Comprendiendo el conflicto en el este de Ucrania: el papel del contexto cultural

Elzbieta Olzacka
Universidad Jaguelónica
Enlace al artículo original en inglés
2017

Resumen: el objetivo de este artículo es explorar el contexto cultural del conflicto en el este de Ucrania. Desde esta perspectiva, el conflicto en Donbas debe verse no solo en el contexto del juego político, la transición socioeconómica y los intereses geopolíticos, sino también a la luz de un conflicto cultural arraigado en la historia. Según el investigador ucraniano Mykola Riabchuk, Ucrania está dividida, no entre rusos y ucranianos, sino entre dos tipos diferentes de identidad ucraniana. Estas profundas diferencias se han exacerbado por los acontecimientos del “Euromaidán” y, posteriormente, por el conflicto violento entre las fuerzas separatistas de las autoproclamadas República Popular de Donetsk y Lugansk, por un lado, y el gobierno ucraniano posrevolucionario por el otro. Este artículo se centra en cómo las divisiones culturales de la sociedad ucraniana han sido utilizadas desde el comienzo de la independencia ucraniana por la élite política como una herramienta para políticas simbólicas, contribuyendo a la movilización masiva de la sociedad ucraniana y al estallido de un conflicto violento.

Palabras clave: Ucrania, Donbas, conflicto, divisiones culturales, revolución de la dignidad.

Introducción[1]

La mayoría de los conflictos armados contemporáneos no solo giran en torno a diferentes intereses, sino que van acompañados de diferentes tipos de enfrentamientos en el ámbito simbólico. La religión, la identidad colectiva, el lenguaje, las creencias, los valores, los símbolos, la actitud hacia el pasado y las visiones del futuro pueden considerarse fuentes de conflicto, pero también “armas de guerra” que ayudan a movilizar y legitimar las acciones militares. El fenómeno de la guerra tiene sus raíces en una cultura específica y una percepción cultural de la sociedad y, asociada con la experiencia de conflictos pasados, define el marco para interpretar los eventos y darles un significado específico. Además, el contenido cultural, como símbolos, mitos, valores e ideas, que son identificables por los miembros de sociedades concretas, son explotados con entusiasmo por las facciones en guerra como munición durante la lucha (cf. Jacoby, 2008; Kaufman, 2001; Scherrer, 2003). Por lo tanto, centrarse en las relaciones de guerra y cultura contribuye no solo a la comprensión de los mecanismos de estas relaciones, sino también a las causas y al curso de guerras específicas.

El conflicto en el este de Ucrania, también conocido como guerra del Donbáss, se lleva a cabo desde abril de 2014 entre las nuevas autoridades ucranianas elegidas como resultado de las protestas sociales masivas conocidas como Euromaidán y Revolución de la Dignidad, y los separatistas de dos provincias orientales del país que reciben el apoyo de la Federación de Rusia (Onuch, Sasse, 2016; Yekelchyk, 2015). Uno podría percibir la guerra en Donbas en el contexto de las relaciones entre Ucrania y Rusia, la rivalidad geopolítica entre Rusia y “Occidente”, y la lucha entre la élite política ucraniana que está fuertemente relacionada con las estructuras económicas y regionales (cf. Katchanovski, 2016; Sakwa, 2016; Wilson, 2016; Wood et al., 2015). Otros comentaristas y académicos perciben e interpretan el estallido de un conflicto violento en Ucrania a través del prisma de la “guerra de identidad” en los ejes “Este” – “Oeste”, “proruso” – “proeuropeo” o Ucrania “criolla” – Ucrania “nacional” (Riabchuk, 2015a; Voznyak, 2014; cf. Wilson, 2016, p. 632; Zhurzhenko, 2014, p. 249).

Siendo consciente de esta complejidad, creo que un análisis de la crisis ucraniana desde la perspectiva de un conflicto que se libra en un determinado contexto cultural, y en el que los diferentes actores utilizan el contenido cultural para derrotar a su enemigo, puede contribuir a una mejor comprensión de los acontecimientos actuales. Este artículo se centra en cómo las divisiones culturales de la sociedad ucraniana desde el comienzo de la independencia ucraniana son utilizadas por la élite política para obtener y mantener el poder. Los antagonismos y prejuicios regionales fueron un factor eficaz para movilizar a los votantes en las campañas políticas. Además, en los últimos eventos, los estereotipos intraestatales fijos y los temores colectivos relacionados con ellos han demostrado ser una herramienta eficaz de política simbólica, contribuyendo a la movilización masiva de la sociedad ucraniana y al estallido de un conflicto violento.

Ucrania dividida: identidad y política

La diversidad y heterogeneidad de la sociedad ucraniana a veces se reduce a una división simple: étnica (mayoría ucraniana y minoría rusa), lingüística (idioma ruso y ucraniano) o religiosa (Ucrania ortodoxa y ucraniana “católica” o las diferencias entre la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú y la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Kíev). La línea de tal división a veces se dibuja a lo largo del curso del río Zbruch o del río Dnipró/Dniéper, que dividen el país en Ucrania occidental y oriental. Desde este punto de vista, la división bipolar geográfica / regional se correlaciona con el origen étnico, el idioma y la religión (cf. Shulman, 1999, p. 1012).

De hecho, la diversidad de la sociedad ucraniana es mucho más compleja y no puede vincularse a simples polarizaciones. Aunque los rusos son la minoría étnica más grande en Ucrania (17.3% en 2001, según datos del censo de población de toda Ucrania; y 6% en 2017 según la encuesta del Centro Razumkov, realizada en todas las regiones de Ucrania, excepto Crimea y las áreas ocupadas de los oblasts de Donetsk y Lugansk [Osnovni zasady i shlyakhy formuvannya spil’noyi identychnosti hromadyan Ukrayiny, 2017, p. 26]), el país está habitado por numerosos grupos de polacos, bielorrusos, húngaros, tártaros, moldavos, judíos y búlgaros. Además, muchos ciudadanos de Ucrania tienen problemas para asignarse categóricamente a un grupo étnico en particular (Wilson, 2002, p. 32; cf. Kulyk, 2013). La doble etnicidad y la polietnicidad, así como el distanciamiento de la autoidentificación étnica, sigue siendo un aspecto importante de la formación de la identidad étnica en Ucrania, como lo han demostrado las últimas encuestas (Osnovni zasady …, 2017, p. 26).

La cuestión de las divisiones lingüísticas en Ucrania también es muy compleja. En lugar de una simple división bipolar en ucranianos y rusos, Wilson (2002, págs. 35–36) distinguió tres grupos étnicos lingüísticos principales: rusos rusófonos (aproximadamente 20–21%), ucranianos rusófonos (33–34%) y ucranianos ucranófonos (40%). Obviamente, esta división debería complementarse con un mosaico de otras minorías nacionales que están cada vez más interesadas en usar su propio idioma (cf. Charnysh, 2013, p. 1). Además, hay una gran población bilingüe (ucraniana y rusa) en Ucrania (Riabchuk, 2012, p. 443), así como aquellos que usan el “surzhyk”, es decir, diferentes variedades de los dialectos  ucraniano-ruso y ruso-ucraniano (Wilson, 2002, p. 36; cf. Osnovni zasady …, 2017, p. 27). También es difícil trazar una frontera geográfica clara entre una Ucrania de habla ucraniana y una Ucrania de habla rusa, porque aunque en realidad el idioma ucraniano prevalece en el oeste y en el centro del país, y el ruso en el este y el sur; en términos generales, la población rural en todas las regiones prefiere hablar ucraniano, y la población urbana, también en el centro, prefiere hablar ruso o “surzhyk” (Olszański, 2014, p. 11; cf. Osnovni zasady …, 2017, p. 27). Además, según las encuestas, “no existe una correlación directa entre el lenguaje preferido en la comunicación cotidiana y la orientación política o geopolítica de una persona específica” (Portnov, 2015, p. 725; cf. Kulyk, 2016).

Esto se debe a que algunos investigadores hablan no de divisiones etnolingüísticas, sino más bien de divisiones de identidad de la sociedad ucraniana (cf. Kulyk, 2016). Según el analista, intelectual y político ucraniano Mykola Riabchuk (2015a, p. 138), existe una línea ideológica entre los diferentes tipos de identidad ucraniana: la “europea” y la “eslava oriental”. Ambas naciones ucranianas “se consideraron a sí mismas como ‘ucranianas’, pero rechazan otorgar el mismo estatus ‘auténtico’ a su alter ego regional / lingüístico-cultural ”(Riabchuk, 2015b). Los centros geográficos de estas dos naciones son Lviv y Donetsk, que desarrollaron proyectos de identidad contradictorios. Ambos proyectos se corresponden con diferentes visiones del pasado y del futuro de la nación ucraniana y diferentes patrones de civilización. Sin embargo, como señalan los investigadores, esta división bipolar en “dos Ucranias” debe tratarse con precaución, más bien como un modelo analítico que como una reflexión de las divisiones de la sociedad ucraniana contemporánea (cf. Portnov, 2016, p. 108 ; Zhurzhenko, 2014, p. 249).

No obstante, debe tenerse en cuenta que las diferencias culturales entre las regiones desde el comienzo de la independencia de Ucrania se reflejan en las elecciones políticas de sus residentes. Los residentes del oeste de Ucrania son más activos y más propensos que los residentes del sureste de Ucrania a apoyar a los movimientos cívicos que postulan la democratización del país según el modelo occidental. Como señala Mark Beissinger (2014 citado en Petro, 2015, pp. 28–29), los participantes en la Revolución Naranja de 2004 tenían ocho veces más probabilidades de ser del oeste de Ucrania, y el 92 por ciento afirmó que el ucraniano era su lengua materna. Además, en las protestas de 2013–2014 conocidas como Euromaidán, los ucranianos occidentales desempeñaron un papel destacado. En las regiones occidentales, el apoyo a las protestas alcanzó el 80 por ciento (Petro, 2015, p. 29). Estas regiones apoyaron constantemente a los candidatos prooccidentales en las elecciones presidenciales: Leonid Kravchuk en lugar de Leonid Kuchma en 1994, Kuchma en lugar del candidato comunista Petró Symonenko en 1999, Yúshchenko en 2004 y Tymoshenko en 2010 (cf. Marples, 2015, p. 11).

Los patrones de votación en Donbas y Crimea se muestran como casi los opuestos a los de Galitzia. Las diferencias se manifiestan también “en el rechazo visceral del nacionalismo étnico que es popular en las regiones del oeste de Ucrania como Galitzia, y en la afirmación de una identidad ucraniana que está indisolublemente vinculada a la cultura rusa” (Petro, 2015, p. 28). En 2004, los opositores a la Revolución Naranja eran abrumadoramente del este, principalmente de Donetsk, y tres veces más propensos a hablar ruso en casa (Beissinger, 2014 citado en Petro, 2015, p. 29). El mismo patrón resurgió en 2014. En el este de Ucrania, el apoyo a las protestas alcanzó solo el 30 por ciento y, en el sur, el 20 por ciento (Petro, 2015, p. 29).

Las diferentes preferencias electorales están relacionadas con una cultura política diferente enraizada en la historia diferente de las regiones (cf. Osipian, Osipian, 2012; Portnov, 2016). Las provincias occidentales habían formado parte del Estado polaco-lituano (Rzeczpospolita – Reino o Mancomunidad de las Dos Naciones) y, después de 1867, del Imperio Austrohúngaro. De ahí la influencia del modelo occidental de civilización, la promoción de valores como el Estado de derecho, los gobiernos locales, el sistema educativo europeo, el poder judicial independiente y una relación contractual entre gobernantes y sujetos. Esto contribuyó al surgimiento de las tendencias nacionalistas elegidas para el proyecto ucraniano de construcción de la nación. En este campo, la política colonial rusa / soviética se topó con tradiciones políticas, sociales y culturales distintas, lo que hizo difícil de ser incorporadas como partes del Imperio ruso y luego soviético. Años de “sovietización” y una política brutal de lucha contra los intentos no solo de revivir el nacionalismo ucraniano, sino también de todas las manifestaciones de “alteridad” civilizativa, profundizaron la reticencia hacia la “rusidad” (cf. Olszański, 2014, p. 9; Kiryukhin, 2015).

En las regiones del sudeste de Ucrania, la asimilación de las tradiciones e instituciones rusas fue mucho más fácil. Estas tierras de la antigua Gran Estepa fueron anexionadas al Imperio ruso a fines del siglo XVIII. En el Donbas, con la cuenca de carbón más grande de Europa y la industria local relacionada que se desarrolló, la integración con el Estado ruso continuó sin obstáculos, especialmente desde que muchos colonos rusos llegaron allí (Petro, 2015, pp. 22–26). Como resultado, la región “oriental”, “que incluye las regiones actuales de Crimea, Dnipropetrovsk, Donetsk, Járkiv, Jerson, Lugansk, Odesa, Nikolayevsk y Zaporozhzhia, forma una comunidad étnica y cultural relativamente compacta que se distingue por la fuerte influencia de la cultura rusa, incluso cuando la mayoría de la población se define como ucraniana” (Petro, 2015, p. 20). La identidad ucraniana prorrusa / soviética se institucionalizó en los años de la Unión Soviética. Como resultado, según Tarás Kuzio, “una cuarta parte de los residentes de Donetsk se identifican como pertenecientes a un grupo cultural soviético” (2010, pp. 291–292).

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que el apoyo al nacionalismo ucraniano se trasladó gradualmente del oeste al centro de Ucrania. A partir de la década de 2000, la base electoral de las fuerzas liberales, democráticas y prooccidentales se expandió al centro de Ucrania, como lo demuestran los resultados de las elecciones presidenciales de 2010 y 2014 (ver mapas electorales en Vasylchenko, 2005; cf. Kuzio, 2010 , p. 291). La línea divisoria principal se ha desplazado hacia el este y ahora, según una investigación realizada por Volodýmyr Kulyk (2016; cf. Marples, 2015, pp. 11-12), se encuentra entre Donbas y las regiones adyacentes este-sur.

Del conflicto cultural a la violencia armada

La existencia de diferentes proyectos de identidad que reclaman el derecho a definir lo qué es la Ucrania moderna y quién es un ucraniano contemporáneo desde el comienzo de la independencia, creó las condiciones potenciales para el conflicto y la desintegración del Estado. Sin embargo, durante casi 25 años desde la independencia de Ucrania, estas divisiones no dieron lugar a un conflicto abierto. A pesar de las fuertes diferencias regionales, las diferentes preferencias políticas y la existencia de varias narrativas sobre la identidad ucraniana, prevaleció la voluntad de integridad territorial y de construir un Estado ucraniano común (cf. Wilson, 2000, p. 169).

Sin embargo, en Ucrania, al igual que en otras antiguas repúblicas soviéticas, la élite política utilizó las categorías identitarias en el proceso de obtención y mantenimiento del poder (Castells, 1997; Zhurzhenko, 2014, págs. 251–252). La construcción de la “identidad nacional” ha demostrado ser una herramienta conveniente para tomar el control de las instituciones estatales como arma efectiva en la lucha contra la ideología comunista. El “proyecto democrático nacional” contribuyó a la legitimidad internacional e interna de la nomenclatura postsoviética. Además, la división regional de Ucrania y la amenaza de su desintegración se utilizaron para legitimar y perpetuar el poder de las élites políticas postsoviéticas. Atomizado y sumido en el estancamiento y los problemas económicos, la sociedad era un objeto fácil de manipulación. Desde principios de la década de 1990, el conflicto cultural entre los dos proyectos de identidad ucraniana se utilizó en un juego político, lo que obstaculizó el diálogo intraucraniano y contribuyó a divisiones más profundas entre los mitificados “Este” y “Occidente” (cf. Riabchuk , 2002; Zhurzhenko, 2014).

Los antagonismos regionales demostraron ser un factor eficaz para movilizar a los votantes en las campañas políticas también durante las elecciones presidenciales de 2004. La sociedad ucraniana, insatisfecha con la dirección de la transformación económica y política y la incompetencia de las autoridades, comenzó a exigir cambios (cf. Datos del Centro Razumkov citados en Konieczna, 2005, p. 22). Se consolidó una amplia base nacional democrática bajo la dirección del muy popular exprimer ministro, Víktor Yúshchenko. Chocó en la última etapa de las elecciones con el primer ministro titular Víktor Yanukóvich, exgobernador del óblast de Donetsk. Según los resultados oficiales de la Comisión Electoral Central anunciados el 23 de noviembre, Víktor Yanukovich ganó la segunda vuelta electoral. Sin embargo, los resultados de las elecciones fueron cuestionados, ya que las elecciones se vieron empañadas por la corrupción masiva, la intimidación de los votantes y el fraude electoral directo. Los sucesos posteriores llevaron a una crisis política en Ucrania y a grandes protestas cívicas, conocidas como la Revolución Naranja.

Según Tadeusz Olszański, el eje principal de confrontación de Víktor Yanukovich y Víktor Yushchenko era preservar las reglas existentes del juego político, o abrir la posibilidad de un cambio significativo (Olszański, 2005, p. 5). Sin embargo, las divisiones regionales y los estereotipos internos anclados en los ucranianos a menudo fueron utilizados por ambos candidatos para desacreditar al oponente. Tanto para Yúshchenko como para Yanukóvich, la división regional de Ucrania coincidía con la distinción moral entre Ucrania “verdadera” y “falsa” (Riabchuk, 2015a, p. 146; Wolczuk, 2007; Zhurzhenko, 2014, p. 254). La Revolución Naranja es definida por Shulman (2005) como un choque de dos nacionalismos en competencia, “ucraniano étnico” y “eslavo oriental”. Shulman concluyó que el primero apoyaba la reforma interna y la integración en Europa, mientras que el segundo era menos partidario de la reforma y más cauteloso hacia la integración de Ucrania con Occidente. Los manifestantes de la Revolución Naranja, que eran defensores pro-occidentales de la democratización y opositores del autoritarismo en Ucrania, fueron contrastados con sus oponentes, que miraban nostálgicamente un pasado soviético paternalista (Kuzio, 2010, p. 290). Por lo tanto, los partidarios y opositores de las protestas anti-régimen se dividieron no por categorías étnicas y lingüísticas, sino por una memoria colectiva cultural relacionada con la identidad y las visiones del futuro del Estado ucraniano.

El ganador final de las elecciones de 2004, Víktor Yúshchenko intentó construir una nueva nación sobre las hazañas de héroes nacionales antisoviéticos, como Stepán Bandera, líder del movimiento nacionalista e independiente de Ucrania, y Román Shújevych, líder militar y general del Ejército Insurgente de Ucrania (UPA). Tanto Bandera como Shújevych recibieron el título póstumo de Héroes de Ucrania por parte del Presidente. Fue una decisión muy controvertida y suscitó protestas no solo entre la opinión pública internacional, sino también en Ucrania (Marples, 2015, p. 15). Bajo la presidencia de Yúshchenko se propagó universalmente una nueva narrativa nacional relacionada con la experiencia de la tragedia colectiva de la nación ucraniana (cf. Kiryukhin, 2015, pp. 64-65). Sus iniciativas más resonantes en el campo de la política de identidad y memoria incluyeron el establecimiento de un Museo de la Ocupación Soviética, la conmemoración del 75 aniversario del Holodómor y la institucionalización de la “política de la memoria del Estado mediante la creación del Instituto de Memoria Nacional y la asignación de funciones adicionales al Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), como controlar archivos, realizar investigaciones históricas y popularizar el nuevo enfoque oficial del pasado soviético” (Zhurzhenko, 2014, p. 254).

Una gran parte de los ucranianos recibió el intento de realizar un proyecto de identidad basado en gran medida en restaurar la “dignidad nacional” y reinterpretar el pasado como una amenaza a su identidad, valores y tradiciones. La sustitución de elementos de la narrativa de identidad ruso-soviética con elementos ucranianos encontró una fuerte oposición, especialmente entre los habitantes de las partes sur y este del país (cf. Kulyk, 2016, p. 593). Además, el “Campamento Naranja” resultó estar dividido y no cumplió sus promesas. El ganador de las elecciones presidenciales de 2010 fue Víktor Yanukóvich. Las nuevas autoridades ucranianas intentaron debilitar la orientación pro-occidental, promercado y prodemocrática y “reemplazarla con la identidad eslava rusa-soviética-oriental, profundamente antioccidental y antiliberal, que está bien establecida en Rusia y Bielorrusia ”, afirma Riabchuk (2012, p. 445). El nuevo gobierno lanzó una resovietización gradual del espacio simbólico ucraniano, prácticas conmemorativas y libros de texto (Riabchuk, 2015a, p. 147). En agosto de 2012, el presidente Víktor Yanukóvich firmó una ley de idiomas que permitía a los consejos locales elevar a estatus de oficial cualquier idioma minoritario hablado por al menos el 10% de la población y permitir su uso en el Gobierno, instituciones educativas y culturales de toda Ucrania. Aunque la nueva ley estaba en total conformidad con las normas de la Carta Europea para las Lenguas Regionales o Minoritarias, causó grandes protestas, principalmente en el oeste del país (cf. Pogrebinskiy, 2015, p. 95).

La oposición a la política lingüística del Gobierno impulsó la suerte electoral de los grupos nacionalistas radicales. Según Kiryujin, un discurso nacional centrado en la lucha contra el enemigo se convirtió en el tipo más común de nacionalismo ucraniano. Esta narrativa “enfatiza la lucha por los derechos políticos y sociales de los ucranianos étnicos contra el gobierno corrupto y los oligarcas, y, al mismo tiempo, la lucha por extender el espacio vital de los ucranianos étnicos que están ‘restringidos’ en su propio país” (Kiryukhin, 2015, p. 65). El culto a los héroes nacionales y la idea de etnocracia son elementos importantes de ese movimiento. Después de 2004, los partidos de extrema derecha ucranianos obtuvieron un mayor apoyo en Ucrania y, en las elecciones parlamentarias de 2012, el partido de extrema derecha Svoboda ganó el 10 por ciento de los votos. Según el Manifiesto oficial del partido en 2009, el objetivo del partido era construir “un poderoso Estado ucraniano basado en los principios de la justicia social y nacional” (Prohrama, 2009). El partido solicitó una purgación radical, destinada a eliminar a los empleados de las estructuras estatales que estaban activas desde antes de 1991. Esto fue acompañado por una solicitud de descomunización total del espacio público (monumentos, nombres de calles y lugares, etc.) y la demanda de una disculpa del Gobierno ruso por sus crímenes comunistas. El manifiesto político de ese partido fue extremadamente antiliberal, tanto en términos económicos como políticos, y esta fue la razón principal de su gran éxito, afirma Olszański (2012, p. 1; cf. Charnysh, 2013, p. 3).

La competencia de dos tipos de “radicalismos”, nacional y postsoviético, no condujo a la estabilización de la situación política en el país. Desde finales de 2013, estas profundas diferencias se vieron exacerbadas por los acontecimientos del Euromaidán. El levantamiento de Euromaidán reunió a miles de ucranianos de diferentes puntos de vista políticos en Kiev, no solo para protestar por la decisión del presidente Yanukóvich de posponer el Acuerdo de Asociación con la UE, sino también para denunciar la corrupción y la represión doméstica. Como no hubo una respuesta institucional o política inmediata a las esperanzas y demandas de la gente, las protestas comenzaron a crecer y extenderse por toda Ucrania. La decisión del Gobierno de utilizar la violencia contra los manifestantes marcó el comienzo de un ciclo dramático de movilización política y escalada (cf. Onuch, Sasse, 2016; Kuzio, 2015). En febrero de 2014, el presidente Yanukóvich fue expulsado de su cargo y, al mes siguiente, Rusia anexó Crimea. Esto fue seguido por la “Primavera rusa”: el lanzamiento de una rebelión separatista que se dirigió a los ocho oblasts rusófonos del este y el sur de Ucrania que tradicionalmente apoyaron relaciones más fuertes con Rusia que con Europa (Sakwa, 2016, p. 155; cf. Osipian, Osipian, 2012). Las manifestaciones prorrusas y antigubernamentales en los oblasts ucranianos de Donetsk y Lugansk aumentaron, y en mayo de 2014 los separatistas, apoyados por la Federación de Rusia, pudieron declarar la soberanía de la República Popular de Donetsk y República Popular de Lugansk (O’Loughlin, Toal, Kolosov, 2017, p. 125). El conflicto en Donbas rápidamente se convirtió en una guerra, cuando el presidente ucraniano en funciones, Oleksandr Turchýnov, prometió lanzar una “operación antiterrorista” (ATO) contra los movimientos separatistas (Wilson, 2016; Wood et al., 2015). Debe tenerse en cuenta que con casi 10,000 muertos, más de 20,000 heridos, más de 1.6 millones de personas desplazadas a nivel nacional e internacional y casi cuatro millones que necesitan asistencia humanitaria (Comisión Europea 2017), el conflicto ucraniano se ha convertido en el la mayor tragedia humanitaria de la que Europa ha sido testigo desde las guerras en los Balcanes en la década de 1990.

