especialmente en Volinia. Pero el protestantismo tuvo ahí una influencia tan grande (aunque no directa) porque su existencia aumentaba el nivel intelectual del discurso religioso.

De forma más directa el protestantismo influyó en la educación. La gran importancia que los protestantes daban a la lectura individual y al estudio de la Biblia supondría la alfabetización de la población y una amplia accesibilidad a la Biblia. Por eso el protestantismo contribuyó a la expansión de los colegios e imprentas, subiendo así el nivel cultural en la región. Las normas de la educación protestante marcaron significativamente la actividad de los círculos intelectuales de Ucrania, como por ejemplo, de la academia de Ostróh. Unos cuántos intelectuales ortodoxos de Ostróh y sus simpatizantes se convirtieron al protestantismo, así que no es sorprendente que, precisamente en Ostróh, la Biblia fue traducida al idioma eslavo eclesiástico. Salvo unos cuantos intentos de traducción del Nuevo Testamento al ucraniano de aquellos tiempos (“Evangelios de Peresopnytsia”, 1556-1561) extendidos entre los protestantes, las publicaciones en idioma nativo no encontraron apoyo en Ucrania (los reformadores Hus y Lutero fueron también los respectivos creadores de los idiomas literarios checo y alemán). Los escritores ucranianos más importantes (Herasym Smotrytskyi, Lavrentii Zyzanii e Iván Výshenskyi) escribieron sus famosas y polémicas obras religiosas en el prestigioso idioma eslavo eclesiástico, que era el idioma de la Iglesia ya desde tiempos de la Rus de Kíev, aunque para nada reflejaba el idioma coloquial de los ucranianos de aquellos tiempos. Y debido a que la religión ortodoxa, a diferencia del protestantismo, no necesitaba ningún argumento convincente, no hubo necesidad de elevar la categoría del idioma ucraniano a literario.

La Contrarreforma y la Ucrania ortodoxa

La rápida extensión por Europa de la Reforma no podía quedarse sin la reacción de la Iglesia católica, así que en la segunda mitad del siglo XVI empezó el movimiento conocido como Contrarreforma. Uno de los resultados de esta fue el estallido de guerras religiosas que, en nombre de la fe católica o de la protestante, acabaron con una parte de Europa. La llama del conflicto siguió ardiendo hasta finales del siglo XVII. En el frente intelectual, el destacamento puntero de la Contrarreforma lo formaba la recién formada Orden de los Jesuítas, que acudía a los métodos protestantes (expansión de la educación y el conocimiento) para hacer volver a la gente al seno del catolicismo. A estos conversos se les conocía como protestantes “renegados”. Los jesuítas aparecieron en Polonia en 1564 y trabajaban en nombre de la Iglesia católica.

Aunque los ucranianos de la Mancomunidad no se convirtieron masivamente al protestantismo, desde el punto de vista católico la fe ortodoxa también se consideraba infiel. Aspirando a limpiar de protestantismo la Mancomunidad y, de esta forma, convertirla en el bastión oriental del catolicismo, los jesuítas y sus gobernantes aliados decidieron ponerse manos a la obra con el “problema ortodoxo”. Los católicos veían la necesidad de convertir a la población ortodoxa, mientras que los ortodoxos apostaban por la unión religiosa de esas dos instituciones distintas pero religiosamente iguales.

Desde 1054 se habían realizado varios intentos infructuosos de unión entre las partes católica y ortodoxa del mundo cristiano. En ellos, Ucrania siempre jugó un papel decisivo. Por ejemplo, en la época de esplendor del Principado de Galitzia-Volinia a mediados del siglo XIII, el rey Danylo prometió defender la unión eclesiástica a cambio del apoyo papal a su cruzada contra los mongoles. Incluso más importante fue la actividad del arzobispo metropolitano Isidoro (1436 – 1458), último jerarca de Kíev, que vivió en Moscú y fue designado a este puesto por el patriarca ecuménico de Constantinopla. Poco después de su ordenación, Isidoro se dirigió desde Moscú hasta Florencia para discutir sobre la unión eclesiástica. El patriarca ecuménico también apoyaba estas negociaciones, ya que esperaba obtener la ayuda del oeste para luchar contra los turcos otomanos, que en aquel tiempo estaban casi a las puertas de Constantinopla. El metropolitano Isidoro estuvo de acuerdo con las condiciones de la Unión de Florencia, firmada en julio de 1439, pero cuando finalmente a los dos años volvió a Moscú, el gobierno local, furioso por este acto, le envió inmediatamente a la cárcel. Isidoro huyó, poniendo así fin a la idea de unir ambas iglesias.

En el ambiente de la Contrarreforma, en Polonia a finales del siglo XVI la idea de unión eclesiástica resurgió de nuevo. Esta vez sus iniciadores ideológicos fueron los jesuítas. Al llegar a Polonia en 1564 y a Lituania en 1569, los jesuítas canalizaron sus esfuerzos hacia la educación y la edición de libros. El sistema escolar jesuíta, entre ellos los colegium (el primero fue fundado en Iaroslav en 1575 y 22 más fueron abiertos en territorio ucraniano hasta 1648), obtuvo popularidad rápidamente, y los hijos de la nobleza ortodoxa y recientemente protestante, al ser los alumnos de las instituciones educativas jesuítas, se convirtieron al catolicismo. Las cofradías jesuítas y las imprentas sacaban bastantes materiales polémicos contra la Reforma y también contra la fe ortodoxa. En su polémica antiortodoxa, los autores jesuítas (los más famosos eran Piotr Skarga y Antonio Possevino) prestaban especial atención al tema de la unión eclesiástica. Como parte de este ataque ideológico, los jesuítas también insistían en la adopción del calendario gregoriano, introducido por el papa Gregorio XIII en 1582. Este asunto, técnico al parecer, se topó con la oposición de los ortodoxos, que consideraban el calendario juliano una parte inseparable de su vida religiosa y tradicional. Esta cuestión no tenía fácil decisión, y aún menos si se empleaba la fuerza.

A pesar de que los jesuítas apoyaban la unión eclesiástica, la iniciativa real no provino de los católicos sino de los propios ortodoxos. Casualmente, justo cuando en los años 1580 los patriarcas ortodoxos del Imperio otomano, viajando a Moscú en busca de ayuda financiera, visitaron la anteriormente mencionada Catedral del Tránsito de María, fue cuando decidieron otorgar extensas responsabilidades a la cofradía estauropégica de Lviv. En 1588 y 1589, Jeremías II de Constantinopla (patriarca ecuménico entre 1572 y 1579, 1580 y 1584, y 1587 y 1595) llegó a ser el primer patriarca ecuménico que visitó en persona la metrópoli de Kiev. Antes de salir de Constantinopla renovó el estatus de la cofradía estauropégica de Lviv y bendijo sus otras actividades (manutención de escuelas, refugios e imprentas). De camino a Moscú se detuvo en Vilna, donde expulsó a curas polígamos, entre ellos al metropolitano kievita que vivía en Navahrudak, Lituania (Onysýfor Dívochka, metropolitano entre 1579 y 1589). Al renovar el poder del patriarca ecuménico en Ucrania, Jeremías II también reconoció como estauropégica a una cofradía más en Lviv, la del Monasterio de San Onufrii.

Las acciones de Jeremías reflejaban la política general de la renovación del poder del patriarcado de Constantinopla sobre la Iglesia ortodoxa del mundo rus. Una parte de este proceso fue la paz de Constantinopla de 1589 con los metropolitanos de Kíev (separados desde 1458) que residían en Moscú. Al final Constantinopla reconoció la autocefalía de la Iglesia ortodoxa rusa bajo el dominio del patriarcado moscovita, que desde entonces encabezaría el patriarca local. Al mismo tiempo, el patriarca ecuménico editó varios ucases [edictos] sobre la gobernanza de la Iglesia ortodoxa en el estado polaco-lituano, que de forma transparente daban a entender al nuevo patriarca de Moscú que la metrópoli de Kíev en tierras bielorrusas y ucranianas se quedaba bajo la jurisdicción de Constantinopla.

No es sorprendente que, el obispo de Lviv, Hedeón Balabán (1569-1607), y algunos de los jerarcas locales, consideraran arbitrarios los actos del patriarca de Constantinopla relativos a la Iglesia ortodoxa en Ucrania y su predilección por la cofradía estauropégica de Lviv. En 1589, Balabán rogó al epíscope católico de Lviv (arzobispo) “pidiendo que liberen a las eminencias del yugo de los patriarcas de Constantinopla”1.

El punto de vista del gran príncipe Konstiantýn Ostrozkyi

En julio de 1595, justo después de que los jerarcas ortodoxos pro unificación hicieron una segunda proclamación de intenciones en 33 artículos que describía su visión de la unión eclesiástica con Roma, el príncipe Ostrozkyi emitió una carta dirigida al pueblo rus:

En los tiempos actuales, debido a los caminos astutos del diablo, las cabezas más importantes de nuestra fe, seducidas por la gloria de este mundo y cegadas por la avaricia de la voluptuosidad, nuestros pastores, obispos y el metropolitano, infieles todos, abandonaron a nuestros santos patriarcas y se pasaron al lado latino… Convertidos en lobos, a escondidas conspiraron los pérfidos, como Judas, el traidor de Jesucristo, con los judíos, para captar a los cristianos ortodoxos de este oblast y llevarlos con ellos hasta la muerte. Debido a que la mayoría de la población de esta tierra, especialmente los cristianos ortodoxos, hasta cierta medida me considera el guardián de la fe ortodoxa, y debido a que tengo miedo ante los ojos de dios y los vuestros de que arrojéis sobre mi cabeza alguna parte de culpa, queridos hermanos, os hago conocedores a todos y cada uno de vosotros que, entre otras cosas, decidí firmemente quedarme en unión con vosotros contra estos peligrosos enemigos de nuestra salvación. Qué puede ser más sonrojante, más injusto, que cuando aquellas seis o siete personas, como asaltadores que conspiran en secreto, abandonaron a nuestros pastores patriarcas y sin preguntarnos nos enredan en esta traición a nosotros, los ortodoxos, como si fuéramos perros mudos. ¿Por qué hacerle caso a gente así? Cuando la sal se ha evaporado, lo que hay que hacer es tirarla y aplastarla con los pies…”

FUENTE: Iván Vlasovskyi. Un esbozo de la historia de la Iglesia ortodoxa ucraniana. (Nueva York, 1955). Tomo I, páginas 265-266.

La Unión de Brest

El descontento hacia Constantinopla favorecía el crecimiento del interés por Roma, y ya en 1590, en el sínodo de la metrópoli de Kíev de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, Balabán convenció a tres obispos de firmar una carta al rey polaco, Zygmunt III (reinó entre 1587 y 1632), en la que expresaban su disposición a reconocer la superioridad del papa y sus deseos de unirse a la Iglesia católica romana. Estos cuatro epíscopes se daban cuenta de que sin el apoyo de los magnates rus sus esfuerzos de unir las Iglesias serían en vano. Así que ampliaron sus filas eclesiásticas en 1593, de este modo ordenaron al magnate Adam Potii (ex secretario del rey polaco, que ocupaba varios cargos gubernamentales) con el nombre de Ipatii como obispo ortodoxo de Vladímir.

Pero para el éxito de la unión eclesiástica los epíscopes necesitaban la aprobación del patrón de Potii, el poderoso magnate, voivoda de Kíev, Konstiantýn-Vasýl Ostrozkyi. Como fundador de la academia de Ostróh, el príncipe Konstiantýn ya había mostrado interés por la unión de las Iglesias, lo cual consideraba un medio para mejorar el estado de la Iglesia ortodoxa en la, cada vez más orientada al catolicismo, Mancomunidad de Polonia-Lituania. Pero por “unión” Ostrozkyi entendía unificación de las “Iglesias excelentes”, es decir, todo el mundo católico y ortodoxo junto con el patriarca ecuménico y otros patriarcas orientales y las vecinas Moldavia y Moscovia. El pasó este plan de unión a su protegido, el obispo Potii, para que lo presentara en el cónclave de obispos.

Con estas circunstancias, las relaciones entre Konstiantýn Ostrozkyi y los epíscopes ortodoxos se deterioraron. En vez de apoyar el acercamiento multidireccional de Ostrozkyi, el obispo Potii y el obispo de Lutsk, Kyrylo Terletskyi (1585-1607), emitieron conjuntamente dos declaraciones (diciembre de 1594 y junio de 1595) sobre sus intenciones de declarar lealtad a Roma. Estas declaraciones, con el tiempo, fueron aprobadas por el rey de Polonia, pero Konstiantýn Ostrozkyi criticó pública y afiladamente a los jerarcas pro unión diciendo que “nuestros pastores, epíscopes y el metropolitano, infieles todos” que “debido a los astutos caminos del taimado diablo… seducidos por la gloria de este mundo y cegados por la avaricia de la voluptuosidad… abandonaron a nuestros santos patriarcas y se pasaron al lado latino”.2 La crítica de Ostrozkyi tuvo una gran repercusión, porque el epíscope de Lviv, Balabán, uno de los primeros iniciadores del movimiento pro unión, abandonó esta idea.

Pero los epíscopes pro unión, apoyados por el metropolitano kievita Myjailo Rahoza (1589-1599), insistían en ese tema y en junio de 1595 en el sínodo episcopal de Brest aprobaron un documento de 33 artículos donde formulaban su visión de la unión con Roma. Con el tiempo, este documento se comenzó a considerar la “Constitución” de la metrópoli de Kiev “sobre la unificación con la Iglesia romana”. Trataba de aspectos teológicos, litúrgicos, rituales, administrativos e intraeclesiásticos, que daban testimonio de que la unión con Roma no cambiará las prácticas de la Iglesia oriental: ni la liturgia de Juan Crisóstomo, ni el rito eslavo, ni el calendario juliano, ni el derecho de los curas a casarse ni la autonomía administrativa.

En diciembre de 1595, los obispos Potii y Terletskyi llevaron a Roma dos declaraciones episcopales y los artículos de Brest. Es importante mencionar que el papa no aprobó, pero tampoco rechazó, los artículos propuestos. En su lugar, el 23 de diciembre el proclamó la bula “Magnus Dominus et laudabilis”, que reconocía todos “los ritos y ceremonias santas de los epíscopes y clero rus” debido a que “no contradicen la verdad ni la doctrina de la fe católica”.3 Es decir, lo que los posteriores miembros de la Iglesia uniata y grecocatólica considerarán sus derechos históricos garantizados por la Unión de Brest, fueron tan solo sus propias exigencias, que pudieron ser aceptadas o rechazadas por el papa y sus consejeros. De hecho, la pregunta sobre cuáles de los artículos de 1595 “no contradicen” la fe católica sigue siendo hoy en día fuente de discordia entre Roma y la Iglesia uniata (que posteriormente se llamaría grecocatólica y finalmente grecocatólica ucraniana).

Cuando los epíscopes Potii y Terletskyi volvieron de Roma, el rey Sygmunt III, que era un ferviente seguidor de la unión eclesiástica, consiguió que todos los jerarcas ortodoxos de la Mancomunidad se reunieran en octubre de 1596 en la ciudad de Brest, en el lejano suroeste del Gran Ducado de Lituania. Todos los jerarcas de la metrópoli de Kíev llegaron a Brest, pero el encuentro general no tuvo lugar. En cambio, los epíscopes pro unión y el metropolitano Rahoza, a los que se unieron tres obispos católicos (representantes del papa), dos jesuítas (junto con Piotr Skarga) y tres senadores con acompañamiento militar representando al rey, se reunieron en la catedral de Brest. Entre los contrarios a la unión acudieron los epíscopes ortodoxos de Lviv (Balabán) y Przemysl (Myjailo Kopystenskyi), representando al patriarca ecuménico, nueve archimandritas, veinticinco representantes del bajo clero, y veintidós shliajtych rus ortodoxos y protestantes encabezados por el gran príncipe Ostrozkyi; todos ellos se reunieron en la otra punta de Brest, en la casa de un noble protestante. Ambos grupos se criticaron y anatemizaron el uno al otro.

La discusión principal era la siguiente. El rey católico apoyaba la unión y estaba convencido de que los epíscopes, como guías de la Iglesia, tienen que decidir los asuntos religiosos y el pueblo tiene que escucharles. El lado ortodoxo rechazaba que los asuntos religiosos se decidieran sin el acuerdo con los fieles; y debido a que claramente los epíscopes pro unión no habían recibido tal consentimiento, actuaron contra esa ley, perdiendo así su poder episcopal. Azuzadas por las imprentas locales de ambos lados, entre las dos partes se creó una gran polémica, en la que participaron los principales pensadores de aquel tiempo: Piotr Skarga y el epíscope Potii por el lado católico pro unión, y Stefan Zyzanii, Iurii Rohatynets e Iván Vyshenskyi por el lado ortodoxo.

No sorprende que el rey apoyara a los epíscopes uniatas, cuyo acuerdo pasó a la historia como la Unión de Brest de 1596. En cierto sentido, la Unión de Brest fue el equivalente cultural de la Unión de Lublin de 1569. Aunque hay que reconocer que la creación de la Iglesia uniata quizá no recogía las aspiraciones de los jesuítas y de otros seguidores de la contrarreforma en Polonia, en tiempos en los que cambiar completamente de fe parecía imposible, el unitarismo parecía un buen consenso.

Teniendo a su lado al gobierno polaco, algunos jerarcas uniatas, sobre todo Potii, epíscope de Vladímir, que por los esfuerzos que hizo a favor de la unión se convirtió en metropolitano de Kíev en 1600, confiscaban propiedades de la, ahora ilegal, Iglesia ortodoxa, y cada vez más presionaban a los dos epíscopes que aún seguían siendo ortodoxos, es decir, a Balabán, epíscope de Lviv y a opystenskyi, de Przemysl, aspirando a que se alinearan con la unión. En Volinia, la unión fue aceptada por unas cuantas decenas de destacados representantes de la nobleza ortodoxa. El destino de la fe ortodoxa quedaba en manos de las cofradías y de los magnates y szlachta encabezados por el príncipe Ostrozkyi. La nobleza ortodoxa mantenía la lucha contra la unión en los pequeños sejm locales y en el Sejm central, donde trabajaban junto a otro grupo religioso que también era perseguido, los protestantes. Sus esfuerzos parcialmente obtuvieron resultados: en 1607, el Sejm polaco brindó de nuevo estatus legal a la Iglesia ortodoxa y aceptó no intervenir en la designación de los jerarca ortodoxos. Pero a pesar de esto, muchos tronos episcopales ortodoxos quedaron vacantes y en general, la Iglesia ortodoxa estaba en una posición de debilidad frente a las iglesias católica y uniata, que tenían el apoyo total del rey polaco y del resto de ricos de la sociedad polaca.

Así que, en menos de tres décadas, el resurgimiento cultural ortodoxo, que parecía tan esperanzador en la década de 1570, se encontró en una situación cuya base principal aparentaba estar al límite de su desaparición. Los esfuerzos heroicos de la burguesía rus (a través de las cofradías) y de los magnates (a través de las escuelas e imprentas) no podían detener el invencible poder de atracción de la sociedad polaca (la vida sociopolítica y cultural laica) ni las ventajas de la nueva Iglesia uniata. Para sobrevivir, la fe ortodoxa y la cultura rus que la representaba necesitaban defensores algo más poderosos. Estos protectores se encontraban entre las clases sociales bajas y, a principios del siglo XVII, fundaron una fuerza militar y política cada vez más influyente: hablamos de los cosacos.

La Unión de Brest

La Unión de Brest fue un proceso largo en el que podemos diferenciar unas cuantas etapas. Comenzó con un llamamiento de un par de epíscopes ortodoxos en el que proclamaban su intención de reconocer la superioridad del papa de Roma (1590). Cinco años después del llamamiento aparecieron dos declaraciones firmadas por algunos obispos ortodoxos en las que mostraban su deseo de jurar fidelidad al papa (2 de diciembre de 1594 y 12 de junio de 1595). La lista de artículos que aclaraban 33 derechos y privilegios, cuya aceptación, para los jerarcas orientales, era una condición previa indispensable para aceptar la unión (11 de junio de 1595); y también el acuerdo con el papa Clemente VIII de unir a los epíscopes rus y a todos los cristianos en la Iglesia romana (23 de diciembre de 1595). Estos acuerdos se resumieron en la declaración firmada por el metropolitano de Kíev y algunos obispos en un sínodo pro uniata en Brest (9 de octubre de 1596).

En el documento de Brest se declaró que solo el papa y no el patriarca ecuménico es la cabeza de la Iglesia rus, cuya liturgia y ritos tradicionales no sufrirán cambios. Los derechos y privilegios recogidos en treinta y tres artículos el 11 de junio de 1595 preveían:

1. Ya que entre romanos y griegos existe una discusión por el origen del Espíritu Santo que impide claramente su unión y que persiste precisamente por ello y porque no queremos entendernos los unos a los otros, pedimos que no nos sometan a otra fe, sino que sigamos lo que encontramos escrito en las Sagradas Escrituras, en el Evangelio y también en los textos de los santos doctores griegos (padres); concretando, que el Espíritu Santo no tiene ni dos comienzos ni tampoco doble origen, sino que tiene un solo origen, como si de una fuente se tratara: del padre a través del hijo.

2. Que las alabanzas de dios y todas las oraciones (matinales, vespertinas y nocturnas) se mantengan invariables según la antigua tradición de la Iglesia oriental, es decir: las Santas Liturgias, que son tres (la de Basilio, la de Crisóstomo y la Epifanía, que tiene lugar en cuaresma y que cuenta con ofrendas bendecidas) y también otras ceremonias y ritos de nuestra Iglesia que traemos de tiempo atrás, debido a que esto también se conserva en Roma bajo la custodia del gran arcipestre; y que todo esto sea en nuestro idioma.

3. Que los misterios más sagrados del cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo sean conservados para nosotros tal como son, tal como nosotros lo consumíamos hasta el día de hoy: a través del pan y el vino, que nos lo conserven hasta los tiempos eternos, completamente e irrompible…

6. El nuevo calendario (gregoriano), si no se puede utilizar el antiguo, lo aceptaríamos pero sin romper la pascua y nuestras fiestas, es decir, como era antes del consenso…

9. Que los matrimonios de curas sigan sin cambios excepto los bígamos.

10. Que los altos cargos metropolitanos y episcopales de la Iglesia no se les den a personas que no sean del pueblo rus o griego y de nuestra religión. Debido a que en nuestros cánones se menciona que estas personas, como el metropolitano y el alto clero, que al principio es elegido por el clero, tienen que ser personas honradas, pedimos a su Majestad Misericordiosa que nos brinde la libertad de realizar estas elecciones, teniendo en cuenta que con esto no se rompa la voluntad de su Majestad Misericordiosa de asignar al elegido de su propio deseo…

16. Que sean permitidos los matrimonios entre los romanos y los rus, sin obligación de religión (de uno de los cónyuges) ya que ellos (pertenecen) a la misma Iglesia…

19. Que los archimandritas, los higúmenos, los monjes y sus monasterios sigan como antes, bajo la custodia de los obispos de sus diocésis.