La cultura como munición

Para crear la imagen del enemigo, legitimar la violencia y movilizar a las personas para que peleen, los participantes en los eventos en Ucrania usan símbolos, discursos, imágenes y modelos militares enraizados en el pasado. Los separatistas ucranianos del este están tratando de movilizar a la gente para que luche bajo la bandera de una identidad narrativa común ruso-soviética y el miedo al nacionalismo ucraniano. Los símbolos utilizados por los participantes en el llamado anti-Maidán en Járkiv, Donetsk y Lugansk eran tanto banderas de la URSS como la bandera blanca-azul-roja de la Rusia actual, a veces con una águila bicéfala dorada. Después de la proclamación de las repúblicas populares “soberanas”, la bandera rusa desapareció y se desarrolló su propio simbolismo (aunque referido al universo cultural ruso). El sello distintivo de los separatistas también se fijó en la ropa: la cinta de San Jorge negra y naranja, un símbolo de las condecoraciones militares zaristas y soviéticas, y que se utiliza en el área postsoviética para exponer la relación con la identificación nacional ruso/soviética (Stryjek, 2014, págs. 40–41). El desarrollo del nacionalismo basado en las categorías eslavas orientales, rusas y soviéticas cuenta con el apoyo ideológico y organizativo de la estructura de Mundo Ruso (Russkiy Mir), una organización financiada por el Gobierno ruso destinada a promover la cultura, el idioma y los valores rusos que desafían la tradición cultural occidental (Kudors, 2010; Yablons’kyi, 2014). La política de identidad perseguida por las Repúblicas Populares “se basó en símbolos y narrativas neosoviéticos (como la Gran Guerra Patriótica), valores conservadores ortodoxos rusos y el espíritu comunista de personas trabajadoras que ‘alimentan al resto de Ucrania’, así como sobre la noción de que la lengua y cultura rusas necesitaban ‘protección contra los nacionalistas ucranianos’” (Zhurzhenko, 2014, p. 255).

Los viejos estereotipos soviéticos de los habitantes del este de Galitzia como traidores, luchando contra el Ejército Rojo al lado del Tercer Reich, se activaron nuevamente y, como consecuencia de la guerra en Donbas, se convirtieron en un elemento de “guerra de información” y actividades de propaganda. Según Tatiana Zhurzhenko (2014, p. 255), los “clichés y estereotipos populares sobre la “amenaza fascista” que plantea la “nacionalista “Galitzia” envenenaron el discurso público de la Revolución Naranja. Por lo tanto, los participantes en Euromaidán y más tarde, los partidarios del Gobierno post-Maidán son retratados como “nacionalistas”, “fascistas” e incluso “simpatizantes nazis” que discriminan a rusos étnicos y hablantes de ruso que tienen una fuerte historia, vínculos con Rusia, el idioma y las tradiciones rusas (Kuzio, 2015, p. 116). Las nuevas autoridades en Kíev se denominaron “junta fascista” y “banderivtsi” (Olszański, 2015, p. 3).

De hecho, durante las protestas en Maidán se utilizó con entusiasmo el simbolismo tomado de la tradición de la lucha por la independencia de Ucrania, desde los Fusileros de Sich hasta la Organización de Nacionalistas de Ucrania (OUN) y el Ejército Insurgente de Ucrania (UPA). El discurso nacionalista, usando un lenguaje claro y patrones de lucha heroica por la libertad, correspondía a las demandas sociales durante la revolución (Stryjek, 2014, p. 36). Aunque al comienzo de las protestas, el saludo formal de OUN / UPA Slava Ukrayini! Heroyam slava! (¡Gloria a Ucrania! Gloria a [sus] Héroes) fue tomada de manera ambigua, por muchos con reticencia, y gritada solo por los nacionalistas radicales, a medida que se desarrollaban los acontecimientos se generalizó (Olszański, 2015, pp. 5-6). El espacio simbólico de Ucrania, por supuesto, con la excepción de Crimea y Donbas, estaba dominado por la bandera estatal azul y amarilla (cf. Buyskykh, 2016). Durante las protestas (aunque más a menudo en Lviv que en Kiev) también se utilizó la bandera nacionalista roja y negra, el símbolo de la lucha de la OUN radicalmente nacionalista, luego adoptada por la UPA (Stryjek, 2014, pp. 36– 39). Sin embargo, según Tatiana Zhurzhenko (2014, p. 261; cf. Ishchenko, 2016), “la identificación masiva con los símbolos del nacionalismo radical ucraniano no significa necesariamente el apoyo a su doctrina ideológica; es más bien una expresión de una identidad defensiva frente a la agresiva propaganda rusa “.

De manera similar a los separatistas, los nacionalistas ucranianos, reclamando el derecho a la decisión arbitraria de quién es un “verdadero” ucraniano y quién no, usan estereotipos y clichés hacia los ucranianos del este y el sur del país. Donbáss es retratado como “soviético” y, por lo tanto, una región “extranjera” de Ucrania (Petro, 2015, p. 27; cf. Portnov, 2016). “Los residentes del sudeste y todos en general que no apoyan la narrativa convencional están etiquetados como “moskals”, “pequeñorrusos”, una “quinta columna””, afirma Pogrebinskiy (2015, p. 96). Viene acompañado de “histeria anti-rusa”. Las organizaciones rusófobas están legitimadas por el Gobierno y sus activistas son cooptados en las estructuras de poder (ibid., P. 97).

La guerra también promueve la formación de una nueva narrativa de la memoria histórica, donde el tema clave no es, como antes, el martirio (principalmente el recuerdo del Holodómor), sino la heroica lucha contra los invasores (especialmente contra Rusia, pero también Polonia y Hungría). Es importante destacar que la nueva visión de la Segunda Guerra Mundial enfatiza la participación de ucranianos de diferentes nacionalidades en la lucha conjunta contra el enemigo. Esta narrativa corresponde a las necesidades de un país que está en guerra e intenta integrar una sociedad étnicamente dividida en una sola nación política (Olszański, 2016, p. 5; cf. Kulyk, 2016; Zhurzhenko, 2014). Una expresión de la nueva política de la memoria son las Leyes de Descomunización, firmadas por el presidente Petró Poroshenko el 15 de mayo de 2015, que incluyen cuatro acciones: (1) La condena de los regímenes totalitarios comunistas y nacionalsocialistas (nazis) en Ucrania y una prohibición de la promoción de sus símbolos; (2) El acceso a los archivos de las agencias represivas del régimen totalitario comunista 1917-1991; (3) La perpetuación de la victoria sobre el nazismo en la Segunda Guerra Mundial 1939–1945; y (4) El estatus legal de la lucha de Ucrania por la independencia en el siglo XX y para honrar su memoria. Sin embargo, mientras no haya un acuerdo sobre el pasado y el futuro de la nación ucraniana, la consolidación patriótica en torno a héroes comunes de la lucha por la independencia de Ucrania no tendrá éxito.

Conclusiones

Este documento discute el contexto cultural del conflicto ucraniano, así como el papel del conflicto cultural entre dos proyectos de identidad ucraniana en la obstaculización del diálogo intraucraniano y la intensificación de la lucha política. Se ha demostrado cómo los estereotipos y símbolos arraigados en la historia se han utilizado para movilizar, primero, protestas masivas y, luego, la lucha armada. Los valores, las ideas y las categorías etnolingüísticas que dividen a los ucranianos comenzaron a utilizarse instrumentalmente por las partes en conflicto para conducir a la guerra, y se usaron como munición durante la lucha. Aunque las divisiones culturales de la sociedad ucraniana, arraigadas en la historia del país, no pueden explicar por sí mismas el estallido del conflicto en Donbas, su análisis puede contribuir a una mejor comprensión de los acontecimientos actuales.

Cabe señalar que, según encuestas sociológicas, antes del estallido de las protestas en noviembre de 2013, no había voluntad popular para ninguna división, ni en el oeste de Ucrania, ni en las regiones del centro y sudeste (cf. Riabchuk, 2015a; 2012; Charnysh, 2013, p. 10). A pesar de esto, Ucrania se dividió en dos partes. Aunque los criterios etnolingüísticos no forman el eje principal de división, demostraron ser una herramienta importante en la construcción de la narrativa correspondiente a los tiempos de guerra. El conflicto violento ha exacerbado significativamente estas contradicciones internas. La guerra no conduce a actitudes conciliadoras; por el contrario, favorece puntos de vista y estereotipos más estrictos.

Las perspectivas de terminar rápidamente el conflicto intraucraniano y la reintegración de las regiones del sudeste dentro del Estado ucraniano parecen distantes. Como señalan los investigadores, es necesario crear un concepto amplio de “nación ucraniana”, basado en una “identidad civil” en lugar de una “identidad étnica” (Petro, 2015, p. 32; Zhurzhenko, 2014). Aunque, sobre todo, la nación ucraniana se describe como una nación civil, según Kiryujin, “los planes de estudio escolares, el sistema de vacaciones estatales y los rituales sociales, y la autorrepresentación simbólica del Estado ucraniano han incluido siempre un componente étnico” (2015, p. 66; cf. Zhurzhenko, 2002). En tal estado, muchos ciudadanos podrían enfrentar problemas de autoidentificación y conflictos de identidad. “La integración nacional podría ser provista por logros económicos, orgullo por instituciones nacionales eficientes, ciudadanía democrática y Estado de derecho, factores que serán difíciles de lograr mientras las divisiones y confrontaciones de identidad permanezcan en su lugar”, afirma Riabchuk ( 2012, p. 446). No obstante, las divisiones permanecerán en su lugar mientras la política estatal trate de “presionar” a todos los ucranianos en un solo modelo de “identidad étnica”.

[1] El artículo fue escrito bajo el proyecto patrocinado por la Facultad de Filosofía, Universidad Jaguelónica, dentro de la subvención para apoyar el desarrollo de jóvenes miembros de la facultad (K / DSC / 004795).

 

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Capítulo 26. Cambios políticos y administrativos en Ucrania Dnipró

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del primer capítulo de la Sexta Parte del libro: El territorio ucraniano bajo el Imperio ruso.)

Con la desaparición de Polonia del mapa político europeo tras la tercera división de 1795, los ucranianos se encontraron bajo el dominio de dos Estados plurinacionales: el ruso y el austriaco (que con el tiempo sería el Imperio austrohúngaro). Esta situación política perduró hasta el siglo XX, concretamente hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial (1914). La inmensa mayoría de ucranianos étnicos, en torno al 85%, vivía en Ucrania Dnipró, dentro del Imperio ruso. Este capítulo y los cuatro siguientes están dedicados al desarrollo de Ucrania Dnipró hasta 1914. Los siguientes seis capítulos describen la situación de los territorios ucranianos del Imperio austrohúngaro.

División territorial

Las características de la vida administrativa y política en Ucrania Dnipró fueron determinadas por la emperatriz Catalina II en la década de 1780 al destruir los últimos restos de Hétmanshchyna y del Kanato de Crimea. Desde entonces, en toda Ucrania Dnipró el sistema administrativo se unificó con las demás partes del Imperio ruso. A pesar de ciertos cambios durante el siglo XIX, este sistema tenía cinco niveles: 1) pueblo y ciudad; 2) distrito o condado (uyezd/póvit); 3) provincia (gubernia); 4) región (krai) y 5) el imperio encabezado por el zar y el Gobierno central en San Petersburgo.

La reconstrucción administrativa comenzó en 1775 cuando Catalina II promulgó la “Ujvala para la gestión de la gubernia”, la ley principal de la reorganización del imperio. El objetivo de esta ley fue la creación de un modelo administrativo estandarizado para todo el imperio. Su unidad administrativa principal era el namísnytsvo. Cada namísnytsvo tenía que contar con aproximadamente 700.000 habitantes y su territorio dividirse en provincias de 70.000 habitantes. Al mando del namísnytsvo se encontraba un gobernador, que rendía cuentas directamente a San Petersburgo y que era designado por el zar. Este sistema administrativo fue también aplicado a los territorios ucranianos, aunque en 1797 los namísnytsvo fueron reemplazados por gubernias, que era entidades de menor tamaño.

La mayoría de ucranianos vivía en nueve provincias (gubernias). En los territorios de la antigua Hétmanshchyna se crearon las gubernias de Cherníhiv y Poltava. En la antigua Ucrania Slobidska se creó la gubernia homónima (aunque esta no incluía algunos de sus territorios del norte y noreste), que en 1835 fue renombrada a gubernia de Járkiv. Las tierras de la antigua Zaporozhzhia, que desde 1835 formaba parte de Nueva Rusia, se dividían entre las gubernias de Katerynoslav y Jersón (en esta última entraron también las tierras situadas entre el Dnipró y el Dniéster reconquistadas al Imperio otomano en 1774 y 1791). El antiguo Kanato de Crimea (tanto la propia península como las tierras costeras del mar Negro situadas entre la desembocadura del Dnipró y el mar de Azov) pasó a ser la gubernia de Tavria. Las tierras polacas conquistadas en 1793 y 1795 entraron en las gubernias de Kíev (junto con la propia Kíev y su región adjunta de la antigua Hétmanshchyna), Volinia y Podolia. Estas gubernias fueron a menudo llamadas el suroeste del Imperio ruso (krai suroeste), y nosotros vamos a llamarlas Margen Derecho.

Además de las nueve gubernias “ucranianas”, vivían también ucranianos en las gubernias vecinas del Imperio ruso. En esta zona de territorios mezclados entraban una parte de las tierras de los cosacos del Don y del mar Negro; en el suroeste algunos territorios de la gubernia de Besarabia (las tierras cercanas al mar y alrededor de Jótyn en el norte); y en el noroeste Berestéishchyna y Jólmshchyna, con un recorrido histórico bastante complicado. En 1795, Berestéishchyna y Jólmshchyna en el Banco Izquierdo del Buj Occidental fueron anexionadas por Austria, pero en 1809 Rusia las anexionó a su territorio. Entre 1815 y 1864 estos territorios formaron parte del reino autónomo subruso de Polonia. Después, Berestéishchyna y Jólmshchyna fueron repartidas entre las gubernias imperiales rusas de Grodsk, Sedletsk y Lublin.

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Estructura administrativa

Igual que las antiguas provincias imperiales (namísnytsva), las menores nuevas gubernias (la base del sistema administrativo durante el siglo XIX) eran lideradas por gobernadores asignados por el zar. Al gobernador le ayudaba un órgano administrativo y distintas oficinas (burós) y comités, responsables de las directrices de algunos ámbitos específicos: impuestos, bienestar social, agricultura, etcétera.

Por debajo del nivel de las gubernias se encontraban los condados o distritos (uyezd en ruso, póvit en ucraniano), cuyos altos cargos más importantes eran el comandante policial (isprávnik) y el mariscal de la aristocracia (predvoritel dvoriantsva). La administración del uyezd también tenía un órgano supremo (Juzgado del Zemtsvo – nizhnii zemskii sud) y distintos burós y comités.

En Ucrania Dnipró, igual que en todo el Imperio ruso, ostentando el poder de los órganos de gobierno ruso se encontraba la nobleza. Cada condado disponía de su propia asamblea o Junta Aristocrática, a la que pertenecían todos los nobles que hubieran cumplido 25 años y cuyos ingresos anuales alcanzaran al menos los 100 rublos. La asamblea aristocrática elegía al mariscal de la aristocracia y al isprávnik, que eran, como hemos mencionado anteriormente, los dos más altos cargos de la administración del condado.

La Junta Aristocrática también elegía a los cargos que encabezaban los distintos burós y a los delegados de la Junta Aristocrática de la gubernia. A nivel de gubernia la Junta Aristocrática funcionaba de la misma forma que la distrital, es decir, elegían a los directores de los distintos burós y proponían candidatos para encabezar a los nobles de la gubernia. Los niveles más bajos de la administración eran el pueblo y la ciudad. Las ciudades experimentaron un desarrollo peculiar. Aquellas que disfrutaban del Derecho de Magdeburgo no entrarían en la estructura de las gubernias hasta 1831 (Kíev hasta 1835), cuando dicha ley fue derogada. A partir de este año, las ciudades grandes y pequeñas, cada una con rada (duma) y órganos ejecutivos propios, obedecían a la administración distrital o a la administración provincial (gubernia). La única excepción era la ciudad portuaria de Odesa y sus pequeños territorios adyacentes, que estaban bajo el control del Gobierno central.

Durante las reformas de la década de 1860, en ciertas partes del imperio fueron introducidos las llamadas instituciones del zemstvo como intentos de democratizar las instituciones gubernamentales a nivel local y resolver problemas sociales constantes apoyando actividades e iniciativas locales. Hay que mencionar que los zemstvos, que actuaban a nivel de condado y gubernia, no sustituían a las instituciones existentes. Más bien eran responsables de un limitado conjunto de asuntos locales. Como los zemstvos eran órganos administrativos funcionando en paralelo a las juntas aristocráticas de condado y gubernias, en ocasiones se topaban con estas en temas de jurisdicción. Las funciones principales de los zemstvos eran la recaudación de impuestos a nivel de distrito y gubernia, la gestión financiera de su actividad propia y la elección de los cargos del zemstvo. El Gobierno central les cedió el derecho a juicio y también les responsabilizó de la educación, el mantenimiento de las carreteras, la prevención de incendios y la higiene.

Estructura administrativa de Ucrania Dnipró hasta la década de 1860

Zar

Consejos, comités, Senado

Ministros

Gobernación General de Kíev Gobernación General de Rusia Menor Gobernación General de Nueva Rusia y Besarabia Ciudades bajo el Derecho de Magdeburgo
Gubernias del Margen Derecho (1832-1914), Kíev, Volinia y Podolia Gubernias del Margen Izquierdo (1802-1856), Cherníhiv, Poltava y Járkiv Gubernias de Nueva Rusia (1797-1874), Katerynoslav, Jersón, Tavria y Besarabia (Hasta 1831) Kíev (hasta 1835)

 

Gubernia

Gobernador

Administración Órganos judiciales Diferentes burós Mariscal de la aristocracia Junta Aristocrática
    Tesorería, bienestar social, agricultura, estadística, tasas    

 

Condado/distrito (Uyezd, póvit)

Comandante policial (isprávnik) y mariscal de la aristocracia

Órgano supremo

(Juzgado Bajo del Zemstvo)

Órganos judiciales Diferentes burós Junta Aristocrática
Isprávnik, presidente, dos aristócratas y dos no airstócratas. Juzgado de la Aristocracia, Juzgado de la No Aristocracia. Tesorería, educación, tasas  

 

Pueblo

Consejo (Rada) Sabio (starosta) Policía

 

Ciudad

Duma Junta Ejecutiva (Uprava de la Ciudad) Policía

 

Estructura administrativa de Ucrania Dnipró tras la década de 1860

Zar

Consejos, comités, Senado

Ministros

 

Región (krai)

Gobernación General de Kíev Odesa
Gobernación General de Nueva Rusia Gobernador civil

 

Provincia (gubernia)

Gobernador

Gestión administrativa Órganos judiciales Diferentes burós Junta Aristocrática Junta del Zemtsvo
Gobernador, presidente, mariscal de la aristocracia, presidente del departamento (“uprava”) del zemtsvo, miembro del juzgado de gubernia, procurador y funcionarios.   Tesorería, bienestar social, agricultura, estadística, recaudación de impuestos. Mariscal de la aristocracia, miembros de la junta. Presidente del zemtsvo, uprava, portavoz.

 

Condado o distrito (uyezd, póvit)

Isprávnik, mariscal de la aristocracia, presidente del zemtsvo

Órgano Supremo (“Uyézdnoye prisutstviye”) Órganos judiciales Diferentes burós Junta Aristocrática Departamento del Zemtsvo Junta/Consejo del Zemtsvo
Mariscal de la aristocracia, isprávnik policial.   Tesorería, tasas. Mariscal de la aristocracia, presidente. Jefe, Departamento Escolar, Departamento de Salud Social, transporte, incendios. Terratenientes, burgueses ricos, comunas (“hromadas”[1]) del pueblo.

 

Ciudad (horod)

Duma Departamento (“Uprava”) de la Ciudad Alcalde Policía

 

Distrito rural (vólost)

Capitán del zemtsvo y capitán de la policía

Administración del vólost Consejo/Asamblea (“Volostnoi sjod”) Juzgados Oficina de impuestos
Starosta, presidente, starostas del pueblo, recaudadores de impuestos Starshyna, cuatro miembros.    

 

Comuna/Hromada del pueblo

Starosta Concejo/Asamblea (“sjod/hromada”) Recaudador de impuestos Policía

 

Teóricamente, el Consejo del Zemtsvo del condado tenía que estar formado por delegados de los tres grupos sociales: terratenientes, hromada del pueblo (campesinos viviendo en comunas) y ciertas categorías de habitantes de las ciudades. Pero en la práctica, los campesinos no mostraban mucho interés en unos zemstvos que casi completamente estaban bajo control de los nobles. Por ejemplo, en 1903, a nivel distrital (uyezd), en las gubernias ucranianas, el 83% de los delegados del zemtsvo eran nobles, el 9,3% campesinos y el 7,7% procedía de las áreas urbanas. Por eso, durante la mayor parte de su existencia los zemstvos representaban los intereses de la nobleza, lo que significaba hacer recaer la mayor parte posible los impuestos sobre los hombros del campesinado. Solo a partir de la década de 1890 algunos zemstvos prestaron atención al campesinado, fundando principalmente escuelas primarias, hospitales y estancias agrícolas.

Para solucionar los problemas locales campesinos desde 1861 se crearon órganos autogestionados llamados vólost (distritos rurales). El vólost se componía de hromadas de pueblos, que tenían sus propios concejos (en ruso: sjod) donde elgían al starosta y a los delegados del Concejo del Vólost (en ruso: volostnoi sjod). Cada vólost tenía también su propio órgano administrativo comandado por el capitán del zemtsvo y el capitán policial, asignados por el Gobierno central.

La unidad administrativa más alta que la gubernia era la gobernancia general. El puesto de gobernador general no se implantaba en todo el Imperio ruso, aunque a menudo se encontraba en las regiones fronterizas, entre ellos en las gubernias ucranianas, donde a partir de los años 1830 hubo hasta tres gobernadores generales: el de Kíev, cuyo poder abarcaba el Margen Derecho (gubernias de Kíev, Podolia y Volinia, 1832-1914), el de Rusia Menor en el Margen Izquierdo (Cherníhiv, Poltava y Járkiv, 1835-1856) y el de Nueva Rusia-Besarabia en el sur de Ucrania y Crimea (gubernia de Jersón, Katerynoslav y Tavria, 1797-1874). A los gobernadores generales se les encomendó supervisar la actividad de los gobernadores y determinar la política general regional.

Por último, en la cúspide de la estructura administrativa imperial estaba el zar y San Petersburgo. Ya en el siglo XIX el Imperio ruso era una monarquía absolutista hereditaria, y tras la aprobación en 1797 de la ley sobre la sucesión al trono, el título imperial correspondía únicamente a la familia Románov, concretamente al primogénito de cada zar. Así que, a diferencia de los siglos anteriores, en el siglo XIX la corona podía pasar sin conflicto de un zar a otro. En este período el imperio fue regido por cinco zares: Alejandro I (gobernó entre 1801-1825), Nicolás I (1825-1855), Alejandro II (1855-1881), Alejandro III (1881-1894) y Nicolás II (1894-1917). Hasta la desintegración del imperio en 1917, el zar, a diferencia de los gobernantes de la mayoría de los países europeos, tenía poder absoluto sobre sus súbditos. Incluso los acontecimientos revolucionarios y el experimento constitucional durante la primera década del siglo XX apenas limitaron el poder del zar.

A nivel imperial, Rusia era administrada por varios ministerios encabezados por sus respectivos ministros nombrados por el zar. El sistema ministerial introducido en 1802 y aprobado oficialmente en 1811 reemplazó al antiguo sistema de colegium (departamentos gubernamentales encabezados por un órgano de 12 miembros) introducido cien años atrás por Pedro I. A finales del siglo XIX existían diez ministerios y varios órganos administrativos. Desde el punto de vista de la estructura administrativa imperial el ministerio más importante era el de asuntos interiores, que ejercía un poder vertical canalizando el poder gubernamental desde los gobernadores hasta los isprávnik del condado, capitanes policiales del vólost y, finalmente, bajando hasta la policía de la hromada.

Además, la administración imperial se componía de distintos órganos: Comité de Ministros, Consejo de Ministros (creada en 1857), Consejo de Estado (creado en 1801), Senado y Cancillería del Zar. Algunos de estos órganos controlados por el zar se dedicaban a asuntos legislativos, judiciales y administrativos. En consecuencia, en este sistema las funciones a menudo se solapaban. Y solo en 1906 fue introducida una nueva estructura ejecutiva que tenía por objetivo resolver este problema de solapamiento de funciones. Desde entonces, las jurisdicciones del poder legislativo (Consejo de Estado y Duma Estatal), ejecutivo (Consejo de Ministros) y judicial (Senado) quedaron claramente diferenciadas. Todas estas ramas de la administración imperial rendían cuentas al zar.