21. Que a los archimandritas, higúmenos, curas, archidiáconos, diáconos y otros miembros de nuestro clero se les deba el mismo respeto que a los padres espirituales romanos; y que disfruten de aquellos antiguos privilegios otorgados por el rey Volodyslav (Wladyslaw III Varnenczyk); y que estén exentos de pagar impuestos individuales y eclesiásticos, que hasta ahora se les exigía…

33. Nosotros, las personas anteriormente mencionadas, deseando esta santa concordia para la alabanza del nombre de dios y para la paz de la Santa Iglesia Cristiana, todos estos puntos que consideramos necesarios para nuestra Iglesia y las condiciones para las cuales primero necesitamos la confirmación del Santísimo Padre, el papa y de nuestra Santidad Misericordiosa, el rey…”*.

Doce de los treinta y tres artículos iban dirigidos al rey de Polonia (entre ellos, los arriba descritos10, 16, 21 y 33); y veinte al papa (que incluye los arriba mencionados 1, 2, 3, 6, 9, 19 y 33). Aunque el papa aceptó a “los epíscopes y el pueblo rus” en la Iglesia católica, no estuvo de acuerdo con la lista de treinta y tres artículos, aportados por los epíscopes como una Constitución, y solo aseguró que “serán tenidos en cuenta y será comprensivo” con sus “ruegos y peticiones”. En realidad, Roma reconoció solo aquellos artículos referidos a la liturgia (los artículos ya mencionados 2 y 3), debido a que atestiguaban la bula “Magnus Dominus et laudabilis”, “no van contra la verdad y doctrina de la fe católica”.

En esencia, la Unión de Brest, que fue la causa legal por la que la Iglesia uniata (posteriormente grecocatólica y, finalmente, ucraniana grecocatólica) existe separadamente, llegó a ser fuente de doble discordia. Aquellos rus ortodoxos que rechazaron la unión no consideraron legítimas las decisiones de Brest, y la Iglesia católica romana, aunque reconoció la Unión de Brest, siguió sin aceptar la Constitución de 1595. Finalmente, el papa responde solo ante dios y no ante acuerdos entre personas. Como máximo, puede “tener en cuenta y tratar con comprensión” los “ruegos y propuestas” de la Unión.

*Citado en: los documentos principales de la Unión de Brest, en el libro de Borís Gudziák, Kryza i reforma: Kyivska mytropoliia, Tsarhorodskyi patriarjat i heneza Berestéiskoyi uniyi (Lviv, 2000), anexo 3, páginas 331-336.

1 Citado en: Myjailo Hrushevskyi. Historia de Ucrania-Rus. Tomo VI (Kiev, 1907), página 525.

Citado en Iván Vlasovskyi. Un esbozo de la historia de la Iglesia ortodoxa ucraniana. (Nueva York, 1955). Tomo I, página 265.

3 Citado en Russel P. Moroziuk. Politics of a Church Union. (Chicago, 1983). Página 35.

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Capítulo 12. El resurgimiento de la cultura ortodoxa

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del tercer capítulo de la Tercera Parte del libro: El período lituano-polaco-crimeo.)

 

Ya en la época kievita la literatura, el arte y la arquitectura en Ucrania estaban estrechamente unidas a la religión. El cristianismo llegó a la Rus de Kíev desde Bizancio, y la élite altamente educada y su aporte a la cultura, por norma general estaba relacionada con la Iglesia ortodoxa. Por supuesto, hay unos cuántos ejemplos de fenómenos culturales laicos, como algunas crónicas y el poema épico “Cantar de las huestes de Íhor”; pero en mayor medida la cultura rus en el período kievita de la historia de Ucrania estaba influenciada por el cristianismo.

Esta situación apenas cambió en la época polaco-lituana, que rigió en la mayor parte del territorio ucraniano desde el siglo XIV hasta mediados del XVII. La religió y la cultura elitista eran inseparables. Además, según la tradición bizantina, la Iglesia y el Estado estaban estrechamente conectados entre sí, por eso ya en tiempos kievitas tuvo lugar el solapamiento de la identidad religiosa con la identidad nacional-territorial: perteneces a la tierra rus porque profesas la fe ortodoxa y viceversa. Como consecuencia de esto, los procesos políticos y religiosos dependían el uno del otro, y esto tuvo especial importancia cuando entre 1349 y 1569 la mayor parte de las territorios ucranianos pasaron gradualmente a estar bajo el poder político, económico y cultural de Lituania-Polonia, donde los católicos conformaban la clase social dominante. Prácticamente, el futuro de la nación ucraniana dependía del destino de su Iglesia ortodoxa en un contexto católico.

El arzobispado metropolitano (metrópoli) de Kíev

Los ucranianos educados comprendían bien las importantes conexiones entre la política, la religión, la cultura y el problema de la existencia de los rus como nación. Los primeros dos siglos del gobierno lituano-polaco no presagiaban nada bueno para la Iglesia ortodoxa en Ucrania. Esto estaba relacionado en gran parte con la difícil situación del jerarca más importante de la Iglesia ortodoxa: el metropolitano de Kíev y de toda la Rus. Una de las consecuencias del gobierno mongol fue la tendencia, desde la década de 1240, del cambio de la sede metropolitana, de Kíev a las ciudades de la Rus nordeste Vladímir en Kliazma y Moscú. Finalmente, desde 1326 Moscú se convirtió en la residencia permanente del metropolitano, aunque en el siguiente siglo, en diferentes épocas, algunos metropolitanos vivieron en Kíev.

Mientras tanto, en las tierras occidentales (Ucrania y Bielorrusia) de la Rus, que en el siglo XIV pasaron a formar parte de Lituania-Polonia, se hicieron varios intentos de fundación de nuevas metrópolis ortodoxas en Galitzia y Lituania o de renovación de la metrópoli de Kíev en el territorio lituano. Teóricamente se necesitaba la bendición de la máxima autoridad de la Iglesia ortodoxa: el patriarca ecuménico de Constantinopla; pero en la práctica, los metropolitanos eran designados a veces sin el consentimiento de Constantinopla. Además, el metropolitano de Kíev, que vivía en Moscú, junto con los gobernantes moscovitas obstaculizaban tozudamente todos los intentos de sacar las tierras rus occidentales de su jurisdicción. En otras palabras, la metrópoli de Kíev se convirtió en objeto de rivalidad política entre Lituania y Moscovia. Desde 1458 le metrópoli estaba prácticamente dividida entre dos metrópolis: la de Kíev, cuyo metropolitano vivía en Navahrudak, y la de “Moscovia y toda la Rus”, encabezada por el metropolitano residente en Moscú, y cuyo nombre mostraba sus pretensiones sobre la antigua jurisdicción kievita.

Esto significa que desde la segunda mitad del siglo XV en las tierras ucranianas no vivió ningún metropolitano. Así que no solo el país estaba privado del prestigio político y sociocultural que tradicionalmente aportaba la presencia del metropolitano, sino también faltaba un gobierno efectivo, amenazando así todo el sistema eclesiástico. Por ejemplo, tras la fundación en 1375 del arzobispado católico de Galitzia-Lviv, que formó nuevas parroquias para expandir en el oeste de Ucrania el rito latino, Galitzia y Volinia cada vez más estaban sometidas a la presión católica. El rey polaco tenía el derecho de designar a los curas de las parroquias ortodoxas vacantes, hecho que con mucha frecuencia se convertía en un instrumento de control político, debido a que las parroquias en algunos casos se dividían entre los magnates recién bautizados, que utilizaban los nuevos puestos eclesiásticos para su posterior fortalecimiento político y económico. La religión parecía estar en el último lugar en la conciencia de esta élite eclesiástica, que seguía manteniendo su anterior modo de vida (e incluso mantenían los sirvientes armados). Por tanto, la moral ortodoxa y la vida religiosa en general sufrían.

De los Estados vecinos cristianos no se podía esperar ninguna ayuda. La situación y la influencia de la mayor autoridad del mundo ortodoxo, es decir, del patriarca ecuménico de Constantinopla, estaban directamente relacionadas con la situación del Imperio bizantino. A principios del siglo XV le esperaba a Bizancio su inevitable decadencia, y en 1453 los turcos otomanos tomaron Constantinopla, poniendo así fin a la existencia milenaria del Imperio romano oriental. En el contexto de la política agresiva del Islam, el patriarca ecuménico se vio obligado a esforzarse mucho para conservar la Iglesia ortodoxa en las antiguas tierras bizantinas y no tuvo posibilidad de apoyarla fuera de estas tierras.

Otros Estados ortodoxos tampoco tuvieron opción o ganas de apoyar a la Iglesia rus occidental en tierras ucranianas. Las ortodoxas Moldavia y Valaquia, que normalmente ayudaban a Galitzia, luchaban contra el peligro del avance otomano hacia los Balcanes, algo que finalmente sucedió a principios del siglo XVI. Al mismo tiempo, el gobierno de Moscovia y su propio metropolitano de Kíev no quisieron apoyar a la Iglesia, ya que la consideraban su rival en el territorio polaco-lituano. En el mejor caso, Moscú acogió a aquellos rus de la szlachta, curas, burgueses e incluso campesinos de los territorios bielorrusos y ucranianos, que decidieron huir al este de la influencia cada vez mayor del catolicismo en su patria. Al final, muchos rus magnates y de la szlachta que se quedaron en sus tierras nativas, decidieron que no hacía falta agarrarse a la religión ortodoxa si la conversión al catolicismo, el cambio al idioma polaco y el seguimiento de las costumbres polacas les daba privilegios en el nuevo orden social, político y económico.

La metrópoli de Kíev y de toda la Rus

Debido a que la relación entre la iglesia y el Estado en el mundo ortodoxo era muy estrecha, el estatus y la sede del metropolitano de Kíev, cabeza de la Iglesia rus ortodoxa, tuvieron una gran importancia política y cultural en las antiguas tierras rus kievitas. El metropolitano obtenía su poder canónico del patriarca ecuménico de Constantinopla, cuya postura siempre se tenía en cuenta.

El patriarca ecuménico prefería que la metrópoli de Kíev (archidiócesis) siguiera unida. Durante el siglo XIV, intentando evitar la decadencia política del Imperio bizantino, la Iglesia de Constantinopla se acercó a las Iglesias ortodoxas eslavas del sur y del este, y lo más importante para ella en las relaciones con Kíev fue el mantenimiento de la inseparable metrópoli de Kíev y de toda la Rus. Resultó que eso no era fácil, ya que en la segunda mitad del siglo XIV el territorio de la metrópoli de Kíev pertenecía a cuatro fuerzas políticas: Moscovia, Polonia, Lituania y la Horda de Oro. Esta realidad política, la potencial influencia católica en las tierras rus del oeste y la tendencia de los metropolitanos de Kíev desde 1299 de vivir fuera de la residencia kievita, obligaron al patriarca ecuménico a renunciar al principio de integridad legal.