En esencia, el sistema administrativo del Imperio ruso fue diseñado para que, a pesar de la existencia de algunas áreas con autonomía administrativa (juntas de la aristocracia provinciales y de zemstvos, asambleas de vólost y hromadas del pueblo), hubiera una cadena mando representada por ciertos altos cargos (especialmente en la policía) cuya última palabra descansaba en la incuestionable autoridad del zar. En esta estructura centralizada autocrática, Ucrania no disponía una vida administrativa real propia. Ucrania Dnipró era parte integral del Imperio ruso, cuya situación durante el siglo XIX fue relativamente estable.

Evolución del Imperio ruso (1814-1914)

Desde la finalización de las guerras napoleónicas y la derrota de Francia en 1814, el Imperio ruso se convirtió en el Estado más grande de Europa. Entre los antiguos enemigos de Rusia ya no se encontraba el Reino de las Dos Naciones; el Imperio otomano cada vez se debilitaba más y se convirtió en el proverbial “hombre enfermo de Europa”; Francia sufría el trauma de la derrota napoleónica. En el oeste, por lo menos en la primera mitad del siglo XIX, el Gobierno zarista tenía aliados personificados en el Imperio austríaco y Prusia, que junto con Rusia se consideraban miembros de la Santa Alianza “destinada” a proteger y mantener la estabilidad en Europa. Por tanto, en las décadas posteriores a 1815 el prestigio de Rusia en Europa estaba en su apogeo. Incluso cuando en 1848 en la mayoría de países europeos se extendió el movimiento revolucionario, el Imperio ruso evitó convulsiones políticas. Al zar, como la fuerza más estable y poderosa de aquel tiempo, incluso la Austria de los Habsburgo se le dirigió con una petición de ayuda en su lucha contra los húngaros. Así, en 1849 el ejército del zar Nicolás I sofocó la revolución húngara y evitó la desintegración del Imperio austríaco.

La primera mitad del siglo XIX también estuvo marcada por la extensión territorial del Imperio ruso. El número de nuevas adquisiciones territoriales crecía casi continuamente. En el oeste, se sumaron a sus posesiones Finlandia (1809), Besarabia (1812) y el Reino de Polonia (1815). En el oeste, en el sur del Estado se sumaron Transcaucasia (1801-1828), los territorios transcaspianos y de Asia central (1822-1895), los territorios de Amur y los costeros cercanos a la Manchuria china y territorios a lo largo de la costa pacífica en el Lejano Oriente (1858-1860). A finales del siglo XIX el Imperio ruso controlaba la sexta parte de la superficie de la Tierra.

Esto no significaba que en el imperio no hubiera problemas. Por ejemplo, en 1853, cuando San Petersburgo intentó ejercer más influencia sobre los territorios balcánicos controlados por los otomanos y tener acceso libre a los estrechos del Bósforo y el mar Negro cerca de Constantinopla, los grandes Estados de Europa occidental se vieron forzados a reaccionar. Preocupados por sus propios intereses comerciales en Oriente Próximo, el Imperio británico, Francia y el Reino de Cerdeña acudieron en defensa del Imperio otomano. Tras la invasión rusa en los Balcanes las fuerzas unidas británicas y francesas cruzaron el mar Negro, desembarcaron a lo largo de la costa oeste de Crimea, rodearon los puertos estratégicos de Inkermán y Balaclava y cercaron la flota del zar cerca de Sebastopol. La caída de Sebastopol en 1854 significó la derrota de Rusia en la que fue conocida como guerra de Crimea. Además de alterar la economía de la península y de provocar descontento en una parte de los tártaros de Crimea que apoyaron a los aliados occidentales del Imperio otomano, la guerra de Crimea señaló muchos puntos débiles del Gobierno zarista y agudizó la ardua necesidad de acometer reformas. La guerra también dejó una huella indeleble en la conciencia europea occidental, como muestra el poema “La carga de la brigada ligera” (1854) de Alfred Tennyson, que inmortalizó a la enfermera Florence Nightingale y un destacamento británico, héroes de la guerra de Crimea.

El Gobierno ruso tenía problemas no solo con los agresores extranjeros sino también con los levantamientos de los incansables polacos, que se rebelaron dos veces (1830-1831 y 1863). Luego, a principios del siglo XX, la poco diplomática expansión de Rusia en el Lejano Oriente fue detenida por los japoneses, que inesperadamente vencieron en la guerra rusojaponesa de 1904-1905. Tras esto, en las calles de San Petersburgo estalló una revolución que obligó en algunos momentos al zar a ceder a sus súbditos, al menos nominalmente, en algunos aspectos políticos. La revolución de 1905 fue solo el simbólico apogeo de varias décadas de crecimiento de la actividad revolucionaria de activistas políticos rusos y no rusos que deseaban subvertir el régimen zarista. Finalmente, el mayor problema de Rusia fue su atraso económico respecto al resto de Europa, solo parcialmente aliviado por la cancelación de la servidumbre en 1861 y el comienzo de la industrialización en las últimas décadas del siglo XIX.

Sin embargo, ninguno de los problemas internos o externos desestabilizó la estructura del Gobierno. Al revés, el sistema imperial, a pesar de su antigua forma social y del cada vez mayor descontento de las minorías nacionales (especialmente en la parte europea de Rusia), se mantenía e incluso se fortalecería hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914).

Teniendo en cuenta la situación de Ucrania Dnipró, no sorprende que la actividad política encaminada a la mejoría de la situación de los ucranianos como entidad nacional propia no existió durante un largo período de tiempo. En el mejor de los casos, en el territorio ucraniano aparecían grupos o movimientos no muy numerosos que deseaban cambiar el régimen existente. Incluso en la década de 1790, un szlachtych ucraniano, Vasylka Pnist, publicó unos tratados criticando la política centralizada rusa y visitó Berlín para negociar secretamente esperando lograr el apoyo de Prusia a un levantamiento cosaco contra el régimen zarista. Algo más tarde, durante la intervención de Napoleón en Rusia en 1812, cuando las tropas de su aliado austriaco permanecieron durante unos meses en el oeste de Volinia, algunos diplomáticos franceses esbozaron ideas difusas sobre una formación ucraniana estatal. La década de 1820 en Ucrania también estuvo marcada por la actividad política, a través del movimiento masón y de la actividad de una sociedad secreta de oficiales, que propiciaron en 1825 el fallido Levantamiento Decembrista en San Petersburgo. Durante dicho levantamiento el regimiento de Cherníhiv se dirigió hacia Kíev pero fue detenido rápidamente. En los años 1830, el Margen Derecho se convirtió en tierra fértil para el movimiento revolucionario polaco. Sin embargo, con la excepción quizá de Kapnist, ninguna de estas formaciones suponía la existencia de una comunidad cultural o política ucraniana independiente.

No es hasta la aparición de los primeros partidos políticos ucranianos a finales del siglo XIX y principios del XX, que es posible hablar de la vida política ucraniana en términos nacionales. Cuando surgieron los partidos políticos, algunos de ellos apoyaban el régimen actual, otros en cambio se alineaban con los revolucionarios socialistas rusos y otros consideraban Ucrania una unidad independiente con derecho a cierto nivel de autonomía cultural e, incluso, política. A pesar de que estos partidos lograron representación en las dos primeras dumas estatales (1906 y 1907), donde en cada una de ellas existió un bloque de diputados ucranianos, el incipiente movimiento político ucraniano no tuvo posibilidad de desarrollo en la estructura imperial autócrata y fuertemente centralizada, donde a partir de 1860 se sofocaba drásticamente cualquier expresión de separatismo nacional (ver capítulo 29).

Es por ello que la historia ucraniana en el Imperio ruso en el siglo XIX es, sobre todo, la historia de una región cuya estructura económica social estaba integrada, subordinada y dependiente del desarrollo del resto del Imperio. Pero a pesar de esta integración al parecer completa de Ucrania Dnipró en el Imperio ruso, la región tenía una larga tradición cultural e histórica propia, cuya memoria se conservó en las obras de un pequeño grupo de intelectuales. Este grupo, conocido como intelectualidad (intelligentsia) nacionalista tuvo éxito a la hora de crear un movimiento nacional que conquistó finalmente los corazones y las mentes de los ucranianos étnicos y les preparó para aceptar la idea de un Estado soberano cuando se dieran las circunstancias políticas; momento que finalmente tuvo lugar cuando cayó el Imperio ruso en 1917. Antes de reflejar el resurgimiento nacional ucraniano en el Imperio ruso y su consiguiente movimiento nacional, primero es necesario echar un vistazo al desarrollo económico de Ucrania Dnipró.

 

[1] Hromada (ucraniano: Громада) es un término ucraniano para designar una comunidad o público, más concretamente una asociación de personas unidas por mutuos intereses, posiciones u objetivos, ampliamente conocida en Ucrania. Se pueden encontrar términos similares en Polonia y Bielorrusia. En la historia de Ucrania y Bielorrusia, tales asociaciones aparecieron primero como comunas campesinas, que reunieron sus reuniones para discutir y resolver problemas actuales. En el siglo XIX había varias organizaciones políticas con el mismo nombre. Hromada significa no solo la asociación social de algunas personas, sino en un sentido más amplio una unidad simbólica de cualquier población territorial o de toda la sociedad nacional. En la actualidad, el término se aplica con mayor frecuencia en Ucrania, como una “comuna territorial” (ucraniano: Територіальна громада) que nombra a la población de cualquier región. Fuente: Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/Hromada

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Capítulo 25. El Margen Derecho y Ucrania Occidental

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del cuarto capítulo de la Quinta Parte del libro: El territorio ucraniano durante el siglo XVIII.)

Mientras Hétmanshchyna, Slobozhánshchyna y Zaporozhzhia en el siglo XVIII se integraron en el Imperio ruso gradualmente, el Margen Derecho, Biélskshchyna y Galitzia seguían formando parte de la Mancomunidad o Reino de las Dos Naciones. Polonia perdió el poder sobre el Margen Derecho a consecuencia de la revolución de Jmelnytskyi de 1648. Solo después de que la Mancomunidad y Moscovia decidieran dividir sus zonas de influencia por el río Dnipró (1667 y 1686), los polacos lograron recuperar la soberanía sobre la mayor parte del Margen Derecho. Sin embargo, la recuperación del poder no fue fácil.

Una parte significativa del Margen Derecho (voivodato de Brátslav y el sur del voivodato de Kíev) y Podolia, desde 1672 hasta 1699 pertenecieron al Imperio otomano (ver mapa 20 en el capítulo 19). Incluso después de que la Mancomunidad recuperara estos territorios, la renovación completa del poder polaco, al menos en Ucrania del Margen Derecho, tomó diez años por las siguientes razones: 1) el levantamiento cosaco dirigido por Semén Palí (1702-1704); 2) el control de la región por Mazepa (1704-1708) durante la Gran Guerra del Norte; 3) los ataques del emigrante y sucesor de Mazepa, Pylýp Orlyk y su rival, el zar de Moscú, Pedro I (1711-1714). Solo tras 1714, cuando llegó la paz entre Moscovia, la Mancomunidad y el Imperio otomano, el gobierno polaco tuvo la oportunidad de retomar el control sobre el Margen Derecho.

El retorno del gobierno polaco al Margen Derecho

Al volver al poder, el Gobierno polaco retomó el antiguo sistema administrativo de voivodatos. Entre ellos se encontraban los voivodatos de Kíev (ahora solo al oeste del Dnipró) y Brátslav, y también los voivodatos situados más al oeste: Podil, Volinia, Rus (Galitzia) y Bielsk, donde nada amenazaba seriamente el poder polaco.  Cada una de estas unidades territoriales estaba gobernada por un voivoda asignado por el rey de la Mancomunidad, aunque sus funciones habían disminuido respecto a 1648. El voivoda encabezaba la opolchenia[1] y el Pequeño Sejm del voivodato. Así que el poder  administrativo y político efectivo no estaba en manos del voivoda, sino de  los pequeños sejm, que estaban totalmente controlados por los magnates y su szlachta vasalla. Los pequeños sejm regulaban el sistema fiscal y el militar y elegían a los diputados del Sejm Central en Varsovia.

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Durante décadas, tras 1714, al Margen Derecho volvieron los antiguos magnates y aparecieron nuevos: los Lubomyrski, Seniavski, Zhebuski, Yablonovski, Sanhushki, Branytski, Pototski, Chartoryiski, Tyshkévych y otros. Todos ellos sin excepción estaban orgullosos de su propia iniciativa de poblar la zona, convencidos de estar llevando la civilización y la cultura a ”la salvaje estepa ucraniana”. Como consecuencia del golpe del siglo anterior, los reyes polacos se convirtieron de nuevo en los dueños de los grandes hacendados, entre ellos en Bratslávshchyna y en el sur del voivodato de Kíev.

La estructura socioeconómica polaca también se reprodujo según el modelo antiguo, renovando o ampliando los hacendados de corte latifundista. En las poblaciones densamente pobladas se introdujo un sistema de arrendamiento y, muy a menudo, los arrendadores de las fincas polacas y los molinos eran judíos. En la práctica, en el siglo XVII creció el número de judíos en el Margen Derecho. A pesar del saqueo en tiempos de Jmelnytskyi, en 100 años, en la década de 1760 allí vivían más de 250 mil judíos distribuidos en más de 80 comunidades. Además de su función como arrenadores en las fincas de los pany, los judíos eran un eslabón del sistema agrícola en los pueblos, y también un gran número de ellos vivían en pequeñas y grandes ciudades, donde se dedicaban al comercio y la artesanía.

En los territorios no habitados ni explorados, especialmente en el este de Bratslávshchyna y sur del voivodato de Kíev, los magnates polacos tomaron la iniciativa e invitaron a campesinos de los densamente poblados territorios ucranianos de Galitzia, voivodato de Bielsk, Volinia occidental e incluso de voivodatos aún más al oeste poblados de polacos. A estos campesinos les habían aumentado significativamente sus obligaciones hacia el pan, por lo que se asentaron con muchas ganas en la zona fronteriza sureste, donde, al menos al principio, se les otorgó un período libre. Esto significaba que a lo largo de cierto tiempo no pagarían impuestos y no trabajarían la tierra del señor.

Los cambios políticos acaecidos en el Reino de las Dos Naciones influyeron en el destino final de los campesinos. En el siglo XVIII el Gobierno central decayó casi completamente. Los reyes polacos Augusto II de Sajonia (1697-1706 y 1709-1733, que volvió al trono tras la derrota de Suecia a manos de Moscovia en 1709), Augusto III (1733-1763) y Stanislaw Poniatowski (1764-1795) disfrutaban solo de un poder nominal. Fueron elegidos principalmente porque: 1) representaban el compromiso más aceptable entre el senado y la cámara de embajadores del Sejm polaco, cuya rivalidad entre ellos se agudizaba cada vez más; 2) convenían a Rusia, que jugaba un papel cada vez más importante en la política polaca.

En la Mancomunidad durante el siglo XVIII el equilibrio tradicional de fuerzas entre el rey, los magnates (senado) y la szlachta (cámara de embajadores) se inclinó a favor de los social y económicamente poderosos magnates. En esta situación, los magnates más grandes controlaban el pueblo y así sus pequeños latifundios se asemejaban a pequeños reinos. Cada magnate obtenía un ejército. Y no es de extrañar que los pany polacos de Kyívshchyna, Podolia y el este de Volinia contribuyeran al resurgimiento de los cuerpos militares cosacos, que ahora tenían que servir a sus intereses. En esta época los magnates polacos construyeron centenares de casas señoriales en el Margen Derecho. Aquellas que pertenecían a los magnates tenían el aspecto de grandes palacios. Construidas normalmente en estilo clasicista, las que más impactaban por su tamaño y lujo (gracias a las colecciones de arte que albergaban) eran los palacios de Pototski en Tulczyn, Ksavériv en Voronovitsia (cerca de Vinnytsia), Ilinski en Romániv (Volinia), Sanhushky en Slavuta (cerca de Ostróh) y el de Radziwil en Olytsa (cerca de Lutsk). De los proyectos estéticamente más sentimentales y a la vez monumentales hay que nombrar el parque Zofiowka, construido y llamado así en honor a la segunda esposa del conde Stanislaw Pototski.

Bajo estas circunstancias el destino del campesinado ucraniano adoptó diversas formas. Los campesinos de los voivodatos occidentales (los de Rus y Bielsk, en Volinia occidental y Podolia) sufrían el mayor yugo de la servidumbre. Más al este , en los recién poblados voivodatos de Volinia oriental, Podolia oriental, Kyívshchyna y Bratslávshchyna, la sevidumbre no fue introducida aún. Allí, los siervos también trabajaban en las fincas de los pany, pero sus obligaciones eran menores y, en el caso de los asentamientos libres, apenas se notaban. Pero los periodos libres se acabarían tarde o temprano y entonces la indignación del campesinado crecía creando una base real para la sublevación.

A estas dificultades socioeconómicas se sumaba el problema cultural. El retorno del poder polaco al Margen Derecho vino acompañado de la vuelta de la Iglesia católica romana y de la uniata y de la decaída de la Iglesia ortodoxa. Esto sucedía en el contexto de un crecimiento de intolerancia religiosa en el Reino de las Dos Naciones durante finales del siglo XVII y todo el siglo XVIII y la difusión de la ideología secular del sarmatismo. Según esta idea, los szlachtych eran los sucesores de los sármatas; conformaban el estrato social dominante y el corazón de la nación polaca y también cumplían con el deber histórico de proteger el cirstianismo. Para los adeptos al sarmatismo, la única forma de cristianismo posible era la Iglesia católica romana. La ideología sarmatista destacaba especialmente por la intolerancia hacia las tendencias culturales, políticas y religiosas diferentes de las de la szlachta polaca, que creía en su superioridad no solo sobre el resto de clases sociales de la Mancomunidad sino también sobre otras nacionalidades. Este egocéntrico y xenófobo punto de vista de la szlachta polaca no podía ignorar a la población ucraniana ortodoxa de la zona fronteriza oriental.

Según la legislación polaca, el decreto de privilegios de 1632 que legalizaba la existencia de las iglesias ortodoxas y uniatas seguía vigente. Sin embargo, las circunstancias políticas llevarían a un destino muy diferente a estas dos Iglesias. Durante la insurrección de Jmelnytskyi y el gobierno de sus sucesores en el Estado cosaco (por lo menos en tiempos del hetman Petró Doroshenko hasta 1676) la Iglesia católica romana y la Iglesia católica griega (uniata) fueron prohibidas. La fe ortodoxa dominaba la vida religiosa del Estado cosaco y la Iglesia obtuvo terrenos tan grandes que se convirtió en una fuerza económica independiente. Sin embargo, a finales del siglo XVII la situación cambió radicalmente. La decadencia de la influencia de los cosacos, la disminución del número de habitantes ortodoxos a consecuencia de migraciones a gran escala al Margen Izquierdo controlado por Moscovia, la subordinación del metropolitano de Kíev al patriarcado de Moscú y la vuelta de los pany polacos, causaron la decadencia de la fe ortodoxa en el Margen Derecho. No ayudó ni siquiera el acuerdo polaco moscovita de 1686 de la Paz Eterna, por el que Moscovia conservaba el derecho a defender los intereses de los ucranianos ortodoxos del Margen Derecho. Según la legislación eclesiástica, la población ortodoxa del Margen Derecho y de los voivodatos vecinos estaba subordinada al obispado de Pereiáslav, situado en Hétmanshchyna, que pertenecía a la zona de influencia de Moscovia. Sin embargo, los obispos no podían detener la crisis de la fe ortodoxa fuera de Moscovia.

Incluso en el centro del renacimiento cultural ortodoxo de finales del XVI, es decir, en Galitzia y Volinia occidental, la Iglesia ortodoxa quedó prácticamente destruída. Una a una las diócesis ortodoxas se convirtieron en uniatas: la de Przemysl (1692), Lviv (1700), y Lutsk (1702), el monasterio de Pocháyiv en Volinia (1713), y el bastión cultural ortodoxo del renacimiento: la cofradía estauropégica de Lviv (1708). Después de que la diócesis de Lutsk aceptara el uniatismo, no quedó ninguna diócesis ortodoxa dentro de las fronteras del Reino de las Dos Naciones.

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Protesta social y levantamiento de los haidamakas

En el panorama de la decadencia socioeconómica del campesinado, que prácticamente supuso la destrucción cosaca, la liquidación de la Iglesia ortodoxa y el crecimiento de las iglesias católica y uniata, en amplios círculos de la población ucraniana se pensaba que, más al este del Dnipró, en el territorio ruso, la vida era mejor.

Por supuesto, comparada con el territorio ucraniano dominado por la Mancomunidad, la Rusia zarista mostraba un aspecto más atractivo. A mediados del siglo XVIII, Hétmanshchyna, Zaporozhzhia e incluso Ucrania Slobidska aún conservaban cierto grado de autonomía política. Además, en ninguno de estos territorios se introdujo completamente la servidumbre, y Zaporozhzhia, igual que antes, era el paraíso para aquellos que aspiraban a vivir en una sociedad libre de pany. Y, lo más importante, Rusia era un país ortodoxo donde el catolicismo y el uniatismo estaban prohibidos. Por tanto, el descontento social, económico y religioso junto con las efímeras esperanzas de salvación en Rusia fueron estímulos potentes para provocar pequeños y grandes disturbios en los territorios ucranianos de la Mancomunidad de Polonia-Lituania.

Los motines durante el siglo XVIII se manifestaron de diversas formas: desde pequeños ataques de bandoleros en las fincas de los pany hasta campañas militares a gran escala y levantamientos campesinos. Una protesta social de corte más clásico y mejor organizada fue característica en las tierras ucranianas del lejano oeste, entre ellas, a lo largo de toda la frontera de la Mancomunidad con Hungría, las colinas y valles de los Cárpatos en el sur de Galitzia y Transcarpatia. Allí, pequeños grupos de campesinos descontentos, pastores y, a veces, militares desmovilizados se unían en hordas y robaban a los pany repartiendo a menudo el motín entre los pobres. Estos Robin Hood de los Cárpatos eran llamados opryshky [opryshok en singular[2]]. Aunque ellos no se guiaban por motivaciones religiosas o políticas claras, se convirtieron en héroes en la literatura y el folclore local. El fenómeno opryshky surgió en el siglo XVI y, en algunas localidades, duró hasta el siglo XX. Este movimiento se puso de moda especialmente en las décadas de 1730 y 1740, coincidiendo con la actividad del líder opryshky Oleksa Dovbush.

Más popular fue el movimiento de haidamakas en el Margen Derecho (la palabra turca haidamaka en origen significaba ladrón o bandolero). Este movimiento se caracterizaba por levantamientos casi ininterrumpidos de campesinos ortodoxos y cosacos contra los pany polacos católicos y sus arrendadores judíos, y también contra el clero católico romano y uniata. Además de motines esporádicos en ciertas regiones o hacendados, los levantamientos principales acontecieron en 1734, 1750 y 1768.

El fenómeno de los haidamakas en la memoria histórica de los europeos del este se distorsionó incluso más que la época de Jmelnytskyi. Los historiadores polacos tradicionalmente repetían que el movimiento de los haidamakas fue “provocado” por Rusia para destruir Polonia (T. Morawski) o demostraba el carácter profundamente destructivo del pueblo ucraniano (F. Rawita-Gawronski). Los historiadores hebreos consideran el levantamiento de los haidamakas una “catástrofe” en el que a su pueblo “les mataban de forma salvaje” (S. Dubnov). Los historiadores ucranianos y rusos también criticaban los extremismos incontrolables de los haidamakas (A. Skalkovskii, D. Mordovets). Pero el punto de vista más extendido en Ucrania durante el siglo XIX fue el del influyente poeta ucraniano Tarás Shevchenko, en cuyo poema “Haidamakas” les describe como héroes que luchaban contra la opresión hacia la nación.

El movimiento de haidamakas fue una guerra constante de partisanos formado por pequeños grupos de campesinos, artesanos y sirvientes que atacaban los hacendados de grandes terratenientes en el Margen Derecho polaco. En caso de necesidad buscaban refugio al otro lado del Dnipró, en Hétmanshchyna y Zaporozhzhia. Sin embargo, el Gobierno ruso, en general les consideraba bandoleros. Cuando los haidamakas eran detenidos en territorio ruso eran arrestados y entregados al Gobierno polaco. El poder local polaco y los pany eran capaces de dar fin a estos ataques partisanos con la ayuda de sus ejércitos. Pero la situación se hizo demasiado peligrosa cuando a los campesinos y haidamakas se les unieron los cosacos como líderes. Este grupo se componía de cosacos de ejércitos de los magnates y cosacos radicales empobrecidos, y también de otras personas de estratos marginales (siroma) del Margen Derecho y de Zaporozhzhia. Esta agrupación tuvo lugar durante el primer (1734) y último (1768) de los tres principales levantamientos haidamakas.