Ya a principios del siglo XIV, Constantinopla dividió la metrópoli en las parroquias de la Rus Mayor (Megale Rosiia) y Rus Menor (Mikra Rosiia). En 1303 esta última se convirtió en la metrópoli de Galitzia y por petición de los gobernantes rus de Galitzia, Constantinopla reconoció sus seis parroquias: Galitzia, Volodýmyr, Jelm, Przemysl, Lutsk y Túriv. Igual, en 1317 el poderoso gran duque lituano Gedymin convenció a Constantinopla para que otorgara al gran ducado lituano su propia metrópoli en el centro, concretamente en Navahrudak. No es sorprendente que el metropolita de Kíev, viviendo todo el tiempo en Moscú, se opusiera a lo que consideraba la división de su propio territorio eclesiástico. Como consecuencia de su protesta, la metrópoli de Galitzia y la de Lituania fueron canceladas, posteriormente renovadas y, entre 1328 y 1401, otras vez liquidadas.

Los lituanos seguían luchando no solo por una metrópoli lituana propia, sino también por la recuperación de una metrópoli kievita en su territorio. Correspondientemente, en 1415 el gran duque Vitautas inició la elección de un metropolitano lituano-kievita propio (Hryhorii Tsamblak, 1415-1418), pero de nuevo por la presión del metropolitano de Kíev en Moscú, el patriarca ecuménico no reconoció esta acción independiente por parte de Lituania. Las ardientes ganas de los lituanos de tener en sus territorios sus propios metropolitanos de Kíev se hicieron realidad a mediados del siglo XV. Pero el motivo no estuvo en la influencia lituana sobre el patriarca ecuménico, sino más bien en el alejamiento de Moscovia de Constantinopla. ¿Cómo ocurrió eso?

En 1493, Isidoro, metropolitano de Kíev (1436-1458) que vivía en Moscú, firmó en Florencia junto con el patriarca ecuménico de Constantinopla un acta en el que se unían las Iglesias católica y ortodoxa. Este acuerdo enfadó tanto a los arzobispos y gobernantes laicos de Moscovia, que Isidoro fue expulsado del país. En 1448 los arzobispos moscovitas eligieron a un nuevo metropolitano de Kíev sin la aprobación del patriarca ecuménico. Este fue el primer paso en el camino que llevaría finalmente a la completa independencia de la Iglesia ortodoxa rusa.

Otra parte de la Iglesia rus, en tierras bielorrusas y ucranianas, dentro de los límites de Lituania-Polonia, desde 1458 tuvo su propio metropolitano de Kíev, aprobado por el patriarca ecuménico de Constantinopla, cuya residencia se encontraba en la ciudad lituana de Navahrudak. Sus jerarcas tenían el título de “metropolitano de Kíev, Galitzia y toda la Rus”, y en su jurisdicción, además de la archidiócesis de Kíev, se encontraban las diócesis de Volodýmyr-Brest, Lutsk-Ostroh, Przemysl-Sámbir, Jelm-Belz. Túrov-Pinsk, Pólotsk, Cherníhiv (hasta 1500), Smolensk (hasta 1514) y Galitzia-Lviv (tras su recuperación en 1539).

El movimiento monástico

Sin el apoyo del Estado (al contrario que en la época kievita) ni del patriarca ecuménico de Constantinopla, bajo el poder de los oportunistas obispos ricos y alejados de la religión, la Iglesia ortodoxa en Ucrania decaía. La salida a esta situación vino de la inmersión al mundo espiritual. Por eso no fue casual que, entre el siglo XV y comienzos del XVII, resurgieran algunos monasterios y ermitas, al principio en Galitzia y luego en Volinia y en el centro y este de Ucrania. La más importantes de estas instituciones que aparecieron (o resurgieron) en este período eran: en Galitzia, la ermita de Maniava; en Volinia, los monasterios de Pocháievo, Kremenéts, Dubno y Dermán; en Kíev, los monasterios de la Epifanía, de San Miguel de las Cúpulas Doradas, Pequeño de San Nicolás y el de Výduvychi; en otras partes del centro y este de Ucrania, los monasterios de Nóvhorod-Síverskyi, de la Trinidad y San Elías (en Cherníhiv), Mezhyhirskyi (cerca de Výshhorod), Hustynskyi (cerca de Pryluky), Mharskyi (cerca de Lubný) y Trajtemýriskyi. Entre los monasterios más antiguos que seguían funcionando debemos mencionar el de Chernecha Horá cerca de Mukáchevo en el territorio de Transcarpatia, que en aquella época era parte del reino húngaro; en Galitzia, el monasterio de San Onofre en Lviv y el de Univskyi; en Volinia, el de Zhydychýn; y el más importante de todos, el antiguo Monasterio de las Cuevas (Pecherska Lavra) de Kíev. En estos y otros monasterios florecían las pinturas de iconos, la escritura de libros y, con el tiempo, la imprenta de libros y el desarrollo del pensamiento teológico apoyado en el espíritu del cristianismo occidental.

Los monasterios también eran lugares de descanso para el cuerpo y el alma de los miles de ortodoxos que acudían cada año en peregrinación. Esta peregrinación, además de cumplir una función religiosa, cumplía una social: los llegados de diferentes partes de la Rus ortodoxa sentían que formaban parte de una gran sociedad. Los monasterios cumplían el papel de centros informativos premodernos que mantenían lo que posteriormente se llamará identidad nacional. Pero la actividad de los monasterios y la fe del bajo clero y del pueblo no eran suficientes para contrarrestar el sistema sociopolítico dominante del Estado polaco-lituano. Por eso, el estatus de la religión ortodoxa bajaba cada vez más, poniendo en duda su futura existencia en Ucrania. Los primeros que se dieron cuenta de la seriedad de la crisis religiosa y cultural fueron los burgueses rus y algunos magnates y miembros de la szlachta. La decadencia de la religión ortodoxa ponía en peligro el estatus social de cada uno de estos grupos, que reaccionaron a esta situación de forma diferente.

El papel de los burgueses y magnates

En comparación con la época de Kíev, el estatus de la burguesía, especialmente la de Rus, decayó socialmente. Las ciudades no jugaban ningún papel en la vida política polaco-lituana; en mayor parte fueron reemplazadas por el cada vez más activo comercio en el Vístula, y en aquellas ciudades a las que la ley de Magdeburgo les daba la posibilidad de autogestionarse, solo aumentó el aislamiento y la explotación por parte de la nobleza política y económicamente influyente.

Pero las ciudades se convirtieron en centros de la actividad cultural, especialmente durante el resurgimiento cultural de Polonia tras la década de 1550, cuando empezó en el territorio de Ucrania el desarrollo cultural urbano no solo polaco, sino también alemán, judío y armenio. Estos grupos dominaban prácticamente la vida urbana y por eso en el siglo XV la burguesía rus ortodoxa sintió la necesidad de salvaguardar su cultural y economía.

Otro grupo que colaboraba con la población rus ortodoxa ayudando a conservar su cultura religiosa era el de los griegos ortodoxos. En el siglo XVI comenzaron a desempeñar un rol importante en la vida económica, cultural y, con el tiempo, política (entre ellos en el aspecto diplomático) de Ucrania. Les unía a los rus no solo la fe ortodoxa sino también que precisamente los griegos eran intermediarios de las relaciones con los jerarcas de las diócesis orientales (Antioquía, Alejandría y Jerusalén) y con el patriarca ecuménico, que mandaba directamente sobre la Iglesia ortodoxa del Estado de Polonia-Lituania. No pocas veces los ricos comerciantes griegos (como Manópolis Maripeta, Konstantín Korniakt y Oleksii Balábanos de Lviv) hacían generosas donaciones a templos y monasterios ortodoxos. También los científicos griegos y activistas religiosos (los más famosos fueron Arsenii Elasonskyi y Kyrylo Lukaris) jugaron un papel importante en los nuevos colegios, editoriales y hermandades fundados en la segunda mitad del siglo XVI. Precisamente las hermandades (o cofradías) asumieron el liderazgo en la defensa de los intereses culturales y religiosos de la población ortodoxas de las tierras ucranianas y bielorrusas de la Mancomunidad.

Las hermandades urbanas tenían una antigua tradición en el mundo cristiano, pero su origen en ucrania sigue siendo objeto de discusión. Desde el punto de vista de algunos historiadores surgieron como continuación de las hermandades tradicionales de la Iglesia, las agrupaciones laicas que servían a la Iglesia en la época de la Rus de Kíev; otros aseguran que las hermandades se desarrollaron basándose en los gremios medievales de Europa occidental, que existían en las ciudades ucranianas desde la entrada en vigor de la Ley de Magdeburgo; otros consideran que surgieron bajo la influencia de las adelfotes: asociaciones griegas similares. Provenieran de donde provenieran y fuera el nivel de organización el que fuera (quizá bastante bajo al principio), aparecieron en las ciudades del oeste de Ucrania, entre ellas Lviv, en la primera mitad del siglo XVI.

Desde el principio las cofradías urbanas estaban vinculadas a ciertas iglesias. Hasta cierto punto eran uniones profesionales cuyo principal objetivo , además de los asuntos laicos (organizaban banquetes y ferias), era el apoyo a la Iglesia ortodoxa. Por ejemplo, en los años 1530 los burgueses de Lviv con la ayuda del influyente magnate rus de Volinia (y hetman del Gran Principado de Lituania) el príncipe Konstiantín Ivanóvich Ostrozkyi convencieron al gobierno polaco para reinstaurar la diocésis ortodoxa de Galitzia (anulada junto con su metrópoli a principios del siglo XIV) y garantizar la no intervención del obispo católico local en los asuntos ortodoxos. En consecuencia, en 1539 fue designado un obispo ortodoxo y la sede de la diócesis fue trasladada de Hálych a Lviv.

Pero solo desde las últimas décadas del siglo XVI las cofradías llegaron a ser una fuerza más influyente y mejor organizada. Hasta entonces el papel principal en el renacimiento cultural ortodoxo lo jugaban los magnates. Aunque desde la Unión de Lublin en 1569 y la unificación de la mayoría de las tierras ucranianas al reino polaco muchos magnates y szlachtych ucranianos se polonizaron, algunos representantes de la nobleza insistían en trabajar a favor de la religión ortodoxa y del renacimiento y aumento del nivel de la cultura rus en general. En realidad, precisamente el mérito de los magnates ortodoxos es la creación de las primeras imprentas en territorio ucraniano y las primeras escuelas superiores de aquellos tiempos.