El primer levantamiento estalló en 1734, cuando, tras la muerte del rey Augusto III, en 1733 Rusia envió al Margen Derecho (Reino de las Dos Naciones) un gran ejército. Aquel año, el Sejm polaco eligió como rey al exiliado Stanislaw Leszczynski, que anteriormente había sido designado por Suecia (1706-1709) y que tenía como plan recuperar el trono con la ayuda de Francia y de algunos magnates polacos. Descontenta por este desarrollo de acontecimientos, Rusia envió sus ejércitos contra Leszczynski y obligó al Sejm a elegir como rey a Augusto III, hijo de Augusto II. Sin embargo, la presencia militar rusa en el Margen Derecho alimentaba entre el campesinado ucraniano esperanzas ilusorias para liberarse del poder polaco. El levantamiento estalló entre los campesinos en el sur del voivodato de Kíev y se extendió rápidamente al sur Volinia y a Podolia, donde fue encabezado por el excenturión cosaco apodado Verlán, que antes prestaba servicio a un magnate polaco. Sin embargo, los rusos llegaron rápidamente en auxilio del nuevo rey polaco sofocando el levantamiento.

En 1750 estalló otro levantamiento campesino, cuando los haidamakas, reunidos en el territorio zaporogo (quizá con la aprobación y participación secreta de los cosacos) pasaron al Margen Derecho, donde se les unieron campesinos descontentos por la finalización de la época libre. Este levantamiento comenzó en las regiones del sur del voivodato de Kíev, se extendió a Breslavia y fue sofocado por los ejércitos polacos y rusos.

El último gran levantamiento de haidamakas tuvo lugar en 1768. Este levantamiento congregó el mayor despliegue militar de este tipo y, al parecer, era el único que tenía objetivos políticos y sociales claros. Estuvo condicionado por una mezcla específica, entre el campesinado, de descontento social, económico y religioso y por la esperanza de liberación de la mano de Rusia. Este último gran levantamiento que también comenzó en el sur de Kyívshchyna, es conocido como “Kolyívshchyna”, palabra que probablemente proviene de lanza o puñal (kil), armas con las que se equiparon los sublevados, llamados “kolii”.

En la década de 1760 finalizó el período libre de impuestos otorgado a los asentados en la zona sur del voivodato de Kíev, por ello los campesinos ejercían la servidumbre y otras obligaciones de mala gana. Paralelamente tenía lugar un florecimiento ortodoxo en el monasterio de la Trinidad “Motrónynsky”, cerca de Chyhyrýn. El monasterio estaba encabezado por el higúmeno Matvíi (cuyo nombre religioso era Meljisedek) Znachko-Yavorskii, que en 1761 se convirtió en ayudante del obispo de Pereiáslav. Este obispo, que vivía en la Hétmanshchyna controlada por Rusia, tenía jurisdicción sobre la población ortodoxa de la vecina Mancomunidad y apoyaba el activismo anti uniata de Znachko-Yavorskii, que también era apoyado por los cosacos zaporogos. Con el tiempo, Znachko-Yavorskii fue arrestado por los polacos, pero logró huir a Rusia, donde fue acogido por la emperatriz Catalina II y se dice que esta también le prometió protección a través de canales diplomáticos. Con este panorama, el higúmeno volvió a su monasterio, donde retomó el contacto con los zaporogos.

Mientras tanto, la szlachta polaca estaba cada vez más descontenta por las intervenciones rusas en asuntos polacos. Desde principios del siglo XVIII una parte sustancial de la szlachta polaca prefería candidatos pro suecos o pro franceses al trono de su país, pero sus esfuerzos eran constantemente estorbados por San Petersburgo, que defendía sus propios candidatos (Federico Augusto II de Sajonia y su hijo, Augusto III). Además, el nuevo rey de la Mancomunidad de Polonia-Lituania, Stanislaw Poniatowski, que accedió al trono en 1764, era considerado por muchos szlachtych una marioneta rusa. Al respecto, en 1768 algunos magnates polacos crearon la llamada Confederación de Bar, constituida por Podolia del este y Breslavia. Esto desembocó en un levantamiento de la szlachta con el objetivo de liberar el país de su gobernante pro ruso. En respuesta, el ejército zarista situado en el territorio de la Mancomunidad se dirigió al sur para sofocar el levantamiento.

Al mismo tiempo que la aparición de la Confederación de Bar, mucho más al este, el cosaco zaporogo Maksým Zalizniak, que vivió casi un año en el monasterio Motrónynsky con el higúmeno Znachko-Yavorskii, organizaba un grupo de sublevados zaporogos para oponerse a la confederación de la szlachta. Este grupo pensaba que el objetivo de la confederación era la aniquilación de todos los creyentes ortodoxos. A principios de la primavera de 1768, Zalizniak y su ejército se concentraron en la sede tradicional de los haidamakas, Jolodyi Yar, cerca del monasterio Motrónynsky. En poco tiempo tomaron algunas ciudades del sur del voivodato de Kíev (Cherkasy, Smila, Korsun y otras), mientras unos grupos de haidamakas dispersos realizaban incursiones en otras zonas del voivodato de Kíev y en Podolia, Breslavia y el sur de Volinia. Por el camino, a Zalizniak se le unieron muchos campesinos, y ellos, según la tradición haidamaka, mataban a todos los pany polacos y miembros del clero católico y uniata con los que se topaban. El mayor triunfo de los sublevados tuvo lugar a finales de junio, cuando en Uman el centurión cosaco local al servicio polaco Iván Honta, encomendado a defender la ciudad, se unió inesperadamente a los cosacos. Las fuerzas unidas de Zalizniak y Honta se desviaron a Uman, la tomaron y asesinaron a dos mil habitantes polacos, uniatas y judíos. Parecía que Zalizniak, que en aquel tiempo fue proclamado hetman zaporogo, intentaba expulsar del Margen Derecho a toda la szlachta polaca y a la Confederación de Bar. Tenía la esperanza de que bajo la protección del rey polaco podría regresar el imaginario siglo de oro anterior al sometimiento de servidumbre y fundar una entidad política cosaca sin pany y sin sus aliados ideológicos: católicos y uniatas.

El papel del Imperio ruso durante la Kolýivshchyna era doble. Por un lado, apoyó al clero ortodoxo del Margen Derecho, pero por otro lado, consideraba que el levantamiento de Zalizniak y Honta había llegado demasiado lejos. Ni los planes de los haidamakas de emancipación social y de autonomía cosaca, ni el debilitamiento de la Mancomunidad a consecuencia del levantamiento, ni los posibles conflictos en la frontera otomana (los turcos expresaron una rotunda negativa cuando los haidamakas tomaron su ciudad fronteriza Balta) hacían de la Kolýivshchyna algo atractivo para la Rusia zarista. Por tanto, Catalina II ordenó a su ejército, que estaba asentado en Podolia y que hacía poco que había controlado a la szlachta rebelde de la Confederación de Bar, asestar un golpe a los haidamakas. En esta campaña, durante la cual fallecieron de cinco mil a siete mil campesinos, también tomaron parte los polacos. Honta y Zalizniak fueron hechos prisioneros y, para demostrar su lealtad con el Reino de las Dos Naciones y el Imperio otomano, Rusia entregó a los polacos 900 sublevados y acto seguido organizó un juicio público cerca de la frontera otomana, donde 250 haidamakas (incluyendo a Zalizniak) fueron condenados a muerte (con el tiempo, esta condena se conmutó por trabajos forzosos en Siberia). Honta fue declarado traidor por sus acciones en Uman, fue transferido a Varsovia, donde le torturaron y expusieron su cuerpo a la vista pública. La sangre demarrada durante y después del levantamiento profundizó la enemistad entre polacos y ucranianos y, como consecuencia de la Kolýivshchyna, 1768 se convirtió en un símbolo (alimentado por posteriores visiones literarias e históricas distorsionadas) de odio polaco-ucraniano y, en menor medida, judío-ucraniano.

 

Uman como símbolo para ucranianos, polacos y judíos

Situada a medio camino entre Kíev y el mar Negro, Uman, desde los tiempos del levantamiento haidamaka de 1768 y de la toma de Honta, se convirtió en un símbolo importante de las mitologías históricas ucraniana, polaca y judía; pero el significado de esta simbología es aboslutamente distinto para cada una de ellas.

Los ucranianos recuerdan Uman por el poema “Haidamakas” (1841), la obra de mayor volumen del poeta ucraniano más popular, Tarás Shevchenko. En esta obra, basada en una libre interpretación de los acontecimientos del levantamiento haidamaka de 1768, pintaba el carácter a menudo salvaje y despiadado de los levantamientos campesinos contra el yugo social. Shevchenko no justifica el extremismo bandolero de Zalizniak y Honta, pero ve en el pasado, a pesar de todo lo negativo, una fuente de inspiración para los ucranianos en el futuro.

Montones sobre montones

de Kíev a Uman

cayeron cadáveres liahý[3].

 

Como una nube, los haidamakas

rodearon Uman

a medianoche; antes del amanecer

inundaron Uman;

inundaron, gritaron:

“¡Castiga otra vez al liáj!”

Rodó por el mercado

la caballería polaca;

Rodaron niños pequeños

y tullidos enfermos.

Alboroto y bullicio. En el mercado,

que pareciera un mar

de sangre, Honta permanecen en pie

con el bravo Maksým.

Gritan ambos: “¡Bien hecho, hijos!

¡Así les deis a los malditos!”

Y ahora traen los haidamakas

a un cura polaco jesuíta

y a dos chicos. “¡Honta! ¡Honta!

Estos son tus hijos.

Estamos derramando nuestra sangre, derrama la de ellos:

son católicos.

¿Por qué no haces nada? ¿por qué no acuchillas? “[…]

Levantó el cuchillo

¡y acabó con sus hijos!

Cayeron acuchillados.

“¡Papá! – balbuceaban-

¡Papá, papá… no somos liahy!

Nosotros…”, y callaron.

“¿Les enterramos quizás?”

“¡No hace falta!

Son católicos”.

 

Esto ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo era pequeño,

un huérfano envuelto en trapos que vagabundeaba

sin camisa, sin pan, por aquella Ucrania

donde Zalizniak y Honta paseaban con el bendito.

Esto ocurrió hace mucho tiempo, cuando por aquellos caminos

por los que pasaron los haidamakas, anduve con pies

pequeños y lloraba, y buscaba a gente

para que me enseñaran el bien. Y ahora viene a mi memoria,

recuerdo, y me apena que el mal se acabara.

¡Mal de mis años mozos! Ojalá volvieras,

Hubiese cambiado el destino que ahora enfrento.*

 

Las interpretaciones polacas y ucranianas de los acontecimientos de Uman fueron formadas por los escritores románticos y cronistas de principios del siglo XIX. Algunos consideraban Kolýivshchyna el peor ejemplo de la barbarie cosaca contra la civilización polaca. Otros veían en ella una lección para la sociedad polaca. Entre las obras más populares y contradictorias se encontraba el poema épico “El castillo de Kániv” (1828) de Severín Goszczynski, basado en relatos orales y memorias sobre lo que luego el autor llamó “masacre de Uman”. Goszczynski saca la conclusión de que aunque los polacos sufrieron en Uman, hay que utilizar esa experiencia para hacer las paces con los ucranianos y crear una plataforma común en búsqueda de la libertad del yugo zarista para ambas naciones. Este mensaje representó la base ideológica de la “Gromada de Uman”: grupo revolucionario polaco creado tras el fallido levantamiento polaco contra la Rusia zarista en 1831. Para este grupo, Uman llegó a ser el auténtico símbolo del renacimiento polaco:

“La memoria sobre los errores de nuestros padres, por los cuales nuestro país y nosotros mismos estamos gravemente castigados por el Cielo, nos hacen abrir las heridas más dolorosas. Nosotros, hijos de Uman y szlachtych, tenemos que asumir responsabilidad por estos horribles acontecimientos para purgar ante el Cielo, la patria y la humanidad la culpa de nuestros padres. Es adecuado apoderarnos del nombre de Uman para firmar la paz y establecer una futura unión con el pueblo ucraniano, pueblo de fe griega; para así poder tachar el mutuo sufrimiento de horribles recuerdos y para poder, bajo este nombre, lavar el odio mutuo y retirar los recuerdos sangrientos de las persecuciones al pueblo ucraniano y la más horrible reacción provocada por aquella […]

En las manos de los zares hay que buscar las manchas de la sangre reseca ennegrecida de inocentes. Pero no culpemos al pueblo. Son desgraciados, son víctimas de la ignorancia, instrumentos de intrigas, del dolor propio y ajeno. Porque no solo quien muere, sino también quien mata, es digno de lástima. Uman es una lección tanto para el pueblo ucraniano como para el pueblo polaco”.**

El famoso historiador judío del siglo XX Shimón Dubnov, que ha dedicado sus investigaciones al judaísmo de Europa del este, llama a los sucesos de Uman la “segunda catástrofe ucraniana”. Sin embargo, la actitud judía más exacta es resumida en esta canción idish del siglo XVIII:

Padre nuestro que está en el Cielo, ¡cómo puedes mirar

el sufrimiento de los judíos ucranianos por este desgraciado destino!

¿Dónde en el mundo se han visto esta persecución?

Honta ha matado incluso a niños pequeños y les ha quitado el dinero.

¡Que se presenten ante tus ojos los haidamakas más malvados, Señor,

y ayuda a todos los que nos protegieron!***

 

Uman también es el lugar de entierro del rabino Najmán de Brátslav, el bisnieto del fundador del yazidismo israelita, Baal Shem Tov. Najmán fue el fundador de la célebre dinastía yazidí de rabinos y creía que por ciertas razones muchos judíos fallecidos en Uman en 1768 no podían ir al Cielo. Por eso decidió pasar sus últimos años en Uman, en una casa que daba al cementerio judío, donde con el tiempo él mismo acabaría enterrado. A principios del siglo XIX Uman se convirtió en un lugar importante de peregrinación yazidí; el Gobierno soviético prohibió este peregrinaje, pero en 1989, en la época de Mijaíl Gorbachov, se recuperó.

 

*Tarás Shevchenko, Obras completas en 12 tomos, Tomo I (Kíev, 1990), páginas 104-109.

** Citado en George G. Grabowicz, The Hystory and Myth of the Cossack Ukraine in Polish and Russian Romantic Literature (tesis doctoral no publicada, Universidad de Harvard, 1975), página 127.

*** Citado en: Mendel Osherowitsch, Shtet un shtetlekh in Ukraine un in andere tayln fun Russland, Vol. II (nueva York, 1948), página 172.

Las divisiones de Polonia

En 1768 Rusia había salvado de nuevo al Reino de las Dos Naciones. La Mancomunidad, como país, se había convertido en una anomalía política. Su estructura política con un débil rey electo y un Gobierno esparcido entre los independientes y, a menudo, egoístamente pacíficos magnates causó una anarquía interna que hizo al país frágil ante las aspiraciones expansivas de los vecinos. La forma política de sus vecinos, es decir, de Prusia al oeste, Austria al sur y Rusia al este, era completamente diferente. A mediados del siglo XVIII estos países lograron crear estructuras políticas y militares centralizadas. Además, en aquel tiempo, estos Estados estaban liderados por gobernantes enérgicos: Federico II el Grande (gobernó entre 1740-1786) en Prusia, María Teresa (1740-1780) y José II (1780-1790) en Austria y Catalina II la Grande (1762-1796) en Rusia. Así, el Reino de las Dos Naciones se veía obligado a cambiar o a convertirse en víctima de sus superiores vecinos. Los polacos intentaron realizar reformas estructurales profundas, pero ya era tarde.

En 1722, para satisfacer sus ambiciones territoriales, Prusia y Rusia acordaron anexionarse parte del territorio polaco. Desde la Kolýivshchyna y la aparición de la Confederación de Bar en 1768, Rusia mantenía un ejército permanente en el Margen Derecho polaco. Al año siguiente, los rusos incluso dispusieron una guarnición en Lviv, capital del voivodato rus (de Galitzia). Este hecho no era nada sorprendente debido a que desde el prisma de San Petersburgo, estas tierras rusmenores formaban parte del legado histórico del Imperio ruso, que se autoproclamaba heredero de la Rus de Kíev.

Por su parte, Prusia no quería que la intervención política y militar de Rusia en los asuntos polacos se convirtiera en la base de su expansión territorial unidireccional. Para evitar esto, Prusia convenció a Austria de unirse al proceso de división de la Mancomunidad. Austria estaba preocupada por las victorias de Rusia en la guerra contra el Imperio otomano (desde 1768), gracias a las cuales la influencia zarista alcanzó las fronteras austríacas del sur en los Balcanes y también sus fronteras orientales con las tierras ucranianas bajo control de la Mancomunidad, es decir, Galitzia. Por eso, Austria se unió con fingida desgana al esquema internacional de división del Reino de las Dos Naciones.

El resultado fue la primera división de Polonia, según la cual Prusia obtuvo el territorio polaco del Báltico, Rusia una franja de tierra a lo largo de la frontera noroeste polaca, y Austria los voivodatos de Rus y de Bieltsk, poblados de ucranianos y polacos, en Galitzia. Por ironía del destino, Austria, a la que hubo que “convencer” para unirse al plan, fue de los tres participantes en la división el que se quedó con la mayor parte de la población (2.650.000 habitantes) y un territorio de 82.000 kilómetros cuadrados. La Austria de los Habsburgo justificó su posición por la renovación de las reivindicaciones medievales de Hungría sobre los principados de Galitzia y Volinia de la Rus de Kíev. Debido a que los Habsburgo eran al mismo tiempo reyes de Hungría, podían reclamar en su nombre sus derechos históricos sobre este nuevo territorio, bautizándolo como  “Reino de Galitzia y Lodomeria” (Königreich Galizien und Lodomerien) o simplemente Galitzia (Galizien). En dos años, en 1774, los Habsburgo arrebataron la montañosa región de Bukovina a la Moldavia controlada por los otomanos, que de esa forma fue unida a Galitzia. Como consecuencia de estos cambios territoriales el Imperio ruso retiró, aunque de mala gana, su ejército de Lviv, capital de Galitzia.

Así que la primera división de la Mancomunidad (1772) se hizo de forma diplomática, sin efectuar ningún disparo. Aunque dos décadas después, cuando Prusia, Rusia y Austria se preparaban para seguir repartiéndose los territorios polacos, no ocurriría lo mismo. Presintiendo una nueva amenaza, el Reino de las Dos Naciones intentó reestructurar su sistema político (Constitución de mayo de 1791) y en una rara expresión de unión nacional se rebeló contra los ejércitos pruso y ruso que irrumpieron en el país. Pero era demasiado tarde. Polonia fue dividida en 1793 y 1795. La última división borró completamente este país del mapa de Europa.

Durante la segunda división de la Mancomunidad (1793) Rusia se anexionó los voivodatos de Kíev, Brátslav, Podolia y el este del voivodato de Volinia, y durante la tercera división (1795) se anexionó el oeste del voivodato de Volinia y el este del de Cjelm. Estos territorios recién anexionados, como las demás partes del Imperio ruso, se dividieron en gubernias, cada una con su propio gobernador, que obedecía directamente a San Petersburgo. En lugar del antiguo voivodato polaco de Kíev (junto con Kíev, que pertenecía a Rusia dsde finales del siglo XVII) se creó la gubernia de Kíev; Volinia y el sur de Cjelm pasaron a ser la gubernia de Volinia y Podolia y Brátslav crearon la gubernia de Podolia.

Así que el control polaco de territorios ucranianos, que había comenzado en el siglo XIV (Galitzia y Bielsk) y se extendió bastante durante el siglo XVI (Volinia, Podolia, Kyívshchyna y Margen Izquierdo), comenzó a menguar gradualmente desde mediados del siglo XVII y, finalmente, en 1795, acabó. En las últimas décadas del siglo XVIII también llegó el final del control otomano y crimeo sobre el litoral del mar Negro y del mar de Azov (ver mapa 22). Todas las tierras ucranianas ahora se encontraban en uno de estos dos Estados, que eran poderosas potencias europeas: el Imperio ruso, a quien pertenecía la mayor parte del territorio ucraniano, y el Imperio austrohúngaro, donde entraban las tierras ucranianas occidentales: Galitzia (los antiguos voivodatos polacos de Rus y Bielsk), Bukovina y Transcarpatia.

[1]              Ejército de tropas irregulares formado en tiempos de guerra y compuesto por voluntarios (N del T).

[2]              Nota del Traductor/a

[3]              Liahý: forma ucraniana despectiva para designar a los polacos. (N. del T.)

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Tendencias de la radicalización nacionalista en la Ucrania post-Euromaidán

PONARS Eurasia Policy Memo No. 529 May 2018

Volodýmyr Ishchenko[1]

Instituto Politécnico de Kíev Ihor Sikorsky

(Artículo original en inglés, aquí)

Ucrania enfrenta hoy un círculo vicioso de radicalización nacionalista que involucra un refuerzo mutuo entre los grupos de extrema derecha y las pirámides oligárquicas dominantes. Esto ha contribuido significativamente a generar una política interna posterior al Euromaidan que no está unificando el país sino creando división y dañando las relaciones ucranianas con sus vecinos estratégicamente importantes. La falta de una política institucionalizada clara y el límite ideológico entre las fuerzas liberales y de extrema derecha otorgan legitimidad a la agenda nacionalista radical. Además, los grupos oligárquicos explotan el nacionalismo radical no porque compartan ideología sino porque éste amenaza menos sus intereses que los reformistas liberales. Los elementos disuasivos locales son insuficientes para contrarrestar la tendencia radicalista; la extrema derecha de Ucrania supera ampliamente a los partidos liberales y ONG en términos de movilización y fuerza organizativa. Se necesita presión occidental sobre figuras ucranianas influyentes y partidos políticos para ayudar a alejar a Ucrania de este devenir autodestructivo.

Actitudes masivas versus Política real

Hay dos narrativas principales sobre el nacionalismo en Ucrania post-Euromaidan: “junta fascista” y “nación cívica”. La primera fue promovida por el movimiento anti-Euromaidan, los separatistas prorrusos y el gobierno ruso. La parte “fascista” se dirige primero y principalmente a los nacionalistas radicales ucranianos de los partidos Svoboda y Sector Derecha, que se encontraban entre los agentes colectivos más activos en la revolución ucraniana de 2014. La parte “junta” apunta a la destitución inconstitucional del ex presidente Víktor Yanukovych del cargo.

Después de los primeros acuerdos de Minsk en septiembre de 2014, la narrativa de la “junta fascista” desapareció de los medios rusos (aunque no de fuentes proseparatistas), reflejando la estrategia oficial de Moscú de negociar, en lugar de eliminar, con el nuevo Gobierno en Kíev. De hecho, en ese momento, se exageraba la influencia de los grupos y partidos políticos de la derecha, que terminaron tomando posiciones relativamente marginales en el nuevo gobierno, con malos resultados en las elecciones a la presidencia y al parlamento, y abandonando el Gobierno por completo en octubre de 2014.

La opuesta narrativa liberal optimista postula que ha surgido una “nación cívica” como resultado del Euromaidan y la guerra en Donbás. Esta nueva identidad cívica es supuestamente inclusiva respecto a las regiones, culturas y grupos lingüísticos del país. La principal evidencia sistemática que apoyo esta afirmación son varias encuestas que indican el aumento del componente “cívico” sobre el “étnico” en respuesta a cuestiones sobre la identidad ucraniana.[2] Sin embargo, la verdadera naturaleza de la política ucraniana de hoy en día se ha dirigido en la dirección opuesta.

La pobre actuación electoral de los partidos de extrema derecha en 2014 demostró que no eran capaces de competir contra las maquinarias políticas establecidas financiadas por la oligarquía y apoyadas por los medios de comunicación. Sin embargo, esto ignora el crecimiento (sin precedentes en la Europa contemporánea) del poder extraparlamentario de la extrema derecha ucraniana, que en los últimos años ha podido:

  • Penetrar en los puestos más altos de los cuerpos de seguridad del Estado;
  • Formar unidades armadas semiautónomas, y políticamente leales, dentro de las instituciones oficiales de las fuerzas de seguridad del Estado;
  • Desarrollar posiciones fuertes y legitimidad dentro de la sociedad civil, a menudo jugando un papel central en las densas redes de veteranos de guerra, voluntarios y activistas locales.

El desempeño electoral no es una buena forma de medir la influencia de los nacionalistas radicales. Del mismo modo, nadie sostiene que los liberales eurooptimistas mantienen una posición marginal en Ucrania debido a sus pobres resultados electorales y a las bajas calificaciones de los partidos liberales Alianza Democrática o Poder Popular (Syla Lyudei). Estos dos partidos son posiblemente los únicos relevantes que toman en serio la ideología en lugar de explotarla de manera oportunista para recibir la aprobación y el apoyo de las élites occidentales y el electorado ucraniano. Una de las razones del pobre desempeño electoral de la extrema derecha es que los proyectos electorales oligárquicos “centristas” explotaron los problemas, la retórica y las consignas de los nacionalistas radicales, desplazando así la corriente principal política hacia la derecha.