En 1567, en la hacienda del gran príncipe Hryhory Jodkévich en Zablúdyv, que se encuentra en el noreste de Podlaquia, el refugiado de Moscovia Iván Fédorov, que entró en la historia de la cultura ucraniana como Iván Fedoróvich, fundó la primera imprenta. En Zablúvyd imprimió el “Evangelio didáctico” (1569) y el “Libros de los Salmos” (1570). Luego, en 1572, por espacios cortos se trasladó a Lviv, Dermán, y luego, a Ostróh, en Volinia, que en aquel tiempo era el centro del resurgimiento cultural ortodoxo, y en la hacienda del gran príncipe Konstiantýn-Vasyl Ostrozkyi fundó una imprenta. Aproximadamente en 1576 aquí abrieron un lugar de estudios, posteriormente conocido como la Academia de Ostróh, donde trabajaban científicos ucranianos y extranjeros (principalmente griegos). Bajo su influencia creció una generación entera de intelectuales ucranianos. Con muchas ganas de parar el proceso de descomposición de la Iglesia ortodoxa, la academia de Ostróh prestó atención a las raíces bizantinas de la Iglesia ortodoxa. El idioma de estudio era el griego, parcialmente el latín, pero nada se sabe del uso del eslavo eclesiástico. Y aunque el griego y el latín tenían en la academia un estatus especial, la cultura rus local no fue olvidada. La imprenta, que funcionó en Ostróh entre 1578 y 1612, editó más de dos decenas de libros, el más famoso de ellos fue indudablemente la “Biblia de Ostróh” (1581). Fue el primer texto completo en idioma eslavo eclesiástico, basado en la Biblia Septuaginta y traducido por un grupo de historiadores en la academia supervisados por Herásym Smotrytskyi.

Pero las acciones como esta dependían normalmente de la buena voluntad y de la fidelidad religiosa de algunas personas. En poco tiempo la realidad demostraría la condicionalidad de estos logros, al convertiste al catolicismo algunos de los descendientes de estos filántropos y patriotas ortodoxos. Como resultado de esto, a comienzos del siglo XVII, desapareció la inmensa mayoría de los centros intelectuales de la religión ortodoxa. Incluso la famosa academia de Ostróh fue convertida en 1620 en un colegio jesuíta por la hija católica de Konstiantýn Ostrozkyi. Al fin y al cabo, el futuro de la fe ortodoxa y de la cultura rus ya no estaba condicionado por las acciones de un par de magnates, sino que empezó a depender del desarrollo de las cofradías locales.

La cofradía estauropégica de Lviv

La más importante de las cofradías urbanas era la de Lviv, fundada en la Catedral del Tránsito de María. Muy al principio, la cofradía de Lviv obtuvo especial apoyo gracias a la colaboración de los jerarcas ortodoxos que llegaron del antiguo Imperio bizantino. Desde 1453, el patriarca ecuménico de Constantinopla (quien seguía siendo de iure la cabeza de la Iglesia ortodoxa en los territorios ucranianos y lituanos) y también los patriarcas de Antioquía, Jerusalén y Alejandría se encontraban bajo el poder del Imperio otomano musulmán. Y aunque los turcos otomanos permitían a la comunidad cristiana ortodoxa (llamados Rum millet) practicar su fe, el gobierno musulmán entraba a menudo en conflicto con los jerarcas ortodoxos y a veces incluso les encarcelaban. Además, la Iglesia ortodoxa estaba privada de grandes fuentes de ingresos (especialmente tierras) que sí estaban a su alcance en tiempos de Bizancio. Por eso buscaba el apoyo entre sus parroquianos. Pero los recursos de la comunidad que no pertenecían a la élite dominante eran significativamente limitados, por eso la cabeza de la Iglesia giró su atención hacia el único país que podía aportarle ayuda: Moscovia.

Empezando el siglo XVI, unos cuantos jerarcas ortodoxos del Imperio otomano viajaron al norte hacia Moscú y, algunos de ellos, de camino, pararon en Ucrania. Entre ellos se encontraba el patriarca de Antioquía Joaquín V (1581-1592), que en 1586 por corto tiempo se detuvo en Lviv y le impresionó la situación de la Iglesia ortodoxa local, especialmente por la decadencia moral de algunos obispos y curas (que bendecían incluso a los polígamos). Pero la actividad de la cofradía de Lviv en la Catedral del Tránsito de María le inspiró y, por tanto, la apoyó completamente. Joaquín aprobó el estatuto de la cofradía e incluso le concedió en 1586 el título de estauropégica, es decir, la situó bajo control directo del patriarca e independiente del obispo local. Este privilegio se otorgaba solo a monasterios, para una organización laica era algo excepcional; además Joaquín concedió a la cofradía del tránsito de María poderes exclusivos para informar de los abusos de la Iglesia ortodoxa local. No es sorprendente que el otorgamiento del estatus de supervisor a una organización laica no gustó a los jerarcas locales, que sentían (y con razón) que su autoridad se ponía en duda.

La cofradía estauropégica de Lviv aceptó este reto cultural y moral. Muy rápidamente se hicieron las correcciones oportunas en su estatuto, así el aspecto social de la actividad de la organización fue reemplazado por el religioso y, especialmente, el educativo. Desde entonces, la cofradía de Lviv se hizo famosa como estauropégica y construyó un nuevo edificio, donde puso en marcha un asilo para pobres y enfermos. Compró también una máquina de imprenta de Iván Fédorov para abrir una imprenta. Ya en 1585 la cofradía fundó un colegio que en poco tiempo se convirtió en un ejemplo para las demás instituciones en los territorios ucranianos y bielorrusos. En el plan de estudios del colegio entraba no solo el griego, sino también el eslavo eclesiástico y entre sus profesores más privilegios se encontraba Stefan Zyzanii.

El patriarca también dio la responsabilidad a la cofradía estauropégica de Lviv de supervisar a todas las cofradías en Ucrania. A las cofradías ya existentes en poco tiempo se sumaron unas cuántas nuevas: en Przemysl, Rohatyn y Krasnostav en 1589; en Berest y Horodok en 1591, y en Lublin en 1594. En cada una de las cofradías se abrieron escuelas según el modelo greco-eslavo de la cofradía de Lviv, y en general la educación ocupó el primer escalón de la actividad de las cofradías.

A pesar de que las cofradías trajeron beneficios favoreciendo la educación y la conservación de la cultura eslava eclesiástica en un ambiente pro polaco católico, su protección por parte de la Iglesia ortodoxa causará conflictos con la cabeza de la Iglesia. La consecuencia de ese conflicto será una profunda decadencia, no solo en la vida religiosa ucraniana, sino en toda la sociedad ucraniana. Pero los acontecimientos en Ucrania no ocurrían aisladamente y, además, estuvieron influenciados por dos poderosos movimientos europeos del siglo XVI: Reforma y Contrarreforma.

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Capítulo 11. Desarrollo socioeconómico

(Extracto del libro “Ucrania: una historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del segundo capítulo de la Tercera Parte del libro: El período lituano-polaco-crimeo.)

Mientras el territorio lituano limitaba con el valle del río Nemunas y la costa del Mar Báltico ya incluso antes de la unificación de las tribus lituanas en un único sistema político en el siglo XIII, su estructura social era relativamente simple. En la práctica existían solo tres clases sociales: 1) los reyes tribales y sus familias; 2) la gente libre, divididas en tribus; 3) los esclavos, en los cuáles se convertían los prisioneros de guerra. Pero durante el reinado del gran duque Gedymin principios del siglo XIV cuando Lituania expandió sus fronteras hacia el sur, abarcando Bielorrusia y Ucrania, se topó con la estructura social más desarrollada de las antiguas tierras de la Rus de Kíev. Los gobernantes lituanos casi no cambiaron el sistema social de las tierras rus y solo gradualmente, teniendo en cuenta las necesidades del nuevo estado rus-lituano, desarrollaron una nueva estructura social, utilizando también algunos elementos del antiguo sistema de la Rus de Kíev y de las nuevas relaciones sociales de la vecina Polonia. La estructura social lituana resultante se estuvo formando hasta el siglo XVI y se componía de las siguientes clases: el gran duque (en lituano, kunigas); los príncipes hereditarios y boyardos (bajorai) de sangre no real; la szlachta; el clero; la burguesía; los campesinos; los judíos y los cosacos.

La estructura social de Lituania

Aunque en el período de la expansión territorial hacia las tierras rus los grandes duques lituanos no cambiaron la mayor parte de la estructura administrativa local, ni tampoco la religión ortodoxa ni la cultura, fijaron su poder en estos grandes territorios de dos formas. En primer lugar, fue oficialmente reconocido el derecho de herencia a grandes propiedades de tierra de los grandes duques y príncipes y de los pany de la dinastía lituana Gedimínida y de la dinastía rus Ruríkovich. Al mismo tiempo, regalaron grandes territorios a aquellos boyardos rus que lucharon con ellos codo con codo en las campañas militares. A pesar de las riquezas de estos boyardos, ellos, a diferencia de los duques y pany, no gozaban de ningún privilegio, ya fuera individualmente o como clase social. Al contrario, la tierra les ataba al gran duque en forma de vasallaje. Otro grupo, aún menos privilegiado que el boyardo, lo formaban personas de diversos orígenes, que finalmente llegaron a ser conocidas como propietarios de tierras (zemiany), y finalmente con el tiempo, szlachta. Estos eran pequeños propietarios que obtuvieron sus tierras por prestar servicio militar al gran duque y, a veces, a los poderosos príncipes hereditarios y boyardos.

La mayor parte de la población estaba formada por campesinos: los descendientes de los antiguos trabajadores rus de la tierra (liudy), los que compartían tierras (siabrý) y los campesinos estatales (smerdy). El principal cambio en el estatus de los campesinos fue la pérdida del derecho a ser propietarios de la tierra; hasta finales del siglo XV la mayoría de ellos eran trabajadores de la tierra o arrendadores en las tierras del gran duque o de la nobleza.

Una de las clases sociales más pequeñas de Lituania era la burguesía. Se dividía en dos grupos: el de los comerciantes y el de los artesanos, y cada uno de ellos tenía su propio sistema gremial. Una parte significativa de ambos grupos la formaban extranjeros: alemanes, armenios y hebreos, que eran invitados por los grandes duques a instalarse en sus ciudades. Y aunque en el siglo XVI la mayoría de las ciudades de los territorios ucranianos y bielorrusos prevalecía la población rus, a veces esta era discriminada a favor de la población católica y extranjera.

En la época mongola el peso político y económico de las ciudades lituanas, a diferencia de la época kievita, comenzó a disminuir. Y aunque durante los siglos XV y XVI a la mayoría de las ciudades se les concedió la autogestión (Ley de Magdeburgo), les privaron de la participación en la administración central. Las ciudades no tenían ni siquiera el monopolio comercial y, como veremos después, les limitaba la actividad económica de la nobleza.

A pesar de que Lituania durante los siglos XV y XVI no apoyaba demasiado activamente las relaciones políticas con Polonia, su estructura social se asemejaba cada vez más a la de su vecino del oeste. Esto se hizo particularmente evidente en el crecimiento del estatus de la nobleza (boyardos y zemiany) y el consecuente debilitamiento del campesinado. Ya en 1387, un año después de la coronación de Jogaila, a los boyardos lituanos y zemiany le dieron los privilegios de la aristocracia polaca. Después, según el pacto acordado en Horodlo (1413), los boyardos y zemiany lituanos y la nobleza polaca se convirtieron en una misma clase social responsable del desarrollo de las relaciones de estos dos países y de la elección del gran duque. En 1528, los nombres “boyardos” y “zemiany” se cambiaron por la palabra polaca “szlachtych”. Precisamente en esta época, el nombre “boyardos” fue reemplazado el término polaco “pany”. Los pany lituanos, que aún conservaban el derecho de poseer tropas militares propias, a partir de 1447 se libraron también de pagar impuestos. De esta forma los duques lituanos y los boyardos y zemiany se unieron gradualmente en una única clase, la de los pany hereditarios. Durante el gobierno del gran duque Vitautas (1392 – 1430), estos privilegios se otorgaron solo a los boyardos católicos, pero a partir de 1434 los ampliaron también a los ortodoxos.