Esto no es simplemente un efecto patriótico de conjura alrededor de la bandera en respuesta a la anexión rusa de Crimea y la guerra en el Donbás. Ucrania siempre ha sido étnicamente y lingüísticamente diversa, tiene un legado de conflictos históricos con vecinos del este y oeste, y abarca versiones plurales y fuertemente opuestas de la memoria histórica sobre la Unión Soviética y las relaciones con los rusos. Justo porque estos problemas fueron explotados por los medios rusos en su guerra informativa, la estrategia sabia de Kíev habría sido promover la unidad contra el Gobierno de Putin y no contra la cultura rusófona, las voces disidentes y los problemas relacionados con el legado soviético.

A pesar de la creciente actitud positiva en Ucrania hacia la Organización de nacionalistas ucranianos y el ejército insurgente ucraniano (OUN-UPA), gracias a su promoción tanto del Estado como de la extrema derecha, todavía no cuentan con el apoyo de la mayoría (lo que sí es cierto respecto a las políticas de descomunización). Además, la glorificación de la OUN-UPA, a la par que blanquea sus crímenes e ideología, pone en riesgo las relaciones de Ucrania con sus vecinos, como Polonia, donde altos cargos han amenazado con bloquear la integración europea de Ucrania, a pesar de que Varsovia comparte la orientación política externa de Ucrania anti-rusa. Existe apoyo mayoritario a la ucranización de las instituciones públicas y medios de comunicación, al menos de las controladas por el gobierno del país. Sin embargo, la aprobación de una nueva ley de educación que redujo el uso de idiomas minoritarios en las escuelas provocó una oposición muy fuerte por parte de Hungría.[3] En febrero pasado, el Tribunal Constitucional de Ucrania canceló a todos los efectos la notoria ley de 2012 que otorgaba estatus oficial al idioma ruso en ciertas regiones. El anterior (vetado tardíamente) intento de cancelar esta ley, justo después del derrumbe de Yanukovych, contribuyó a las movilizaciones masivas contra el Euromaidán en las regiones del sur y del este.

A pesar del hecho de que  el 30-40 por ciento de los ciudadanos en territorios controlados por el Gobierno por toda Ucrania y la mayoría de las personas de las regiones del sudeste (incluso en las controladas por el Gobierno ucraniano) no comparten la narrativa gubernamental sobre la “Revolución de la Dignidad” y la guerra impulsada por Rusia en Donbás, el enfoque dominante no ha sido buscar el diálogo y la reconciliación, sino la marginación y la represión de llas opiniones discordantes. Estas voces a menudo se han etiquetado como “quintacolumnistas” formada por conscientes e inconscientes agentes rusos. Kiev ha apoyado este enfoque a través de:

  • Censura en medios y propaganda;
  • Discurso de odio, incluso por parte de algunos cargos gubernamentales, parlamentarios y celebridades;
  • Represión legal y extralegal de opiniones, asambleas pacíficas y organizaciones;
  • Acoso, violencia física y enjuiciamiento legal de periodistas discordantes, expertos y medios de oposición;
  • Bloqueo de pagos y comercio con áreas que no están bajo control gubernamental.

La parte extralegal de la represión a menudo ha sido llevada a cabo por paramilitares de extrema derecha y grupos de vigilantes a veces colaborando con las fuerzas estatales. La represión política ha sido selectiva e inconsistente. Ha habido múltiples casos de enjuiciamientos por expresar online una opinión proseparatista o incluso comunista, mientras que algunos políticos y oligarcas percibidos por el público como supuestamente prorrusos no han sido claramente dañados. Este resultado surge de la combinación de: la diferente capacidad de las víctimas para defenderse, la atención selectiva de Occidente, las contradicciones dentro de las élites progubernamentales y la debilidad, corrupción, incompetencia e ineficiencia de los cuerpos de seguridad de Ucrania organismos de ejecución (que solo han sido parcialmente sustituidos por los vigilantes patrióticos).

En términos más generales, el enfoque estatal general de tratar con ciudadanos disidentes, medios de comunicación opuestos y organizaciones no ha sido inclusivo sino excluyente, principalmente sobre la base de una narrativa pro-Euromaidan sobre los eventos de 2014 y una interpretación nacionalista de la identidad y la historia de Ucrania. El gobierno ucraniano ha persistido en una política de exclusión que exacerba las divisiones internas de la sociedad ucraniana, a pesar de: la falta de apoyo a estas narrativas entre un gran segmento de la población (a veces incluso la mayoría de los ciudadanos), la indignación de algunos vecinos estratégicos de Ucrania, las críticas constantes de organizaciones internacionales de derechos humanos y los compromisos del acuerdo de Minsk. Esto perjudica la misión del Gobierno de recibir apoyo nacional e internacional y hace disminuir las posibilidades de Ucrania de resolver su conflicto con las fuerzas separatistas y Rusia.

¿Por qué ocurre esta radicalización?

Estas tendencias están ocurriendo debido a la interacción entre pirámides oligárquicas rivales y la competición en la sociedad civil ucraniana entre el sector liberal prooccidental y el de extrema derecha. Las dos últimas fuerzas fueron los dos principales pilares organizados del levantamiento de Euromaidan, además de los partidos oligárquicos entonces en la oposición. Sería ingenuo suponer que la política nacionalista perjudicial del Gobierno posterior al Euromaidan está siendo impulsada por cualquier ideología situada entre las élites. La mayoría de las élites no son más nacionalistas radicales comprometidos que liberales prooccidentales reformistas. En general, muchos investigadores coinciden en que el sistema político de Ucrania no ha cambiado profundamente desde la revolución, y muchos todavía lo describen como una especie de régimen híbrido respaldado por pirámides de mecenazgo en competencia lideradas por los principales oligarcas.

La agenda anticorrupción de los liberales amenaza las preferencias selectivas del Estado, que es la fuente de las principales ventajas competitivas de los oligarcas ucranianos. En respuesta al aumento de la decepción social, principalmente debido a la falta de las muy esperadas reformas, a las élites oligárquicas les resulta mucho más fácil ceder a la agenda nacionalista que al programa anticorrupción de los liberales, que pone en peligro directamente los inmediatos intereses de los oligarcas. Aunque a largo plazo la agenda nacionalista puede ser desestabilizadora para el régimen, a corto plazo otorga a las élites importantes beneficios políticos. Les ayuda a debilitar a la oposición; los partidarios liberales se confunden y se dividen cuando escuchan acusaciones desde arriba de que “la inestabilidad política ayuda a Rusia”, un truco que se utilizó, por ejemplo, contra las protestas dirigidas por Mijeíl Saakashvili. Las dinámicas de radicalización se fomentan porque la política ucraniana no está dominada por una única pirámide de patronazgo, como ocurre en Rusia o Bielorrusia, sino por varias pirámides competidoras. Si el presidente Petró Poroshenko tratara de ignorar la agenda nacionalista, el Frente Popular o Ihor Kolomoiskyi, por ejemplo, se aprovecharían esto y lo explotarían contra él.[4]

Por otro lado, los recursos, el potencial de movilización y la estructura organizativa de los grupos de la sociedad civil pro-Euromaidán explica por qué las pirámides oligárquicas dominantes eligen competir sobre la base de una agenda nacionalista en lugar de simplemente evitarla. El régimen político ucraniano era débil antes del Euromaidan y luego se debilitó aún más debido a restricciones internas y externas. En 2014, para luchar contra la revuelta separatista apoyada por Rusia, el Gobierno no podía confiar totalmente en el ejército (sistemáticamente infrafinanciado y no preparado para el combate) o en agentes de la ley desleales en el Donbás; tuvo que compartir el monopolio de la violencia con batallones de voluntarios relativamente autónomos.

Después de romper los lazos económicos y políticos con Rusia, Ucrania se volvió más dependiente del apoyo financiero y político occidental. Esta relación es utilizada por el ala liberal para impulsar la agenda anticorrupción. Sin embargo, el nacionalismo radical en la política ucraniana no ha estado entre las principales preocupaciones de las élites occidentales. Mientras tanto, los grupos de extrema derecha presionan al Gobierno directamente, confiando en su propio potencial de movilización y en sus unidades armadas políticamente leales. Estas unidades son menos importantes en la primera línea ahora que hace unos años, pero sin embargo, mantienen grupos de batalla experimentados y muy unidos formados por los combatientes  más comprometidos ideológicamente (que luchan no tanto por el Gobierno de Kíev sino por su visión de Ucrania). Estas comunidades mantienen estrechas conexiones con otras unidades y pares, y son capaces de aprovechar esto para recaudar fondos. También se conectan activamente con nacionalistas radicales jóvenes e iniciativas de vigilancia post-Euromaidan. Estas redes son influyentes, particularmente cuando los grupos cívicos son en realidad frentes de organizaciones de extrema derecha, y cuando se movilizan contra autoridades, disidentes y políticos que consideran “prorrusos”.

Además de depender de diferentes recursos, la extrema derecha y los sectores liberales se organizan de diferente forma, teniendo un impacto directo en su potencial de movilización política. La extrema derecha conforma partidos ideológicos, a saber, Svoboda, Sector Derecho Cuerpos Nacionales (el partido del regimiento de Azov). Mientras tanto, los liberales están organizados principalmente en ONG. Por supuesto, algunos activistas liberales y periodistas conocidos se han unido a partidos progubernamentales (en las elecciones de 2014) y han formado alianzas conjuntas con partidos de la oposición pro-Euromaidan (Batkívshchyna o Samopómich). Sin embargo, los partidos políticos liberales son muy débiles y las ONG liberales son predominantemente think tanks, grupos de medios de comunicación y organizaciones de defensa de causas, en lugar de movilizadores comunitarios. Las organizaciones liberales tienden a dirigirse a los tomadores de decisiones de élite, expertos y público en general, pero tienen poco potencial de movilización directa por sí mismos.

Por el contrario, los partidos de extrema derecha se han esforzado en construir redes nacionales de colectivos cohesionados movilizados de activistas ideológicamente comprometidos. Su potencial movilizador no se debe solo a la cantidad de seguidores, sino al nivel de actividad e intensidad que están sus seguidores dispuestos a mostrar para participar en acciones políticas: y es significativamente más alto que el de los liberales, las ONG o las maquinarias electorales de la oposición. La siguiente figura ilustra esto comparando el número de actos de protesta en 2016 con la participación contrastada de las principales fuerzas de extrema derecha, paramilitares, partidos parlamentarios y extraparlamentarios importantes y los grupos más conocidos de iniciativas cívicas posteriores al Euromaidán.

Fuente: Datos de protesta y coerción de Ucrania. Se basa en la codificación sistemática de todos los eventos de protesta recogidos por casi 200 medios de comunicación locales ucranianos. Eventos en Crimea y en las regiones de Donetsk y Luhansk están excluidas. La recolección de datos y los temas metodológicos se discuten en: Volodymyr Ishchenko, “Participación de extrema derecha en las protestas ucranianas de Maidán: un intento de estimación sistemática”, Política Europea y Society, vol. 17, N ° 4, 15 de marzo de 2016. En la figura anterior, las organizaciones afiliadas se agregan a sus respectivos partidos. Las categorías AutoMaidan, Autodefensa y SOS no representan agentes colectivos unificados, ni siquiera coaliciones o redes estables; estas son simplemente marcas paraguas para ONG locales e iniciativas involucradas generalmente en las mismas actividades en diferentes ciudades.

Además, es más fácil para la extrema derecha que para los partidos liberales promover una narrativa sobre la nación. Los partidos de extrema derecha apelan a la tradición histórica del nacionalismo radical ucraniano y está claro lo que uno puede esperar si llegan al poder: más glorificación del nacionalismo ucraniano, más anticomunismo, marginación de la presencia pública del idioma ruso, confrontación intransigente con Rusia, resistencia a cualquier reconciliación con la “quinta columna” y discriminación institucionalizada contra la población “prorrusa”. Sin embargo, no hay un partido ideológico liberal fuerte que inventaría o desarrollaría e institucionalizaría una tradición del liberalismo ucraniano. Por lo tanto, está mucho menos claro qué propone específicamente el nacionalismo liberal cívico con respecto a las cuestiones cruciales de la identidad ucraniana.

Históricamente, la sociedad civil pro-ucraniana que surgió a fines de la década de 1980 como un movimiento democrático nacional apoyó el entrelazamiento de la liberación nacional y las demandas de democratización. Desde ese momento, la coalición nacionalista-liberal realmente no se ha dividido tanto sino que ha permanecido bastante latente, resurgiendo en cada momento crucial: durante la revolución naranja en 2004, el Euromaidán en 2013-14 y, recientemente, en las protestas anticorrupción contra el presidente Poroshenko. La falta de un límite político e ideológico institucionalizado entre el ala liberal de la sociedad civil y la extrema derecha ayuda a legitimar la agenda nacionalista radical y sus acciones.

Entre las consecuencias más peligrosas se encuentra la falta de condena pública de la represión gubernamental y la violencia extralegal de la extrema derecha contra los disidentes (a menudo simplemente calificados como “prorrusos”). Por ejemplo, el C14, un grupo neonazi que era cercano a Svoboda pero ahora es autónomo, es conocido por los ataques violentos y el acoso a periodistas, blogueros y activistas disidentes, acciones que justifican como una guerra híbrida contra enemigos internos. A pesar de sus acciones violentas, el C14 generalmente recibe una cobertura empática o solo críticas suaves de medios respetables como BBC-Ukraine, Radio Liberty y Hromadske Radio. Su reciente ataque violento contra un campamento de romaníes en Kíev provocó una crítica más amplia aunque aún débil.

Conclusión

Ni Moldavia ni Georgia, que tuvieron conflictos internos y externos muy similares, experimentaron dinámicas radicalizadoras en la misma medida que Ucrania. Esto implica que la radicalización tiene sus raíces principalmente en la estructura del régimen político y de la sociedad civil de Ucrania. Para las élites posteriores al Euromaidán, la radicalización nacionalista es una herramienta utilizada para consolidar el poder, restringir la extrema derecha y dividir a los liberales. Al mismo tiempo, proporciona una cobertura legítima para la extrema derecha para elevar el listón de sus demandas nacionalistas, que apoyan con recursos paramilitares y potencial de movilización (eficazmente dada la ausencia de una fuerte oposición liberal). A corto plazo, la radicalización nacionalista solo se acelerará por la competencia entre partidos antes de las elecciones presidenciales y parlamentarias, en 2019. A largo plazo, será perjudicial para la confianza entre ciudadanos y entre Ucrania y sus países vecinos, así como para la democracia y capacidad estatal de Ucrania.

[1] Volodýmyr Ishchenko es profesor del Departamento de Sociología del Instituto Politécnico de Kíev.

[2] Ver: Grigore Pop-Eleches and Graeme Robertson, “Revolutions in Ukraine: Shaping Civic Rather Than Ethnic Identities,” PONARS Eurasia Policy Memo No. 510, February 2018.

[3] Ver: Volodymyr Kulyk, “Ukraine’s 2017 Education Law Incites International Controversy Over Language Stipulation”, PONARS Eurasia Policy Memo No. 525, 2018.

[4] Para conocer más sobre las conexiones de la extrema derecha post Euromaidán, ver: Denýs Horbach y Oles Petik, “The rise of Azov”, OpenDemocracy, 15 de febrero de 2016.

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Capítulo 24. Desarrollo religioso y cultural

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del tercer capítulo de la Quinta Parte del libro: El territorio ucraniano durante el siglo XVIII.)

La vida política y socioeconómica de la Ucrania cosaca en el siglo XVIII se caracteriza por la profundización de la integración en el Imperio ruso y el aislamiento del resto de Europa. Pero en el ámbito de la cultura Ucrania seguía siendo un terreno fértil propio en el que germinaban ideas educativas, artísticas, arquitectónicas y literarias procedentes de Europa occidental y, especialmente, central. Con el tiempo, estas influencias intelectuales penetraron más al norte, hasta Moscovia. Esta tendencia por la que Ucrania ejercía de intermediaria de la difusión de la cultura occidental (a menudo bajo el prisma polaco) en Rusia comenzó en el siglo XVII y se fortaleció y perduró hasta finales del siglo XVIII.

El desarrollo cultural en Ucrania durante el siglo XVIII, al igual que antes, giraba principalmente sobre la esfera religiosa. La Iglesia uniata orientada hacia el oeste, encabezada por el metropolitano nominal de Kíev existía principalmente en los territorios polaco-lituanos. En cambio, la Iglesia ortodoxa dominaba los territorios ucranianos controlados por Moscú. Sin embargo, la Iglesia ortodoxa en Ucrania, igual que otros aspectos de la vida, cada vez se integraba más en el Imperio ruso.

La integración de la Iglesia ortodoxa

El proceso de integración comenzó en 1686 cuando la metrópoli ortodoxa de Kíev pasó de la jurisdicción del patriarca ecuménico de Constantinopla al patriarca de la Iglesia ortodoxa en Moscú. Al principio, la Iglesia ortodoxa en Ucrania conservaba la mayoría de sus privilegios tradicionales, y bajo el mando del hetman Mazepa (1687-1708) incluso aumentaron sus riquezas y prestigio. Es sin embargo tras la derrota de Mazepa y la decadencia de la autonomía política de la Ucrania cosaca cuando el estatus independiente de la Iglesia ortodoxa pierde prestigio.

Durante el mandato de Pedro I, la Iglesia ortodoxa rusa sufrió una profunda transformación estructural, y eso se tenía que reflejar en Ucrania. En 1721 el zar canceló el puesto de patriarca de Moscú y lo sustituyó por un consejo de obispos, el Santísimo Sínodo, que desde entonces sería el órgano supremo de la Iglesia ortodoxa rusa. Al mismo tiempo el zar promulgó una nueva constitución eclesiástica, donde la autogestión de la metrópoli de Kíev (cuyo estatus fue elevado al de diócesis bajo control directo del Santísimo Sínodo) no se mencionaba en absoluto. En la práctica, la metrópoli de Kíev dejó de existir. Los restos de ella en los territorios ucranianos permanecieron en la archidiócesis de Kíev, de la que a su vez se separó la diócesis de Pereiáslav (1701), y en la diócesis de Cherníhiv, de la que se separó su parte oriental (Slobozhánshchyna), que fue unida a la diócesis de Biélhorod. Estas tres diócesis (las de Kíev, Pereiáslav y Cherníhiv) permanecían bajo la jurisdicción del Santísimo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa.

Teniendo en cuenta el significado simbólico que para el Imperio ruso tenía la conexión con la Rus de Kíev, no causa asombro que en 1743 el título “Metropolitano de Kíev, Galitzia y Rusia Menor” fuese recuperado. Unas décadas después, el nombre “Rusia Menor” desapareció de los nombres oficiales de las metrópolis; sin embargo, el nombre “Galitzia” se quedó como recuerdo de las aspiraciones del Imperio ruso sobre las tierras ucranianas occidentales, que en aquel tiempo formaban parte de Polonia. A pesar del pomposo título, los obispos de Kíev tenían bajo su jurisdicción solamente la diócesis de Kíev de la Iglesia ortodoxa rusa.

Tras la liquidación de Hétmanshchyna en las décadas de 1770 y 1780 continuaba la integración de la Iglesia ortodoxa. El Santísimo Sínodo obtuvo el derecho de asignar a los archimandritas de los monasterios, derecho que antes pertenecía al metropolitano de Kíev. Toda la propiedad de los monasterios se secularizó; 42 de los 61 monasterios existentes cerraron. En el sistema administrativo también hubo cambios: las fronteras de las diócesis se replantearon de nuevo en función de las fronteras de las gubernias rusas: hasta finales del siglo XVIII en Hétmanshchyna se habían creado las diócesis de Cherníhiv y Poltava, y en Slobozhánshchyna la de Járkiv. Durante todo el siglo XIX duró, en las tierras ucranianas, el proceso de establecer las fronteras correspondientes de las diócesis y gubernias.

Los asuntos de los uniatas en el Imperio ruso eran incluso peores, especialmente en tiempos de la emperatriz Catalina II. En la década de 1770, en Kyívshchyna (Margen Izquierdo) más de 1200 iglesias uniatas pasaron a los ortodoxos y, entre 1793 y 1795, cuando el Imperio ruso tras la segunda y tercera división de Polonia anexionó Kyívshchyna del Margen Derecho, Volinia y Podolia, unas 2300 iglesias uniatas y más de 100 curas fueron forzosamente sometidos a la fe ortodoxa. Al final, en 1796, la metrópoli uniata de Kíev, cuyas diócesis seguían existiendo en el antiguo territorio polaco lituano, fue formalmente liquidada.

Los uniatas casi no podían oponerse a la política gubernamental que tenía como objetivo destruir su Iglesia. En cambio, la fe ortodoxa en tierras ucranianas aprovechó el reconocimiento y apoyo del poder ruso, pero solo hasta el punto de su encaje en los límites de la Iglesia ortodoxa rusa. Algunos jerarcas ucranianos se opusieron al cambio de estatus de la Iglesia ortodoxa en Ucrania y otros daban la bienvenida a estos cambios. Aquellos que se oponían eran encarcelados por el Gobierno ruso (entre ellos, el metropolitano Ioasaf Krokowski en 1718 y el arzobispo Varlaam Vonatovych en 1730) o expulsados de Ucrania (como al metropolitano Tymofii Shcherbatsky en 1757). Los demás no solo aprobaban los cambios sino que también los aplicaban y, a menudo, eran los cargos más altos del Santísimo Sínodo ortodoxo ruso: su primer presidente, Stefan Yavorski (en aquel tiempo metropolitano de Riazán) y los primeros dos vicepresidentes, Feodosii Ianovsky (arzobispo de Nóvgorod) y Feofán Prokopovych (arzobispo de Pskov) eran ucranianos que habían desempeñado un rol destacado en la vida cultural y religiosa de la metrópoli de Kíev. Finalmente, el Gobierno zarista y los jerarcas de la Iglesia ortodoxa rusa crearon para el alto clero ucraniano bastantes estímulos para la aplicación activa de la política que a finales del siglo XVIII convirtió completamente a la Iglesia ortodoxa en Ucrania en una parte inseparable de la Iglesia ortodoxa rusa.

Educación

Igual que en los siglos anteriores, la Iglesia seguía desempeñando un rol importante en el sistema educativo ucraniano. La gran mayoría de escuelas elementales se erigían al lado de las Iglesias de los pueblos, y allí impartían clase los diáconos de las parroquias locales. En el siglo XVIII el nivel educativo en los territorios ucranianos del Imperio ruso era relativamente alto y los viajeros extranjeros destacaban a menudo el nivel de alfabetización entre la población. Además, en las tierras ucranianas había más escuelas elementales por habitante que en las vecinas Moscovia y República de las Dos Naciones. En la década de 1740, 866 de los 1099 pueblos de los Regimientos de Hétmanshchyna había escuelas elementales. Los datos más antiguos son de 1732 y dan testimonio de 129 escuelas en la menos poblada Slobozhánshchyna.

Entre los centros educación media y superior, seguía siendo el más importante el Colegium de Kíev, fundado por el metropolitano Petró Mohyla en la década de 1630 y transformado en academia en 1701. En el siglo XVIII, la Academia de Kíev tenía un programa de doce años de teología y filosofía. El latín seguía siendo el idioma principal de estudios, el segundo lugar lo ocupaban el eslavo antiguo y el griego. Pero después de la completa integración en el imperio zarista, desde 1765 se impartían todas las asignaturas en ruso. En la segunda mitad del siglo XVIII, además de los cursos teológicos que preparaban a los jóvenes para el sacerdocio, en la academia impartían ciencias aplicadas, alemán , francés, música y pintura. Pero a pesar del gran número de asignaturas laicas, prestaban cada vez más atención a la formación espiritual. Así que, si hasta la década de 1780, el 75% de los 1150 alumnos elegían cada año actividades laicas, tres décadas después, el 95% de los 1100 estudiantes elegían el sacerdocio.

La importancia de la Academia de Kíev traspasaba el ámbito de Ucrania. Era el centro más antiguo e influyente de educación superior de todo el Imperio ruso. La mayoría de los principales jerarcas ucranianos y rusos y de los intelectuales de aquel tiempo (V. Yasinskyi, S. Yavorskyi, F. Prokovych, H. Konyskyi, D. Tuptalo), muchas figuras políticas importantes (el hetman Mazepa, el hetman Orlyk, o el canciller de Catalina II, Oleksandr Bezborodko) y el filósofo laico Hryhoryi Skoborodá estudiaron o enseñaron en la Academia de Kíev. Principalmente gracias a los graduados de este centro que se dirigían hacia el norte, la segunda mitad del siglo XVII y primera del XVIII es conocida como la “era ucraniana” en la historia intelectual de Rusia.

Además de la Academia de Kíev, existían escuelas superiores y seminarios teológicos en Cherníhiv (fundada en 1689 y seminario desde 1776), Pereiáslav (1738), Poltava (fundada en 1779 y posteriormente trasladada a Katerinoslav) y Nóvhorod-Síverskyi (1785). Importancia especial tenía el colegium de Járkiv, que comenzó a funcionar en 1726 como seminario de la diócesis de Biélhorod. En 1734 se transformó en colegium, incluyendo en su programa las ciencias naturales y las matemáticas para preparar a especialistas en profesiones laicas. El colegium de Járkiv era el segundo en cuanto a calidad de educación, solo por detrás de la Academia de Kíev-Mohyla.

Debido a que en la misa ortodoxa se prohibió tocar instrumentos musicales, la voz humana gozaba de una importancia especial en el ritual religioso. Para satisfacer la necesidad de voces de la Iglesia, la Academia de Kíev-Mohyla y los seminarios incluían en sus programas un curso intensivo de canto en coro, y un colegio especial para preparar cantantes para la corte imperial fue fundado en 1738 en Hlújiv, capital de Hétmanshchyna. Teniendo esto en cuenta, no sorprende que los tres compositores más grandes del Imperio en el siglo XVIII procedían de Ucrania: Dmytró Bortnianskyi, Maksym Bereszovskyi y Artemii Védel (los dos últimos estudiaron en la Academia de Kíev-Mohyla antes de ir a San Petersburgo).

En el contexto de expansión territorial del Imperio ruso más allá de las fronteras de Hétmanshchyna hacia el sur de Ucrania y la recién creada gubernia de Nueva Rusia en la segunda mitad delsiglo XVIII, el Gobierno ruso fundó escuelas profesionales en las nuevas ciudades: en Elisabethrad (academia médica-quirúrgica) y Katerinoslav (escuela de música). Así que en el siglo XVIII, los territorios ucranianos del Imperio ruso disfrutaban de un sistema educativo, tanto a nivel inicial como superior, bastante desarrollado.

Arquitectura y pintura

El siglo XVIII es famoso por el florecimiento de la arquitectura y pintura ucranianas. Las casi ininterrumpidas rebeliones, guerras civiles e invasiones extranjeras de la épocas de Jmelnytskyi, de Ruina y últimos años del Gobierno de Mazepa finalmente acabaron. Esto significaba que en la mayoría de tierras ucranianas (en Galitzia y el Margen Derecho bajo control de la Mancomunidad, en Transcarpatia bajo dominio austríaco y en las rusas Hétmanshchyna y Slobozhánshchyna) comenzó un período de paz y estabilidad. No causa sorpresa que esta época fuera posteriormente conocida como el siglo de oro del arte ucraniano.

La reconstrucción de antiguos edificios y la construcción de nuevos en estilo barroco ucraniano o cosaco, que caracterizaron la primera mitad del dominio de Mazepa, continuaron en la época de estabilidad tras la caída del hetman. Las iglesias ortodoxas barrocas, basándose principalmente en las católicas polacas, se hacían más grandes. Estas construcciones de cúpulas doradas o celestes tenían elegantes fachadas decoradas con semicolumnas y frontones típicos del barroco, un interior generosamente decorado y se llenaban de luz que se distribuía magistralmente creando ilusiones. Aunque estas iglesias se construyeron para los eslavos orientales en el ortodoxo Imperio ruso, en muchos aspectos se asemejaban a los templos católicos, dando así motivo a los críticos para llamarlo irónicamente “barroco ucraniano jesuíta”.

Uno de los arquitectos nacionales más importantes de aquella época fue Iván Hryhoróvych-Barskyi. Se hizo famoso principalmente por sus obras en Kíev, entre ellas la Iglesia de la Santa Trinidad del monasterio de Cirilo (años 1750), la iglesia Pokrovi en Podil (1766), una fuente-pérgola municipal, conocida como “Felitsián” o fuente de Sansón (1748-1749), y también por su participación (junto con Andryí Kvasový) en la finalización de la iglesia de la Vírgen Máría en Kózelets (1752-1763).

Otras corrientes arquitectónicas de Europa oriental en aquel tiempo (neoclasicismo y barroco) llevaron a Ucrania a arquitectos extranjeros. La simplicidad y modestia del neoclasicismo se observa en el gran campanario del monasterio de Las Cuevas (1731-1745) y especialmente en la reconstruida Academia de Kíev (1736-1740), ambas construidas según proyectos del arquitecto alemán Johan-Gottfried Schaedel, y en el palacio de Kyrylo Rozumovskyi en Baturyn (1799-1803) proyectado por el italiano A. Rinaldi. En algunas edificaciones, Hryhoróvych-Barskyi recurría al rococó, que había surgido del barroco y conservó el interés de este por los elementos complejos y decorativos, pero empleaba líneas más sofisticadas, creando sensación de ligereza y gracia. Sin embargo, los ejemplos más destacados de este estilo son las obras del arquitecto italiano Francesco Basrtolomeo Rastrelli. Al alcanzar la fama en San Petersburgo, Rastrelli llevó el rococó a Kíev, construyendo por encargo de la emperatriz Isabel I el palacio imperial, o palacio Marinskyi (1747-1755) y uniendo de forma sublime el oro con el color celeste en la iglesia de San Andrés (1747-1753).

No es de extrañar que el barroco se extendiera aún más hacia las tierras occidentales de Ucrania, donde dominaban las influencias culturales católicas romanas del Reino de las Dos Naciones y de Hungría. Precisamente de este período data la majestuosa catedral barroca de San Jorge en Lviv (a mediados de la década de 1770) y la torre del reloj de Búchach (1751). El autor de ambas fue Bernard Merderer Meretyn. Al mismo tiempo, Gottfried Hoffmann construyó la catedral del monasterio de Pocháyiv, cerca de Krémenets (1770-17780), y también fue levantada a la manera italiana la iglesia católica de los Dominicos en Lviv (1749-1764) por Martin Urbanik.

La construcción en madera se extendió por toda Ucrania, pero se implementó más plenamente en la rica en leña región de los Cárpatos. A lo largo del siglo XVIII, en las aldeas de montaña se construyó un gran número de iglesias hechas completamente de madera. Estas construcciones no demasiado grandes predominan en el paisaje de Galitzia, Transcarpatia y la parte rutena/ucraniana de Eslovaquia. Las decoraciones rústicas aportan a las construcciones de madera de estilos gótico y barroco una atmósfera especialmente elegante y sofisticada.

La pintura alcanzó un auge especial en Ucrania durante el siglo XVIII. Debido a que Ucrania fue una intermediaria en la extensión de la influencia cultural del oeste, no es de extrañar que precisamente aquí, por primera vez, entre los eslavos orientales ortodoxos se superó la limitación del canon iconográfico bizantino. No solo en la pintura ucraniana y frescos de temática religiosa se extendió un naturalismo postrenacentista, sino que en la szlachta polaca y la cada vez más influyente starshyna cosaca cobró popularidad el retrato no religioso. Y aunque los posteriores historiadores artísticos destacan la influencia flamenca en la escuela de pintura ucraniana, los retratos de aquel tiempo eran a menudo desproporcionados, desestructurados estilísticamente y no llegan ni de lejos al nivel de obras flamencas de nivel medio. En cuanto a la pintura religiosa esta se basó principalmente en los modelos del barroco polaco, cuyo sentimentalismo estuvo condicionado por el entusiasmo de la Contrarreforma católica, y su valor estético es a menudo dudoso.

Literatura y obras históricas

Las obras literarias del siglo XVIII en Ucrania eran típicas de la época barroca, es decir, amplio abanico de temas y estilo elegante. El objetivo principal normalmente era estilístico, y la forma, por ejemplo en el ambiente escolástico de la Academia de Kíev, cobraba más importancia que el contenido. El idioma literario y de otras obras escritas era una variante estilizada del eslavo eclesiástico (y, a veces, latín o ruso). La ininteligibilidad y la lejanía del eslavo eclesiástico respecto al idioma ucraniano popular hizo de la mayoría de los escritos de aquel tiempo formales y no perdurables, y bruscamente contrastaba con las inspiradas obras político-religiosas del siglo XVII.

Quizás, la rama más popular de la actividad literaria fue el drama. Este genero se desarrolló a lo largo del siglo XVII influenciado por las obras teatrales polacas y latinas, que se representaban en las escuelas de las hermandades y en el Colegium de Kíev. Hasta el siglo XVIII el drama ucraniano en las obras de Dmytró Tuptalo, Feofán Prokopovych y Hryhoryi Konyskyi evolucionó hasta un género único. No es de extrañar que, en el ambiente cultural donde la religión seguía desempeñando un rol destacado, los tres autores mencionados fueran jerarcas eclesiásticos y que se popularizaran los dramas navideños y de pascua, las escenificaciones de las vidas de santos y las obras didácticas (moralité). Existían también obras poco numerosas principalmente de temática laica; las más famosas eran: el drama histórico de Feofán Prokopovych sobre el gran príncipe de Kíev, Volodýmyr (“Vladímir”, 1705) y una obra de autor desconocido sobre el hetman cosaco Bohdán Jmelnytskyi (“La misericordia del Señor” [Mylost Bozhyia], 1728). Otro género del drama laico, pero de menor duración, era el entremés o interludio y, posteriormente, el vertep, o teatro de marionetas; a menudo se representaban en los intermedios de obras didácticas teatrales y destacaban por su comicidad, a veces con sátira política y por el uso del idioma ucraniano popular.

En el siglo XVIII existían varios géneros poéticos, entre ellos la poesía religiosa, poesía romántica y erótica, epigramas, parodias y poesía patriótica en honor de los gobernantes de aquel tiempo. Los autores más famosos de estos géneros eran Iván Vrlychkovskyi, Klymentii Zynoviyi, Dmytró Tuptalo y Stepán Yavorskyi.

Un autor del siglo XVIII que se diferenciaba de los demás era Hryhoryi Skovorodá. Aunque escribió un completo poemario lírico (“El jardín de las canciones celestiales”, 1735-1785), en Ucrania y Rusia se hizo famoso principalmente por sus obras filosóficas. Este Sócrates ucraniano se centraba en el pasado clásico, siguiendo, por ejemplo, la sentencia de Sócrates “conócete a ti mismo”. En la mayoría de sus obras filosóficas (en ruso y en eslavo eclesiástico rusificado) y en sus enseñanzas como “filósofo viajero”, desde 1769 y a lo largo de un cuarto de siglo, y hasta su muerte, perseguía la búsqueda de la felicidad, la cuál no se alcanzaba mediante posesiones materiales sino a través del autoconocimiento. Aseguraba que el autoconocimiento era vivir en armonía con la naturaleza y, por tanto, con la voluntad de dios. Pero no importa que Skovorodá se apoyara en los modelos filosóficos griegos, él era el típico orador de espíritu asceta y religioso que seguía predominando la cultura ucraniana del siglo XVIII.

Entre algunos autores que se alejaban de la temática exclusivamente religiosa característica en la literatura ucraniana del XVIII, se puede destacar un grupo de “intelectuales cosacos”. En el siglo XVIII continuaba la fuga de talento de Ucrania a Moscovia que había dado comienzo en el siglo XVII (así, según algunos cálculos, entre 1700 y 1762 el 70% del alto clero de la Iglesia ortodoxa rusa procedía de Ucrania y Bielorrusia), y el lugar de algunos de estos emigrantes fue ocupado por cosacos de la administración de Hétmanshchyna. Estos cancilleres intelectuales se interesaban más por las hazañas históricas de la clase social que representaban los cosacos. Así que la tradición escrita de las crónicas cosacas que comenzó en el siglo anterior continuó con las siguientes obras: “Crónica de Samovidtsia”, escrita posiblmente por Román Rakushka, “Eventos de la guerra más amarga…”, de Hryhoryi Grabianka y los cuatro tomos de “Relatos” de Samilo Velychko, que aparecieron en la primera veintena del siglo XVIII. Las obras de Grabianka y Velychko describían la insurrección de Jmelnytsky como un levantamiento nacional ucraniano y tal interpretación tuvo una gran influencia en el posterior movimiento nacional ucraniano tras su publicación entre los años 1790 y 1840.

Los cronistas cosacos continuaban con la tradición de sus antecesores medievales, cuyo objetivo era simplemente anotar los acontecimientos de la época sin preocuparse de la perspectiva histórica. Sin embargo, desde la década de 1730 apareció un tipo distinto de obra que seguía los acontecimientos históricos de Ucrania desde la época de la Rus de Kíev hasta el período cosaco. Esta aproximación implica un sentido de continuidad histórica que, en las mentes de ciertos lectores, podía proporcionar una justificación ideológica para el mantenimiento de la autonomía cosaca. La primera obra de este tipo fue la popular y sencillamente escrita “Breve descripción de Rusia Menor”, escrita en 1730 pero que no fue publicada hasta cuarenta años después. En las últimas décadas de la Hétmanshchyna autónoma se crearon varios tratados históricos, y sus autores (Hryhoryi Pokas, Petró Symonovskyi y Stepán Lukomskyi), basándose en los precedentes históricos y políticos, argumentaban la ideas de la especificidad cosaca. Aunque los intentos de conservar la autonomía de Hétmanshchyna tras la década de 1780 no dieron resultado, las obras de estos cronistas cosacos sentaron las bases del profundo cambio del ambiente cultural en el que los intereses religiosos fueron sustituidos por ideas seculares y por el interés en generalizar los derechos individuales y nacionales.

Para que este cambio en la evolución intelectual de Ucrania se implementara completamente tenía que introducirse una nueva ideología y forma de pensar. Esa ideología adoptaría la forma del nacionalismo, cuyos preceptos, como veremos, dominarían el pensamiento ucraniano durante todo el siglo XIX y la mayor parte del XX. Pero antes de abordar esa nueva etapa de la historia de Ucrania, es necesario sin embargo repasar los eventos que sucedieron en el Margen Derecho y en Galitzia durante el siglo XVIII.

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Capítulo 23. El desarrollo social y económico de Hétmanshchyna

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del segundo capítulo de la Quinta Parte del libro: El territorio ucraniano durante el siglo XVIII.)

Desde la década de 1760 hasta la de 1780 el Imperio ruso eliminó las diferencias administrativas de sus territorios fronterizos, entre ellos Slobozhánshchyna, Zaporozhzhia, Hétmanshchyna y el Kanato de Crimea. Al mismo tiempo logró integrar la estructura social y política de estas tierras en el imperio. El proceso de cambios económicos fue gradual, así al siglo XVIII le tocó principalmente el desarrollo de la tendencia iniciada el siglo anterior.

Si el periodo tras el levantamiento de Jmelnytskyi de 1648 estuvo marcado por la desaparición de la szlachta polaca y la liberación de servidumbre de muchos campesinos, el siglo XVIII la nueva slachta cosaca fortaleció su posición, que mejoró gracias a las obligaciones laborales de los campesinos y la supresión de derechos y libertades de los cosacos no ricos. Sin embargo, si en Rusia y en el Reino de las Dos Naciones los campesinos conformaban la mayor parte de la población, en Hétmanshchyna, en la década de 1760, los campesinos eran solo la mitad de la población (50,6%). En consecuencia, las clases sociales en Ucrania en el siglo XVIII seguían siendo iguales que en el siglo anterior aunque cu composición interna hubiese variado: szlachta, cosacos, clero, burguesía y campesinado.

 

El cambio de estructura social

En el siglo XVIII continuaban creándose nuevos subgrupos entre los cosacos, que en los años 1760 conformaban el 45% de la población de Hétmanshchyna y el 25% de Slobozhánshcyna. En la segunda mitad del siglo XVII, la clase social alta de la starshyna cosaca (asociación militar noble) comenzó a subir por la escalera social y con el tiempo, junto con aquella szlachta rus ortodoxa que apoyó la revolución de Jmelnytskyi, crearon una nueva clase noble que sustituía a las szlachtas polaca y polonizada, que huyeron a Polonia. En los años de 1760 había aproximadamente 300 miembros de la aristocracia ortodoxa más antigua y 2100 de la nueva szlachta cosaca. Juntos no conformaban más del 0,2% de Hétmanshchyna. La nueva nobleza cosaca tenía muchas ganas de subir su estatus e incluso comenzó a autodenominarse con el nombre del odiado enemigo polaco: szlachta. Pero a pesar de esta autodenominación, el Gobierno del zar todavía no estaba dispuesto a reconocer a la szlachta cosaca como parte de la corte rusa.

La situación económica de la mayoría de los cosacos, que se dividían en la tropa militar, ayudantes y obreros, empeoraba cada vez más. Por ejemplo, los cosacos de la tropa militar tenían que prestar servicio gratuito al ejército y sin premiso para apropiarse del botín. Sin embargo, al igual que la szlachta, fueron liberados de pagar impuestos. Este privilegio no se extendía a los cosacos ayudantes. Tanto los cosacos de la tropa militar como los ayudantes eran soldados y agricultores, así que durante una larga estancia prestando servicio militar sus tierras decaían. Aún peor era la situación de los cosacos obreros, que ni siquiera disponían de tierra. En la segunda mitad del siglo XVIII, los miembros de los tres grupos cosacos, salvo excepciones, fueron equiparados al nivel económico de los campesinos.

La situación de los campesinos, tanto libres como siervos, en el siglo XVIII también empeoró gradualmente. A consecuencia del levantamiento de Jmelnytskyi un siglo antes, la mayoría de los asentamientos que antes pertenecían a los pany polacos pasaron al Gobierno del nuevo Estado cosaco. Sin embargo, los así llamados pueblos libres militares se mantuvieron independientes por poco tiempo; ya que fueron cedidos a la starshyna cosaca y a los funcionarios como “tierras de rango”, es decir, un premio por los servicios prestados al Estado. Al principio las tierras de rango no se heredaban, pero al poco tiempo se convirtieron en propiedad familiar y los campesinos locales tenían que ejercer la “típica obediencia” para provecho de sus nuevos “pany” cosacos. Además de los campesinos que vivían en los pueblos libres militares, los campesinos de los monasterios y aquellos que vivían en las haciendas de la szlachta hereditaria leales al Estado cosaco (especialmente en Cherníhivshchyna) también fueron liberados del trabajo de servidumbre.

En el siglo XVIII comenzó un brusco crecimiento de campesinos de latifundios y monasterios y de sus obligaciones hacia los pany. Trabajar para los pany dos días a la semana se convirtió en la norma general. Al mismo tiempo, el Gobierno zarista regalaba enormes parcelas de tierra a los cortesanos rusos (especialmente a coroneles) como recompensa por los servicios prestados. Estas tierras pasaban a menudo al patrimonio personal, junto con los molinos y campesinos, sobre los cuáles el Gobierno cosaco, según el ucase de 1687, no ejercía control ni influencia. Las estadísticas de varias zonas de Hétmanshchyna confirma esta tendencia. Así, en los siete regimientos de Hétmanshchyna, en 1730 más de la mitad de las haciendas (56%) pertenecía a los monasterios y a la szlachta hereditaria; un tercio (33%) a los campesinos libres y solo el 10% lo conformaban las tierras de rango en posesión de la starshyna cosaca durante su prestación de servicio. Sin embargo, la cantidad de propietarios libres disminuyó bruscamente. Por ejemplo, en 1729, en los nueve regimientos de Hétmanshchyna había 27.500 propietarios libres, pero en 1752 este número descendió hasta los 2.800. Así que en los años 1760, de los 515.000 campesinos varones en Hétmanshchyna, el 90% vivía en las haciendas de la szlachta hereditaria y monasterios. Un proceso similar tuvo lugar en Slobozhánshchyna, donde el 51% de campesinos varones vivía en fincas, donde seguían siendo pobres y aumentaban sus obligaciones.

El estatus de las otras dos clases sociales, el clero ortodoxo y la burguesía, igual que antes, se diferenciaba mucho. El clero logró aumentar sus posesiones y prestigio social. La jerarquía ortodoxa y los monasterios representaban la Iglesia estatal, por eso estaban preparados y aspiraban a colaborar con el gobierno laico para mantener su estatus social y económico. Por ejemplo, a mediados del siglo XVII, a los monasterios les pertenecían 10.000 haciendas, es decir, el 17% del territorio de Hétmanshchyna. Todo el clero quedaba exento de pagar impuestos y, debido a que el clero blanco podía casarse, sus propiedades pasaban a sus hijos. A pesar de ciertos intentos de defenderse del flujo de intrusos, el clero no se convirtió en una clase social cerrada. Los cosacos y los campesinos podían ordenarse y, a veces, algunos curas se pudieron convertir en cosacos o campesinos. Además, muchos hijos de curas trabajaron en el ámbito civil de Hétmanshchyna.

La situación de la burguesía se diferenciaba bruscamente de la de los sacerdotes. La gran mayoría de burgueses (artesanos y trabajadores no cualificados) permanecían en la misma situación de dependencia que en la segunda mitad del siglo XVII, ya que la administración cosaca intentaba obtener de las ciudades el mayor provecho posible. Aumentó el número de ciudades autogestionadas (Ley de Magdeburgo) cuya población en la mayoría de ellas no superaba los 5.000 habitantes. Debido a que los burgueses, al igual que los campesinos, tenían que pagar impuestos, no aumentó el flujo de habitantes en las ciudades. La actividad artesanal, igual que antes, era regulada por los gremios. Al mismo tiempo, los ricos patricios de las ciudades, cuyas riquezas y estatus les permitían ocupar cargos en Hétmanshchyna, se solaparon con la privilegiada starshyna cosaca en el grupo de los que no tenían que pagar impuestos. Una categoría especial dentro de los habitantes de la ciudad estaba reservada para los mercaderes extranjeros, principalmente griegos y rusos, que fueron exonerados de pagar impuestos pudiendo así ejercer el comercio interior y exterior de forma exitosa. Por ejemplo, en Nizhyn durante la década de 1680, los griegos tenían su propia hermandad, y sus miembros ricos organizaban en el siglo XVIII las ferias más grandes de Ucrania.

Así que los cargos punteros de las ciudades ucranianas del Imperio ruso eran ocupados por los patricios locales, cosacos y mercaderes extranjeros. La actitud general de desprecio que se le solía tener a la burguesía como clase social lo reflejan los censos cosacos, donde a los burgueses ni siquiera se les reservaba un apartado. Según los cálculos de la década de 1760 los burgueses conformaban el 3,3% de la población de Hétmanshchyna y el 2,5% en la vecina Solobozhánshchyna.

En Hétmanshchyna vivían también campesinos rusos, habitantes extranjeros y judíos. Los campesinos rusos normalmente acompañaban a ex oficiales imperiales a los que se les permitió reubicar a sus siervos en sus nuevas fincas en Hétmanshchyna. El número de judíos en Hétmanshchyna (solo 600 en el siglo XVIII) seguía siendo minúsculo debido a los ucases emitidos por el Imperio ruso a petición de la élite cosaca (1717, 1731, 1740, 1744) que prohibían a los judíos asentarse en el Margen Izquierdo. La mayoría de los judíos huyeron o fueron expulsados al Margen Derecho, bajo control del Reino de las Dos Naciones, y aquel grupo no numeroso que se quedó abrazó la fe ortodoxa. Algunos de ellos (los linajes de Hértsyk, Markovych y Kryzhanivsky) tuvieron exitosas carreras en el sistema administrativo cosaco. La mayoría de colonos invitados desde el extranjero por el Gobierno imperial se asentaron en Zaporozhzhia, que en 1775 formaba parte de la Gubernia de Nueva Rusia y Azov. Entre ellos se encontraban serbios,búlgaros y rumanos, que siendo campesinos ortodoxos se integraron fácilmente y, en algunos casos, eran indistinguibles de sus vecinos ucranianos y rusos. Otros colonos, por ejemplo, los alemanes, que empezaron a trasladarse a finales del siglo XVIII, conservaron su idioma y su religión y vivían en comunidades agrícolas aisladas. Esta tendencia de encerrarse en los intereses de su propio grupo era característica también en algunos habitantes de la ciudad, como por ejemplo los mercaderes griegos, que junto con sus “familias” controlaban distintas empresas de venta.

 

Desarrollo económico

En el siglo XVIII, el sector principal de la economía de Ucrania seguía siendo la agricultura. Al mismo tiempo, crecía la industria local activa al menos en las tierras ucranianas del Imperio ruso y también se mantenía la tendencia según la cuál el comercio ucraniano con la Mancomunidad y el Imperio otomano disminuía y era sustituido por la continua integración en la economía del Imperio ruso.

En la agricultura el producto principal seguía siendo el trigo. Además de este, se cultivaba cebada, alforfón, avena, mijo, cáñamo, lino y lúpulo. A mediados del siglo XVIII, con la llegada de los colonos búlgaros y rumanos a Nueva Serbia y Slovianoserbia se importó maíz, y desde 1783, con la anexión de las tierras crimeanas se popularizaron el tabaco y el trébol.

La patata, que posteriormente se convertiría en uno de los alimentos principales de la agricultura ucraniana, como en la mayoría de países europeos, apareció en Ucrania solo a finales del siglo XVIII y no comenzó a cultivarse en grandes cantidades hasta el siglo XIX.

La caza, la pesca y la ganadería eran muy importantes en las granjas. Caballos y ganado constituían la mercancía más importantes en las regiones fronterizas, principalmente en Zaporozhzhia. La industria pesquera se desarrolló no solo para satisfacer las necesidades de los consumidores locales, los miembros de la szlachta y los cosacos ricos cultivaban peces en estanques, especialmente en Hétmanshchyna y Ucrania Slobidska.