Las clases sociales en Lituania y Polonia

Lituania

1. Gran Duque

2. Nobleza

Príncipes hereditarios y pany

Nobleza no hereditaria

Boyardos

Zemiany

3. Clero

Católicos romanos

Ortodoxos

4. Burguesía

Comerciantes

Artesanos

Trabajadores no cualificados

5. Judíos

Comerciantes

Artesanos

6. Campesinos

Libres (propietarios de tierras)

Siervos

Polonia

1. Corona

Rey

Corte real

2. Nobleza (szlachta)

Magnates

Szlachta

Mediana

Pequeña

3. Clero

Católicos romanos

Ortodoxos

Protestantes

4. Burguesía

Comerciantes

Artesanos

Trabajadores no cualificados

5. Judíos

Comerciantes / prestamistas

Artesanos

Arrendadores

6. Campesinos

Libres (arrendadores de tierras)

Siervos

La estructura administrativa lituana

Durante el siglo XV, los ex principados de la Rus se convirtieron gradualmente en voivodatos, que a su vez se dividían en distritos. A diferencia de Polonia, donde a nivel de los voivodatos la fuerza política dominante era la nobleza, en Lituania el gobierno central intentaba limitar la autonomía de los voivodatos, reemplazando a los boyardos locales por funcionarios designados por el gran duque, ante quien tenían que rendir cuentas. Eran funcionarios: 1) los gobernadores de los voivodatos, conocidos como voivodas, en cuyas manos se concentraba el poder administrativo, militar y judicial; 2) los gobernadores de los distritos, o starostý; 3) los vigilantes, posteriormente llamados castellanos, que eran los responsables de asegurar el mantenimiento de los castillos del gran duque y otras fortificaciones militares, y también de llamar a la nobleza a las armas en tiempos de peligro (levas en masa). La influencia política del gran duque crecía no solo gracias al control de la designación de los voivodas, sino también por los privilegios económicos, como las ganancias del así llamado “domén” (tierras) del gran duque, diferentes impuestos y el derecho excepcional para vender sal y alcohol (derecho de propinación).

Aunque el gobierno centralizado del gran duque podía impedir la influencia de los boyardos a nivel local, la fuerza principal de facto del gobierno lituano, especialmente en los asuntos de política externa, era la Rada (Consejo) de los pany. Se componía del obispo católico de Vilna y de todos los voivodas rus y lituanos, y también de los starosty de ciertos distritos. El poder de la Rada sobre la estructura legal del país fue establecido en el Primer Estatuto de Lituania de 1529, según el cual el gran duque prometía solemnemente cumplir las leyes vigentes y no emitir nuevas sin el consentimiento de la Rada. El papel de la szlachta en la vida sociopolítica lituana aumentó con mayor lentitud. Hasta la Unión de Lublin de 1569, la szlachta rus y lituana no se libró del servicio militar y de otras obligaciones feudales. Como consecuencia de este tratado, la szlachta se unió con los boyardos en una sola clase social, como en Polonia. Pero en realidad, la szlachta lituana solo fue políticamente influyente algo después, ya en el siglo XV sus representantes se reunían en sus propios consejos distritales (Pequeños Sejm).

El sistema legal del gran ducado estuvo fuertemente influido por la Rus de Kíev. Hasta 1468 la sociedad lituana se regía por la “Russka pravda” y los usos y costumbres, hasta que en Lituania no fue creado su propio código (Sudébnyk). En el siglo XVI salieron a la luz tres nuevos códigos legales, conocidos como “Estatuto de Lituania”. El primero de ellos (1529) detallaba las leyes del poder estatal, boyardo y magnate; el segundo (1566) y el tercero (1588) reflejaban el aumento gradual de los privilegios de la szlachta y también el descenso del estatus legal del campesinado. La influencia constante de la Rus de Kíev sobre el derecho lituano se notaba no solo en el contexto del estatuto sino también en su forma. El código legal y todos los documentos estatales se publicaban en el idioma oficial estatal del gran ducado: el idioma rus de aquellos tiempos que, de facto, era la variante cirílica bielorrusa del idioma eslavo eclesiástico. Merece la pena mencionar también que los rus (bielorrusos y ucranianos) y lituanos eran considerados la clase dominante en el gran ducado. Por ejemplo, el Segundo Estatuto de Lituania (1566) advertía que el gran duque no puede designar a extranjeros a puestos de la administración estatal, sino solo a personas de raíces lituanas o rus.

A pesar de las fuertes relaciones con el pasado kievita, desde la segunda mitad del siglo XV, Lituania tomaba prestado cada vez más rasgos del modelo social polaco, que tras la muerte del último rey de la dinastía de los piastas en 1370, comenzó a transformarse en una aristocracia democrática encabezada por el rey electo. Este proceso duró dos siglos.

La estructura social y administrativa polaca

La estructura social de Polonia contaba con varios estamentos. A menudo se les confunde con clases sociales. Pero a diferencia de cómo se entienden las clases hoy en día, los estamentos en la sociedad polaca no se diferenciaban según las relaciones productivas u otros criterios económicos, sino según las funciones socialmente establecidas que se materializaban en ciertos derechos y privilegios. Consecuentemente podemos hablar de seis estamentos en Polonia durante los siglos XV-XVI: realeza, nobleza, clero, burguesía, judíos y campesinos. La pertenencia a estos estamentos principalmente era hereditaria y, aunque era posible la movilidad social, era deliberadamente complicado por ciertos impedimentos legales. Insistimos, la riqueza no era un factor decisivo. Por ejemplo, los burgueses, los judíos e incluso los campesinos podían ser más ricos que algunos aristócratas, pero salvo contadas excepciones, no tenían acceso a la capa de la nobleza.

Por estamento de la realeza entendemos al rey y su corte: senadores, ministros, funcionarios de la tierra y encargados de monopolios reales. El papel del poder real consistía en simbolizar la integridad del Reino de Polonia como tal o en la persona del rey en la unión del reino polaco con el Gran Ducado de Lituania. Desde 1573 el rey elegido era el jefe del Estado polaco-lituano. El poder real fue gradualmente recortado a favor de la nobleza polaca y de los duques lituanos a través de concesiones reguladas en varios acuerdos llevados a cabo desde finales del siglo XIV hasta finales del XVI (Kosice, 1374; Krewo, 1385; Horodlo, 1413; Lublin, 1569; los Artículos de Enrique de 1573, y la firma de Pacta Conventa -las cláusulas entre el rey y la nobleza- de cada rey recién elegido). Pero el poder del rey seguía siendo fuerte en la sociedad polaca. Su influencia política se basaba en el derecho del reparto de las tierras reales y también de designación de los senadores, voivodas, castellanos, starosty y jefes del ejército (hetmanes). Además, el rey seguía siendo un símbolo importante y era necesario el estamento de la realeza; y la función del rey (hereditario primero, y elegido después) como jefe de la estructura social no se puso en duda hasta finales de la existencia de Polonia a finales del siglo XVIII.

El estamentos más influyente en Polonia era la nobleza, o szlachta, y aunque todos sus miembros eran iguales ante la ley, en realidad existían entre ellos muchas diferencias de bienestar, de prestigio social y de influencia política. Por eso en las investigaciones sobre aquellos tiempos y posteriores se divide a la nobleza al menos en dos grupos: magnates, que son los jefes de las grandes familias cuya riqueza prácticamente les permitía regir los asuntos del Estado, y la szlachta, con un bienestar limitado, que era la clientela de los grandes magnates y a veces no poseían absolutamente ninguna tierra (non possessionati). En la literatura la szlachta a veces es dividida en media y baja. Pero a pesar de las grandes diferencias entre los magnates y la szlachta media y baja, cada grupo era considerado una parte del mismo estatus legal (“Szlachty”) y así mismo disfrutaban de los privilegios propios de su estatus. En cierto sentido, la historia social polaca durante los siglos XV y XVI es la historia del aumento de la riqueza de la nobleza no solo a costa del rey, sino también a costa de la iglesia, la burguesía y el campesinado. La legalidad de estos privilegios de los ricos se explicaba por su papel en la defensa estatal de los enemigos externos. En realidad, la szlachta cumplió ese papel hasta el siglo XVI como máximo, tras lo cuál las tradicionales levas en masa en situaciones de peligro (pospolite ruszenie) fueron reemplazadas por un ejército poco numeroso que como norma general era sufragado mediante impuestos.

Comparado con otros países europeos, en aquel tiempo la szlachta polaca conformaba relativamente gran parte de la población del país y su cantidad seguiría creciendo con el tiempo. Si en 1569 existían aproximadamente 500 000 miembros de la nobleza, que era el 6% de toda la población del Estado polaco-lituanos, en 1648, su cantidad aumentó hasta un millón, es decir, el 9% de la población. Según estimaciones, de esta cantidad, de 5 000 a 10 000 mil eran magnates, y el resto (900 000 o más) era la media y baja szlachta (1648).

La estructura administrativa del país también reflejaba las necesidades de ese estamento. Polonia se dividía en voivodatos (en polaco “województwa”) encabezados por los voivodas, representantes del rey. Pero más poder político tenían los consejos de la szlachta (Pequeños Sejm), que eran la unidad principal de la vida constitucional polaca. Los Pequeños Sejm existían desde hacía mucho tiempo, al principio la szlachta los organizaba para fines militares. La idea de su existencia permanente se cristalizó a partir de 1454, cuando el rey acordó no convocar al ejército y no subir los impuestos sin consultar previamente a la nobleza. Cada voivodato disponía de su Pequeño Sejm, y basado en ellos surgió la idea de crear una institución legislativa del consejo central, llamada Sejm. Su primera reunión tuvo lugar en 1493 en Piotrków, posteriormente se convocaba cada dos años en sesiones de seis semanas en Varsovia principalmente y desde 1569 en Grodno.

El Sejm polaco se componía de dos cámaras: 1) senado, donde entraban obispos católicos, voivodas, castellanos y los principales miembros del gobierno central; y con el tiempo, ministros estatales lituanos; todos ellos designados por el rey y pertenecientes principalmente al círculo de los magnates; 2) cámara de diputados o Izba Poselska (constituida principalmente por la szlachta media), formada por los delegados electos de los Pequeños Sejm. Así que el Sejm polaco permanente vino a equilibrar el poder entre tres grupos de interés: el rey, los magnates y la szlachta. Hasta 1569, Polonia y Lituania tenían sus propios consejos centrales (Sejm/Soim) pero tras la Unión de Lublin la nobleza de ambas partes del Estado se reunía en el mismo órgano.

En cuanto al procedimiento de la toma de decisiones, el Sejm, al igual que los Pequeños Sejm, se regía por el principio de unanimidad, práctica medieval que nunca fue reemplazada por el principio más moderno de la mayoría de votos. Como mostró la práctica, este anticuado esquema derivaba a veces en la tristemente famosa práctica liberum veto, cuando un solo diputado al votar en contra podía bloquear cualquier propuesta. Mientras este sistema parlamentario aristocrático estaba en funcionamiento, especialmente en el siglo XVI y en la primera mitad del siglo XVII, Polonia tenía una estructura pequeña que se caracterizaba por el equilibrio de poder entre el estamento de la realeza, los magnates y la szlachta.