Los negocios se desarrollaban principalmente bajo la fórmula de pequeñas manufacturas caseras, cuyo número aumentaba continuamente, especialmente durante el mandato del hetman Mazepa. Además, en tiempos de Mazepa en Hétmanshchyna se consiguió recuperar la minería y extracción de hierro que había decaído completamente en la época de Jmelnytskyi. En el siglo XVIII existían unas cuántas empresas; algunas pertenecían a monasterios (en Kíev, Cherníhiv, Nóvhorod-Síverskyi, Nízhyn y Hádyach) y otras a propietarios laicos (en Sheptájiv y Póchiep). La producción de hierro crecía debido al aumento de necesidad de armamento, campanas para iglesias, herramientas de trabajo y agricultura y utensilios caseros.

Otras industrias presentes en la primera mitad del siglo XVIII eran las de producción de aguardientes y cervezas, de tabaco prensado, potasa, vidrio, brea, cerámica, textil y de pieles curtidas. Se desarrolló especialmente la producción textil. En 1726 se fundó una manufactura textil que en poco tiempo contaba 221 trabajadores y 63 máquinas tejedoras. En 1756 el hetman Rozumovskyi construyó una fábrica textil en Baturyn en la que funcionaban en principio 12 máquinas. En 1800 el número de máquinas era 76 y los trabajadores 100.

La actividad de Rozumovskyi en Baturyn muestra hasta qué nivel le influía a él y a los demás hétmanes la teoría económica del mercantilismo. Esta teoría predominaba en la Europa de aquellos tiempos y demostraba que el Estado tiene que desarrollar su propia economía, favoreciendo la agricultura y las manufacturas para conseguir un balance comercial económico positivo. Si antes el desarrollo económico basado en el sistema feudal y de latifundios se dejó a la voluntad de ciertos pany y pequeños dueños, y cada uno de ellos introducía sus propias tasas e impuestos, ahora la teoría mercantilista abogaba por la unificación y estandarización de la vida económica en un territorio definido. Los hétmanes cosacos, comenzando por Mazepa, de manera consciente o no empleaban la teoría mercantilista en Hétmanshchyna. Mazepa publicó una serie de normas que regulaban las obligaciones de campesinos y burgueses, protegiendo de esa forma a esas clases sociales de los abusos de los pany cosacos. Los hétmanes Skoropadskyi, Apostol y Rozumovskyi continuaron la iniciativa de Mazepa, entendiendo que un sistema económico regulado proporciona bienestar en el país por medio de, por ejemplo, el aumento de ingresos vía impuestos y tasas de aduana.

 

Comercio internacional

Las ganas de los gobernantes de Hétmanshchyna de obtener más tasas les predisponía a favorecer el sector comercial. Hasta 1648, una parte del Margen Derecho era un proveedor importante (principalmente de grano) para el comercio polaco en el Báltico. Tras el levantamiento de Jmelnytskyi la orientación comercial polaca hacia la Ucrania cosaca decayó y, aunque se recuperó un poco en el siglo XVIII, nunca volvió a alcanzar el nivel previo a la revolución. En cambio, desde 1648 aumentó el comercio de la Ucrania cosaca con Moscovia, con el Imperio otomano y con el Kanato de Crimea. Desde las tierras cosacas de Ucrania se exportaba a Moscovia ganado, caballos, cáñamo, lino, tabaco, alcohol, cera, salitre, lienzo y potasa, a cambio de diferentes tipos de pieles, lienzo, telas preciadas y cuero. Al Imperio otomano se exportaba carne, grano y cera a cambio de objetos de lujo, como seda, alfombras, terciopelo, cinturones, telas persas, cítricos, arroz y tabaco. A Crimea los cosacos enviaban grano a cambio de caballos, ovejas y otros ganados. A finales del siglo XVII se renovó el comercio con la Mancomunidad de Polonia-Lituania. El crecimiento del comercio internacional trajo a Hétmanshchyna el aumento de ingresos imprescindibles en forma de tasas aduaneras, favoreciendo el desarrollo de una economía cosaca independiente en Europa del este. Sin embargo, esta actividad de los hétmanes iba en contra de la política del Gobierno ruso.

Rusia, especialmente durante el activo gobierno de Pedro I, aspiraba a cambiar el imperio centralizando toda la economía bajo el mando de San Petersburgo. Desde el punto de vista del Imperio ruso, todas las tierras cosacas (Hétmanshchyna, Ucrania Slobidska y Z aporozhzhia) formaban parte de un mismo Estado. Había que integrarlas económica y políticamente al sistema imperial. En este contexto, Pedro I promulgó un ucase en 1701 que prohibía a los vendedores ucranianos comercializar ciertas mercancías (cáñamo, lino, potasa, cuero, cera y salitre) a Europa del oeste por las vías tradicionales al Reino de las Dos Naciones, y luego a través de Dantzig (actual Gdansk), Koningsberg (actual Kaliningrado) y Breslau (actual Breslavia). En cambio, la mercancía ucraniana tenía que salir a través de Rusia hacia el puerto de Arjángelsk en el norte, situado en el mar Blanco. Este ucase acabó prácticamente con el comercio de Ucrania con Europa occidental, debido a que la vía Arjángelsk-mar Blanco, que al congelarse estaba disponible solo un par de meses al año, convertía a la mercancía ucraniana en excesivamente cara. Los mercaderes de Ucrania y el hetman Mazepa protestaron contra este ucase y en 1711 sus postulados fueron temporalmente suspendidos. Sin embargo, en 1714 el zar renovó este ucase y, desde entonces, el comercio de Hétmanshchyna se convirtió en un suplemento del comercio ruso. Y en 1755, la frontera de tasas entre los territorios ucranianos y el resto del imperio se canceló indefinidamente. Así que durante el siglo XVIII la economía de Ucrania del Margen Izquierdo, igual que su estructura política y social, se alejaba cada vez más de Europa y se integraba en el Imperio ruso.

 

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Capítulo 22. La autonomía de las tierras ucranianas bajo el Imperio ruso

(Extracto del libro “Ucrania: historia de su territorio y sus habitantes”, de Paul-Robert Magocsi. En concreto se trata del primer capítulo de la Quinta Parte del libro: El territorio ucraniano durante el siglo XVIII.)

Tras el fin del hetmanato de Mazepa y el fallido intento de su sucesor Pylyp Órlyk de organizar un levantamiento en el Margen Derecho en 1711, las tierras ucranianas siguieron perteneciendo a tres Estados: Imperio ruso, Mancomunidad de Polonia-Lituania e Imperio otomano. Los territorios más importantes eran: 1) Hétmanshchyna, Ucrania Slobidska y Zaporozhzhia (desde 1734) bajo el gobierno de Moscovia; 2) el Margen Derecho (Kyívshchyna, Volinia, Podolia) y Galitzia bajo el dominio de la Mancomunidad; 3) el sur de Ucrania bajo el gobierno directo o indirecto (Kanato de Crimea) del Imperio otomano. Había también dos regiones no muy grandes en el lejano suroeste de Ucrania: Bukovina, bajo control de la vasalla otomana Moldavia, y Transcarpatia, dentro del Reino húngaro, dependiente de los Austrias. En este capítulo se van a observar los territorios de Moscovia (Ucrania Slobidska, Zaporozhzhia y Hétmanshchyna) y del Imperio otomano (especialmente el Kanato de Crimea).

Moscovia se convierte en el Imperio ruso

Las campañas militares de Pedro I a principios del siglo XVIII eran de mucha envergadura y muy costosas. Pero sentaron las bases para la conversión del Zarato de Moscú en el Imperio ruso. Esta conversión tuvo lugar en 1721, cuando Pedro I obtuvo el título de emperador, cambiando de esta forma el nombre de su país (junto con los territorios recién adquiridos) al de Imperio ruso. El cambio de nombre fue más que simbólico, debido a que durante el gobierno de Pedro I, Moscovia, o Rusia, se convirtió en el país puntero de Europa del este. En la segunda década del siglo XVIII la anteriormente poderosa Mancomunidad dependía cada vez más del Imperio ruso y la influencia de Suecia disminuía. Cuando en 1721 con la firma de la Paz de Nystad acabó la Gran Guerra del Norte, Rusia arraigó fuertemente en la costa báltica, conquistando el norte de Letonia, Estonia y la costa este del estrecho de Finlandia. El símbolo de la presencia de Rusia fue la fundación de San Petersburgo, “ventana a Europa”, en el margen este del estrecho finés. La nueva capital, fundada en 1703, fue inaugurada por todo lo alto en 1712.

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Si a Suecia en el norte la lograron alejar rápidamente, la presión militar de Pedro I al Imperio otomano en el sur resultó menos efectiva y solo en la segunda mitad del siglo XVII pudo el Imperio ruso obtener el control sobre Crimea y la costa norte del mar Negro. Sin embargo, la paz con el Imperio otomano y la coexistencia pacífica con Suecia y Polonia desde 1721 dieron al Imperio ruso la oportunidad de descansar, algo sumamente necesario para el fortalecimiento del control sobre las posesiones fronterizas. Pedro I y sus sucesores, entre ellos Ana (gobernó entre 1730 y años 1740) y, especialmente, Catalina II (1762-1796) se pusieron a crear un ingente aparato burocrático y administrativo de un Estado centralizado que tenía que retirar paso a paso todos los vestigios de autonomía e, incluso, semiindependencia que podía existir en las tierras bajo el cetro del zarato. El territorio ucraniano era objeto de especial atención y los restos de la autonomía ucraniana desaparecieron durante la segunda mitad del siglo XVIII. Este proceso se desarrolló de forma gradual durante varias décadas. El primer territorio completamente incorporado al Imperio ruso fue Ucrania Slobidska en la década de 1760, luego llegó el turno de Zaporozhzhia en la década de 1770 y, finalmente, Hétmanshchyna y el Kanato de Crimea en la década de 1780.

Ucrania Slobidska

Ucrania Slobidska fue el primer territorio ucraniano que formó parte del Imperio ruso. En tiempos de la Rus de Kíev era una región fronteriza poco poblada y tras la avalancha mongol del siglo XIII en su mayor parte siguió desierta. Con el tiempo, durante los levantamientos cosacos contra el Reino de las Dos Naciones (o Mancomunidad) en el siglo XVII, a los refugiados de los márgenes izquierdo y derecho que buscaron tranquilidad en las tierras de Moscovia se les permitió fundar asentamientos (o slobody) libres a lo largo de la frontera sur del zarato, de los cuáles proviene el nombre de la región. Rusia alentaba la fundación de tales asentamientos, que junto con su propio sistema de fortificaciones (la línea de Bélhorod) ayudaban a proteger los territorios internos de los ataques tártaros. Empezando en 1638 y durante los siguientes choques militares y políticos en la Ucrania cosaca, la gente huyó hacia el este, al territorio conocido desde entonces por el nombre de Slobozhánshchyna. La última gran oleada de población sucedió en 1730, tras los levantamientos en el Margen Derecho. A finales del siglo XVII la población de Ucrania Slobidska se situaba en unos 120.000 habitantes; en cien años, a fecha de 1773, este número creció en más de cinco veces, alcanzando los 660.000 habitantes.

Los llegados trajeron consigo el sistema de gestión y administrativo cosaco de los márgenes derecho e izquierdo, cuyo rasgo característico era la unificación del poder civil y militar. En la década de 1650 en la zona de Slobozhánshchyna se crearon cuatro regimientos y en 1685 añadieron el quinto. Si los enumeramos de este a oeste, eran los regimientos de Sumy, Ojtyrka, Járkiv, Izium y Ostróh, situados a ambos lados de la frontera de Ucrania. Slobozhánshchyna cumplía no solo la función de protectora de la frontera sur del Imperio ruso. La agricultura prosperaba en todas las aldeas libres (de donde procede el término “slobodá”) y algunas ciudades pasaron de ser fortalezas a núcleos totalmente funcionales como unidades (regimientos) territoriales. El más grande de ellos era Járkiv (más de 8.000 habitantes en 1732), que gradualmente se convertiría en el más importante núcleo económico, educativo y cultural de toda Slobozhánshchyna.

Igual que en Hétmanshchyna cada regimiento tenía su propio coronel y starshyna (élite local que cumplía funciones militares, administrativas y civiles). En cambio, en Slobozhánshchyna, a diferencia de otros territorios, los coroneles de las aldeas libres eran elegidos de por vida y el gobierno moscovita no les permitía unirse bajo una figura de gobierno supremo común, como por ejemplo, la del hetman. En asuntos militares los coroneles estaban subordinados al voivoda de Bélhorod, la esfera civil se regulaba por cartas especiales específicas para cada regimiento y la institución suprema de apelación era un órgano del Estado central: primero la Oficina de Rozriad y luego, desde 1688, la Oficina del embajador del departamento gran-ruso. Así que aunque Ucrania Slobidska gozaba de un alto grado de autonomía local, a sus regimientos no se les permitía unirse entre ellos o a la vecina Hétmanshchyna.

En 1732, entre los cuatro regimientos cosacos se contaban 23.000 cosacos registrados, aunque al servicio del ejército ruso se podían movilizar en caso de necesidad hasta 85.000 efectivos. Moscovia integró a los cosacos de Ucrania Slobidska en el siglo XVII en la lucha contra hétmanes rebeldes (Vyhovskyi, Doroshenko y Briujovetskyi), y en el siglo XVIII participaron en varias campañas militares del Imperio ruso contra Persia (1722-1723), también contra el Imperio otomano (1735-1739). También construyeron edificaciones fortificadas y canales en diferentes zonas del imperio.

La autonomía local de Ucrania Slobidska seguiría intocable hasta 1732, año en el que el Gobierno de la emperatriz Ana intentó privar a Ucrania Slobidska de su estatus de autonomía. Se hizo un censo de la población, la cantidad de cosacos registrados se limitó a 23.000, y el resto tuvo que pagar tasas; se cancelaron ciertos privilegios; todos los regimientos cosacos fueron reconvertidos a ejércitos, llamando ahora mayores a los coroneles. Las protestas en Slobozhánshchyna provocaron la cancelación temporal de estas reformas, pero los planes a largo plazo del Gobierno ruso eran obvios. Antes de volver a instaurar estas reformas ejércitos rusos fueron ubicados en la región. Finalmente, por el ucase imperial del 28 de julio de 1765 los regimientos cosacos de Ucrania Slobidska fueron liquidados y les sustituyeron los nuevos regimientos de Sumskyi, Ostróh, Ojtyrka, el de ulanos de Járkiv y el de húsares de Ízium.

Con este mismo ucase de la emperatriz Catalina II (gobernó en 1762-1796) se puso fin al estatus autónomo de Ucrania Slobidska y la estructura cosaca de regimientos fue reemplazada por la gubernia de Ucrania Slobidska con órganos generales para todo el imperio bajo el mando del gobernador general de Járkiv. Como el resto de gobernadores del Imperio ruso, estaba subordinado directamente a San Petersburgo. Los cosacos fueron privados de sus antiguas libertades y pasaron a ser soldados ordinarios (aquellos que no prestaban servicio militar directo, fueron obligados a pagar un impuesto por cabeza) y la starshyna cosaca obtuvo rango militar y en sus derechos equivalía a la nobleza. A pesar de ciertas protestas, desde 1765 Slobozhánshchyna se convirtió en parte del Imperio ruso.

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Zaporozhzhia

La historia de la otra región autónoma de Ucrania, Zaporozhzhia, estuvo más agitada que la de Ucrania Slobidska, pero finalmente sus destinos resultaron iguales: la completa integración en la estructura gubernamental imperial rusa. Tras la muerte de Bohdán Jmelnytskyi en 1657, el ejército zaporogo bajo siguió una trayectoria independiente y a menudo contraria a la postura del hetman y de los cosacos registrados que gobernaban el Estado cosaco a ambas orillas del Dnipró y, posteriormente, Hétmanshchyna en el Margen Izquierdo. Según su política anti hetman, los zaporogos se posicionaban tradicionalmente a favor de Moscovia. Sin embargo, a finales del siglo XVII, las campañas del zar contra Crimea les causaron indignación. Los zaporogos, con razón, tenían cierto miedo a que estas guerras consiguieran fortalecer el gobierno central en el sur de Ucrania y posteriormente a Crimea, lo que significaría la pérdida de una presa potencial zaporoga. Por eso, durante el mandato del enérgico atamán de la kosh, Kost Hordiyenko, los zaporogos en 1709 rompieron la alianza con Pedro I y se unieron a Iván Mazepa y su protector sueco, Carlos XII. La respuesta del Gobierno ruso fue la destrucción de la Sich zaporoga. Esto obligó a los zaporogos a fundar la Nueva Sich en el territorio controlado por el Kanato de Crimea, concretamente en Oleshky, en el curso bajo del Dnipró, donde desde 1711 hasta 1734 permanecieron bajo la protección del kan de Crimea.

No es sorprendente que los cosacos, amantes de la libertad, se desilusionaron de inmediato con su nuevo protector, sobre todo porque siendo súbditos del kan fueron aliados del comercio con Hétmanshchyna y ya no pudieron utilizar su tradicional fuente de botines: el Kanato de Crimea. Tras 1711, casi enseguida algunos zaporogos comenzaron a pedir al Gobierno ruso dejarles volver a casa bajo la protección del zar. Pero su líder, Kost Hordiyenko, mantenía una fuerte postura anti moscovita, así que prácticamente nada cambiaría hasta su muerte en 1733. En aquel tiempo, Rusia se preparaba para una nueva campaña contra el Imperio otomano y era proclive a negociar con los zaporogos. En consecuencia, en 1734 se firmó un acuerdo en Lubný que establecía que los zaporogos obtenían sus antiguas tierras, conocidas como “Libertades del Ejército Zaporogo Bajo”. Se les permitía regirse por las antiguas leyes y costumbres. Durante la guerra los zaporogos lucharían bajo las órdenes del ejército ruso, situados en Hétmanshchyna, y durante su servicio militar obtendrían anualmente 20.000 rublos. En el Dnipró, un poco más río abajo a la antigua Sich destruida por Pedro I se fundó Nueva Sich. Estaba directamente controlada por el gobernador general ruso de Kíev y, desde 1750, por el hetman Rozumovskyi.

El número de cosacos que volvieron del Imperio otomano no superaba los 20.000. Eso significaba que, al menos al principio, encontraron un gran territorio a su disposición. Para el control de este territorio introdujeron una estructura administrativa aún más detallada. En las tierras zaporogas y cerca de Oleshky se crearon ocho palankas.1 Un coronel encabezaba cada palanka, asignado por el atamán de la kosh de Nueva Sich, aunque estos coroneles nunca tuvieron tanto poder y súbditos como sus colegas de Hétmanshchyna. Tras la creación de la estructura administrativa zaporoga, preocupados por el vacío político y demográfico en su gran territorio y una potencial intervención del Gobierno imperial ruso, empezaron a recibir campesinos en sus tierras. Muchos de estos campesinos eran refugiados de las tierras polacas Margen Derecho y Hétmanshchyna del Margen Izquierdo cada vez más descontentos con las obligaciones de servidumbre. En 1762, en Zaporozhzhia vivían 33.700 cosacos y más de 150.000 campesinos.

Pero la intervención del norte era inevitable debido a que el Imperio ruso tenía la intención de integrar las regiones fronterizas de su, cada vez mayor, Estado. El primer paso colonialista de San Petersburgo fue la construcción de fortificaciones y la distribución en ellas de colonos. En 1735 el Gobierno ruso erigió una fortificación cerca de Nueva Sich y en la década de 1750 levantó la línea de fortificaciones a lo largo de la frontera occidental de Zaporozhzhia con el Imperio otomano (a lo largo de los ríos Bug del Sur y Syniuja). Además, en la década de 1750 el Gobierno imperial comenzó su propio programa de colonización con el objetivo de aumentar el número de colonos directamente dependientes del Gobierno central. En 1751 San Petersburgo invitó a aproximadamente 2.000 colonos serbios procedentes del sur de Hungría, a los que con el tiempo se unieron búlgaros, griegos, rumanos y serbios balcánicos. A los asentados les entregaron los territorios del noreste de Zaporozhzhia, situados entre el Dnipró por el este y el Syniuja por el oeste. Este territorio, con Novomýrhorod como ciudad principal (en la antigua frontera rusa-polaca) fue convertido en una nueva región militar fronteriza y desde 1752 adoptó el nombre de Nueva Serbia.

En 1754 el Gobierno ruso conquistó aún más tierras zaporogas al sur de Nueva Serbia, creando una región militar fronteriza cosaca con 6.000 cosacos de Slobozhánshchyna y Hétmanshchyna. Esta entidad recibió el nombre de Regimiento de Ucrania Slobidska con el núcleo militar y administrativo en su fortaleza, que en 1775 se convirtió en la ciudad de Elisabethrad (hoy en día Kirovogrado/ Kirovohrad).2 Finalmente, desde 1753 el Gobierno ruso pobló de serbios (que en aquel tiempo vivían como refugiados en el sur de Hungría) el extremo noreste de Zaporozhzhia, y también de búlgaros, rumanos y griegos balcánicos. Igual que en Nueva Serbia, los colonos fueron organizados en regimientos militares fronterizos y toda esta región con Bajmut como ciudad principal (actual Artémivsk) empezó a llamarse Slovianoserbia [Serbia eslava].

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Los zaporogos estaban descontentos por la colonización que el Imperio ruso llevaba a cabo en sus fronteras y a menudo entraban en conflicto con los colonos serbios. Pero ellos no dejaron de prestar su servicio militar fielmente en el ejército militar en las guerras contra el Imperio otomano en 1735-1739 y en 1768-1774. Pero habida cuenta de la política de la Rusia zarista, la cancelación definitiva de la autonomía zaporoga parecía inevitable. Esto se produjo en dos etapas. Preparándose para la guerra contra los otomanos, el gobierno zarista en 1764 liquidó las regiones fronterizas de serbios y de ucranianos-slobidski y las unió a quince centurias del sur de Hétmasnhchyna en la nueva gubernia imperial de Nueva Rusia [Novorosiskyi], cuya capital administrativa era Kremenchuk.

Estos cambios administrativos no pusieron en alerta a los cosacos y siguieron luchando fielmente en los ejércitos imperiales contra el Imperio otomano en el período 1768-1774. Al mismo tiempo, los territorios fronterizos rusos al este de Ucrania protagonizaban una serie de levantamientos que amenazaban seriamente al Gobierno del zar. Levantamientos esporádicos saltaron también en Zaporozhzhia, pero el mayor levantamiento en Rusia durante el siglo XVIII surgió en el este entre los cosacos del Don y del Yaik: el levantamiento de Pugachov de 1773-1775.

Cuando el levantamiento de Pugachov fue finalmente sofocado, la emperatriz Catalina II se dedicó a reorganizar las tierras fronterizas con el objetivo de fortalecer el control sobre sus habitantes. Zaporozhzhia se convirtió en objeto de especial atención debido a que tenía frontera directa con el Imperio otomano. Por una ironía del destino, aunque los zaporogos guardaban una fidelidad sin fisuras durante la guerra ruso-turca de 1768-1774, precisamente ellos sufrieron las mayores pérdidas de esta nueva política zarista más estricta. Además, la victoria de Rusia sobre su enemigo otomano (en 1774 se firmó el muy conveniente para Rusia Tratado de Paz de Kuchuk-Kaynarca) hacía innecesario el servicio de los cosacos zaporogos.

Así que el 4 de junio de 1775, de camino a la guerra turca, los victoriosos ejércitos rusos de repente atacaron y destruyeron la Sich zaporoga. Algunos cosacos fueron inmediatamente reclutados para servir a Rusia; otros continuaron siendo agricultores libres; el resto encontró refugio en el Imperio otomano, donde les permitieron asentarse en la cuenca del Danubio. Ese mismo año, la mayor parte de Zaporozhzhia entró a formar parte de la gubernia de Nueva Rusia. Desde 1776, el gobernador general de las gubernias de Nueva Rusia, Azov y Astracán, el conde Grigori Potiomkin, se convirtió en el favorito de la emperatriz Catalina.

Potiomkin pretendía impresionar a su dueña. Por eso comenzó un dinámico programa de colonización al que se unieron colonos de diversos países, la mayoría eran rumanos de la otomana Moldavia, bastantes armenios y griegos de Crimea y también búlgaros, turcos y albaneses del Imperio otomano. De países más lejanos llegaron italianos, corsos, habitantes de Dantzig, suecos y, sobre todo, alemanes. A los colonos les atraía de Nueva Rusia la tierra gratis y la ausencia de impuestos (al menos durante las dos o tres primeras décadas). Se dio prioridad especial a los alemanes. Además de los privilegiados ya mencionados, fueron exonerados del servicio militar, no pagaban el impuesto de comercio internacional y podían vender libremente sal y bebidas espirituosas. Los alemanes católicos y, sobre todo, los protestantes menonitas, cansados de la Guerra de los Siete Años (1756-1763) de Europa central, aprovecharon los edictos de la emperatriz rusa de 1763, 1789 y 1790 y en consecuencia se asentaron en la estepa ucraniana. Allí, en el centro de Nueva Rusia, fundaron un asentamiento en la isla de Jórtytsia y otro, cerca de este, en el centro histórico de los cosacos zaporogos. Estos alemanes y otros que les siguieron en mayor número a principios del siglo XIX crearon bastantes colonias en las costas del mar Negro entre el Bug del sur y el Danubio y con el tiempo obtuvieron el nombre de “alemanes del mar Negro” (Schwarzmeerdeutsche).

Con el apoyo y aliento de Catalina, Potiomkin también logró varias ciudades nuevas alrededor de las fortalezas ya existentes o reconstruidas en Nueva Rusia y Crimea. Entre ellas se encontraban Elisabethrad (hoy en día Kirovogrado/ Kirovohrad) y Katerynoslav (Dnipropetrovsk) en Zaporozhzhia, y en las tierras reconquistadas al Imperio otomano, Sevastopol en Crimea, Mariúpol en la costa norte del mar de Azov, Mikoláyiv y Jerson, puertos fluviales sin salida directa al mar Negro. Solo tras la muerte de Potiomkin se fundó el puerto más importante del mar Negro. En 1794, Catalina dio una significativa financiación al almirante José de Ribas, procedente del reino de Nápoles y que se encontraba al servicio de Rusia, para la construcción de un puerto y una nueva ciudad cuyo nombre era Odesa. De Ribas fue ayudado por los miembros de su propia familia y también comerciantes italianos y hombres de negocios, dándole así a la ya étnicamente variada ciudad un toque italiano.

Las campañas de Potiomkin eran a menudo costosas y poco productivas. Él llegaba a tales extremos que, en sus afán de impresionar a la emperatriz, en 1787 durante su viaje a la recién conquistada Crimea se puso rápidamente a crear asentamientos a lo largo de su camino por el sur de Ucrania (es decir, Nueva Rusia). Muchas ellas eran solo fachadas, sin nada más tras ellas. Este episodio dio lugar al proverbio “pueblo Potiomkin”, con el significado de una fachada ilusoria para cubrir un hecho o condición indeseable.

Al contrario que las fachadas de Potiomkin, las políticas de integración administrativa de Catalina eran muy reales. En 1775, su Gobierno eliminó la autonomía de Zaporozhzhia del mismo modo que diez años atrás había eliminado la de Ucrania Slobidska. Habiendo convertido el territorio del este y del sur en partes inseparables del Imperio ruso, Catalina II estaba dispuesta a abordar la última región semiautónoma en territorio ucraniano.

Hétmanshchyna

Hétmanshchyna tenía la forma más desarrollada de autogestión en Ucrania. Ésta era directa sucesora del Estado cosaco de Jmelnytskyi y, por lo menos, hasta el fin del gobierno de Mazepa controlaba los asuntos internos a pesar de estar subordinada a Moscovia en cuanto a política exterior y asuntos militares. El paso de Mazepa al bando sueco supuso un regalo envenenado para Hétmanshchyna. Pedro I decidió tomar una postura hostil y en 1723 publicó un ucase que decía que “desde el primer hetman, Bohdán Jmelnytskyi, incluyendo a Skoropadskyi, todos los hétmanes eran traidores”.3 Pedro I aspiraba a acabar con cualquier forma de autonomía cosaca en Hétmanshchyna; la cuestión estribaba en la forma de alcanzar esta meta. Durante unas décadas, desde 1708, cuando Mazepa se pasó al lado sueco, hasta la década de 1780, la política del zarato respecto a la autonomía de Hétmanshchyna cambió varias veces, en parte condicionada por su política exterior y en parte por las diversas posturas de los gobernantes y de quienes determinaban la política interna del Imperio ruso.

En noviembre de 1708, al enterarse del paso de Mazepa al bando rival, Pedro I asistió a la Rada militar general y a la elección del nuevo hetman en Hlújiv, Iván Skoropadskyi, y aprobó su candidatura. Como personalidad, Skoropadskyi era fácilmente manipulable y, en consecuencia, no supuso ningún obstáculo para los planes de Pedro. El zar no prolongó el Tratado de Pereiáslav ni realizó uno nuevo con los cosacos, como antes se hacía cada vez que se elegía un nuevo hetman; en cambio, el ucase del zar confirmó la limitación de las libertades cosacas. Al mismo tiempo, Pedro ordenó cambiar la capital de Hétmanshchyna de Batúryn a Hlújiv, más al norte, cerca de la frontera con Rusia, y mandó a su representante a vigilar la actividad del hetman. Pedro también comenzó por su cuenta a asignar coroneles, él y sus herederos regalaban tierras en Hétmanshchyna a los administradores imperiales, cuya mayoría provenía de Alemania (B.C. Weissbach, J.B.. Munnich). Estos fieles sirvientes del zar, al no tener raíces locales no se preocupaban por la autonomía cosaca. Al ejército cosaco, con más frecuencia que antes, se le utilizaba para objetivos no militares: en la construcción de canales en Rusia (En Tsarítsino en 1716 y en el lago Ládoga en 1721), de fortificaciones en el Cáucaso (a lo largo del río Terek en 1718) y a lo largo de la frontera sureste de Hétmanshchyna (Línea ucraniana, 1731-1735).

Tras el fin de la Gran Guerra del Norte en 1721, Pedro I tuvo más ocasión de ocuparse de los asuntos ucranianos. El primer paso del proceso de las reformas generales imperiales de los órganos de la suprema gestión se dio 1722 con el traspaso de los asuntos de Hétmanshchyna a San Petersburgo, del colegio de asuntos exteriores al senado, que se ocupaba de los asuntos internos del imperio. Este mismo año, en lugar de la oficina rusmenor moscovita se creó un colegium rusmenor en Hlújiv. El Gobierno ruso justificaba estas acciones con tres motivos: el sistema cosaco de administración y justicia en Hétmanshchyna decayó; el poder central recibía muchas quejas de sometimiento ilegal de servidumbre a los campesinos; la tesorería del zarato no obtenía de Hétmanshchyna la cantidad de impuestos correspondiente.

Con el objetivo de una revisión más efectiva de las quejas remitidas al Gobierno (según el Tratado de Pereiáslav todos los cosacos tenían el derecho de quejarse directamente al zar) en 1722 el Gobierno de San Petersburgo creó el colegium de Rusia Menor. Lo componían seis oficiales de los regimientos rusos ubicados en Hétmanshchyna y una fiscalía encabezada por el brigadier Veliamínov (todos ellos designados por el zar). Este órgano tenía las siguientes funciones: 1) revisar las quejas de los cosacos y campesinos locales para las acciones del juzgado general y starshyna y, en caso necesario, tomar decisiones en asuntos comunes; 2) controlar las finanzas; 3) impedir la humillación de los cosacos y campesinos comunes por parte de la starshyna. Por tanto, el colegium de Rusia Menor se convirtió en el gobierno paralelo de Hétmanshchyna. Incluso el pusilánime hetman Skoropadskyi se posicionó en contra de tal limitación de la autonomía cosaca.

Sin embargo, las quejas de Skoropadskyi no obtuvieron resultado alguno; pero de un modo u otro, dos meses después de la creación del colegium, en julio de 1722, el hetman murió.

Desde entonces, el colegium de Rusia Menor lo dirigía Hétmanshchyna, aunque en 1726, en tiempos de la nueva gobernante Catalina I (1725-1727), surgió el plan para revitalizar el hetmanato. Este cambio de actitud ilustraba las ganas del Gobierno de evitar cualquier dificultad en la región sur durante la preparación para una nueva guerra contra el Imperio otomano, y en parte también ilustraba la influencia de Alexandr Miénshikov, partidario político de Catalina I, que tenía grandes fincas en Hétmanshchyna y se oponía a la instauración del impuesto directo por parte del colegium. Así que en 1727 el colegio de Rusia Menor fue clausurado y, mediante la intervención de Miénshikov, el Gobierno ruso aceptó la elección de un nuevo hetman: Danylo Apóstol. El año siguiente se elaboró un códice de veintiocho artículos para regular las relaciones de Rusia con Hétmanshchyna. Este era el primer documento que abarcaba todos los aspectos de la vida en Hétmanshchyna y seguiría en vigor hasta la anulación de la autonomía de la región.

El código de 1728 obtuvo el nombre de “28 artículos confirmados”. Según sus postulados, Hétmanshchyna no podía establecer ninguna política exterior independiente, aunque sí se le permitía decidir sobre problemas fronterizos con el Reino de las Dos Naciones, Kanato de Crimea e Imperio otomano, pero para cada acuerdo con estos países era necesario que el Gobierno ruso diera su permiso. Hétmanshchyna conservaba unos diez regimientos, de los que solo tres podían ser regimientos asalariados. Además, durante la guerra, los cosacos tenían que obedecer al comandante ruso local. Para solucionar los asuntos administrativos y militares, el Juzgado General fue reorganizado, pasando a estar compuesto por tres cosacos y tres miembros del Gobierno ruso. También se creó una comisión para elaborar un nuevo código legal. El impuesto a las mercancías extranjeras tenía que pasar por la tesorería del imperio. Los pany rusos y otros no locales conservaban sus fincas, pero a los nuevos campesinos del norte no se les permitía trasladarse.

Desde el punto de vista del Gobierno imperial, que aspiraba cambiar el estatus autónomo de Hétmanshchyna, los “28 artículos confirmados” suponían dar un paso atrás. Pero en poco tiempo San Petersburgo volvería a las políticas de limitación. El hetman Danylo Apóstol murió en 1734 y en su lugar fue creada la Administración del gobierno del hetman, compuesta por tres representantes asignados por el Gobierno imperial, y tres representantes cosacos. Estas seis personas tenían que gobernar juntas Hétmanshchyna y trabajar en la creación de un nuevo código legal para la región. En la práctica, el jefe de la Administración o “Segundo colegium rusmenor”, como llamaban a este órgano algunos historiadores (D. Doroshenko, N. Polonska-Vasylenko), dirigía en solitario el país, especialmente durante las costosas guerras contra los turcos, en las que los cosacos participaron desde 1735 hasta 1739. El único resultado notable de estas campañas militares fue que el Imperio otomano rechazó la protección sobre los cosacos zaporogos, que ya en 1734 habían vuelto a estar bajo control ruso.

En la década de 1740 el Gobierno del Imperio ruso detuvo de nuevo su política anti hetman. Y de nuevo gracias a la influencia de ciertas personas. El favorito, y con el tiempo el marido, de la nueva emperatriz Isabel (gobernó entre 1741 y 1762) era Oleksíi Rozumovskyi, hijo de un cosaco registrado, cuyas capacidades vocales (cantaba en el coro imperial) y aspecto atrajeron a la gobernante. Rozumovskyi logró interesar a la emperatriz en el destino de su patria. En 1745 él consiguió recuperar la metrópoli de Kíev, que en 1721 había sido degradada por Pedro I a una simple archidiócesis. Tras esto, en 1747 finalizó las elecciones planeadas del nuevo hetman: el hermano mayor de Oleksíi, Kyrylo Rozumovskyi, un joven de alta educación, que gracias a los contactos de su hermano con 21 años se había convertido en el presidente de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. En 1750 Kyrylo fue elegido hetman en Hlújiv.

Kyrylo Rozumovskyi fue un brillante intelectual aficionado del siglo XVIII. Al haber sido educado en Francia, Italia y Alemania, mostraba la típica simpatía aristocrática del Imperio ruso hacia la cultura occidental e intentaba llevar a cabo sus ideas en Hlújiv. En esta pequeña ciudad provincial abrió una ópera italiana, cafeterías, fundó colegios francófonos al estilo parisino y construyó el palacio del hetman al estilo de Versalles. Rozumovskyi tuvo incluso la intención de volver a Baturyn, antigua capital de Mazepa, que fue de su propiedad en la década de 1760, y donde comenzó la construcción del un lujoso palacio.

Pero a pesar de estas “mejoras”, el propio Rozumovskyi prefería no la provincial Hlújiv, sino San Petersburgo. En los prolongados períodos de su ausencia era la starshyna quien regía Hétmanshchyna, que se reunía periódicamente en las radas, de forma semejante a los sejm de la szlachta. La starshyna logró restringir aún más los derechos de los campesinos (1760) e introducir un nuevo sistema judicial en el que los jueces locales solo podían proceder de la starshyna local. Parecía que la starshyna cosaca, si hubiera dispuesto de libertad, habría introducido en poco tiempo un sistema administrativo de corte polaco, donde todo el poder jurídico y social permanecía en manos de la szlachta.

El Gobierno del Imperio ruso apoyaba a la starshyna cosaca. Comenzando en la década de 1730, y especialmente durante los mandatos de la emperatriz Ana (1730-1740) y del zar Pedro III (1761-1762), se le otorgaron ciertos privilegios a la szlachta ucraniana, entre ellos la liberación del servicio estatal. Esto se hizo con la esperanza de que la subida de estatus diera la posibilidad a los cortesanos de prestar más atención a la situación económica de sus fincas. En consecuencia, la starshyna cosaca de Hétmanshchyna aceptó con mucha convicción adherirse a un sistema que le garantizaba tantos privilegios.

Al crear las condiciones para la integración de la élite de Hétmanshchyna en la estructura social rusa, el Gobierno imperial pudo retomar de nuevo la política de integración, objetivo principal de Catalina II. Bajo la influencia de las ideas europeas de la Ilustración, que consideraba más eficaz el sistema racional de gobierno centralizado de un territorio único, y no diferentes regiones con sistemas sociales anticuados y formas específicas de autogestión o autonomía, Catalina II se interesó hacia el norte por las provincias bálticas y Finlandia (parte de estos territorios fue unida a Rusia en 1743), y hacia el sur por las tierras ucranianas. La actitud de la emperatriz hacia estas regiones resumida en las instrucciones dadas al nuevo fiscal general en 1764: “Llamarlas (a estas tierras) ajenas y tratarlas como tierras ajenas, se puede decir con seguridad que sería más que un error. Estas provincias (…) hay que llevarlas cómodamente hasta que llegue el momento en que se rusifiquen y dejen de mirar como el lobo mira al bosque.4 Este acercamiento será muy fácil si se eligen personas inteligentes como jefes de estas provincias”.5 En 1765, Catalina ya había acabado con los atisbos de autonomía de Ucrania Slobidska y, en 1775, de Zaporozhzhia. Ahora estaba preparada para ponerse manos a la obra con Hétmanshchyna.

Primero le tocó el turno al cargo de hetman, que fue cancelado para siempre en 1764, tras los intentos fallidos de Kyrylo Rozumovskyi de convertir el cargo en propiedad hereditaria de su familia. Rozumovskyi, que no se preocupaba mucho por los asuntos de Hétmanshchyna, se vendió a la nueva emperatriz por el cargo y una generosa pensión estatal, incluyendo supuestamente, entre otras, una gran finca en Baturyn, donde el exhetman se retiró en 1775 y vivió cómodamente hasta su muerte en 1803. En el lugar del puesto de hetman se creó un nuevo Colegium de Rusia Menor, compuesto esta vez por cuatro oficiales rusos de alto rango y cuatro representantes de la starshyna general, encabezados por el presidente, el conde Piotr Rumiántsev. El conde actuaba con cuidado pero con determinación. Limitó los abusos de la szlachta cosaca en su apresuramiento por conseguir nuevas tierras al mismo tiempo que legalizaba el controlo de los pany sobre los campesinos, profundizando de esta forma la servidumbre del campesinado de Hétmanshchyna.

Las reformas de Rumiántsev fueron interrumpidas temporalmente en 1769, cuando Rusia reanudó la guerra contra el Imperio otomano. La guerra duró cinco años y esta vez los rusos consiguieron éxitos significativos. Según las condiciones de la Paz de Kuchuk-Kaynarca firmada en 1774, Rusia obtenía del Imperio otomano una indemnización enorme (4,5 millones de rublos) y también los territorios situados entre el Dnipró y el Bug del sur, una parte del Kanato de Crimea alrededor de Mariúpol, Kerch y la antigua zona neutral al sur del Azov. Además, Estambul reconocía la independencia del Kanato de Crimea en el marco del protectorado ruso. La cada vez más activa presencia rusa en el mar Negro desde 1774 permitió a San Petersburgo destruir, al año siguiente, la Sich y poner fin a la autonomía zaporoga.

Al conquistar las tierras ucranianas del sur, la culminación de la integración de Hétmanshchyna en el Imperio ruso no resultó complicada. En 1781, se liquidó el sistema administrativo cosaco de regimientos, se canceló el (ahora sí por última vez) Colegium rusomenor, y en el territorio de Hétmanshchyna se creó la gobernaduría general de Rusia Menor, que se componía de tres sedes: Nóvhorod-Síverskyi, Cherníhiv y Kíev. Su estructura administrativa no se diferenciaba de la de otras provincias del imperio. En 1783 se limitó la libertad de movimiento de los campesinos y, así, finalizó el proceso de sometimiento de servidumbre. Ese mismo año se canceló el sistema de regimiento militar cosaco y, en su lugar, se crearon diez regimientos de caballería del ejército regular.

El Kanato de Crimea

A diferencia de Ucrania Slobidska, Zaporozhzhia y Hétmanshchyna, que formaban parte del Estado moscovita (ruso) desde por lo menos mediados del siglo XVII, el Kanato de Crimea era una entidad política soberana, vasalla del Imperio otomano. Por este motivo, cualquier pretensión de Rusia sobre el Kanato de Crimea desafiaba al dominio otomano sobre la mayor parte de las estepas del mar Negro y del mar de Azov.

Incluso antes de que el Imperio ruso se convirtiera en una fuerza dominante en la región, el estatus del Kanato de Crimea cambió. A principios del siglo XVII el componente otomano comenzó a jugar el papel más importante en la política del kanato, incluyendo el asunto de la elección y destitución del kan. Crimea ya no podía rechazar la orden del sultán de ofrecer apoyo militar al ejército otomano. Aún más problemático resultaba el asunto de la compensación económica, o más exactamente la ausencia de ella, que el kanato obtenía al dar al imperio cada vez mayor cantidad de ejércitos. Debido a que el siglo de oro del Imperio otomano comenzó su declive, los beneficios del botín militar disminuyeron o desaparecieron completamente. Finalmente, en 1700 Moscovia detuvo sus tributos anuales a los kanes y, posteriormente, las victorias militares y los tratados internacionales pusieron fin a la exportación de cautivos de sus tierras, que en consecuencia minó el tráfico de esclavos, que había sido el pilar de la economía del Imperio otomano durante varios siglos.

En la década de 1730 el equilibrio del poder militar cambió. El ejército ruso logró entrar en el territorio de Crimea, incluso conquistar su capital Bajchysarái y quemar el palacio del kan en 1736. Pero solo la rusa ruso-turca entre 1768 y 1774 cambió completamente la situación. Al comienzo de las acciones militares los rusos lograron una alianza militar con los tártaros nogayos, que en la práctica significaba la pérdida para el kanato de las tierras fuera de la península. En los años 1770 el mismo kan y una de las familias aristocráticas más influyentes (clanes), los Shyrin, decidieron cortar relaciones con el Imperio otomano y jurar lealtad al Imperio ruso. El resultado de esta decisión se reflejó en el Tratado de Karasubazar, firmado en 1722, que garantizaba la fundación del Estado independiente de Crimea. Al mando de toda Crimea seguía la dinastía Giray, sin embargo ahora Crimea se encontraba bajo la protección del Imperio ruso. Finalmente, en la Paz de Kuchuk-Kaynarca de 1774, el Imperio otomano reconocía la pérdida del Kanato de Crimea (incluyendo la provincia de Cafa, directamente controlada por el Imperio, situada en la costa del mar Negro).

Loa primeros años de la independencia de Crimea se caracterizaron por el conflicto constante entre los partidarios pro rusos y pro otomanos. El fin de este conflicto llegó con la intervención del poder militar ruso y la elección como kan de Shahín Giray, de orientación pro rusa (1777-1783). El nuevo gobernante comenzó a reformar la forma de gobierno, decantándose hacia una centralización que cuestionaba el dominio político de los líderes de los clanes y la esfera socioeconómica de Crimea, y por eso no contó con su apoyo. El kan Shahín no logró poner fin a los levantamientos contra su régimen, así que cansada del apoyo de un político impopular, Catalina II, en 1783 promulgó un manifiesto que, en primer lugar, declaraba el fin de la corta independencia de Crimea que pasaba a estar bajo control del Imperio ruso. Las tierras del kanato en Crimea y en el norte del mar de Azov (la estepa nogaya pero no la de Kuban) pasaban a formar parte de la gubernia de Tavria [Táurida].

El paso del Kanato de Crimea del control otomano al ruso ocurrió bajo el gobierno de la emperatriz Catalina II. Así, se le otorga precisamente a ella todo el mérito de la anexión de 1783, que causó una gran impresión al público ruso y a los aliados externos del imperio. Finalmente, Catalina hizo realidad el antiguo sueño de los gobernantes moscovitas y rusos, que no pudo conseguir ni siquiera el enérgico Pedro I, es decir, conquistar Crimea y las tierras esteparias de las costas de los mares Negro y Azov.

Transformación bajo el dominio ruso

Los esfuerzos del poder ruso para atraer a su lado a las élites de las diversas tierras de las que se fue apoderando el imperio a lo largo del tiempo llegaron a su apogeo durante el gobierno de Catalina II. En 1785 promulgó la “Carta a la nobleza”, que confirmaba los privilegios previos, reconociendo, además, las tierras que estaban bajo el control de la szlachta, como su legítima propiedad. La consecuencia, tal y como esperaba el Gobierno imperial, fue la vuelta de los terratenientes ricos que prestaban servicio en San Petersburgo a sus fincas, donde liberados de las obligaciones del servicio militar o civil, se dedicaron completamente al uso de sus fincas. Los nobles rusos no tenían muchos derechos políticos, pero sí muchos sociales y económicos.

La “Carta a la nobleza” de 1785 de Catalina también se extendía a las tierras de Ucrania. Respondiendo a la petición de la starshyna cosaca a la emperatriz Catalina, el Gobierno ruso aceptó el reconocimiento de la mayor parte de la asociación militar noble como miembros de la nobleza rusa (sin embargo, como regimiento existían ciertas dudas). Este reconocimiento les garantizó el derecho a la herencia de fincas y la liberación del servicio militar obligatorio estatal. Con esta carta, la alta clase social de Hétmanshchyna y Slobozhánshchyna se integró completamente en la estructura social del Imperio ruso. En cambio, en 1786, se limitó la potencia corporativa de otra clase social puntera, el clero ortodoxo, cuando, igual que en todo el Imperio ruso, se secularizaron las tierras eclesiásticas y, con el tiempo, se distribuyeron a los pany laicos. A pesar de que los jerarcas eclesiásticos ortodoxos seguían disfrutando de enormes derechos y fondos, se convirtieron en funcionarios del Estado dependientes de la Tesorería imperial y no de los beneficios de sus propias posesiones.

En Crimea, los szlachtych hereditarios (mirzy) igualaron su estatus al de la nobleza rusa y obtuvieron los privilegios establecidos en la carta de 1785. Para alentar su funcionamiento en el orden estatal ruso se creó una junta de nobles de Crimea. El clero musulmán de Crimea, que solía disfrutar de un alto estatus en la jerarquía social local, conservó su estatus y sus privilegios se igualaron al de los ortodoxos. Además de obtener fondos de la Tesorería estatal, el clero musulmán conservó sus enormes posesiones de tierra (aproximadamente el 30% de las parcelas agrícolas de Crimea), tenía derecho a poseer vasallos y fue liberado de impuestos.

Sin embargo, la cancelación de la autonomía en Hétmanshchyna y el Kanato de Crimea tardó en llegar algo más que en Slobozhánshchyna y Zaporozhzhia; aunque el resultado fue el mismo. Tras unas cuántas décadas, la estructura de gobierno de Ucrania Slobidska (década de 1760), Zaporozhzhia (década de 1770) y, finalmente, Hétmanshchyna (década de 1780) se transformó y, en consecuencia, la autonomía de los territorios ucranianos dentro del Imperio ruso no existiría más. En su lugar, se introdujo el sistema de división administrativa de gubernias, directamente controladas de San Petersburgo. A finales del siglo XVIII, el Gobierno de Catalina II logró convertir todos los territorios ucranianos controlados por ella en partes inseparables del Imperio ruso.

1 Palanka: distrito territorial de los cosacos zaporogos. [N. del T.]

2 Y rebautizada como Kropyvnytskyi desde el 14 de julio de 2016 https://www.unian.info/politics/1417120-sweeping-out-soviet-past-kirovohrad-renamed-kropyvnytsky.html [N. del T.]

3Michael T. Florinsky, Russia: A History and Interpretation, Vol. I (new York, 1947), págs 340-341 n.1.

4Esta expresión equivaldría a “hasta que la cabra deje de ir al monte”. [N. del T]

5Zenon Kóhut, El centralismo ruso y la autonomía ucraniana: la liquidación de Hétmanshchyna, 1760-1830. (Kíev, 1996), página 104.

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