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El señorío feudal

La evolución de los señoríos feudales (latifundium) en Polonia estuvo relacionada directamente con la aparición de la servidumbre (siervos). En los señoríos de los magnates y de la szlachta y a veces en las tierras del rey y de la Iglesia se organizaban grandes haciendas feudales llamadas en polaco “folwark”. Las folwarks se creaban para lograr una alta productividad de la labor de los siervos, sobre todo producir la máxima cantidad de grano. En la segunda mitad del siglo XVI un folwark medio disponía de 148 acres (60 hectáreas) en los que vivían los propietarios de la tierra con sus familias, sus criados y de 15 a 20 familias de siervos.

El folwark se dividía en tres partes principalmente: 1) las tierras del pan, compuestas por las tierras limítrofes de los campesinos; 2) las tierras del soltys, es decir, del gestor del pan; 3) los territorios de algunos siervos. Como norma, en el centro del folwark estaba el pueblo, donde se encontraba el señorío feudal del pan, la casa del soltys, las viviendas de los campesinos y la taberna. Cerca del pueblo se encontraban los pastos comunes rodeados por las tierras del pan y a continuación se extendían las tierras del soltys y las de los siervos.

Por su trabajo obligatorio (servidumbre), los siervos y sus descendientes tenían derecho a algunas tierras o, como ocurrió finalmente, se les asignaban estas tierras. Mientras estas condiciones de servidumbre eran toleradas, la “asignación a la tierra” se consideraba una mejora de la economía monetaria, en cuyas condiciones el siervo, en épocas económicamente difíciles, podía entrar en bancarrota y quedarse sin tierras y sin casa.

La carga de trabajo obligatoria para el siervo dependía del tamaño de su parcela. Mientras que en el señorío del rey existía el mismo sistema de obligaciones laborales, en las tierras de los magnates y szlachta (que a finales del siglo XVI conformaban el 78% de todo el territorio de Ucrania), la cantidad de días laborales no remunerados los fijaba el dueño de la tierra o los soltys. Por eso, los campesinos trabajaban distintas horas según su localidad. Por ejemplo, a finales del siglo XVI, uno o más miembros de la familia del siervo, al que pertenecía una parcela de la tierra estándar, tenían que trabajar para el pan de 3 a 6 días a la semana. Pero en los señoríos de los magnates de Volinia en los años 1620, esta cantidad oscilaba entre 4 y 6 días, y en algunos lugares incluso los 7 días por una unidad de tierra estándar. Así que en una familia típica de siervos, el marido y los hijos mayores la mayoría de su tiempo la dedicaban a la servidumbre, y la mujer e hijos menores trabajaban en las no muy grandes parcelas asignadas que, en el mejor de los casos, podían dar de comer a los campesinos.

Mientras la venta de grano de Polonia florecía, el sistema feudal de folwarks enriquecía a los dueños de tierras y de forma indirecta aseguraba un bienestar ínfimo a los siervos-campesinos. Pero con la gradual, y al final, completa caída de la venta de grano en la segunda mitad del siglo XVII, los dueños de tierras intentaron compensar sus pérdidas aumentando los días de servidumbre y ampliando los folwarks al este, hacia las tierras ucranianas de Polonia recientemente unificadas.

El campesinado, la szlachta y los judíos

Para alimentar prolongadamente su posición en la estructura socioeconómica polaca, la nobleza (los magnates y la szlachta) consiguió promover algunos cambios en el sistema legal. De forma especialmente avariciosa la nobleza aspiraba a controlar a los campesinos y aprovecharse de su trabajo, por ello lanzaron una segunda, o nueva, campaña de abastecimiento de nuevos siervos. La primera etapa de este proceso de reclutamiento de siervos consistió en emitir una cadena de decretos aprobados por el Sejm polaco entre 1496 y 1520 que limitaba cada vez más los derechos de los campesinos de abandonar el señorío de sus dueños. Especialmente favorable para la nobleza fue una ley aprobada en 1518 que recogía que el rey no aceptaría en sus juzgados reales las denuncias de las personas que vivían en las tierras fuera de la jurisdicción del poder real. Es decir, cuando acaban los periodos libres de impuestos, o cuando los dueños de la tierra empezaron a introducir unilateralmente la servidumbre, o cuando simplemente tomaban por la fuerza las tierras de los campesinos, aquellos campesinos que vivían en las tierras del pan o de la Iglesia no podían dirigirse a los juzgados reales sino solamente a los locales, que estaban bajo el control de la szlachta, por lo que era improbable que esta fallara a favor de los campesinos.

La culminación de esta nueva introducción de servidumbre llegó en 1573. Desde entonces, a las campesinas y a los campesinos les estaba prohibido abandonar bajo cualquier circunstancia el territorio feudal del pan en los que ellos vivían. La servidumbre, que obligaba al siervo a realizar labores no remuneradas, llegó a ser la conexión económica más importante entre los dueños ricos de la tierra y sus siervos. En el Gran Ducado de Lituania, que en 1569 era donde estaba la mayor parte de los territorios ucranianos, la servidumbre fue introducida en la segunda mitad del siglo XVI como consecuencia de la reforma agraria de 1557, que quitó a los campesinos el derecho de propiedad de la tierra, y el Tercer Estatuto de Lituania de 1588 ratificó la servidumbre completa (cancelando el así llamado “derecho de salida”) al declarar que todos los campesinos que vivieran con un mismo dueño durante diez años se convertían en “inamovibles”.

En las tierras de la Iglesia y del rey, además de los siervos, vivía una cierta cantidad de campesinos libres y trabajadores de distintos oficios, pero ya en el siglo XVI la mayor parte de ellos se convirtieron en siervos del pan. La servidumbre fue introducida en aquellas localidades que tenían una importancia económica especial: en el entorno del río Vístula y sus afluentes (entre ellos, la cuenca alta del Bug y del Sian en Galitzia y Volinia del oeste, territorios poblados por ucranianos) y también en todas las tierras densamente pobladas, donde a los campesinos les pertenecían las parcelas más pequeñas y menos fértiles. Por eso, los campesinos acababan a menudo endeudados con el dueño local de la tierra. En la segunda mitad del siglo XVI, en las regiones occidentales de Polonia la densidad de la población era aproximadamente de 14 personas por kilómetro cuadrado, entre ellas, las ucranianas Galitzia, tierras de Belz y el oeste de Podolia; pero más lejos, hacia el este en los voivodatos de Volinia, Kíev y Bratslav, la densidad era más baja: 3 personas por kilómetro cuadrado. Es decir, a finales del siglo XVI la servidumbre se extendió por los territorios densamente poblados del oeste de Ucrania, pero en el oeste, donde en aquel tiempo los panes formaban grandes señoríos (latifundios), los campesinos aún no estaban sometidos a la servidumbre, aunque la cantidad deberes a los que estaban sujetos iba en aumento.

La situación en el oeste de Ucrania se desarrollaba del siguiente modo: los grandes magnates de origen rus (ucraniano) y polaco consiguieron obtener del rey enormes parcelas de tierra (bajo la condición de que se pueblen) y también puestos administrativos en los territorios ucranianos del este poco poblados. Por ejemplo, en 1590, al príncipe voivoda de Kíev Kostiantýn Vasyl Ostrozkyi, en los voivodatos de Kíev, de la Rus y, principalmente, en el de Volinia, pertenecían aproximadamente 1300 pueblos, 100 ciudades, 40 castillos y 600 iglesias. A su vez, a principios del siglo XVII, el linaje de los Vyshnevétskyi era el propietario de casi todo el margen izquierdo del voivodato de Kíev (probablemente 230 000 súbditos), y en Volinia, las propiedades de las 13 familias de panes acaparaban el 57% de todas las tierras. Estos poderosos magnates, iguales que miles de nobles de la menos poderosa szlachta, animaban a los campesinos a abandonar las tierras densamente pobladas del oeste del Reino de Polonia (de donde los campesinos escapaban de la pesada carga de las obligaciones impuestas por el sistema de servidumbre) y mudarse a las tierras del oeste. El estímulo para los nuevos inmigrantes, que a menudo tenían que escapar ilegalmente del señorío feudal del pan, los grandes terratenientes del este ofrecían la liberación de rentas y de servidumbre durante 15, 20 o incluso 30 años. Además, al terminar este período, la servidumbre y los impuestos a los campesinos eran más bajos que en los señoríos feudales de los voivodatos del oeste de Polonia. Por eso, hasta la mitad del siglo XVII la servidumbre no se instauró en las tierras ucranianas al este de Galitzia y es entonces cuando los esfuerzos de los terratenientes para disminuir privilegios y exigir a los campesinos nuevas obligaciones laborales provocaron descontento y potenciales conflictos sociales.

Aunque la nobleza hizo concesiones al atraer habitantes hacia el este, desde el principio controlaba de forma directa los molinos locales y también poseía el derecho excepcional de producción y venta de alcohol. Pero los magnates polacos y rus polonizados y la szlachta normalmente no solo mandaban en sus enormes señoríos, sino que se apoyaban en los arrendadores (judíos principalmente), quienes, finalmente, se convirtieron en el eslabón de unión con el sistema económico arrendatario polaco.

El objeto de la renta eran las propiedades inmobiliarias (terrenos, molinos, posadas, cervecerías y destilerías) y algunos privilegios especiales (por ejemplo, peajes y tasas). A los terratenientes polacos les interesaba la explotación de los ricos recursos agrícolas que conformaban la base de la provechosa y cada vez más activa venta de grano a Europa del este a través de los puertos bálticos de Polonia, pero no les interesaba gobernar directamente en sus señoríos. La szlachta intentaba vivir con lujo e interesarse por la cultura a pesar de la falta de capital y hábitos imprescindibles para el uso de sus pertenencias y para mantener ese estilo de vida. Por eso se dirigieron a los judíos como personas competentes en la ganancia de dinero y mantenimiento de rentas. Aceptando esta colaboración, los judíos entre los siglos XV y XVII controlaron todo el sistema de rentas y mandaron en una parte bastante grande de las tierras ucranianas. No es sorprendente que ellos, como intermediarios entre los señores polacos y los campesinos, llegaran a ser para estos últimos un símbolo de opresión y explotación.

La llegada de los judíos a Ucrania

Los judíos vivían en los territorios de Ucrania desde la época del Reino del Bósforo en los siglos V-IV a.C y en el kaganato jázaro de los siglos VII-VIII. Como eran empresarios de Oriente Próximo, los gobiernos del Bósforo y de los jázaros les recibieron con los brazos abiertos, y ellos podían cumplir el rol de comerciantes y mercaderes en los puertos de Crimea y en el corazón de Jazaria, a lo largo del Don y del curso bajo del Volga. Pero los judíos que vivían en las tierras ucranianas que estaban bajo el control de Polonia no descendían de los que huyeron en los siglos VII-VIII (salvo una pequeña población de inmigrantes karaítas turco parlantes), sino de los inmigrantes te los territorios alemanes de Europa central y centro-este. La violencia contra los judíos y las persecuciones por parte de los cruzados, y también el odio extendido en la Edad Media sobre los judíos en las tierras alemanas les obligó a finales del siglo XI a buscar la salvación en Polonia.

Aspirando a reconstruir el país tras la devastación mongola a mediados del siglo XIII, los reyes polacos aceptaron con muchas ganas a inmigrantes, judíos y alemanes desde el oeste y a armenios desde el este. Los recién llegados se asentaban principalmente en las ciudades favoreciendo el resurgimiento de estas. Ya a finales del mismo siglo XIII los judíos disfrutaban el primer privilegio de la cadena (Estatuto de Kalisz, de 1264, emitido por Boleslaw el Piadoso, que les protegía como grupo y cuya actividad principal era la usura). Desde el principio los judíos pagaban un impuesto común al de los funcionarios de los tribunales reales (servi camerae) que a menudo superaba el aporte de los cristianos. A cambio, ellos tenían el derecho de autogestión, como establecer una junta local de autogestión, conocida como qahal (“kehile” en hebreo). A mediados del siglo XVI en Polonia y Lituania los qahales se unieron formando asambleas de las tierras. Las “tierras” se componían de las juntas de autogestión (cuatro en Polonia y una en Lituania) que, cada una de ellas, controlaba los aspectos sociales, económicos, morales, educativos y legislativos de la vida judía; y como órgano unificado representaba los intereses de los judíos ante la corona polaca y las instituciones del gobierno central. Dos de estas asambleas existieron en los territorios ucranianos: en Galitzia (“Tierra de Lviv”) y en Volinia.

Los primeros judíos llegaron a Polonia desde la República Checa a partir de 1098 y se asentaron en los territorios de la vecina Silesia, que permanecía bajo dominio polaco, y con el tiempo fue germanizada y entró a formar parte de Bohemia-Moravia. Los inmigrantes posteriores vinieron de Moravia y de las tierras más occidentales de Alemania. Todos ellos eran de origen askenazi, que hablaban el dialecto akemán medieval llamado yidis. En el siglo XVI Polonia también atrajo a judíos de tradición sefardí incluso desde España, Italia o Crimea. En los territorios ucranianos, pequeñas comunidades de judíos askenazis surgieron en Galitzia y Volinia ya en el siglo XII, cuando en estas tierras gobernaban los grandes príncipes rus. Pero las comunas judías comenzaron a crecer precisamente en los siglos XIV-XV, cuando estos territorios pasaron a formar parte de Polonia-Lituania. En Lituania los judíos vivian incluso mejor que en Polonia, debido a que en Lituania les otorgaron bastantes privilegios, como estar exentos de los impuestos correspondientes a los templos y enterramientos, o tener derecho al comercio, la artesanía y a poseer parcelas privadas.

La distribución de los judíos en el este, en las tierras ucranianas de ambos márgenes del Dnipró estaba directamente relacionada con la expansión territorial de Polonia y las intenciones coloniales de la szlachta rus (ucraniana) y polaca tras la Unión de Lublin de 1569. En estos procesos los judíos pasaron a ser sirvientes en los señoríos feudales de la nobleza. Como atestigua el historiador judío Israel Friedlander, los judíos arrendadores cumplían el papel de “parásitos que trasvasaban las riquezas del país y el trabajo duro de sus habitantes a los bolsillos de los panes”. Algunos de ellos no solo arrendaban la parte de la propiedad del pan sino que la gestionaban completamente; es decir, tenían el poder de establecer por su cuenta la cantidad de obligaciones laborales de los campesinos y siervos del señorío. Con la ampliación del sistema latifundista polaco al centro y este de Ucrania, la cantidad total de judíos siguió en aumento y en 1648 había 85 mil judíos en los territorios ucranianos. Así que la situación económica, al menos de la población judía (los arrendadores y sus ayudantes) mejoró sustancialmente.

El cambio de las rutas comerciales internacionales

La expansión de los magnates polacos y de la szlachta en las tierras ucranianas a finales del siglo XVI y principios del XVII y el desarrollo y explotación de los recursos agrícolas de la región convirtieron a este territorio en una parte del nuevo orden económico internacional en la Europa del este. En los primeros siglos de existencia de la Rus de Kíev, las rutas comerciales excepcionalmente importantes atravesaban Europa del este, transportando principalmente artículos de lujo de Oriente a través de los puertos del mar Negro hasta Bizancio o Kíev, y desde ahí continuaba hacia el norte, Dnipró arriba hasta los puertos del mar Báltico o hacia el oeste, por tierra, atravesando Galitzia hasta Europa central y occidental. En el siglo XI la dependencia de Kíev del comercio internacional como fuente principal disminuyó, dando como resultado que la base de la economía fuese la agricultura.

La tradición de orientar la economía a la agricultura y a la exportación de productos a los mercados de Crimea del sur y Bizancio se interrumpió en el siglo XII, cuando los nómadas tomaron la estepa y decayó el Imperio bizantino. Con la llegada de los mongoles en el siglo XIII sucedió la reconstrucción económica y política de Europa del este. Los mongoles de nuevo abrieron una ruta comercial desde Oriente y Asia central a través del mar Negro hasta el renacido Bizancio y los puertos mediterráneos de Venecia y Génova, que tenían para ellos un interés económico especial. Pero en la primera mitad del siglo XV, el poder de los mongoles-tártaros en los territorios del mar Negro decayó, y en 1453 el Imperio bizantino dejó de existir. En los territorios de Europa del este el fortalecimiento de Lituania primero, y de Polonia después, que llegó a su culmen en el siglo XVI, devolvió la vida económica a la agricultura. Pero las antiguas rutas comerciales hacia el sur se cortaron, debido a que el Imperio otomano, que poseía las tierras de Bizancio, se convirtió en un enemigo encarnizado de los Estados cristianos en la lucha por los Balcanes y los territorios del mar Negro.

Así surgió un nuevo orden económico orientado hacia Europa del este, en el que el Reino de Polonia, y posteriormente la Mancomunidad de Polonia y Lituania, abastecía de materias primas a los países de Europa del oeste a cambio de productos manufacturados. Los territorios del oeste y del sur de Europa se convirtieron en los mercados de distribución polaca como resultado de los cambios que tuvieron lugar. El crecimiento veloz de la población en los siglos XV-XVI y también las increíbles riquezas del Nuevo Mundo (que, sobre todo, poseían España y Portugal) aumentó la necesidad de materiales de construcción y de productos alimenticios, y en Europa del oeste se hizo acopio del oro y la plata conquistados en América, con los que se podían pagar amplias exportaciones.

El renacimiento económico y cultural de Polonia

Desde los puertos bálticos, y también por tierra a través de Lublin y Poznan, Polonia mandaba a Europa central y occidental materiales forestales (madera, resina, potasa), ganado mayor (a principios del siglo XVI se exportaban 10 000 cabezas y a finales del mismo siglo 40 000) y pieles no curtidas. Pero el artículo de exportación más importante era el grano, cultivado en el oeste de Ucrania (en Galitzia y el oeste de Volinia) y lo bajaban por el río Vístula y sus afluentes hasta el puerto báltico de Gdansk (en alemán, Danzig), reconquistados por Polonia a la Orden Teutónica en 1455. Precisamente el comercio de grano a través del Vístula reportó riquezas a Polonia. El desarrollo de este comercio fue realmente asombroso: en 1491-1492 se exportaron aproximadamente 12 000 toneladas métricas de grano, en 1563 esta cifra alcanzó las 138 000, y en 1618 alcanzó su tope, 248 000 en un año. Polonia importaba artículos manufacturados: tejidos de Flandes, Inglaterra y Francia, y vino de España, Portugal y Francia. El aumento comercial de grano y los beneficios derivados de ello despertaron el apetito de la aristocracia polaca de más tierras y de control sobre las personas que las trabajaban.

Curiosamente, a diferencia de la situación en Polonia en los siglos anteriores, y también en la mayor parte de Europa del oeste y central, el papel de las ciudades y de la burguesía polacas en este período de crecimiento económico era insignificante e incluso iba disminuyendo gradualmente. El burgués más rico tenía menos derechos que el miembro más pobre de la szlachta, y solo las ciudades más grandes obtuvieron los privilegios de autogestión. Al mismo tiempo, muchas ciudades pequeñas pertenecían a la nobleza. Pero se puede considerar como hecho más importante que la ruta comercial de grano por el Vístula evitaba completamente a las ciudades, debido a que los transportistas internacionales (principalmente holandeses) y los comerciantes del puerto báltico de Gdansk, situado junto a la desembocadura del Vístula, colaboraban directamente con la szlachta.

El nivel económico cada vez mayor de Polonia se mantuvo en el siglo XVI gracias a los logros culturales. Los ideales humanísticos del Renacimiento italiano y las ideas de los movimientos religiosos reformadores alemanes y checos llegaron a Polonia casi al mismo tiempo. Así surgió un ambiente elitista, intelectual y creativo, mimado por la szlachta, capturada por el genio creativo del escritor Jan Kochanowski, del teórico político Andrzej Frycz-Modrzewski y del glorioso astrónomo Copérnico (Kopernik). El idioma polaco llegó a la literatura: en este idioma se escribían obras literarias y científicas que se publicaban ampliamente en las nuevas editoriales del país. Prosperaron la pintura, la escultura y la arquitectura, y las universidades polacas se consideraban punteras en Europa.

No es sorprendente que en este contexto a la nobleza lituana y rus ortodoxa en el este les atrajera la cultura polaca orientada hacia el oeste del siglo XVI. Muchos de ellos tomaron las costumbres polacas, pasaron a utilizar el idioma polaco y se convirtieron al catolicismo (religión oficial estatal). Para la parte rus de la szlachta (en Lituania y Ucrania) que siguió siendo ortodoxa, la identidad política polaca se convirtió en un elemento importante a la hora de establecer una visión del mundo. Precisamente en estos círculos surgió el concepto gente Rutenus nationae Polonus (polaco de origen rus). Aquí es interesante mencionar que en 1569, en vísperas de la Unión de Lublin entre Polonia y Lituania, la mayoría de los magnates rus y de la szlachta quería que las tierras ucranianas en Lituania (Volinia, Bratslav, el este de Podolia y Kíev) pasaran a ser, como Galitzia, parte de Polonia. A pesar de las posibles discordias en 1569 sobre el nivel de relaciones políticas con el Reino de Polonia, los miembros de la élite, tanto ortodoxa como católica, aspiraban a formar parte de la esfera de influencia polaca y obtener por ello beneficios político y económico. Así que a finales del siglo XVI la élite de la sociedad ucraniana dio la bienvenida al poder polaco.

Una mayoría importante de la población, igual que antes, se componía de siervos-campesinos, y los burgueses rus representaban una parte insignificante. Mientras la economía polaca prosperaba gracias al comercio de grano por el Vístula, ambos grupos disponían de unas condiciones de vida bastante aceptables. Pero cuando al principio del siglo XVII los precios del grano comenzaron a bajar, los campesinos y burgueses ucranianos, a diferencia de polacos y lituanos en otras regiones de la Mancomunidad, sufrieron en sus propias carnes las consecuencias negativas de los cambios económicos, debido a que los dueños de la tierra intentaban compensar sus pérdidas aumentando la explotación de los siervos y limitando las prerrogativas de los burgueses. Además de estos cambios económicos generales, es importante también el hecho de que la población rus (ucraniana y bielorrusa), a diferencia del resto de la sociedad, era ortodoxa. Esa identidad fue especialmente puesta a prueba en la sociedad polaca, donde aparecieron no solo dificultades económicas, sino que creció la intolerancia social y religiosa. Como veremos en los dos próximos capítulos, la reacción de la burguesía y el campesinado rus a estos cambios y la participación en ella de la Iglesia ortodoxa tendrán una influencia enorme en las relaciones entre Ucrania y el resto de Polonia.

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